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El final de un “sueño”

“Yo no quería estar en aquel acto, yo no quería estar en aquella foto; pero fui al Planalto por solidaridad con Dilma”, reconoció el exmandatario y fundador del PT. “Fue un día muy triste para mí porque no era solo Dilma que estaba dejando la presidencia de forma abrupta, era el fin de un proyecto, de un sueño. Vi cómo todo se derrumbaba”. De este modo Luiz Inácio Lula da Silva explicó la causa del abatimiento que sufre en estos días. Es comprensible que se sienta deprimido, aunque tendría que haber corregido una de las palabras utilizadas. No se trata del fin de “un sueño” sino del final de “un delirio” que sacudió una buena parte del continente y por el cual se pagará, durante muchísimos años, un precio muy alto.

Es llamativo que el famoso proyecto político, apadrinado por el venezolano Hugo Chávez que, víctima del mismo delirio, se creyó la reencarnación de Simón Bolívar, no cayó por las invasiones militares imperialistas, ni por las conspiraciones armadas por la CIA, ni por las intrigas de la ultraderecha ni por los fascismos que aseguraron ver en los cinco continentes. El proyecto se vino abajo por su propia mano; quiero decir, el famoso “socialismo del siglo XXI” se suicidó en todos los sitios donde se intentó implantarlo. Esta “izquierda” cavernaria (utilizo comillas porque no creo que sea izquierda ni nada), aparte de aplicar políticas que parecían haber sido diseñadas por adolescentes inmaduros, se entregó a un robo inmisericorde más allá de todo lo imaginable. Pusieron todo su empeño no en gobernar y crear estructuras estables y, sobre todo, viables para disminuir la pobreza y estrechar la brecha entre ricos y pobres, sino para saquear las empresas del Estado que más dinero manejan, las que por eso mismo constituyen pilares importantes para la economía de sus países. Es el caso de Petróleos de Venezuela (PDVSA) y Petrobras (que maneja todo el negocio del petróleo) en Brasil. No me puedo imaginar lo que se podría descubrir si alguna vez surge algún político con el coraje necesario para investigar los manejos de Itaipú, en ambas márgenes, tanto del lado brasileño como paraguayo.

Lula da Silva mostró su tristeza por la salida de Dilma Rousseff. Ahora el mundo se le viene encima pues ha perdido su blindaje frente a las investigaciones de Petrobras, donde puede estar comprometido con lo que se ha dado en llamar ya el “megaesquema de corrupción”. En los últimos días se supo además que lo van a acusar de haber obstruido las investigaciones. Por lo tanto, las causas de su depresión irán en aumento en los meses venideros.

Igual de deprimidos estarán también quienes veían en Lula, Dilma Rousseff, Cristina Kirchner, José Mujica, Nicolás Maduro, Rafael Correa y Evo Morales a los artífices de la “patria grande” con que soñó Bolívar, si bien nunca completaron la frase diciendo que el “libertador” fue el primero en darse cuenta que tal “sueño” era imposible de realizar. En el horizonte de la mayoría de ellos se va levantando no el sol de la libertad sino una celda enrejada en alguna cárcel de alta seguridad.

Lo grave es que la disparatada idea del “socialismo del siglo XXI” contagió a muchos y, además de robarse el dinero del Estado, sí dilapidó lo que sobraba aplicándose políticas igualmente disparatadas. Como ejemplo está lo que hizo Cristina Kirchner con la famosa ganadería argentina. Hoy día, Paraguay y Uruguay exportan a Europa y Estados Unidos mayor cantidad de carne, en términos absolutos, no en cifras relativas, que lo que exporta Argentina. Venezuela, en este momento, debe importar petróleo para el consumo interno teniendo bajo sus pies las mayores reservas de petróleo ¡del mundo!

La cosa debe estar que arde pues Pepe Mujica, el ídolo de la “izquierda” latinoamericana, dijo que “Maduro está más loco que una cabra”. Y Miguel Ángel López Perito, antiguo jefe de gabinete de Fernando Lugo cuando era presidente, dijo, palabra más, palabra menos, que es mejor que Maduro se aparte o “terminará mal”. Lastimosamente, no terminará mal. Cuando las papas quemen se subirá a un avión, sigilosamente, y se irá a cualquier parte del mundo a disfrutar de una cuantiosa fortuna escondida hoy en alguna parte, lejos de la mano de la justicia de su país. Mientras tanto los venezolanos, como los brasileños y los argentinos, tendrán que pasar toda clase de privaciones para poder componer todos los rotos que dejaron los notables líderes del “socialismo del siglo XXI”.

Por Jesús Ruiz Nestosa

 

Acerca de jotaefeb

Un arquitecto jubilado. Aprendiz de todo, oficial de nada. Un humano más. Acá, allá y acullá. Hurgador de cosas cotidianas y trascendentes.

Comentarios

9 comentarios en “El final de un “sueño”

  1. La nueva política exterior de Brasil

    Por Andrés Oppenheimer

    A juzgar por lo que me dijo el nuevo ministro de Relaciones Exteriores de Brasil, José Serra, el país más grande de América Latina hará un cambio importante en su política exterior, y podría dejar de ser un aliado ideológico casi incondicional de Cuba, Venezuela y otros regímenes autoritarios.

    Serra, un excandidato presidencial que antes ocupó los cargos de gobernador de São Paulo, ministro de Desarrollo y ministro de Salud, me dijo que el nuevo gobierno del presidente interino Michel Temer hará un énfasis mucho mayor en la defensa de los derechos humanos en la región que sus antecesores.

    “Va a haber una nueva política exterior”, me dijo Serra en una entrevista telefónica. “La idea [central] es que la política externa brasilera tiene que seguir los intereses de la nación, y no los de un partido o una ideología, como ha sido en estos años”.

