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Donald Trump ya espera a Hillary: el elegido

Donald Trump ganó las primarias del Estado de Indiana y se asegura la nominación. Es cierto, aún no se ha oficializado su nominación, pero el presidente del Partido Republicano ya lo ha declarado tal: el magnate de Nueva York es el nominado “presunto” del Partido. Solo quedaría la parte formal de la convención en la ciudad de Cleveland en julio para declararla como candidatura oficial. La victoria de este martes fue categórica. Trump obtuvo el 53% de los votos contra 36% del senador Cruz y apenas 7% del gobernador de Ohio, Kasich. Trump gana así todos los 57 delegados de Indiana, que lo acercan a los 1.237 que se necesitan para ser ganador oficial. Suma, hasta el momento, alrededor de 1.007 delegados, pero aún faltan primarias en la costa oeste, California y algunos estados como West Virginia, Nebraska y Nueva Jersey. Lo cierto es que, matemática –y lo que es más llamativo– políticamente, Trump aparece inalcanzable.

Además, el camino se le ha allanado a Trump con la suspensión de la campaña del senador Ted Cruz de Texas que hasta ahora había sido el gran rival y durante varios meses la única alternativa real a Trump. En un emotivo discurso de aceptación de su derrota, Cruz anunció su retiro, delineando una serie de puntos que indicaban la tradición conservadora-liberal de su candidatura y que, sin mencionarlo explícitamente, no está representada por Trump. Pero los números no cierran para Cruz. Es que “esta noche los votantes eligieron otro camino. Por ello, suspendemos nuestra campaña”, expresó de manera casi nostálgica, mientras miraba a su nominada vicepresidente y también exasperante presidencial Carly Fiorina, con tristeza.

Una cosa es segura, este martes fue una fecha histórica: un candidato sin tradición partidaria, nunca elegido antes para un cargo público, y resistido por el aparato del mismo partido, gana, y lo hace con cierta holgura, la nominación. Como un “outsider”, cuya relación con el votante no es de racionalidad política, sino de pertenencia y afectos, Trump deja unas primarias sin precedentes. A Trump, el votante marginado y dejado de lado por los aparatos de poder, se relaciona con el afecto. Por eso, creo, los argumentos propuestos sobre la demagogia de sus políticas no han calado. A Trump se lo ama o se lo odia. Cualquier crítica a sus políticas públicas se ha tomado como un ataque personal del Establishment.

Y lo que es más llamativo, Trump gana la nominación con una serie de propuestas políticas contrarias a su partido y más afines al populismo demócrata y con un estilo que es difícil encontrar en la historia política de este país. Talvez, yo diría, el magnate tiene cierto parecido con el “nacionalismo” y la apelación a la “mayoría silenciosa” de Richard Nixon en cuestión de política interna, pero con la diferencia de que Nixon era un político avezado cuando lo nominaron y, por supuesto, uno de los mejores conocedores de política internacional. Ninguna de estas cualidades las posee Trump, pero si el desparpajo para entrar en batallas políticas sin miramientos, deslenguado, y con una estrategia que no admite límites. Apenas este martes, durante las votaciones, había dicho que el padre del senador Cruz, inmigrante de Cuba en los años cincuenta, había sido “visto” en una fotografía con Lee Harvey Oswald días antes del asesinato de J.F. Kennedy, insinuando preguntas sobre sus actividades de entonces. Hoy, el padre de Cruz, es un conocido predicador evangélico que resultaría muy difícil de creer semejante asociación. Esta historia fantástica, que había sido publicada en la prensa amarilla, Trump no tuvo empacho de elevarla a una categoría de denuncia pública.

Todo esto, los tiene nerviosos a los demócratas de Hillary. Nadie sabe cómo se va a desarrollar la batalla entre ambos ni los límites de la misma. Para peor, Bernie Sanders este martes, le ganó a la ex secretaria de Estado en Indiana, poniendo en el tapete la desconfianza que la clase obrera demócrata de estados centrales tienen hacia la candidatura de la esposa del ex presidente. Clinton, a pesar de contar con el apoyo del enorme aparato partidario, tiene una fuerte resistencia dentro de su propio partido, contraria a la aceptación que la candidatura de Sanders ha generado. Y lo que es más preocupante a los demócratas, es el mensaje abierto de Trump hacia los obreros marginados de las industrias de Estados como West Virginia, Wisconsin, Pensilvania, etc –tradicionalmente demócratas– de la traición sufrida por los tratados de libre comercio, como NAFTA y donde la senadora Clinton y su esposo, fueron defensores fervientes.

