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Funcionarios felices

Es posible que estemos asistiendo al descubrimiento de nuevas fórmulas económicas, nuevas políticas de desarrollo y, sobre todo, nuevas modalidades de hacer feliz a la gente y no nos estamos dando cuenta. Se me ocurre que no podemos dejar pasar, sin prestarle la debida atención, a los hallazgos realmente sorprendentes de Nicolás Maduro que está realizando un esfuerzo ciclópeo no solo para levantar la deprimida economía de su país, sino al mismo tiempo para llevar la felicidad a todos los hogares venezolanos.
Acaba de sorprendernos con un decreto que establece la semana laboral de ¡12 horas! Los funcionarios públicos solo trabajarán los lunes y martes de 8:00 a 14:00. Es decir, trabajarán nada más que seis horas por día y el resto podrán quedarse en sus casas a disfrutar de la vida en familia, las ruedas de amigos y algún que otro concurso de truco o lo que se juegue en Venezuela.

Aunque no se crea, con esta medida espera ahorrar el uso de la corriente eléctrica cuya producción ha llegado a límites catastróficos debido a una larga sequía. La falta de lluvias ha hecho que el principal embalse de Venezuela, que produce alrededor del setenta por ciento de toda la energía que se consume en el país, haya llegado a bajos históricos (algo así como 2.40 metros sobre el nivel del mar) y mientras tanto cruza los dedos para que llueva, y pronto.

No deja de ser llamativo, tampoco, que el país que posee las reservas de petróleo más grandes del mundo, depende en su mayor parte de la fuerza hidroeléctrica mientras que las centrales térmicas solo producen un 25 por ciento.

Por lo visto, la naturaleza ha sido pródiga por un lado, dotándola de tales yacimientos de hidrocarburos, pero muy parca por el otro, ya que se niega a llover. Dicen que Maduro está tranquilo pues la temporada de lluvias está a punto de comenzar en el mes de mayo y calcula que este fenómeno se producirá quiérase o no. Su esperanza es que la naturaleza acuda en su ayuda sin que no haya declarado hasta el momento, que tal sequía es obra del Imperio que ha procedido a succionar las nubes que podrían estacionarse en los cielos venezolanos. O quizá solo sea cuestión de esperar que se le ocurra este argumento y se ponga a vociferar por la cadena obligatoria de estaciones de radio y canales de televisión.

Mientras tanto, el país es azotado no solo por la sequía, sino por una espantosa crisis económica que arroja como resultado una inflación del 180 por ciento y, de no aplicarse medidas de emergencia, esa inflación trepará al 500 por ciento en los próximos meses. El país reúne ya todas las condiciones para revivir aquellos años de la Alemania de 1923, cuando la inflación era tan grande y avanzaba con tal velocidad, que los trabajadores cobraban dos veces por día, ya que lo ganado por la mañana no valía nada por la tarde. Para cubrir la necesidad de dinero los billetes se imprimían por una sola cara, pues no había tiempo para hacerlo por las dos. Este desastre terminó siendo una de las principales causas de que el nazismo ganara fuerza y más tarde ganara el poder. Alguno habrá por ahí que diga que no hay peligro porque Hitler era de derechas y Maduro de izquierdas (por lo menos él cree que lo es). Pero entre uno y otro extremo ninguna diferencia hay. Ambos utilizan los mismos métodos, las mismas ideas, cometen los mismos abusos, caen en las mismas extralimitaciones.

Por último, sería bueno que algún economista, o un sociólogo, o en última instancia algún psiquiatra, explicara de qué manera se puede sacar al país de la ruina haciendo que la gente no trabaje. Justo cuando es necesario que la gente se proponga a aumentar la producción de bienes, cuando es necesario que todos se empeñen en satisfacer todas las enormes necesidades que está sufriendo ese pueblo, víctima de la macabra idea del “socialismo del siglo XXI”, su conductor, y Maduro lo es en ambos sentidos, manda a todos a su casa a rascarse el ombligo.