    Bajo el mandato de la presidenta suspendida Dilma Rousseff y su predecesor Luiz Inácio Lula da Silva, Brasil había apoyado a algunos de los peores violadores de derechos humanos del mundo.

    Ambos expresidentes pertenecen al Partido de los Trabajadores, de izquierda, y el consenso general en círculos diplomáticos es que habían entregado la dirección de la política exterior brasileña al ala izquierdista de su partido, en parte para compensar por algunas de sus medidas económicas a proempresariales.

    Lula incluso hizo campaña a favor del difunto presidente venezolano Hugo Chávez, a quien describió en una entrevista del 2008 como “sin la menor duda, el mejor presidente que ha tenido Venezuela en los últimos cien años”. Bajo los mandatos de Rousseff y Lula, las relaciones de Brasil con Latinoamérica habían sido conducidas por el asesor presidencial Marco Aurélio García, un hombre muy cercano a Cuba y Venezuela.

    Ahora, el nuevo gobierno despidió a García de su cargo y emitió un comunicado en el que rechaza enérgicamente las afirmaciones de Cuba y Venezuela de que el juicio político a Rousseff equivalía a un “golpe”, acusándolos de “propagar falsedades”.

    Según Serra, el Gobierno brasileño planea centrar su política exterior en la expansión de los lazos económicos y la defensa de los derechos humanos.

    “Evidentemente, vamos a tener una posición más enfática en materia de derechos humanos, independientemente de los países”, me dijo Serra. “[Lo haremos] sin intervención en los asuntos internos, pero vamos a tener posturas a ese respecto, sin duda ninguna”.

    En términos prácticos, el nuevo gobierno brasileño está considerando cerrar hasta 17 embajadas en África y el Caribe como parte de sus recortes de gastos para hacer frente a la desastrosa crisis económica que dejó Rousseff.

    Otro cambio importante que se espera de parte del nuevo gobierno de Brasil será la firma de un acuerdo de libre comercio entre el Mercosur y la Unión Europea, y quizás permitir que los miembros regionales del bloque firmen acuerdos bilaterales de libre comercio con países que no pertenecen al Mercosur.

    Con respecto a la defensa de la democracia, el expresidente brasileño Fernando Henrique Cardoso —que tiene lazos cercanos con el nuevo gobierno— me dijo en una entrevista por separado que es probable que Brasil respalde la imposición de sanciones diplomáticas regionales contra Venezuela bajo la Carta Democrática de la Organización de Estados Americanos.

    “Sin lugar a duda, hasta donde yo sé, [el nuevo gobierno] estará más inclinado a respaldar la aplicación de la cláusula democrática”, dijo Cardoso.

    Mi opinión: Es probable que la política exterior de Brasil cambie para mejor. Bajo Rousseff y Lula, Brasil había hecho la vista gorda a los abusadores de los derechos humanos en todo el mundo para mejorar sus relaciones con ellos y ser visto como un líder del Tercer Mundo.

    Ahora, aunque el gobierno de Temer se concentrará en reactivar la economía y su principal prioridad en política exterior será la promoción de las exportaciones brasileñas, Brasil probablemente adoptará una política exterior menos ideologizada, y más en sintonía con la de las democracias occidentales.

    Y lo más probable es que Serra será un canciller fuerte. Es uno de los políticos más conocidos de Brasil, un hombre de sólidas credenciales democráticas –fue exiliado político en Chile durante la dictadura militar brasileña de la década de 1960– y querrá dejar su marca en su nuevo puesto.

    Si hace lo que dice, Brasil –por su propio peso económico y diplomático– cambiará su política exterior para bien, y tendrá un gran impacto en toda la región.

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    Publicado por Anónimo | 30 mayo, 2016, 07:28
  2. El cruce de Brasil con Cuba y Venezuela

    Por Andrés Oppenheimer

    Cuando leí por primera vez que Cuba y Venezuela estaban encabezando una ofensiva diplomática contra Brasil tras la deposición constitucional de la presidenta Dilma Rousseff y la transferencia de poderes al presidente interino, Michel Temer, lo primero que pensé era que se trataba de un chiste.

    Ciertamente, es irónico que Cuba —una dictadura que no ha permitido elecciones libres, partidos políticos o siquiera un periódico independiente en más de cinco décadas— se atreva a criticar la democracia de Brasil por la suspensión de Rousseff por el Congreso, que tuvo lugar en estricto cumplimiento con la Constitución brasileña.

    Y es igualmente irónico que Venezuela, que se ha convertido en un régimen “de facto” cuyo gobierno autoritario no reconoce las leyes aprobadas por la Asamblea Nacional y encarcela a los principales líderes opositores, alegue contra toda evidencia que la suspensión de Rousseff ha sido el resultado de un “golpe”.

    Pero, efectivamente, un artículo del 15 de mayo del diario brasileño O Estado de São Paulo reportó que “Cuba está encabezando una campaña en contra de Brasil”, citando un correo electrónico enviado por la misión de Cuba ante la ONU en Ginebra a más de una docena de instituciones internacionales para protestar contra un supuesto “golpe de estado legislativo y judicial en Brasil”.

    Horas más tarde, el Ministerio de Relaciones Exteriores de Brasil publicó un enérgico comunicado que rechazaba “enfáticamente” las afirmaciones de Cuba, Venezuela, Bolivia, Ecuador y Nicaragua, “que se permiten opinar y propagar falsedades” sobre la política interna de Brasil.

    Curioso por averiguar más sobre el cruce entre el nuevo gobierno de Brasil y los regímenes que hasta ahora habían sido estrechos aliados de Rousseff, llamé al expresidente brasileño Fernando Henrique Cardoso, el arquitecto de la prosperidad de Brasil en las últimas décadas y probablemente uno de los expresidentes más respetados de Latinoamérica.

    Cardoso me dijo que las denuncias de “golpe” de Cuba y sus aliados probablemente son una estrategia defensiva, impulsada por el temor.