Es de locos querer demostrar en política, diría Aristóteles. Política no es dos más dos igual a cuatro. Es tan tonto como querer usar retórica para convencer a alguien de un teorema. La geometría no se demuestra. Y sus conclusiones, son o no son verdaderas. La política es otro animal, es otro tipo de ciencia: exige persuasión, retórica. Es el reino de la palabra dicha, pero también de la palabra oída. O la palabra no dicha. Y también de la mentira, o las medias verdades. Insinuaciones. Y ahí entran los afectos, prejuicios, odios, rencores y amores como “filtros” del mensaje. Trump, en la simpleza de su retórica, ha sabido “tocar” las fibras de un resentimiento dormido, real o imaginario, de muchos ciudadanos que confían, en su credulidad, que él –como líder– va a solucionar todos los problemas. Pero en política, no hay salvadores. Pero esta verdad, lastimosamente, solo se ve después del hecho.

Acerca de jotaefeb

Un arquitecto jubilado. Aprendiz de todo, oficial de nada. Un humano más. Acá, allá y acullá. Hurgador de cosas cotidianas y trascendentes.

Comentarios

8 comentarios en “Donald Trump ya espera a Hillary: el elegido

  1. No lloren por Estados Unidos todavía
    El señor Donald Trump asegura que bajo su presidencia Estados Unidos volverá a ser un país extraordinario. Tan pronto triunfe en los comicios, afirma, recuperará los puestos de trabajo que, según él, se han trasladado a Asia o a México. Los inmigrantes ilegales y los terroristas no podrán franquear los muros erigidos en las fronteras.
    Las fuerzas armadas de su país serán otra vez imbatibles. Pulverizará a los enemigos islamistas. Los aliados tendrán que pagarle al gobierno federal por la presencia de tropas norteamericanas que impiden las invasiones extranjeras. Pondrá todo su peso como negociador experto en terminar o modificar los tratados de comercio libre que no favorezcan a Estados Unidos. El resto del planeta, en consecuencia, comenzará de nuevo a respetar y a admirar a su patria.

    Se trata de un mensaje electoral efectivo, pero falso, con ciertos elementos de paranoia que pueden resultar contraproducentes. Stephen D. Reicher y S. Alexander Haslam (Scientific American Mind) advierten que no hay mayor estímulo al reclutamiento de terroristas islamistas que amenazarlos con el exterminio. No obstante, el discurso de Trump conecta con esa parte sustancial del censo que sostiene una visión pesimista de la realidad social y económica de Estados Unidos. Ocurre, sin embargo, que es una percepción equivocada.

    La verdad es que Estados Unidos, pese a los problemas que presenta, y a las numerosas patologías sociales que exhibe, inevitables en una nación diversa y democrática de 323 millones de habitantes procedentes de todas las culturas, etnias y orígenes, es la primera e indiscutible potencia del mundo. No hay ninguna nación del planeta que, por ahora, le dispute la hegemonía.

    En el 2016 su PIB está muy cerca de los 19 billones (trillones en inglés). Es el primero del mundo. Con menos del 5% de la población mundial, el país produce el 20% de los bienes y servicios que se generan en la Tierra, y su productividad es cinco veces mayor que la china.

    El 86% de las transacciones internacionales se realizan en dólares. El dólar es la divisa más importante que existe y moneda-refugio en épocas turbulentas (como ahora). El índice de desempleo, en torno al 4,7%, es de los más bajos del mundo desarrollado, y si bien es cierto que se han destruido empleos industriales, han sido sustituidos por formas más apacibles y creativas de ganarse la vida en el sector de los servicios y en la llamada economía de la información.

    Diecisiete de las 20 mejores universidades del planeta son norteamericanas. Es la sociedad, con mucho, que patenta más hallazgos científicos y técnicos. El inglés es la lengua franca de la humanidad. El resto de las naciones imitan, fundamentalmente, a Estados Unidos. Visten como los estadounidenses. Se curan las enfermedades como ellos. Componen música como ellos. Bailan como ellos. Ven sus películas, leen sus libros, hacen sus carreteras, hospitales, aeropuertos, casi todo, como ellos.

    Las fuerzas armadas norteamericanas disponen de un presupuesto que excede los 600.000 millones de dólares. Más que todos sus enemigos potenciales combinados: China, Rusia, Corea del Norte, Irán y Venezuela. Su potencial capacidad destructiva es asombrosa. Ese aparato bélico no solo es militarmente temido por el resto de las naciones, sino probablemente contribuye a la admiración que despierta el país.

    Según la empresa The Anholt-GfK Roper Nation Brand Index, que encuesta seriamente el nivel de afecto que internacionalmente despiertan las cincuenta naciones más importantes del mundo, Estados Unidos está a la cabeza de todas. El 2014, por primera vez, fue Alemania, pero en el 2015 Estados Unidos recuperó la primacía.

