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Cómo protegerse de la bomba migratoria y ayudar a los inmigrantes

A fines del 2015 una dolorosa foto le dio la vuelta al mundo. Era la del cadáver del niño de tres años Alan Kurdi. Se había ahogado en el Mediterráneo, mientras su familia trataba de llegar a Grecia. Era una pequeña criatura siria de la etnia kurda. Su cuerpecito intacto, como si dormitara, había sido gentilmente depositado en una playa turca por el efecto de las olas. Todavía no estaba descompuesto. Los peces, extrañamente, no lo habían mordisqueado.
El impacto de la imagen duró poco tiempo. La guerra en Siria es terrible. Ha provocado cinco millones de refugiados. La mitad de ellos están en Turquía. Hay cientos de miles en Jordania y Líbano. Muchos, como la familia Kurdi, querían llegar a Europa como paso previo en el trayecto a Canadá.

Eso se entiende. Europa y Canadá son ricas, especialmente desde la perspectiva de quien huye de la metralla y las bombas, y no hay campamentos permanentes de refugiados. La ley y la costumbre no permiten la creación de esos guetos herméticos y sin esperanzas formados por mugrientas tiendas de campaña.

Pero la verdad es que una parte sustancial de las sociedades europeas no quiere a los refugiados y se niega a recibir la cuota que les ha asignado Bruselas al dictado de Alemania. Son muchos, tienen costumbres diferentes, hablan una lengua distinta y practican una religión –la islámica– que asusta a muchas personas, porque en el nombre de Alá y de su profeta Mahoma algunos terroristas de origen árabe han perpetrado crímenes horrendos en varias ciudades europeas.

¿Qué hacer? La riada de exiliados sirios, iraquíes, libios y otros magrebíes está provocando el desmembramiento de Europa y el surgimiento de extensos partidos nacionalistas y xenófobos, como el Partido de la Libertad, que estuvo a punto de ganar las recientes elecciones en Austria. Su plataforma era muy sencilla. Como predicaba su líder Norbert Hofer: no al multiculturalismo, no a los refugiados, no al islamismo, sí al nacionalismo austríaco y al pangermanismo.

Francia no es inmune al fenómeno de esa bomba migratoria. Cada acto terrorista que realizan los islamistas, y cada refugiado árabe que se instala en el país, genera una reacción de simpatía por el Frente Amplio de Marine Le Pen, que tanto se le parece al Partido de la Libertad de los austriacos. Es muy posible que esa formación política, que ya obtuvo siete millones de votos en el 2015, gane los próximos comicios en Francia.

Insisto en la pregunta: ¿qué hacer? Lo primero, por supuesto, es atender a las víctimas de la guerra. Existe la obligación moral de proteger a quienes huyen de las matanzas o de las catástrofes. Cuando estamos en presencia de un naufragio la prioridad es auxiliar a los supervivientes. Por olvidar ese principio seis millones de judíos, medio millón de gitanos y decenas de miles de homosexuales fueron exterminados por los nazis en los años cuarenta del siglo pasado.

Pero lo segundo es actuar de manera tal que los salvadores no se inmolen durante su acto solidario. ¿Cómo? Quizás el país europeo que tiene mejores posibilidades de aliviar el problema es Francia. Tendría que crear, con el auxilio económico de la Unión Europea, un Estado-Refugio, en el que los exiliados pudieran radicarse.

¿Dónde? El sitio más propicio es la Guyana francesa, una colonia escasamente poblada de 90.000 km cuadrados y apenas 260 000 habitantes, que languidece entre Brasil y Surinam. Ese Estado-Refugio, creado y administrado por Francia, sin duda sería generosamente financiado por las grandes economías europeas, que verían en el sitio la manera de solucionar uno de sus más acuciantes conflictos y un destino al que trasladar a los inmigrantes no deseados.

Si la Unión Europea, con el auxilio de la OTAN, o al revés, deshizo Yugoslavia y creó y sostiene Kosovo, ¿por qué no pensar en darle una solución colegiada al problema de los refugiados?

¿Qué es muy difícil? Por supuesto, como fue difícil la creación del Estado de Israel, el desarrollo admirable de Hong-Kong o la llegada e instalación de dos millones de refugiados en Taiwán, tras la derrota de Chiang Kai-shek y del Kuomintang en 1948. Ninguna operación de esa envergadura es sencilla.

¿Y los franco-guyaneses? Son pocos. Está al alcance del bolsillo europeo persuadirlos e incentivarlos económicamente. Muchos entenderán que especializarse en dotar de una nueva vida a los refugiados es una tarea honrosa, y creo que la mayor parte vería una oportunidad dorada de prosperar con las fuentes de trabajo que se abrirían en poco tiempo.

En todo caso, algo hay que hacer antes de que se rompa la convivencia europea. Esta no es una solución perfecta, pero, por ahora, me parece la menos mala.