    “Mira, o ellos no tienen ningún conocimiento de lo que pasa en Brasil, o lo tienen mucho y tienen miedo”, me dijo Cardoso, agregando que dos tercios del Congreso brasileño –incluyendo muchos exaliados de Rousseff– votaron a favor de su destitución en un proceso constitucional que disfrutó de un apoyo popular generalizado. “Probablemente es una reacción preventiva de parte de Venezuela, Cuba y no sé cuantos otros, por temor de que las cosas vayan a cambiar mucho (en su contra)”.

    Cardoso señaló que Cuba y Venezuela están apoyando la narrativa de Rousseff acerca de un supuesto “golpe” para no reconocer que su gobierno fue repudiado por todo el país por su ineptitud, parálisis administrativa y corrupción generalizada. “Entonces, es una manera de despistar la realidad y decir: “Fue la derecha la que nos golpeó”, dijo Cardoso.

    El expresidente me dijo que Cuba y sus aliados no tienen nada que temer en lo que se refiere a sus relaciones diplomáticas y comerciales, excepto una posición más firme por parte de Brasil para defender la democracia y los derechos humanos en todo el hemisferio.

    El nuevo ministro brasileño de Relaciones Exteriores José Serra es un “demócrata progresista” que fue obligado a exiliarse durante la dictadura militar de Brasil en la década de 1960, y “un hombre de indiscutible orientación democrática”, dijo Cardoso.

    El expresidente añadió que “la posición del nuevo gobierno de Brasil va a ser mucho más firme” en materia de derechos humanos y democracia en la región que la del gobierno de Rousseff.

    Cuando le pregunté si cree que el gobierno de Temer apoyará la solicitud de la oposición de Venezuela de que la OEA invoque su Carta Democrática Interamericana contra el régimen venezolano, Cardoso dijo que “sin duda, el Gobierno de Brasil, hasta donde yo sé, va a ser más favorable a la aplicación de la Carta Democrática”.

    Mi opinión: En Brasil no hubo un golpe de Estado, sino la suspensión temporal de una presidenta mediante un proceso de juicio político perfectamente legal y constitucional, como el que se hizo contra el expresidente Fernando Collor de Mello en 1992.

    Lo que es escandaloso, en cambio, es que algunos miembros de la comunidad internacional todavía tomen en serio los sermones de Cuba y Venezuela sobre la democracia en Brasil, como si estos países tuvieran la autoridad moral para dar lecciones sobre democracia. El problema no es Brasil, que no ha quebrado el Estado de derecho, sino Cuba y Venezuela, que lo hacen todos los días.

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    Publicado por jotaefeb | 27 mayo, 2016, 06:59
  3. Dilmagate

    Por Guido Rodríguez Alcalá

    Hay que cambiar todo para que todo siga igual. Esta es la frase de un personaje de la novela El gatopardo, que dio origen a la expresión gatopardismo: mucho ruido, mucho cambio aparente, para dejar las cosas como estaban. En el caso del Brasil, se trataría de la corrupción, de acuerdo con una conversación telefónica entre el senador Romero Jucá y Sergio Machado, ex presidente de Transpetro, empresa estatal brasileña; la conversación se dio semanas antes del apartamiento de Rousseff. Con el reemplazo de Rousseff por Michel Temer, el senador Jucá se convirtió en ministro de Planificación, y se retiró del cargo al conocerse su conversación, grabada subrepticiamente y publicada en Folha de São Paulo (http://m.folha.uol.com.br/poder/2016/05/1774018-em-dialogos-gravados-juca-fala-em-pacto-para-deter-avanco-da-lava-jato.shtml?mobile).

    Tanto Jucá como Machado reconocieron que la grabación es auténtica, pero se disculparon con que se interpretaron sus palabras fuera de contexto, porque ellos no dijeron lo que se pretende hacer creer: en ningún modo pretendieron ellos detener la investigación de corrupción; no se referían a eso cuando hablaban de parar la “sangría” o “porra”. Sin embargo, el procurador general está detrás de ellos; el nuevo ministro se fue, y su interlocutor Temer puede enfrentar un proceso penal como “cajero” de ciertas operaciones ilegales de políticos.

    ¿Qué dice la grabación? En lo esencial que, para detener las investigaciones del affaire Lava Jato, dirigidas por el juez Sergio Moro, es necesario destituirla a Dilma; con el cambio de gobierno, la opinión pública se va a dirigir hacia otra cosa, y los procedimientos van a perder fuerza. En la grabación se oye decir a Jucá que él habló sobre el asunto con ciertos miembros de la Corte Suprema (no dice quiénes), y ellos le dijeron que esa “porra” (porquería) no iba a parar, ni la prensa iba a quedarse tranquila, mientras Dilma siguiera en el gobierno. También dice Jucá que él habló con ciertos altos jefes militares, quienes le aseguraron que iban a impedir que los grupos de izquierda crearan disturbios si la destituían a Dilma.

    Machado, según la grabación, estaba preocupado porque el juez Moro no iba a dejar piedra sin remover, y ahí podía caer él, y con su caída arrastrar a los demás, incluso a Jucá (“aí fodeu para todo mundo”). Jucá le responde que el asunto no debía quedar en manos del juez, y que la manera de evitarlo era buscar una solución política, que venía a ser ponerlo a Temer en lugar de Dilma. “Tem que mudar o governo para estancar essa sangría” (hay que cambiar el gobierno para detener esa sangría). Poco después de la charla, comenzaron las tratativas entre los dirigentes de la oposición, y se llegó al resultado conocido: Temer, con varias acusaciones de corrupción, formó un gabinete con siete ministros corruptos.