    Agréguesele a este cuadro la solidez institucional norteamericana. Hace pocas fechas la Declaración de Independencia cumplió 240 años. El país ha tenido presidentes extraordinarios y personajillos lamentables; periodos brillantes y mediocres; recesiones y ciclos de crecimiento; esclavos, hombres libres y libertos; legisladores venales y probos; jueces estupendos e idiotas; etapas de guerras y de paz; mujeres subyugadas y otras que han conquistado su espacio social valientemente; minorías silenciosas y aguerridas. Pero todas estas transformaciones y confrontaciones, algunas verdaderamente revolucionarias, han sucedido sin que se interrumpiera la ordenada transmisión de la autoridad, dentro de una legalidad imperfecta aunque funcional, que le confiere una enorme solidez al país.

    ¿Hasta cuándo? No se sabe. Tenemos la melancólica certeza de que todas las naciones hegemónicas algún día dejan de serlo. Así ha sucedido siempre, pero todavía no hay síntomas de que Estados Unidos entró en la fase de decadencia, aunque el señor Trump se empeñe en demostrar lo contrario, y aunque muchos de sus correligionarios, casi todos blancos, casi todos varones, casi todos ultranacionalistas y aislacionistas, coincidan en su percepción pesimista de la realidad. Sencillamente, se equivocan.

    Por Carlos Alberto Montaner (*)

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    Publicado por jotaefeb | 15 julio, 2016, 15:57
  2. Democracia liberal: hechos e interpretaciones

    Para los que aún quieren creer en la democracia liberal en los Estados Unidos, esta semana fue buena aunque, como todo en la vida, con una cola de ambigüedades por sus consecuencias en la vida política.

    La decisión arribada en la investigación de la Senadora Hillary Clinton sobre el manejo de emails clasificados en su administración como Secretaria de Estado, ha puesto un alto jurídico a los límites del poder, pero da luz verde al juego político.

    La decisión del director de FBI de que, conforme a los hechos, la señora Clinton fue negligente y puso en riesgo la seguridad del país al usar diversos server y recibir y remitir emails desde países adversarios, ha mostrado una falta de cuidado llamativo.

    Sin embargo, agregó el Director James Comey, no existe evidencia que esa serie de actos desafortunados hayan sido motivados por una intención deliberada de dañar la seguridad del país. Por lo que, agregó, no podría aconsejar el procesamiento de la misma, habida cuenta lo difícil de una prueba de la intencionalidad.

    Los hechos muestran -siguiendo este razonamiento- que no se puede saber la intención del sujeto que los generó.

    En otras palabras, los hechos en sí mismos, independientemente de cómo se me parecen a mi, o me gustarían, muestran objetivamente, la realidad de la negligencia. Pero los mismos, no nos muestran fácticamente, la intención de daño.

    Una cosa es clara, y de ahí el optimismo para los que aún creen en la democracia liberal: hay hechos, objetivos y reales, independientemente de la ideología del sujeto que conoce y los investiga. Como el paciente que cree que no tiene fiebre pero el termómetro le muestra la objetividad del hecho. Ya no es cuestión de interpretaciones de la realidad, sino la realidad es lo que es, a pesar de mi deseo de que no fuese así.

    Fíjese el lector a quienes me dirijo inicialmente; “aquellos que aún quieren creer”, es decir, a aquellos que aún tienen fe que los hechos de la realidad cuentan y de que una silla es una silla y, una persona es una realidad de naturaleza, valga la obviedad, humana sexuada. Parecería una exageración, pero no es tan así.

    El contenido de la democracia liberal americana, se ha llenado, en los últimos años, de una serie de ambigüedades influidas por una izquierda postmoderna para la cual las cosas no son como son sino como a uno se parece y quiere que sean.

    Aquella expresión volteriana iluminista y liberal de que desapruebo lo que decís pero defenderé hasta la muerte tu derecho de decirlo -compartida por la izquierda clásica- ya no es tolerada.

    Por el contrario, realidades como la naturaleza o dignidad humanas, valores éticos permanentes, etc., son sepultados en una fraseología multicultural en donde lo étnico, la diversidad sexual, o la mera expresión de deseos o intereses individuales, son convertidos en derechos.

    Y donde cualquier crítica a los mismos, son tenidos como intolerantes. Es el relativismo como contenido de la sociedad civil que hace que cualquier juicio de valor que no reconozca, acepte, y aplauda estos puntos de vista relativistas, es tenido como intolerante.

    ¿Cuál sería el contenido del discurso político y social? Sólo lo “políticamente correcto”, definido por supuesto por los guardianes del código posmoderno. Disentir es intolerancia.

    Todo esto genera, como consecuencia, la autocensura y la privatización de la libertad. Uno es libre siempre y cuando dé su opinión en privado, sobre todo en temas que, por mandato y presión social, deben ser celebrados.

    Es que, se afirma, la realidad no existe sino solo interpretaciones, pues los hechos son una cosa del pasado. Por eso, hablar de hechos tales como naturaleza humana, derechos inalienables, derecho natural, es reaccionario.