Vaya la experiencia que nos ha regalado Chávez: mandó a la quiebra no solo a su país, sino puso todo su empeño en hacer lo mismo con varios otros para cumplir, según él, con el sueño de “la patria grande” de Bolívar. Y atrás de él, toda una legión de tontos creyéndole.

Por Jesús Ruiz Nestosa

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Acerca de jotaefeb

Un arquitecto jubilado. Aprendiz de todo, oficial de nada. Un humano más. Acá, allá y acullá. Hurgador de cosas cotidianas y trascendentes.

Comentarios

5 comentarios en “Funcionarios felices

  1. El umbral de la deshonestidad.

    Cuando ciertos hechos de corrupción se mediatizan y llegan a oídos de la opinión pública, con sobrados motivos, la gente se escandaliza, se indigna y no puede contener su bronca e impotencia. Esta actitud no es inadecuada en sí misma, de hecho es esperable. Pero vale la pena reflexionar profundamente acerca del verdadero trasfondo de esta reacción ciudadana.

    Por momentos, diera la sensación de que la corrupción como hecho puntual no es lo que molesta, sino el contexto general, algunos pormenores y, sobre todo, el modo burdo en el que se desarrollan estas canalladas.

    La gente cree que los gobernantes, en general, son corruptos. Ya no caben dudas al respecto. Esta no es una mera suposición ya que lo afirman los estudios más serios sobre el tema. No solo ocurre así en este país, sino en casi todo el planeta, aunque con visibles matices bastante diferenciados.

    El ciudadano de a pie intuye que el funcionario de turno, de cualquier jurisdicción y color político, se apropia de los recursos públicos en alguna medida. Supone que algunos roban ofreciendo favores a cambio de dinero, pero también cree que los otros, lo hacen con una disimulada eficacia adueñándose de “monedas” pero bajo una idéntica y equivalente actitud.

    Ese individuo, alejado de la labor estatal, lo sospecha, pero en realidad no lo sabe con precisión. Algunas señales pueden darle más asidero a sus presunciones, pero no dejan de ser tales porque los elementos concretos que confirmarían su visión no están a mano, ni son contundentes.

    A la política tradicional este asunto no le preocupa demasiado. Algunos personajes se ofenden por esa exagerada generalización, pero tampoco hacen demasiado para transparentar su propia gestión. Enojarse sirve de poco. En todo caso bien valdría intentar comprender en que se basan esas impresiones subjetivas de la sociedad, y eventualmente, actuar fuertemente sobre ellas, con acciones concretas y no con discursos vacíos.

    Los dirigentes tampoco hacen mucho al respecto, pero ya no por desidia, negligencia o abulia, sino porque claramente precisan de esa “oscuridad” en la administración de los recursos públicos que les resulta vital y funcional para hacer política a diario financiándose con las arcas del Estado.

    Es interesante analizar detenidamente ese fenómeno de naturalización yde segmentación de la corrupción. Es increíble como se ha deteriorado progresivamente el estándar moral de la gente, moviéndose en las últimas décadas, en la dirección indeseada y a una gran velocidad.

    Solo parece intolerable aquella corrupción que resulta obscena, que demuestra su impudicia sin camuflaje alguno, que ofende a la sociedad por la ostensible impunidad y la falta de decoro de sus protagonistas. Pero es importante comprender que las causas de la corrupción pasan por otro lado. Los casos más escandalosos, son solo eso, una versión agravada de lo cotidiano y por eso tal vez fastidien tanto.

    Lo preocupante es que la sociedad solo condena aquellos actos de corrupción desenfrenada y no a otros de menor cuantía. Cataloga como ladrones solo a los que detentan un gran prontuario y no al resto que, haciendo lo mismo, no han sido aun descubiertos, o que por su significación económica no parecen tan trascendentes.

    Claro que las proporciones tienen relevancia, pero si alguien mata a una persona de una decena de puñaladas generando una enorme conmoción por el ensañamiento y por su crueldad, eso no convierte automáticamente al homicida que asesina con un solo golpe certero, en un ciudadano inocente.