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    Publicado por jotaefeb | 25 mayo, 2016, 18:39
  4. Brasil: aprender en tiempos revueltos
    Por Rodrigo Quintana –

    La ley de aprendices de Brasil no ha logrado los resultados esperados una década después de su puesta en marcha. Con la elevada demanda de trabajadores competentes y los altos retornos para aprendices, se esperaría que la ley fuese un éxito rotundo. Sin embargo las empresas solo consiguen llenar 23% de las plazas de aprendices que les corresponde. ¿Qué puede explicar tan baja participación?

    Una ley necesaria
    En Brasil la mitad de jóvenes que consiguen su primer trabajo lo encuentran en el sector informal. Esto los lleva a acumular pocas competencias prácticas y ser menos atractivos para un empleador formal. Este desajuste entre las habilidades que ofrecen y las que demandan los empleadores termina generando una alta rotación de un trabajo a otro. Para romper este círculo vicioso, Brasil aprobó la Ley de Aprendiz en 2005 con el objetivo de facilitar la transición escuela-trabajo de los jóvenes al principio de sus carreras.

    Durante dos años, los jóvenes tienen que pasar de 6 a 8 horas diarias entre un aula –absorbiendo habilidades técnicas– y un local de trabajo –poniéndolas en práctica. Los aprendices, de entre 14 y 24 años, gozan de todos los derechos laborales de un trabajador formal, incluyendo salario mínimo, aguinaldo, vacaciones, vales y seguro de desempleo. Para incentivar a los empresarios, la ley disminuye el costo de separación. Las empresas reciben una rebaja del 8% al 2% de la contribución al fondo de liquidación por emergencia, y además obtienen exención de los costos por dimisión sin previo aviso e indemnización.

    Alta demanda por trabajadores entrenados…
    La ley es más que justificada. Por el lado de los empresarios existe una alta demanda de trabajadores competentes. Tres de cada cuatro firmas manufactureras, más que la media latina, se quejan de la pobre capacidad de sus trabajadores. Los empleadores se demoran 9 semanas en llenar posiciones que requieren habilidades altas, y un 43% de ellos considera la falta de estas como barrera para contratar. Además, casi la mitad dicen ofrecer entrenamiento y dos de cada tres trabajadores dicen recibirlo.

    … y por entrenamiento
    Por el lado de los jóvenes, los beneficios del entrenamiento dual son considerables. Los aprendices, comparados con otros empleados temporales, tienen una alta probabilidad de obtener un trabajo formal e indefinido 2 o 3 años después de acabar el programa. La mitad de estos han conservado sus trabajos y han visto aumentar sus salarios, aunque moderadamente. Otros aprendices que cursan programas de corto plazo tienen un salario un 25% superior respecto a jóvenes que solo toman cursos más largos exclusivamente en las aulas.

    Pero baja participación
    ¿Cómo es posible que, con altos retornos para aprendices y alta demanda de trabajadores competentes, las empresas cubran menos de una cuarta parte de la cuota de aprendices?

    La primera hipótesis es que la ley obliga a participar de forma horizontal a todas las empresas independientemente del sector sin tener un entendimiento vertical de sus necesidades de negocios ni el perfil de aprendices. Por ejemplo, Ceará es un estado donde prevalece el sector servicios. Allí los estudiantes ven con recelos carreras como mecánica en comparación con ingeniería en sistemas, a pesar de que en la primera pueden aprender a usar máquinas de alta tecnología. Por ende en Ceará es más difícil encontrar un aprendiz para la industria que uno de servicios. Sin embargo, la ley obliga a las empresas de ambos sectores por igual a contratar 5% de su mano de obra como aprendices.

    La segunda es que los estudiantes parten de un nivel bajo de educación y con habilidades emocionales (persistencia, auto-control, puntualidad) e interpersonales (trabajo en equipo) tan escasas que desincentiva a los empleadores a contratarlos.

    La última hipótesis es que los costos de contratación –iguales al de un trabajador formal– y de entrenamiento no se equiparan al nivel de productividad del aprendiz ni a los costos de separación.

    Cualquiera sea la explicación, la ley debería ser rediseñada siguiendo su propia lógica: aprender practicando. Han pasado diez años desde su concepción y es hora que afine su paquete de incentivos según las necesidades de las empresas. Parafraseando a Einstein, no se puede esperar resultados diferentes haciendo siempre lo mismo. Mucho menos cuando el mercado de trabajo en Brasil está bailando al ritmo de forró. Y de seguir así, en un año se puede llegar a niveles de desempleo de hace una década.

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    Publicado por jotaefeb | 24 mayo, 2016, 10:28
  5. Las políticas populistas le robaron el futuro a Brasil
    Por EDUARDO PORTER

    Hasta hace poco los brasileños probablemente se contaban entre las personas más optimistas del mundo. Y con razón: entre 2008 y 2013, mientras que Estados Unidos y Europa lidiaban con las consecuencias de una severa crisis, provocada por la fe ciega en la sabiduría del mercado financiero, en Brasil el ingreso por persona aumentó 12 por ciento, después de la inflación. Los salarios se dispararon. La tasa de pobreza se desplomó. Incluso se redujo la desigualdad.

    Brasil, según el Fondo Monetario Internacional, es apenas un país de ingresos medio altos. Pero quizás por primera vez en su historia, el eterno “país del futuro”, como los brasileños suelen decir, se vio a sí mismo como un rozagante miembro del grupo de países emergentes BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica), quizá incluso con más posibilidades que China de saltar a las filas de los países más ricos del mundo.

    Pero eso no ocurrió.

    Según los pronósticos del FMI, la economía brasileña se encogerá 8 por ciento entre 2015 y 2017. Es una caída más fuerte incluso que la contracción de principios de la década de 1980, la cual marcó el inicio de lo que todavía se conoce en Brasil y en gran parte de América Latina como la “década perdida”.

    El desempleo alcanzó el 11 por ciento en el primer trimestre. La transformación de Brasil en una economía avanzada, que alguna vez vieron tan cercana, de nuevo parece ser más bien un espejismo que se desvanece.