    Es que lo que el Juez de la Suprema Corte de Justicia, Samuel Alito, en su fallo en disidencia el año pasado sobre el matrimonio del mismo sexo advertía: en el futuro -escribía Alito- los que están en desacuerdo con este fallo sólo podrán “musitar sus pensamientos en la privacidad de sus hogares”. Es la descripción más acabada de este fascismo liberal que nos rodea.

    Gran parte del partido Demócrata y un sector del republicano se han embebido de este contenido posmoderno de la democracia liberal que hace de un Voltaire contemporáneo poco menos que un racista y sexista de tomo y lomo.

    Por eso, creo, que el rescate de los hechos en este caso de Hillary, y no su mera interpretación recoge una tradición de la realidad por sobre el populismo irracional y lo políticamente correcto que está fagocitando la tradición liberal americana.

    El tema pasaría, ahora, al plano estrictamente político: ¿podría votar y confiarle el país a Hillary Clinton en estas condiciones? Yo no estaría de acuerdo, pues entre el orden jurídico y el político existe una zona moral de responsabilidad que fue infringida.

    Pero es difícil predecir el nivel de relativismo indiferente en la sociedad americana en estos momentos, y sobre todo teniendo como alternativa a un populista como Donald Trump. Ideas acarrean consecuencias.

    En todo caso, si ganase Hillary Clinton, a pesar de todo esto, o si ganara Trump. sería la revancha de Derrida por sobre John Stuart Mill. Y ahí, estoy convencido, perdemos todos.

    Por Mario Ramos-Reyes

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    Publicado por jotaefeb | 15 julio, 2016, 15:56
  3. Algunas propuestas políticas del señor Donald Trump en su campaña electoral nos recuerdan tiempos pasados de oscurantismo y autoritarismo.

    El tono y sus declaraciones son preocupantes, por la importancia que tiene su país en el mundo.

    El apoyo que ha logrado de un sector del pueblo americano llama a la reflexión.

    Un análisis primario nos muestra que pareciera que esa parte del pueblo ha olvidado los logros alcanzados con los principios de libertad, armonía e igualdad que se forjaron en el verano de 1787 en Filadelfia.

    La ley del sistema federal estadounidense se constituyó en un ideal trascendente al mundo.

    Así como también lo fue, y lo sigue siendo, la Declaración Universal de los Derechos Humanos y del Ciudadano de la Revolución Francesa.

    Como hombres libres y de buenas costumbres, estamos comprometidos con la libertad de expresión del pensamiento, la igualdad de razas e ideas, la libertad de cultos y la fraternidad.

    Asimismo, que la democracia republicana representativa es el único sistema que permite al hombre vivir sin temor y alcanzar con dignidad la plena vigencia de todos sus derechos.

    Que la voluntad del pueblo prevalezca y sea una jornada de igualdad de razas e ideas y fraternidad.

    Carlos Rafael Caballero Cáceres

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    Publicado por Anónimo | 11 junio, 2016, 07:13
  4. Donald Trump, el caudillo estadounidense
    Por ROSS DOUTHAT
    Este artículo fue publicado el 30 de abril de 2016.

    Cada época recibe al heroico padre fundador que merece y gracias al musical de Lin-Manuel Miranda, la nuestra tiene a Alexander Hamilton: el inmigrante luchador, el genio político y, claro, el monárquico en secreto.

    Bien, “monárquico” es algo injusto. Hamilton presentó la idea de una presidencia de por vida durante los tensos debates sobre la constitución y, durante toda su tumultuosa carrera, prefirió un ejecutivo que concentrara poder. Sin embargo, es probable que solo fuera un monárquico real en la propaganda de sus enemigos.

    No obstante, la influencia de Hamilton en nuestro orden constitucional y su visión de un gobierno altamente centralizado que concentre poder ha contribuido en gran medida al ascenso de nuestra presidencia imperial, al retorno gradual de lo que el historiador F. H. Buckley llama “gobierno heredero” en la tierra de los libres.

    Y ese legado está funcionando en el actual momento político. Los dos últimos presidentes elevaron al cesarismo del poder ejecutivo a nuevas alturas, y partes importantes del país han respondido subiendo la apuesta. Como los antiguos israelitas en el Libro de Samuel claman —básicamente— por un rey.

    Ese clamor es más fuerte entre los seguidores de Donald Trump y su querido líder. Está claro que Donald Trump está luchando por ser un caudillo estadounidense y no el presidente de una república constitucional. Toda su campaña es un culto a la personalidad en el estilo (del pro-Trump) Vladimir Putin.

    Sin embargo, la respuesta a Trump es igualmente reveladora. Los supuestos hombres sabios del centro siguen imaginando que el problema con su figura es solo su vulgaridad, así como su lenguaje racista y soez, y que un tecnócrata benevolente podría intervenir y guiar al país para salir del estancamiento y la polarización hacia la amplia y soleada curva ascendente de la reforma.