    La malicia debe ser cuestionada siempre y no solo cuando alcanza cierta envergadura. Un ladrón es alguien que se adueña de lo ajeno sin su consentimiento. Ese calificativo no puede depender de la cuantía de lo robado, ni de la espectacularidad del suceso, sino de su lineal accionar.

    La sociedad moderna ha incorporado ciertas costumbres y se ha adaptado mansamente a ellas. Acepta lo inadmisible como si fuera un hábito correcto. La resignación y la sumisión siguen siendo pésimas aliadas y la política lo sabe, por eso se aprovecha de esta complicidad cívica sin piedad.

    Todos estos hechos de corrupción son solo la punta del ovillo. Bienvenido este instante en el que muchos de esos casos se están conociendo con lujo de detalles, pero es importante ir hasta el fondo, ya no solo para descubrir a los verdaderos “jefes de la banda” y desenmascararlos, sino para empezar a desmontar la maquinaria que permite que esto suceda casi a diario.

    Desarticular la corrupción no se consigue solo encarcelando a los más renombrados delincuentes. No desaparecerán de la escena este tipo de situaciones tan fácilmente. Mutarán, se reconvertirán, buscarán otros mecanismos, pero finalmente sobrevivirán y entonces vendrán nuevas generaciones de malhechores dispuestos a apoderarse de lo impropio.

    Para ser eficaces en esta dura batalla contra la indecencia, se debe ir hasta el hueso. Primero es imprescindible comprender la dinámica del Estado, su arbitrariedad y los resquicios que eso genera. La causa originaria no está en el accionar aislado de un conjunto de delincuentes, sino en la existencia y supervivencia de un sistema perversamente inmoral que ha sido diseñado intencionalmente para facilitar estos instrumentos que resultan funcionales a la política en general y, especialmente, a sus intérpretes.

    Claro que hay que hacer reformas para que esto no vuelva a ocurrir nunca más. Es demasiado evidente que no alcanza con arrestar a unos cuantos, ni mucho menos con horrorizarse frente a ciertos groseros ilícitos. Pero la sociedad también debe asumir su cuota de responsabilidad e intentar hacer su parte, encarar lo necesario y modificar su elemental matriz conceptual.

    Si la gente considera que quedarse con “un poco” de dinero de los contribuyentes es normal, que esas son las reglas de juego, que así fue siempre y no es tan grave, pues entonces todo seguirá exactamente igual y estos incidentes serán solo una anécdota más sin que esto haya servido para casi nada.

    No existen dudas de que la política es responsable de lo que sucede pero la sociedad también es parte central de este pérfido mecanismo y tiene en sus manos la llave para lograr un cambio con mayúsculas. Solo debe replantearse el problema, operar sobre sus verdaderas causas y cuestionar activamente su actual visión sobre el umbral de la deshonestidad.
    Alberto Medina Méndez

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    Publicado por jotaefeb | 13 mayo, 2016, 10:39
  2. El anhelado punto de inflexión.

    Cierta visión intuitiva invita a pensar que el actual derrotero tiene fecha de vencimiento y que, más tarde o más temprano, se tocará fondo para iniciar, desde ahí, una nueva era mucho más auspiciosa y prometedora.

    Bajo esa perspectiva, el dilema que plantea el presente pasa por identificar cuando finalmente ocurrirá ese instante y que tiempo demandará luego, dar el giro suficiente para iniciar el camino de la recuperación y el crecimiento.

    Existe una presunción de que esa será la secuencia de los acontecimientos y entonces el debate pasa por saber si esos hechos deben precipitarse o si es mejor alternativa esperar a que todo se de en forma pausada y progresiva.

    Queda claro que, hasta ahora, algunos asuntos se han embestido con determinación y se han resuelto de una sola vez, mientras en otros casos se ha apelado a un esquema mucho más paulatino y escalonado.

    Debe admitirse que no se puede pasar a la siguiente fase sin abandonar, de algún modo, el presente. La decisión de postergar soluciones, de ir de a poco, de ser políticamente correcto y excesivamente prudente no parece ser una receta que pueda exhibir garantías, ni demasiadas certezas.

