El laicismo de la cultura: ¿suicidio de la democracia liberal?

La preocupación al interior de las democracias liberales de la creciente influencia del populismo, llámese Marine Le Pen o Donald Trump en sistemas consolidados, cuando su influencia parece decrecer en sistemas emergentes como América Latina, obliga a intentar dar algunas razones sobre este fenómeno social y político. Ciertamente, se deben matizar bastante las características entre populismos europeo-americanos y latinoamericanos, pero también, es cierto, no se deben soslayar las similitudes en una serie de aspectos. Mi intención es, por supuesto, ni agotar el tema ni pretender reiterar aquellos aspectos exclusivamente de estrategia y táctica política de los populismos, o populistas. Más bien, dar un repaso a algunas realidades que han sido minadas u olvidadas por la democracia liberal y que, lamentablemente, están siendo explotadas por los populistas.

Una realidad es clara: el populismo como tal, llámese ideología en el sentido de dar una visión a la realidad, no es estrictamente racional ni mucho menos. Carece, por su propia condición, de base filosófica seria –más allá de ciertas referencias nostálgicas al pasado o la patria– y más bien, aspira a “rescatar” y “restaurar” y sobre todo, tomar en serio, dicen, las peticiones de sus adherentes. El populismo es una propuesta, digamos, afectiva, hasta sentimental, de confianza ciega, bastante indeterminada y difusa, sobre la realidad socio-política. No debe extrañar, entonces, que el populismo y el líder populista refiera a la imagen de “pueblo” como el lugar de la experiencia de pertenecer a esa realidad o raíz común, a una tradición y a un valor que va más allá del sistema legal como tal.

Y de ahí la terca insistencia “nativista”, lo de enfatizar que ese pueblo es el único depositario de la tradición, de los bienes y valores de esa patria. Y que el mismo, está siendo avasallado por fuerzas foráneas, extrañas a ese “ser nacional”. De ese origen, de la pertenencia a ese “pueblo” brota el lenguaje típico de los que pertenecen al mismo o al de sus enemigos, de los que no pertenecen porque forma parte de la élite, etc. En todo caso, la experiencia del pueblo, como lugar, concreto e histórico, de la vida total, rebasa el ordenamiento jurídico. O dicho de manera diferente: en el proyecto populista, el orden jurídico debe reflejar esa realidad mítico-histórica como base de la vida política. Esa sería la base de una ordenación jurídica positiva, y por lo mismo, no se podría disponer de un orden que la contradiga. O si se lo concibe, se negarán los valores propios, orgánicos, de esa realidad.

Puesto en estos términos, la democracia liberal, con su insistencia en principios individuales, de derechos y libertades, y, como consecuencia, de un pluralismo fragmentario de lo social, disuelve los vínculos de ese “pueblo” que se “agazapa” y recurre a un líder “providencial” que los proteja de esa actitud disolvente del régimen liberal, ya que no se sienten representados. Ese es el caso, de alguna manera, del éxito de Trump. Grupos de ciudadanos que, conforme a sus propias declaraciones, se rebelan contra el establecimiento de la élite que sólo quiere libertades individuales económicas de las grandes empresas y cámaras de comercio, o bien derechos de la mujer por encima del no nacido, así como su pertenencia religiosa de estos grupos se socava y seculariza, perdiendo sentido de unidad.

Mi punto es: la democracia liberal, con el surgir de los populismos, está cosechando las, –tal vez– no deseadas consecuencias de una forma política de la modernidad ilustrada que enfatiza lo estatal-formal sin mirar a la cultura como realidad anterior al sistema jurídico. Y así, enfatizando lo autonomía individual de manera exagerada, se niega derechos de personas y pueblos, con la excusa de enfatizar una neutralidad que no es otra cosa sino una confesionalidad agnóstica y, en muchos casos, anti-religiosa. La democracia liberal ha estado construyéndose así, últimamente, poco a poco, con un concepto de neutralidad moral que excluye de la realidad pública, toda referencia a las tradiciones religiosas. Lastimosamente, ha enfatizado cierto agnosticismo, incluso en el fundamento de los derechos humanos. La plaza pública, para ser aceptada por esta versión laicista de la democracia liberal, debe estar –usando la expresión del Padre Richard Nehuaus– “desnuda”. Como resultado, este estatismo demócrata-liberal, sea conservador o socialdemócrata –da casi lo mismo en este caso– establece un pensamiento único, y por esto, es rechazado. Y de ahí que, líderes oportunistas, apelen a los peores instintos de ese “pueblo”, explotándolo sin escrúpulos, proclamando venir a su “rescate” para un proceso de “restauración”.

Me parece que la mejor manera de contrarrestar la apelación al populismo, en este aspecto, es promover una auténtica laicidad de la cultura de la democracia liberal: una veta olvidada de la modernidad. Me refiero precisamente al respeto a todas las tradiciones religiosas, como también a las agnósticas o ateas de los pueblos, y, promover una auténtica libertad de las creencias. Pluralidad religiosa que no significa reducir esa expresión a mero acto piadoso privado. Una democracia constitucional republicana, seria y sólida, que sea baluarte de los derechos humanos, requiere el supuesto del valor cultural de los pueblos que la integra, como modo de legitimidad de su poder. El mero laicismo neutralista de la cultura, si no se abre a una auténtica laicidad, sólo abonará, lastimosamente, el recurrente resurgimiento populista. Y ahí, todos perdemos.

Por vMario Ramos-Reyes

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