    Con buen juicio, Michael Bloomberg se rescató a sí mismo de ese papel. Sin embargo, persiste el sueño, reflejado en el artículo de opinión de Jim VandeHei en el Wall Street Journal, en el que exhorta a la formación del Partido de la Innovación que dirijan los jefes supremos de Facebook y Google, así como nuestras mejores mentes militares.

    Hubo merecidas burlas del artículo de VandeHei en el político Twitter, pero su impaciencia con el sistema bipartidista es compartida en toda la clase alta del país, desde Silicon Valley hasta el mundo (ejem, hamiltoniano) de las finanzas.

    Mientras tanto, una parte (la porción más rica, en particular) del movimiento #NeverTrump, que anduvo buscando a un salvador político y se fijaron en el general retirado del Cuerpo de Marines, James Mattis, comparten su entusiasmo por la experiencia militar. Claro, Mattis no tiene ni experiencia política ni posiciones establecidas sobre cualquiera de los temas, pero si se ha de tener un caudillo, ¿por qué no uno con un uniforme real? (Sensatamente, Mattis también se rehusó).

    No es sorprendente que este entusiasmo de la era Trump termine por reforzar las prerrogativas del congreso o acabe dando un nuevo impulso al federalismo y los derechos de los estados.

    Todo lo contrario: todos imaginan que la solución a nuestros problemas está en un presidente más efectivo y todavía más empoderado, libre de límites constitucionales antiguos y honrado con un mandato que trasciende al partidismo.

    E igualmente revelador es el entusiasmo del centro izquierda y del centro derecha en lugar de los extremos ideológicos. Esto es obviamente cierto respecto de las personas que esperan por una era al estilo Bloomberg, un gobierno dirigido por Silicon Valley o una presidencia de hombre a caballo como la que Mattis representaría. Sin embargo, hay algo cierto del electorado de Trump: el candidato está ganando con los moderados del noreste y los trabajadores populistas, entre los que hay votantes que pueden ser xenófobos, y en muchos otros temas están más cerca del medio político que de los extremos.

    No es que nuestros ideólogos estén contra una presidencia imperial cuando son los suyos los que la ejercen. (Según la campaña de Bernie Sanders, se supone un nivel más bien asombroso de influencia presidencial). Sin embargo, es evidente que el culto a la presidencia es más fuerte en el centro. Esto significa que, probablemente, la polarización política no nos está empujando hacia un momento Weimar, en el que la única cuestión es si la extrema derecha o la extrema izquierda consolidan un nivel de poder peligroso. En cambio, está alentando el tipo de entusiasmo moderado del centrismo por un gobierno que logre escapar de la disfunción del congreso y la interminable guerra entre derecha e izquierda.

    Las buenas noticias para la república son que este centro es, en sí mismo, complejo y está dividido en temas específicos, como el comercio y la inmigración, y, luego, en cuanto a clase y cultura. Los partidarios moderados de Bloomberg, de clase alta, temen a los partidarios moderados de Trump, clase trabajadora, y, a su vez, los estadounidenses populistas de centro con los que cuenta Trump odian a la élite globalizadora. Siempre que ese sea el caso, es difícil imaginarlos encontrando a un César centrista en torno a quien unificarse. (Aunque están unidos en su admiración por el Ejército…).

    Sin embargo, aun si es ante el riesgo de un verdadero control del poder posconstitucional, el arco de nuestra historia aún se inclina hacia una concepción de la presidencia cercana a lo que defiende Trump, lo que significa que es probable que los límites de su poder seguirán erosionándose; justificado en nombre del pragmatismo, de la energía hamiltoniana, de la necesidad de “hacer que se hagan las cosas”.

    “Van a regresar, el tiempo lo dirá, van a recordar que yo les serví bien”, les canta Jorge III a sus súbditos rebeldes en “Hamilton”.

    Todavía podríamos darle la razón.

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    Publicado por jotaefeb | 24 mayo, 2016, 10:16
  5. Entre mediocres te veas

    No tuvo el libro de don José Ingenieros, “El Hombre Mediocre”, la fama que merece. Y nos atrevemos a pensar que el título disuadió a muchos lectores, temerosos de encontrar en esas páginas su propia biografía.

    Es una lástima que ande lleno de mediocres este mundo. Pero es una tragedia que sean ellos los que manden. Lo sabemos de sobra en Colombia, acostumbrados como estamos a tanto mediocre que gobierna, como en los tiempos que corren.

    Pero que ese sea el destino de los Estados Unidos, por lo menos para los próximos cuatro años, después de ocho en que los gobernó un perfecto mediocre, representa una crisis para la humanidad. Mejor dicho, la condena a que no pueda superarse la crisis que nos mata, obra del señor Obama.

    Las cartas se echaron, como la suerte de César pasando el Rubicón. La contienda electoral será entre la señora Clinton y el señor Trump. Dos de los más perfectos mediocres que intentaron gobernar este mundo.