Por Carlos Alberto Montaner

 

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Acerca de jotaefeb

Un arquitecto jubilado. Aprendiz de todo, oficial de nada. Un humano más. Acá, allá y acullá. Hurgador de cosas cotidianas y trascendentes.

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Un comentario en “Cómo protegerse de la bomba migratoria y ayudar a los inmigrantes

  1. La brutalidad en imágenes

    Las imágenes son brutales en su más estricto sentido. Según la Real Academia es lo “propio de los animales por su violencia o irracionalidad”. Pero en este caso es lo propio de los seres humanos, esa brutalidad que solo el hombre sabe generar y que, en realidad, ningún animal es capaz de reproducir. Los animales no tuvieron un Auschwitz, ni una Segunda Guerra Mundial, ni obligaron a millones de seres a lanzarse al mar donde saben que pueden morir pero con la esperanza de poder llegar a la otra orilla. Mientras que si permanecen en sus pueblos, en sus ciudades, saben con certeza que morirán un poco antes o un poco después.

    Las imágenes a las que me refiero pertenecen a la exposición “Caminos del exilio” que se puede ver en el Parque Retiro de Madrid como parte del programa PhotoEspaña2016. Pertenecen a cuatro fotógrafos (dos franceses, un español y un griego) que decidieron seguir a los millones de personas que buscan refugio en Europa huyendo de una guerra demencial que azota desde años una buena parte del Oriente Medio. Uno de esos refugiados, sirio, padre de familia, le dijo a uno de los fotógrafos: “La gente piensa que hemos salido de Siria buscando la libertad. No, no buscamos la libertad. Buscamos vivir”.

    No hay cifras actualizadas porque ellas cambian cada día, cada minuto. A mediados del presente año los muertos por la guerra de Siria oscilaban entre 250.000 y 470.000 personas. Los refugiados son de 5 a 7 millones de personas provenientes de un país cuya población total es de 24 millones. Casi el 30% de la población ha decidido marcharse “buscando vivir”. Si ello sucediera en Paraguay, con siete millones de habitantes, equivaldría a que más de dos millones se fueran.

    Se asegura que desde el fin de la Segunda Guerra Mundial nunca se registró un desplazamiento humano de estas dimensiones. Nuestros mapas de Europa, llenos de nombres de ciudades históricas, ciudades monumentales: Roma, Venecia, Florencia, Múnich, Colonia, Berlín, París, ahora se han transformado llenándose de nombres difíciles de retener, de pequeñas ciudades, a veces pueblos, caseríos mínimos en torno a una estación del ferrocarril que llenan todos los días las páginas de los periódicos y los noticieros de la televisión haciendo alusión a estos miles de seres humanos que han abierto un nuevo camino en Europa. A los caminos de Santiago (que son varios) o los de Canterbury, por donde siguen transitando los peregrinos, se les acaba de sumar uno nuevo: la Ruta Balcánica; comienza en Siria y pasa por Turquía, el mar Egeo, Grecia, Macedonia, Serbia, Hungría, Eslovaquia, República Checa, Alemania, Dinamarca y la meta deseada: Noruega.

    El fotógrafo Olivier Jobard (francés, vive en París, 46 años) decidió seguir a una familia siria compuesta por el padre Ahmad, comerciante; su esposa Jihan, traductora, y dos hijas, desde que salieron de su ciudad natal hasta llegar, un mes después, a Estocolmo. Pasaron, arriesgando sus vidas, de Turquía a la isla griega de Kos. El paseo turístico vale no más de 20 euros (unos 130.000 guaraníes). Pero los refugiados, como son ilegales, deben pagar 1.000 euros (unos 6.500.000 de guaraníes). Ahmad pagó este precio por él y el resto de su familia. Cuando llegaron a Oslo habían gastado 20.000 euros, los ahorros de toda su vida.

    Según el mismo fotógrafo, su intención al documentar esta huida apocalíptica de refugiados que van buscando la vida es que la gente al verla se pregunte: “¿Y si fuéramos nosotros?”. Lastimosamente no ha logrado gran cosa en este sentido pues han aparecido grupos xenófobos, neonazis que montan campañas, muchas veces violentas, contra los refugiados.

    Lo extraño es que en nuestro país, como en otros de Sudamérica, se sepa tan poco de todo esto. Mientras se está viviendo una crisis humanitaria de proporciones inmensurables, vivimos mirando hacia otro lado. ¿A nadie se le ocurrió que podríamos recibir aunque sea una pequeña parte de estos refugiados? A lo largo de nuestra historia no nos fue mal con los grupos migratorios que llegaron huyendo de la miseria (los coreanos) o de la intolerancia política (los anarquistas australianos) y por otros motivos, como el caso de los menonitas que enriquecieron nuestro Chaco. No seamos mezquinos y mostremos nuestra generosidad con los golpeados por las circunstancias.

    Por Jesús Ruiz Nestosa

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    Publicado por Anónimo | 10 junio, 2016, 11:03

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