    Muchos dirigentes, e inclusive ciudadanos, sostienen que los cambios se deben encarar sin premuras, que todo es muy complejo y que entonces se debe pisar terreno firme para luego recién hacer las transformaciones.

    Ese razonamiento puede parecer muy interesante y hasta razonable, pero no necesariamente para todos los asuntos. Algunas cuestiones merecen un tratamiento más expeditivo, enérgico y diligente. No hacerlo implica asumir otros riesgos mayores que a veces no se perciben con suficiente lucidez.

    Los que defienden esta modalidad gradualista sostienen que para avanzar se precisa de cierta sustentabilidad política y esos consensos son siempre frágiles y de escasa consistencia. En ese contexto, afirman que hacerlo por etapas es mucho más inteligente y también recomendable.

    El problema es, que en ocasiones, sin tomar decisiones apropiadas y en el momento exacto, se dilapida la mejor oportunidad de abordar esos escollos, que no esperarán los ritmos ideales que muchos suponen.

    A estas alturas, nadie puede desconocer que la marcha general de la economía condiciona fuertemente a la política, e impacta tanto en el clima social como en los respaldos cívicos que se precisan para evolucionar.

    Es por eso que se puede entender, y hasta soportar, cierta parsimonia en tópicos puntuales. Sin embargo, otros, requieren de una celeridad diferente. Es posible que la paciencia ciudadana se agote rápidamente, y entonces la estrategia del “paso a paso”, termina siendo improcedente e ineficaz.

    Los sinceramientos económicos nunca son agradables. Cierta tendencia a la comodidad y al natural acostumbramiento de parte de la sociedad, impiden visualizar con claridad la necesidad de poner las cosas en su lugar.

    Hacer lo correcto y lo necesario para que todo funcione mas armónicamente, siempre tiene ineludibles consecuencias. Muchas de esas adecuaciones implican pérdidas significativas en el corto plazo. Es que nadie quiere abandonar la “fiesta”, y mucho menos pagarla de su propio bolsillo.

    Es innegable que ciertos sectores de la política tienen especial interés en que todo salga mal, que esto colapse y la sociedad pida pronto un retorno a las prácticas del pasado. Pero ellos no quieren ser “los malos de la película”, por eso incentivan con sus arengas, para que sea la misma sociedad la que llegue pronto al hartazgo y reclame un rápido regreso al populismo.

    Por eso, quienes tienen la responsabilidad de tomar las decisiones más trascendentes, deben comprender que la paciencia es finita, que todo tiene su límite, que la complejidad de los problemas no puede ser la gran excusa, que la voluntad de cambio y de acompañar este periodo no es inagotable, y entonces se debe entender el trasfondo actuando con mayor prisa.

    El explosivo cóctel en el que conviven una sociedad ansiosa por resultados concretos y un perverso sector de la política que, sin escrúpulos ha demostrado su inmoralidad, y que está listo para aprovecharse de cualquier error, es parte de la realidad y no puede ser ignorado con tanta liviandad.

    Claro que hacer las cosas rápidamente no genera certeza alguna y que implica asumir enormes riesgos. Pero la supuesta mesura, la ponderada sensatez y el ansiado equilibrio, no aseguran tampoco un exitoso final.

    Ambas posturas implican peligros. Siempre algo puede salir mal y así desperdiciar una excelente e irrepetible oportunidad. Pero quedarse paralizado, de brazos cruzados, y apelar al patético discurso de que nadie estará dispuesto a volver al pasado, es demasiado ingenuo e imprudente.

    Tal vez sea el tiempo de apretar el acelerador y apurar el tranco, aceptando que no será fácil, ni gratis. Las decisiones osadas tienen un costo político elevado muchas veces, pero esas facturas se deben pagar cuando aún se puede hacerlo, porque de lo contrario, cuando sean inevitables, puede ser demasiado tarde y entonces ya no habrá margen para lamentarse.

    La historia es abundante en ejemplos de líderes que postergaron decisiones relevantes y que cuando finalmente quisieron ejecutarlas ya no pudieron y la sociedad, entonces, busco nuevos intérpretes para salir de ese enredo.