    Doña Hillary es resentida, vengativa, en nada escrupulosa y en nada particularmente brillante.

    Era hora de que le hubiéramos oído un gran discurso cargado de grandes ideas; un buen ensayo nacido de su pluma; una tesis saliente en el campo de las relaciones internacionales, que uno imaginaría el preferido suyo. Nada. Doña Hillary nos está debiendo una prueba de su talento. Siquiera una.

    Por el contrario, sabemos que se ocupó con delectación y sevicia en destruir las vidas de mujeres que se acercaron demasiado a su marido; que no supo distinguir, como debiera, entre las cosas que son suyas y las que pertenecen a todos.

    Y que su paso por la Secretaría de Estado fue el trasunto de los desastres de Obama en Política Internacional, por los que no se le han pasado las condignas cuentas de cobro. Ese día vendrá

    En Donald Trump debió pensar Ingenieros cuando escribía su libro. Es un ricachón hábil en el mundo de conseguir dinero y con escasas ideas sobre cómo aprovecharlo en beneficio de los demás. No se sabe de Trump que sepa algo de alguna cosa. No ha tenido ocasión, en su dicharachera campaña, de citar un libro, un autor, un hecho que haya movido la Historia.

    Digámoslo sin ambages: es un perfecto ignorante.

    Pero además de ignorante es arrogante, tal vez porque haya vivido siempre en un medio humano en que tener es la clave para ser. Y como tiene mucho, se siente gran cosa. De ahí su desprecio por los demás. Por los hispanos, por los inmigrantes, por los chinos, por los negros, por los coreanos, por todos los que no son americanos y por todos los americanos que no supieron hacerse ricos como él.

    Llama poderosamente la atención que no tenga un hobby que lo entretenga y lo relaje. Salvo el de conseguir mujeres, que le parecerá el único digno de un hombre que tiene tanto. Es cosa de comprar y ese objeto se le antoja el más satisfactorio.

    No se sabe que tenga grandes amores. Apenas que lo rodean muchos odios.

    No tiene experiencia en cosa de provecho. Salvo en el despreciable arte de ganar y atesorar, no invirtió su vida en asunto de importancia.

    Porque hasta ahora lo critican porque no fue nunca nada en la escena pública. Pues en la privada, tampoco.

    Y el problema está en que quedaremos en cualquiera de esas manos. O en las de Hillary, para que siga haciendo lo que hizo de secretaria de Estado, o en las de Trump para que se ensaye en la faena de administrar, teniendo por juguete experimental la suerte del mundo.

    Por Fernando Londoño Hoyos

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    Publicado por jotaefeb | 22 mayo, 2016, 11:30
  6. Tétrico y fantasmal

    Por Hugo Saguier Guanes

    Lo que había comenzado como una ilusión descabellada, como una utopía imposible de realizar y como una fantasía o cuento de hadas de las mil y una noches, va cobrando forma en la dimensión de la realidad bajo la mirada atenta y desconcertada del establishment del Partido Republicano, que jamás asistió a la puesta en escena de una colosal tragicomedia protagonizada por un personaje exento de las mínimas condiciones para liderar un partido que con sus luces y sus sombras ha dejado una impronta imperecedera en la historia de los Estados Unidos de América.

    Ríos de tinta ya se han malgastado para entender el fenómeno exótico de Donald Trump. Según la politóloga Gadarian, el “trumpismo” es la consecuencia de una ansiedad política que genera incertidumbre y un sentimiento negativo de la realidad financiera actual que destila inseguridad y temor en muchas familias, a lo que hay que sumar los cambios culturales y demográficos que se han desatado con cierta furia sobre todo el territorio norteamericano en los últimas décadas

    Para otros, Trump es el resultado de un profundo malestar de la clase trabajadora blanca que ha asistido a la pérdida del poder adquisitivo de sus rentas, o por los salarios estancados, sin contar por supuesto la inclusión de una furiosa xenofobia y un racismo vastamente excluyente que se ha venido incubando aceleradamente por la llegada al poder de Obama quien, supuestamente, se ha esmerado en la tarea de coquetear con el mundo islámico, en detrimento de los auténticos valores de la democracia y la libertad occidental.

    Algunos van más allá, alegando que Trump ha instalado en el inconsciente colectivo de la raza blanca la sensación de protección y de sentido de pertenencia y deseo anhelante y hasta delirante de volver a los días dorados de la hegemonía norteamericana luego de la Segunda Guerra Mundial cuyo producto bruto estaba cifrado en casi un 50 por ciento de la totalidad global, a más de contar con la absoluta hegemonía en materia de defensa militar y nuclear.

