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El evangelio del domingo: La esperanza del cielo

Lectura del santo evangelio según san Juan 14,23-29: En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él. El que no me ama no guardará mis palabras. Y la palabra que estáis oyendo no es mía, sino del Padre que me envió. Os he hablado de esto ahora que estoy a vuestro lado, pero el Defensor, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho. La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy yo como la da el mundo. Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde.

Me habéis oído decir: “Me voy y vuelvo a vuestro lado”. Si me amaráis, os alegraríais de que vaya al Padre, porque el Padre es más que yo. Os lo he dicho ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda, sigáis creyendo».

En estos cuarenta días que median entre la Pascua y la Ascensión del Señor, la Iglesia nos invita a tener los ojos puestos en el Cielo, nuestra patria definitiva, a la que el Señor nos llama. Esta invitación se hace más apremiante cuando se acerca el día en que Jesús sube a la derecha del Padre.

La meditación sobre el cielo, hacia donde nos encaminamos, debe espolearnos para ser más generosos en nuestra lucha diaria, «porque la esperanza del premio conforta el alma para realizar las buenas obras».

Hoy también se celebra el Día Internacional de los Trabajadores, siendo importante recordarlo pues haciendo bien nuestro trabajo y ofreciéndolo a Dios, sea cual fuese nuestra actividad, nos santificamos y santificamos a quienes nos rodean.

La Iglesia, al presentarnos hoy a San José como modelo, no se limita a valorar una forma de trabajo, sino la dignidad y el valor de todo trabajo humano honrado.

Durante mucho tiempo se despreció el trabajo material como medio de ganarse la vida, considerándolo como algo sin valor o envilecedor. Y con frecuencia observamos cómo la sociedad materialista de hoy divide a los hombres «por lo que ganan», por su capacidad de obtener un mayor nivel de bienestar económico, muchas veces desorbitado.

«Es hora de que los cristianos digamos muy alto que el trabajo es un don de Dios, y que no tiene ningún sentido dividir a los hombres en diversas categorías según los tipos de trabajo, considerando unas tareas más nobles que otras. El trabajo, todo trabajo, es testimonio de la dignidad del hombre, de su dominio sobre la creación. Es ocasión de desarrollo de la propia personalidad.

Es vínculo de unión con los demás seres, fuente de recursos para sostener a la propia familia; medio de contribuir a la mejora de la sociedad, en la que se vive, y al progreso de toda la humanidad». Esto es lo que nos recuerda la fiesta de hoy, al proponernos como modelo y patrono a San José, un hombre que vivió de su oficio, al que debemos recurrir con frecuencia para que no se degrade ni se desdibuje la tarea que tenemos entre manos, pues no raras veces, cuando se olvida a Dios, «la materia sale del taller ennoblecida, mientras que los hombres se envilecen». Nuestro trabajo, con ayuda de San José, debe salir de nuestras manos como una ofrenda gratísima al Señor, convertido en oración.

Finalizamos nuestra reflexión con una frase expuesta por el papa Francisco, en la Audiencia General del pasado miércoles, con respecto a la parábola del buen samaritano: “Esta parábola es un regalo maravilloso para todos nosotros, y ¡también un compromiso! A cada uno de nosotros, Jesús le repite lo que le dijo al doctor de la ley: «Vete y haz tu lo mismo».

Todos estamos llamados a recorrer el mismo camino del buen samaritano, que es la figura de Cristo: Jesús se ha inclinado sobre nosotros, se ha convertido en nuestro servidor, y así nos ha salvado, para que también nosotros podamos amarnos los unos a los otros como Él nos ha amado, del mismo modo.

(Del libro Hablar con Dios y w2.vatican.va).

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Acerca de jotaefeb

Un arquitecto jubilado. Aprendiz de todo, oficial de nada. Un humano más. Acá, allá y acullá. Hurgador de cosas cotidianas y trascendentes.

Comentarios

3 comentarios en “El evangelio del domingo: La esperanza del cielo

  1. Presencia de Dios

    Por Hno. Joemar Hohmann, franciscano capuchino

    Con cierta frecuencia, el ser humano desea que la presencia o manifestación de Dios sea de modo fantástico, con relámpagos, sinfonías, juego de luces y revelaciones extraordinarias, que nos hagan temblar de emoción. Más ahora, que andamos tan acostumbrados con los “efectos especiales” de un sinfín de películas que podemos ver todos los días.

    Dios hace morada en nosotros en virtud de una doble exigencia: guardar su Palabra y amarle de verdad. Por eso Jesús afirma: “El que me ama será fiel a mi palabra, y mi Padre lo amará, iremos a él y habitaremos en él”.