    Es importante dar vuelta la página, abandonar el pasado y emprender el camino hacia un porvenir superador. Pero eso no sucederá solo con mero voluntarismo, un poco de maquillaje publicitario y sensibleros discursos.

    La tarea pasa ahora por profundizar la acción, hacer lo necesario sin titubeos, pagar el costo de esas decisiones con convicción y, luego de ese proceso difícil pero imprescindible, cosechar los frutos de haber reaccionado a tiempo. Es hora de emprender con determinación el camino hacia el anhelado punto de inflexión.

    Alberto Medina Méndez

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    Publicado por jotaefeb | 13 mayo, 2016, 10:37
  3. Delincuencia como política de Estado

    El diálogo con el director (en el exilio) del diario El Nacional de Venezuela, Miguel Enrique Otero, me hizo recordar del papel que nos correspondía desempeñar con los extranjeros que venían a conocer la dictadura stronista. Cumplíamos el rol que hoy desempeña Otero de ser interrogado sobre cómo actuaba el régimen dictatorial y cuáles eran las consecuencias. Ahora nos tocó interrogarlo, de la misma forma que hacían con nosotros. Es lo mismo la Venezuela con Maduro que el Paraguay con Stroessner.
    Salvo una cuestión que me llamó poderosamente la atención.

    Pregunté si realmente la población estaba pertrechada con armas distribuidas por el Gobierno, tal como se dio a conocer. La respuesta negativa me sorprendió. “Esas armas terminan en poco tiempo en manos de la delincuencia organizada”. ¿Y cómo se entiende eso? “Pues la delincuencia en Venezuela es una cuestión de Estado”.

    En nuestro país, durante la dictadura, la delincuencia estaba controlada por el Estado autoritario, se toleraban ciertos delitos, pero otros eran absolutamente prohibidos, como el secuestro, asalto a bancos, etc., reservándose la dictadura el derecho de acusar a sus enemigos políticos de simples delincuentes comunes.

    Mientras, el ejército de delatores civiles al servicio del régimen se encargaba de mantener vigilada a la población con fines de inmovilidad y obediencia. Con el advenimiento de la democracia la delincuencia crece y el Estado pierde el control de la misma, pero no podría afirmarse que forma parte de una política de Estado, como en Venezuela, aun cuando la policía esté inficionada por la corrupción y en algunos territorios el Estado perdió jurisdicción para dejar el camino libre a la mafia.

    ¿Y cómo funciona la delincuencia como política de Estado? En palabras de Otero, el Gobierno facilita su expansión con el fin de perseguir a la clase media, cuyas familias sufren asaltos, robos y todo tipo de violencia, además de tener los bienes en constante acecho, por lo que terminan alineándose o huyendo del país.

    Los delincuentes de las FARC y del ELN de Colombia se pasean por Caracas como en su propia casa, no existe familia venezolana que no fuera víctima de la delincuencia. De los poderosos y de quienes pueden tener respaldo solidario, se encarga directamente el Gobierno a través de los mecanismos coercitivos, en especial la justicia.

    Daniel Lansberg, también venezolano, escribió sobre el tema para recordar el caso de Birmania en la década del😯. Un movimiento estudiantil democrático impulsó a miles de ciudadanos a tomar las calles, desafiando a la dictadura. El régimen militar comenzó a disparar contra los manifestantes provocando muertos y heridos varios.

    Pero las protestas, en vez de terminar, crecieron, hasta que un día inexplicablemente los militares y la policía abandonaron las calles, las cuales se llenaron de ciudadanos libres, pero acto seguido el Gobierno decreta una amnistía general y vacía las cárceles de delincuentes. Matones, ladrones, saqueadores y violadores ganaron las calles y los domicilios ocasionando saqueos y asesinatos por doquier, aprovechando la ausencia de autoridad en la calle.

    Los ciudadanos se vieron obligados a refugiarse en sus casas para proteger a sus familias. Cuando finalmente los militares y la policía volvieron a las calles encontraron apenas unos cuantos dispuestos a resistir, los cuales fueron detenidos y masacrados.