    Para los más ortodoxos, Trump ha tomado la delantera dentro del Partido Republicano porque se ha definido como un recalcitrante e irreconciliable anti-Obama, quien durante su juventud había trabajado en los barrios marginales de gente de color, en su mayoría injustamente marginados y pobres de solemnidad.

    Trump aparece aquí haciendo el contrapunto al enemigo ocasional, exhibiendo las “gallardas condecoraciones sociales”, por su profesión altamente exitosa, capaz de realizar el milagro de la alquimia, como el rey Midas, al transformar y multiplicar una pequeña cantidad de oro en un caudal inconmensurable de ávida, desbordante, envidiable y apetecible riqueza.

    Sin embargo, para el establishment republicano la candidatura de Trump es una pesadilla interminable, una lóbrega y patética ciénaga y un tétrico y fantasmal espectro que aterroriza y paraliza, cuando se va convirtiendo en un incontenible tornado electoral que ya ha desplazado a Rubio, Cruz y Kasich, que juntos y unidos no lograron desplazar al “intruso, rebelde y contumaz” Trump.

    El desconcierto se cierne sobre los Estados Unidos y el mundo entero con visos de impredecibles consecuencias, en todos los órdenes del quehacer nacional e internacional.

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    Publicado por jotaefeb | 9 mayo, 2016, 06:37
  7. Cercas altas

    Cada vez que el aspirante a candidato presidencial republicano Donald Trump abre la boca es para decir algo políticamente incorrecto. Y en cada ocasión a medio país se le hiela la sangre en tanto se reafirma en muchos otros la voluntad de votar por él.

    Por disparatados que puedan parecer sus comentarios y propuestas no mellan la popularidad de que goza. Consciente de eso, llegó a decir retadoramente en enero, para que no alborotaran tanto sus críticos más críticos, que él podría dispararle a alguien en plena Quinta Avenida y el entusiasmo de sus posibles votantes no mermaría.

    También reconocen no pocos de sus opositores las dimensiones inusitadas del llamado “fenómeno Trump”. El cómico profesional Bill Maher, quien en 1993 inauguró el programa televisivo llamado Politically Incorrect, en una entrevista que le concedió ahora en abril a la revista Variety, también se pregunta qué tendría que hacer el billonario neoyorquino para que la gente le diera la espalda: “¿Soltar un pedo en la cara de Jesús? ¡Es una locura!”.

    Y lo atribuye al rechazo de los norteamericanos precisamente a esa corrección política que empezó a apoderarse de los Estados Unidos hará cosa de dos décadas y desde entonces no ha hecho sino exacerbarse. Claro, el ejemplo tal vez no sea el mejor debido a los feroces ataques institucionales, mediáticos y hasta judiciales que recibe aquí el cristianismo de un tiempo a esta parte con absoluta impunidad.

    Pero acaba de ocurrir un incidente que le viene como anillo al dedo a la campaña de Trump. El empresario –que por otra parte ganó fama adicional conduciendo la serie televisiva The Apprentice entre 2008 y 2010 y los gritos destemplados de “You’re fired!” con que despedía a los concursantes– la primera bomba que dejó caer cuando anunció su candidatura fue la del muro que promete construir en la frontera sur para parar en seco la invasión de millones de indocumentados de toda nacionalidad y condición que se cuelan cada año por ahí.

    Argumenta que penetran narcotraficantes, ladrones, estafadores, tratantes en armas, tratantes en blancas, violadores, asesinos y muy pronto estarán entrando terroristas de ISIS y otros del Medio Oriente. Dice que, en tanto constructor, ha erigido edificaciones altísimas y el muro fronterizo será también muy alto. Y afirma que, por caro que resulte, México lo sufragará. Por supuesto, el rechazo a tal proyecto es considerable –en primerísimo lugar desde la Casa Blanca– por lo costoso, dificultoso, casi impracticable, inamistoso, etcétera, etceterina, que resultaría.

    Sin embargo la Casa Blanca, cuyos inquilinos son apenas el presidente y su familia, está asimismo rodeada por un muro, en este caso una cerca metálica que cada cierto tiempo algún orate o exhibicionista escala o salta con ayuda de una garrocha o un resorte. Hasta un tipo una vez penetró en la mansión de 1600 Pennsylvania Avenue, Washington DC, tripulando un minihelicóptero. Nunca ha habido desgracias que lamentar, Dios sea loado, porque el servicio secreto, vigilante insomne, de inmediato se moviliza y captura al intruso en un dos por tres.

    Pero las invasiones se han multiplicado no se sabe por qué desde que Barack Obama ocupa la mansión presidencial y el servicio secreto, lo mismo que la propia Casa Blanca, han llegado a preocuparse y anuncian que la cerca tiene que ser sustituida por otra más alta y más fuerte. Ni corto ni perezoso, Donald Trump pregunta que cómo para la familia presidencial tiene que reforzarse la cerca y a los 330 millones de americanos no hay que protegerlos con cercas de ninguna clase. De modo que escribió en su página de Facebook: “El presidente Obama entiende que se construyan muros más fuertes, altos y hermosos para que no penetren extraños”.