    ¿Qué pasó?

    Es común en América Latina que el alza en los precios de las materias primas dé lugar a falsas esperanzas. Con China comprando enormes cantidades de soya y hierro brasileños, era quizá inevitable que sus gobernantes se sintieran invencibles, especialmente cuando entraban olas de dinero extranjero impulsadas por las bajísimas tasas de interés en Estados Unidos y las elevadas tasas brasileñas.

    “Lula pensó que era un genio de la economía”, comentó José A. Scheinkman, un reconocido economista brasileño que ahora trabaja en la Universidad de Columbia, acerca del expresidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, quien dejó el cargo en enero de 2011.

    El auge en los precios de las materias primas no creó un nuevo paradigma económico. Pero convencidos de que habían creado nuevas leyes de economía, Lula y su sucesora cometieron errores críticos.

    “El boom retrasó otras políticas más costosas: reformas judiciales, fiscales, educativas y del mercado de trabajo, así como la apertura comercial”, señaló Alejandro Werner, director del departamento del Hemisferio Occidental del FMI.

    Cuando Dilma Rousseff sucedió a Da Silva, apostó a la alternativa populista con más entusiasmo. Los beneficios del libre mercado, concluyó, no son para tanto. El tipo de reformas que prefiere el FMI, esas que ofrecen beneficios económicos a costa de tensiones políticas, no valían la pena. Mejor que el Estado dirija el desarrollo de la economía.

    Brasil ha tenido una economía muy cerrada desde hace mucho tiempo. Según la Organización Mundial del Comercio, su arancel promedio del 10 por ciento es el más alto de los países BRICS. Esto no impidió al gobierno brasileño aumentar aún más la protección a sectores favorecidos, como la industria automotriz. Los tres bancos federales de desarrollo otorgaron tantos préstamos subsidiados, que para el año pasado eran responsables de más de la mitad de todo el crédito en Brasil.

    No tiene nada de malo que el gobierno quiera estimular la economía durante una recesión. El problema del gobierno brasileño es que no supo cuándo detenerse. En muchas ocasiones, sus intervenciones parecían responder más al oportunismo político. Los aumentos en el salario mínimo, un parámetro crítico para indexar salarios, pensiones y otros precios obtuvieron mucho apoyo. También fue popular en su momento el control de precios de la gasolina y la electricidad, que evitaron que se disparara la inflación por encima del objetivo oficial.

    “Fue un error clásico de economía política”, afirmó Rubens Ricúpero, economista y diplomático brasileño que fungió como ministro de Hacienda en la década de los noventa. “Estaban aferrados al poder”.

    Monica de Bolle, economista brasileña en el Peterson Institute for International Economics, ubica el inicio del viraje hacia el populismo en 2006, cuando el entonces presidente Da Silva se vio envuelto en un escándalo de compra de votos conocido como mensalão.

    “Después de este escándalo, se volvió mucho más populista”, indicó. “Necesitaba apoyo para que no lo obligaran a abandonar el cargo”.

    Las políticas populistas también fueron útiles cuando Da Silva quiso garantizar la elección de su sucesora, Rousseff, y cuando esta buscó asegurar su propia reelección en 2014, cuando el auge de las materias primas ya había perdido casi todo el aire. A fin de cuentas, esta estrategia abrió el camino para el juicio político en su contra, cuando se descubrió que los bancos federales de desarrollo estaban financiando subrepticiamente al gobierno, y ocultaban así un creciente déficit en el presupuesto.

    Brasil estaría en problemas incluso sin los escándalos. Era evidente que dos fenómenos terminarían por desacelerar la economía: China cada vez compra menos materia prima a Brasil y los ajustes en la política monetaria de Estados Unidos han reducido drásticamente los flujos de capital. Pero son los desaciertos en la política económica los que convirtieron a la recesión en crisis. Cuando se complicó el panorama internacional, la economía de Brasil se encontró bajo una deuda pública monumental, y los bancos estatales con un portafolio de miles de millones en préstamos incobrables para empresas que alguna vez se trataron de convertir en protagonistas internacionales.

    En una economía como la de Brasil —donde las empresas dependen enormemente del gobierno para obtener contratos, subsidios, préstamos preferenciales y otras protecciones– la corrupción no sorprende.

    ¿Qué puede aprender el resto del mundo de las tribulaciones de Brasil?

    “Lula volvió poco a poco al viejo modelo de economía cerrada”, señaló Armínio Fraga, director del Banco Central en la década de los noventa, durante el muy breve periodo en que Brasil consideró abrir su economía. “Funcionó mientras los precios de las materias primas y las condiciones financieras tuvieron un buen desempeño, pero en cuanto cambió la situación, el esquema resultó insostenible”.

    Brasil no es un caso aislado. Hasta la década de los ochenta, varios gobiernos de América Latina probaron políticas similares de control estatal. En tiempos más recientes, también los gobiernos de Venezuela y Argentina se dedicaron los últimos 10 años a aumentar su control sobre la economía.

    Una lección importante de la crisis del populismo brasileño es que no resulta de un conflicto entre el libre mercado y las políticas para combatir la pobreza y fomentar la inclusión social. La estrategia de Brasil en contra de la pobreza arrancó en la década de los noventa, mucho antes de que optara por el control del Estado. Además, la mayoría de los enormes subsidios que otorgó el gobierno brasileño en los últimos años fueron para grandes corporaciones, no para los pobres.

    “Todos los empresarios apoyaron las intervenciones con el tipo de cambio y las tasas de interés, el crédito subsidiado y las intervenciones en los precios de la electricidad y la gasolina”, opinó Marcos Lisboa, director de Insper, un instituto educativo y de investigación de São Paulo. “No apoyaron la apertura del país al comercio”.