    ¿Qué se consigue con esto? Que el Estado se encarga de ahogar las ansias de libertad y democracia de la gente, obligándola a concentrarse en su seguridad y la de su familia, dejando que “las autoridades” se ocupen de las cuestiones “importantes para el país”.

    Viendo el caso Venezuela a través de una de sus víctimas, se puede afirmar que definitivamente no están agotados los recursos para que los totalitarios se aferren al poder, burlándose de la Constitución, del pueblo y de los mecanismos internacionales instalados para tratar de asegurar el sistema democrático.

    Por Edwin Brítez

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    Publicado por jotaefeb | 6 mayo, 2016, 17:47
  4. La calle y el estómago

    A esta altura de las cosas en Venezuela solo queda sospechar gravemente sobre el estado mental del chavismo personificado en Maduro. Las calles gritan la necesidad de cambio de un aparato productivo incapaz de alimentar a todos… incluido a los leales del régimen. Sin embargo, el Gobierno se empecina en crear adversarios fuera de su propia corrupción e incapacidad que ha llevado a miles de venezolanos a expresar su repudio callejero al régimen. El daño que le están causando a ese país es tan inmenso que probablemente se lleve un par de generaciones en el camino. El estómago será el último escenario de batalla de un régimen devenido en inmoral con sus propias raíces. Las cosas ya no dan para más y no es suficiente con cebarse con los adversarios de ocasión. En este momento Venezuela tiene más presos políticos que Cuba, y eso ya es mucho decir.

    Las instituciones no pueden sostener en estas condiciones al Gobierno y al pueblo no le queda otra que librar las batallas en las calles, primero para liberar a sus presos y luego para levantarse contra un régimen oprobioso que acabó con cualquier ilusión democrática. La situación es tan delicada y compleja que el propio papa Francisco ha decidido escribirle una carta a Maduro, en la que procura volver racional una situación absolutamente escapada de las manos de un gobierno al que ni la nostalgia de los buenos precios del petróleo le alcanzan en estos tiempos de necesidad y de cambio.

    Nada afecta la vida de un país más gravemente que circunstancias tan claras como las que vive Venezuela y que se muestran en situaciones similares en otros países latinoamericanos que deben sobrevivir a unas mascaradas de democracia que postergan el desarrollo de sus pueblos. Así como se ha perdido mucho cuando los precios de las materias primas estuvieron por el cielo, hoy deben administrar precios bajos, corrupción, autoritarismo y los gritos de una sociedad que ha llegado al nivel del hartazgo al punto de querer resolver la situación por la vía de la fuerza.

    Dilma entendió el mensaje. Sabe que está perdida y hoy negocia una renuncia con una convocatoria a elecciones anticipadas. Su margen de maniobra es tan pequeño que no tiene espacio para volcar a su favor unas circunstancias que llegaron a ese punto por su incompetencia y corrupción. En los entornos presidenciales no abundan en estos tiempos las voces inteligentes que permitan el menor daño a una sociedad fuertemente golpeada por gobiernos corruptos e incompetentes, como los que hemos padecido en los últimos años. Tuvieron todo pero lo perdieron… todo. Han cerrado todas las ventajas y puertas del Palacio para que no lleguen los gritos de la calle. Ciegos y sordos ante la manifestación ciudadana se tornaron ebrios de poder para solo prolongar la agonía de la sociedad a la que gobernaban. ¿Qué salida pueden tener Dilma o Maduro? La única: marcharse tan pronto como puedan para evitar un daño mayor al país que gobiernan.

    Se acabó la fiesta del poder irracional y es hora de entender los mensajes que envía la gente. Desabastecimiento, necesidad, hambre, hospitales sin medios y, en esa locura, gobiernos irracionales que tratan de evitar lo que se viene pegando los últimos manotazos de ahogado. El hambre de la gente no se tapa con la irracionalidad de los actos de gobierno.

    Deben irse por el bien de sus países.