    ¿Percibe el amigo lector lo contradictorio, irónico, risible de la situación?

    Por José Antonio Zarraluqui (*)

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    Publicado por jotaefeb | 6 mayo, 2016, 17:43
  8. Los latinos salvarán a EE.UU. de Trump

    Por Andrés Oppenheimer

    A juzgar por los resultados de las últimas elecciones primarias y de nuevas encuestas que se acaban de dar a conocer, estoy cada vez más convencido de que los latinos salvarán a Estados Unidos de Donald Trump.

    En efecto, si Trump es electo candidato republicano para las elecciones presidenciales de noviembre, como todo parece indicar, y resulta derrotado por la probable candidata demócrata Hillary Clinton, será en gran medida gracias al voto latino.

    Según un nuevo sondeo de Latino Decisions, hecho a nivel nacional entre 2.200 votantes latinos registrados, un impresionante 87 por ciento de los hispanos tienen una opinión desfavorable de Trump.

    El apoyo a Trump entre los votantes latinos ha venido cayendo desde el 16 de junio del 2015, el día en que anunció su candidatura y dijo que la mayoría de los mexicanos son “violadores” y que “traen las drogas y el crimen” a Estados Unidos.

    Su retórica contra los mexicanos –influida tal vez por su fallido proyecto de negocios en Baja California, México, en el 2008– y otros inmigrantes indocumentados, se ha intensificado aún más desde entonces.

    A pesar de que se le ha explicado miles de veces que su afirmación de una supuesta avalancha de mexicanos indocumentados a Estados Unidos es inexacta –de hecho, cifras del Censo de EE.UU. muestran que el flujo de mexicanos ha disminuido significativamente desde el 2008– Trump repite su relato alarmista en casi todos sus discursos.

    Hasta el momento, su audiencia aplaude a rabiar las diatribas de Trump contra los mexicanos. Pero hay que recordar que hasta ahora, le ha estado hablando a una audiencia limitada de votantes republicanos conservadores que votan en las primarias. En una elección general, no será lo mismo.

    El voto latino será esencial en las elecciones de noviembre. Se proyecta que el porcentaje de votantes latinos a nivel nacional se disparará del 3,9 por ciento en 1992 a cerca del 10 por ciento en el 2016, según un estudio de la Universidad de la Ciudad de Nueva York y CNN en Español.

    Más importante aún es el hecho de que los latinos están concentrados en los 10 estados con el mayor número de votos en el colegio electoral: Arizona, California, Colorado, Connecticut, Florida, Nueva Jersey, Nuevo México, Nevada, Nueva York y Texas.

    Y Clinton está teniendo mucho más éxito que Trump entre los hispanos: el 61 por ciento de los latinos a nivel nacional dicen tener una opinión favorable de Clinton, mientras que sólo el 9 por ciento tiene una opinión favorable de Trump, según muestra el sondeo de Latino Decisions.

    Entonces, ¿cómo puede ganar Trump sin el voto latino? Los partidarios de Trump afirman que él compensará su escasez de votantes latinos atrayendo a las urnas a millones de personas que no han votado en elecciones recientes. Estos potenciales votantes están entusiasmados con la campaña populista-nacionalista de Trump, representada en su lema “Estados Unidos primero”.

    “El Partido Republicano ha subido en un 70 por ciento con respecto a cuatro años atrás”, se jactó Trump en su discurso de victoria del 26 de abril tras ganar las primarias en Pennsylvania y otros cuatro estados, refiriéndose a la cantidad de votos en las primarias de este año. Estos nuevos votantes impulsarán a Trump a la victoria, más allá del voto latino, dicen sus partidarios.

    Mi opinión: aunque Trump cambie su imagen y modere su retórica para lucir más “presidencial” en los próximos meses, las cuentas no le van a cuadrar. Su electorado, compuesto mayoritariamente por hombres anglosajones, no será suficiente para compensar su menor popularidad entre las mujeres y los votantes negros, y sobre todo el rechazo de los latinos.

    El argumento de Trump de que está atrayendo cifras récord de republicanos a las urnas es cierto, pero también lo es que la cantidad de votos demócratas ha aumentado. De acuerdo con el Pew Research Center, la asistencia republicana a las urnas en las primarias de este año ha aumentado en un 7,5 por ciento con respecto al 2012, mientras que la de los demócratas ha aumentado en 5,4 puntos porcentuales.

    Más importante aún es el hecho de que es probable que la xenofobia –si no racismo– de Trump movilice como nunca antes a los votantes latinos a salir a votar. En vez de ser una amenaza para Estados Unidos, los latinos salvarán a Estados Unidos de Trump.

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    Publicado por jotaefeb | 6 mayo, 2016, 07:19

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