    Las desventuras de Brasil tampoco quieren decir que deba condenarse la competencia económica de toda la izquierda latinoamericana. Ricúpero, exministro de Hacienda, destaca que Bolivia y Ecuador, cuyos gobiernos son de tendencia izquierdista, aplicaron estrategias económicas más prudentes y evitaron el cruel destino de Brasil.

    “No todos los gobiernos que tienen una inclinación social van a hacer lo mismo que Brasil”, puntualizó.

    El fracaso de Brasil trae consigo una lección más complicada: el desarrollo no es fácil. Así como el ascenso y la caída de Brasil nos ofrecen una lección sobre las limitaciones inherentes del gobierno, el gran colapso estadounidense de 2008 también nos previene del peligro de dar rienda suelta a los mercados. México, una economía mucho más abierta, tampoco ha logrado emerger al primer mundo, a pesar de dos décadas de una administración económica que sigue al pie de la letra las recomendaciones del FMI.

    Las materias primas nunca han ofrecido un camino seguro hacia el desarrollo. Incluso los países más exitosos del siglo XX, como Taiwán y Corea del Sur —que se desarrollaron con base en las exportaciones de manufacturas—, no ofrecen ya un modelo a seguir para un mundo en que pronto todo será manufacturado por robots.

    Estas experiencias ofrecen algunas lecciones: es necesario invertir en el capital humano, administrar con prudencia las bonanzas de las materias primas y reconocer que debe haber apertura a la competencia del extranjero para lograr el desarrollo. El mayor reto es evitar el aislamiento, que como América Latina ha demostrado una y otra vez, solo reduce la productividad.

    Como diría el Presidente Obama, no hagamos tonterías; las recetas fáciles —especialmente las que no funcionaron en el pasado— probablemente fallarán si intentamos aplicarlas de nuevo. Esta moraleja se aplica también a Estados Unidos, que tiene en Donald Trump a su propio populista. Trump ofrece muros y barreras arancelarias a sus agraviados seguidores. Podría aprender algo de la experiencia de Brasil.

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    Publicado por jotaefeb | 24 mayo, 2016, 10:25
  6. Un nuevo capítulo en la relación de Estados Unidos y América Latina

    En 2004, el Presidente venezolano Hugo Chávez y el líder cubano, Fidel Castro, lanzaron la Alternativa Bolivariana para las Américas, una alianza regional de líderes de izquierda diseñada para subvertir el acuerdo de libre comercio hemisférico que Estados Unidos había buscado durante más de una década.

    En los años que siguieron, la esperanza de Washington de lograr un acuerdo con 34 países se desvaneció y su influencia en la región disminuyó a medida que los votantes de la región depositaron su confianza en políticos populistas que prometieron compartir la bonanza generada por el alza de precios de las materias primas y desbancar a las élites políticas enconadas en el poder. Las exportaciones de la región a China crecieron más de un 25 por ciento entre 2000 y 2013 y permitieron a Brasil, Argentina, Venezuela y Bolivia financiar generosos programas sociales que sacaron a millones de personas de la pobreza.

    Pero la muralla de gobiernos de izquierda de América Latina amenaza con resquebrajarse debido a casos de corrupción generalizada, el desaceleramiento de la economía china y malas decisiones de política económica. En general, estos líderes no lograron crear economías diversificadas capaces de soportar los ciclos económicos, con sus altos y sus bajos. Los sistema de bienestar social y pensiones que conquistaron la lealtad de los votantes no han resultado sostenibles. Los líderes de Venezuela, Ecuador, Bolivia, incumplieron ciertas tradiciones democráticas al expandir sus mandatos o eliminar los límites de estos y crearon redes de clientelismo para cooptar a algunas instituciones públicas independientes.

    La región vive su segundo año consecutivo de contracción económica. Y mientras las tesorerías han quedado vacías, los votantes en Argentina, Bolivia y Venezuela han repudiado a los líderes populistas en las urnas. Los legisladores brasileños le quitaron la inmunidad a la Presidenta Dilma Rousseff para juzgarla por movimientos financieros poco claros. En Venezuela, el sucesor de Hugo Chávez, Nicolás Maduro, lucha por su supervivencia. Y el año pasado en Ecuador el Presidente Rafael Correa, de izquierda, decidió no buscar un cuarto mandato en medio de una creciente crisis económica. Cuba, por su parte, trata de crear una relación constructiva con Estados Unidos.

    Este nuevo entorno político ha abierto la puerta a una nueva generación de líderes que buscan un rumbo nuevo para América Latina. Eso le ofrece a Estados Unidos la posibilidad de comenzar de nuevo su relación con sus vecinos, en especial con algunos que a lo largo de la historia han acusado a Washington de imperialista o negligente, o ambos.

    Por ejemplo, los nuevos gobiernos en Argentina y Brasil podrían ser más receptivos a aumentar su cooperación con Estados Unidos, mucho más de lo que lo han sido desde el inicio de siglo. Aunque Washington ya no tiene ansías de firmar nuevos acuerdos comerciales –una especie de pararrayos en la carrera presidencial de 2016– sería tonto no aprovechar la oportunidad.

    Estados Unidos puede ayudar a sus vecinos a ser más competitivos y estables al promover la inversión en tecnología, la innovación y la educación de calidad. Y puede mostrar el nuevo escenario de seguridad en Colombia, una de las economías que más crece en la región, como evidencia del potencial que tienen las alianzas a mediano y largo plazo en el ámbito de seguridad. Washington puede hacer más para que Centroamérica y el Caribe encuentren fuentes de energía más sostenibles, en especial cuando ya no pueden contar con el petróleo subsidiado por Venezuela. Y también pueden apoyar las iniciativas anticorrupción por las que claman ciudadanos de todo el continente.