    Benjamin Fernandez Bogado

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    Publicado por jotaefeb | 6 mayo, 2016, 17:44
  5. Venezuela: la muerte de un mito

    Por Plinio Apuleyo Mendoza (*)

    En Venezuela el desastre no cesa.
    Es más, los augurios del Fondo Monetario Internacional son aterradores: una inflación que puede llegar al 720% hará que los precios de la canasta familiar se multipliquen por ocho.

    Tal es el desastroso legado del socialismo del siglo XXI.

    Este y otros engaños, que surgieron suscitando nuevos sueños en la izquierda continental y que hoy se derrumban, han hecho perdurable el libro “Del buen salvaje al buen revolucionario”, escrito hace más de cuarenta años por mi inolvidable amigo venezolano Carlos Rangel.

    Cuando era conocido en Venezuela solo como un dinámico periodista, casado con la célebre Sofía Imber, Rangel tuvo la suerte de que el escritor y analista francés Jean François Revel conociera de manera confidencial el manuscrito de su obra.

    Apóstol de las ideas liberales y opuesto a los intelectuales que se acercaban al marxismo como un gato a la chimenea, Revel, sorprendido de encontrar en estos trópicos a un escritor que compartiera sus ideas, tomó el libro, lo tradujo y lo hizo publicar en Francia con el título “Du bon sauvage au bon revolutionaire”, mucho antes de que fuera editado en español.

    Rangel sorprendió al mundo intelectual de Francia recogiendo en esta obra los mitos que marcaron la historia de nuestro continente. Mitos, por cierto, que daban la espalda a la realidad.

    El primero de ellos, el del buen salvaje, tuvo como punto de partida la carta que Colón escribió a los Reyes Católicos dándoles su primera impresión de lo visto por él al llegar al nuevo mundo: “Certifico a sus Altezas que no existe mejor tierra ni mejor gente”. De ahí en adelante, los primeros conquistadores siguieron persiguiendo sueños propios de un paraíso terrenal como la búsqueda de El Dorado, la fuente de la eterna juventud o el reino de las amazonas.

    Antes de llegar al último de los mitos que han cubierto nuestra historia, el del buen revolucionario, Rangel hace un recuento de la realidad que hemos vivido desde entonces, por cierto muy dura.

    Pinta nuestro mundo colonial, las guerras de independencia, las nuevas repúblicas que nacieron traumatizadas, débiles e inestables en contraste con el rigor, la lucidez y la salud política de los Estados Unidos.

    La quiebra de la Gran Colombia fue un anuncio de lo que viviríamos en el siglo XIX y parte del siglo XX, dominados por caudillos, guerras civiles y golpes de Estado. El marxismo, que aparecería después en el ámbito político continental, señalaría como explotador de nuestras riquezas y responsable de mantenernos en el tercermundismo al imperialismo norteamericano.

    Rangel analiza todas las variantes de esta ideología en el continente, desde Haya de la Torre, la creación de los partidos comunistas, hasta la aparición de Fidel Castro y el Che Guevara, que dieron vida al foco guerrillero como instrumento para llegar al poder por la vía armada. Visto inicialmente por los comunistas cubanos como “un aventurero putschista pequeño burgués”, Fidel se convertiría en el líder supremo de una mítica revolución que abarcaría todo el continente.

    Rangel no alcanzó a ver el derrumbe de la Unión Soviética ni la caída del Muro de Berlín, pero sí la lastimosa realidad de la revolución cubana. Desde luego, no llegó a sospechar que en su propio país, Venezuela, aquel mito derrotado en el siglo XX renaciera con el pomposo nombre de socialismo del siglo XXI. Su arma predilecta para encandilar inicialmente a los sectores más pobres de la población venezolana fue el populismo asistencialista, y su credo ideológico, un marxismo tropical inspirado en Cuba.

    Con Nicolás Maduro en el poder los hechos no tardaron en desenmascarar tal quimera. Hambre, miseria, escasez, inseguridad, en contraste con los privilegios y la corrupción de quienes detentan el poder en Venezuela, dan fin, tal vez definitivamente, al mito del buen revolucionario tan bien pintado por Carlos Rangel.

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    Publicado por jotaefeb | 2 mayo, 2016, 16:56

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