    Aún así, el futuro de América Latina no puede depender de Estados Unidos. A fin de cuentas, para construir un futuro más prometedor la región necesita líderes que puedan rendir cuentas ante sus ciudadanos, que estén dispuestos a invertir en prosperidad a largo plazo y no en su propias carreras políticas y que estén dispuestos a reconocer los errores colosales de sus antecesores.

    http://www.nytimes.com/es/2016/05/23/un-nuevo-capitulo-en-la-relacion-de-estados-unidos-y-america-latina/?em_pos=small&emc=edit_bn_20160523&nl=boletin&nl_art=4&nlid=74703206&ref=headline&te=1

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    Publicado por jotaefeb | 24 mayo, 2016, 10:14
  7. Brasil: El desafío es el déficit fiscal

    De un tiempo a esta parte, las noticias del Brasil son todas negativas. Cinco años atrás parecía que Brasil por fin se encaminaba hacia el desarrollo. ¿Qué pasó para que todo haya cambiado tan drásticamente? ¿Qué falló, la política, la economía o ambos? ¿Qué desafíos tiene que enfrentar para reencauzar la economía?

    Brasil tiene ciertas características estructurales que limitan su potencial de crecimiento económico. Un bajo nivel de ahorro nacional, una carga tributaria extremadamente alta (40% del PIB) además de regulaciones laborales y previsionales que finalmente terminan representando un elevado “costo Brasil” que imposibilita a amplios sectores industriales ser competitivos a nivel internacional.

    Estas debilidades estructurales fueron profundizadas en los últimos años. Esto sin que se notara por el efecto positivo que tuvo el “superciclo de commodities” y la abundancia de capitales que concurrentemente existió en el mundo en la última década.

    Brasil creció gracias a la exportación de commodities como el acero, la soja, la carne, etc., y a la utilización del ahorro externo para financiar el gasto público y el consumo privado. Crecieron los sectores agropecuarios y de servicios, pero decreció el sector industrial.

    La política económica fue altamente procíclica, tanto la fiscal como la monetaria. Se expandieron grandemente los programas de transferencias, el crédito del BNDES para financiar grandes proyectos y el crédito bancario privado al consumo, etc.

    El superciclo terminó. El Estado brasileño no aprovechó para ahorrar y la deuda pública ha alcanzado niveles peligrosos para la estabilidad macroeconómica del país.

    Los desafíos de la política económica son enormes y los márgenes de maniobra son pequeños, en un país ya convulsionado política y socialmente. Por lo tanto, hay que definir prioridades.

    La prioridad en el corto plazo es eliminar el déficit fiscal que en el 2015 alcanzó el 10,4% del PIB y estabilizar la relación deuda pública/PIB para luego reducirla gradualmente del 70% actual a niveles del 60% a mediano plazo.

    El déficit fiscal está explicado principalmente por el déficit del sistema previsional y por los pagos de intereses de la deuda pública. Solo los intereses representaron un 8,6% del PIB en el 2015.

    Por lo tanto, además de la reforma previsional, es necesario buscar estrategias para reducir el costo de la deuda pública.

    El 85% de la deuda está en manos de inversionistas brasileños. El 65% está indexada a la tasa de política monetaria del Banco Central del Brasil (Selic), la cual hoy está en un 14,25% anual y a la inflación del IPC que hoy está en 9,3% anual.

    Es necesario reducir la tasa de inflación a la meta del Banco Central del 4,5% anual y concomitantemente reducir la Tasa Selic a niveles del 7,5% anual. Ambas cosas son factibles a mediano plazo y podría reducir el déficit fiscal en un 3,25% del PIB solo por este efecto.

    Considerando los ingresos tributarios basados en el PIB cíclicamente ajustado, sería necesario un ajuste adicional en los gastos primarios de entre el 3 y 4% del PIB para alcanzar el equilibrio fiscal en un periodo de 3 a 5 años.

    El ministro de Hacienda, Henrique Meirelles, ha dicho que encontró una situación fiscal más difícil aún de lo que pensaba inicialmente y ha anunciado una reforma para reducir el déficit previsional como un primer paso. Están encarando el problema de manera coherente esta vez.

    Por lo tanto, si bien los márgenes de la política económica son exiguos, es posible corregir el déficit fiscal a través de un programa de ajuste coherente y con perspectiva de largo plazo. Esto permitirá al Brasil restaurar la confianza en la economía, salir de la recesión, reactivar el crecimiento y la creación de empleos. Como siempre, está en manos de la famosa voluntad política.

    Por César Barreto Otazú

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    Publicado por jotaefeb | 24 mayo, 2016, 07:03
  8. Dilma y Cristina, la megacorrupción

    Los machistas están contentos: las dos mujeres más poderosas de Sudamérica, ahora expresidentas, enfrentan juicios por megacorrupción. Cristina Kirchner es imputada en varios casos de negociados gigantescos a costas del erario público. Dilma Rousseff fue temporalmente destituida de su cargo y afronta un juicio político en el contexto de una corrupción generalizada en su gobierno.
    América Latina está atravesando una nueva etapa histórica en la cual los peligros para la estabilidad política ya no provienen de las potencias colonialistas, de los cuarteles militares ni de las ideologías extremistas. Terminaron las invasiones territoriales, los golpes de Estado y las guerras de guerrillas marxistas. Ahora el enemigo está dentro de cada sociedad; no porta armas, no reprime con tanques ni levanta banderas ideológicas; es un simple papel: el dinero.

    La corrupción es el enemigo más frecuente y poderoso en las sociedades contemporáneas y actúa no solamente en naciones pobres del Tercer Mundo sino en todo el planeta, como lo prueban los “Papeles de Panamá” y el escándalo de “Fifagate”.

    Los casos más conocidos y recientes de nuestro continente afectan a Venezuela, Argentina y Brasil. Aunque vociferan su socialismo y culpan de todo a Estados Unidos, la verdad es que los gobiernos de Chávez y de Maduro se han robado toda la riqueza del país; los venezolanos pasan hambre y el caos precede a una crisis de tragedias.

    En Argentina, los Kirchner alzaron con una mano la bandera de la izquierda, del peronismo populista y de los derechos humanos, mientras con la otra mano recogían para sí gran parte de todos los fondos destinados a obras públicas y concesiones estatales. Néstor, Cristina y Máximo acumularon fortunas incalculables y dejaron al nuevo gobierno un país en bancarrota.

    El caso de Dilma es parecido pero diferente. Ella no es la cabeza de los políticos hijos de Ali Babá, pero fue puesta en la cumbre por el Partido de los Trabajadores (PT), cuyo líder histórico, Lula Da Silva, sí montó un sistema amplio, complejo y sistémico de corrupción. Aquí no hay una familia que se queda con casi todo, sino que la repartija del dinero público comprende a los principales dirigentes de los partidos más importantes, incluyendo a los ministros del Ejecutivo y a las autoridades del Congreso.

    La corrupción brasileña es tan grande, que las acusaciones de soborno alcanzan al propio presidente actual, Michel Temer, al titular de Diputados, que fue destituido del cargo, y a los líderes de las bancadas parlamentarias que, paradógicamente, votaron a favor del juicio político a Rousseff.

    En Paraguay, los casos de corrupción carcomen a los tres poderes del Estado. Tenemos numerosas denuncias de negociados en los ministerios, en las intendencias, en ambas cámaras del Congreso, en la justicia electoral y entre los propios ministros de la Corte Suprema de Justicia. Tanto robo de los fondos públicos desnatulariza, debilita y envilece el sistema democrático.

    La corrupción es el veneno de los gobiernos actuales. Repudiarlo no es suficiente. ¿Alguien conoce algún antídoto?

    Por Ilde Silvero

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    Publicado por jotaefeb | 24 mayo, 2016, 07:02
  9. “Golpes de Estado”

    En los procesos en curso en Brasil y Venezuela, así como en el que cupo soportar a Paraguay en su momento, hay voces a contramano que consideran golpe de Estado las acciones tendientes a destituir a los mandatarios de aquellos países, a pesar de la multitudinarias demostraciones de desaprobación actual a sus gestiones y de la legalidad y legitimidad de las acusaciones formuladas, y a pesar inclusive de la identidad ideológica de “los golpistas”.
    Si ha de considerarse golpe de Estado el impeachment en contra de Dilma Rousseff y la revocatoria de mandato en contra de Nicolás Maduro, inclusive el juicio político que destituyó al expresidente Fernando Lugo, habría que admitir que estos países contemplan impúdicamente el golpe de Estado en sus propias Constituciones.

    En nuestro país, se sabe, el artículo 225 de la Constitución autoriza al Congreso a enjuiciar no solo al presidente sino también al vice, a los ministros, a los miembros de la Corte, el fiscal general, defensor del Pueblo, contralor, subcontralor y a los miembros del TSJE. Pueden hacerlo por mal desempeño de sus funciones, por delitos cometidos en el ejercicio de sus cargos o por delitos comunes, al solo efecto de separarlos de sus cargos. También se sabe que los parlamentarios tienen discrecionalidad en las acusaciones siempre y cuando estas cuadren con las tres causales.

    En Brasil existe la figura de “delito de responsabilidad” que más o menos se asemeja a “por delitos cometidos en el ejercicio de sus funciones” de nuestra Constitución, pero con la diferencia de que la Constitución brasileña tipifica cuáles pueden ser tales delitos: “los actos del Presidente de la República que atenten contra la Constitución Federal y, especialmente contra: I la existencia de la Unión; II el libre ejercicio del Poder Legislativo, del Poder Judicial, del Ministerio Público y de los Poderes constitucionales de las unidades de la Federación; III el ejercicio de los derechos políticos, individuales y sociales; IV la seguridad interna del País; V la probidad en la Administración; VI la ley presupuestaria; VII el cumplimiento de las leyes y de las decisiones judiciales”. Rousseff no está acusada de corrupción sino de atentar contra la ley presupuestaria.

    En cuanto a lo que pasa en Venezuela, donde la ciudadanía se manifiesta en favor de la revocatoria de mandato de su presidente, la Constitución venezolana en su artículo 72 establece que “Todos los cargos y magistraturas de elección popular son revocables. Transcurrida la mitad del período para el cual fue elegido el funcionario o funcionaria, un número no menor del veinte por ciento de los electores o electoras inscritos en la correspondiente circunscripción podrá solicitar la convocatoria de un referendo para revocar su mandato”. Maduro adelantó que no permitirá un referendo.

    Los mandatarios elegidos democráticamente cuentan con protección de la ley para desempeñar el cargo por el período establecido. Por más multitudinarias que fuesen las manifestaciones populares, no se los puede despojar de la investidura sin promediar el mandato y los mecanismos constitucionales para hacerlo, y por supuesto los conductos institucionales contemplados para el efecto.

    Si una multitud, por ejemplo, irrumpiera en el palacio de gobierno y sacara al presidente de su despacho, o si un pelotón militar hiciera lo mismo o en cualquier otra forma no contemplada en las Constituciones de los respectivos países, estamos frente a un golpe de Estado.

    Pero cuando la propia Constitución establece las condiciones que deben cumplirse para deshacerse de ellos, no es el caso. Es la democracia la que coloca estos mecanismos en las Constituciones con el fin de poner límites al abuso que se puede cometer en el ejercicio del poder

    Las deslealtades, traiciones, abandonos y acomodos de los amigos políticos que se pasaron a la vereda de enfrente son gajes del oficio que no invalidan las iniciativas de revocatoria, impeachment y juicios políticos, a los cuales los demócratas de verdad deberán acostumbrarse, al menos si todavía pretendemos continuar en Estado de Derecho.

    Por Edwin Brítez

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    Publicado por jotaefeb | 24 mayo, 2016, 07:01

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