    Cuando existe un verdadero amor, que se traduce en hacer el bien al otro y ser sincero, entonces hay también fidelidad, porque no se pretende lastimar la persona querida. Esto vale para la unión de hombre y mujer, de padres e hijos y también para nuestra relación de fe y amistad con Jesucristo.

    Hay una correspondencia decisiva entre amar y ser fiel a su Palabra. Quien realmente lo quiere, respeta sus mandamientos y no tiene reparos de hacer algunas renuncias que molestan, con tal de no decepcionarlo.

    Las dos consecuencias de este amor leal son una recompensa excesivamente grande: mi Padre lo amará y habitaremos en él.

    Ser amado por Dios y sentir esta fuerza es la satisfacción más profunda que se puede tener, es la conquista a la cual todos tenemos que estar abocados, pues está en juego lo más preciado de nuestra vida.

    “Habitaremos en él”: tener a Dios dentro de nuestro espíritu de modo vibrante, amoroso y constante es el encanto más transformador que cualquiera puede anhelar.

    Asimismo, “habitaremos en él” es una indicación trinitaria, pues señala la presencia del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo en nuestro corazón y en nuestras actitudes, lo que significa vencer todo sentimiento de soledad, de sentirse relegado y no ser tenido en cuenta. Es nunca sentirse abandonado y, prácticamente, volverse imbatible.

    Esta presencia de Dios se va agrandando, pues el Espíritu Santo nos irá enseñando un montón de cosas que debemos saber y no sabemos, cosas que tenemos que hacer y no hacemos, como, por ejemplo, recuperar eficazmente la propia salud, tener un empuje superlativo para superar el desempleo y una misteriosa iluminación para perdonar las humillaciones recibidas.

    Cuanto más somos fieles a su palabra y lo amamos limpiamente, más el Señor estará presente en nuestra alma y gozaremos de su Paz, como dulce regalo, que el mundo no sabe dar y no puede quitar.

    Finalmente, bendiciones a todos los trabajadores.

    Paz y bien.

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    Publicado por jotaefeb | 1 mayo, 2016, 07:39
  2. “El Espíritu Santo que el Padre les enviará en mi nombre les va a enseñar todas las cosas y les recordará todas mis palabras.” (Jn 14, 26)

    Estamos ya celebrando el VI domingo de Pascua, y Jesús empieza a preparar a sus discípulos para su partida. Él ya reveló el plan de Dios, su misericordia y su gracia. Ya apareció resucitado a sus discípulos, manifestando su victoria sobre el mal. Su misión está concluyendo. Ahora son sus discípulos los que deben portar adelante el mensaje evangélico, haciendo llegar a todas partes la realidad de la salvación y de la vida renovada.
    Pero, ¿cómo es posible que estos discípulos, tan miedosos, frágiles e inconstantes puedan llevar adelante la obra de Jesús? ¿Cómo puede Jesús confiar en ellos, si él conoce todas sus limitaciones? La respuesta es simple: Jesús está confiando no en sus fuerzas, pero sí en la docilidad que ellos deben tener a la fuerza de Dios: el Espíritu Santo.
    Después de estos tres años de convivencia, después de todo lo que ellos vivieron juntos y, principalmente, después de reconocer que aquel Jesús que fue muerto por la maldad, la envidia, el egoísmo, las ganas de poder…, Dios lo había resucitado, entonces ellos ya habían aprendido la difícil lección: para servir a Dios basta abandonarse. Para Dios no es importante que tengamos todos los valores, todas las cualidades o que seamos superdotados, para Él lo importante es que sepamos dejarlo actuar.
    Talvez esto sea una cosa muy difícil para nosotros. Desde el inicio del mundo buscamos ser independientes y autosuficientes. Queremos construir nosotros mismos nuestra felicidad. Nos creemos ser los más inteligentes y pensamos que solamente haciendo nuestras propias elecciones podremos realizarnos. Por eso es realmente muy difícil dejarse conducir por Dios. Permitir que Él agarre el timón de nuestras vidas exige mucha madurez y también exige ser muy dueños de nosotros mismos. Jesús, tiene la esperanza que ahora los apóstoles están listos para vivir esta nueva fase de sus vidas. Es por eso que les anuncia el don del Espíritu Santo.
    Nuestro gran problema es que en general no queremos conocer la voluntad de Dios. No estamos convencidos de su amor para con nosotros y por eso tenemos miedo de las cosas que él pueda querer de nuestras vidas. En general hacemos nuestros planes según nuestros deseos, a veces muy mezquinos, y entonces rezamos y rezamos para que Dios los asuma, los bendiga y haga que tengan éxito. Pero esto aun no es cristianismo!!! Aunque rezáramos mucho, si nuestras oraciones son para convencer a Dios de que haga lo que nosotros queremos, no pasamos de paganos disfrazados de cristianos.
    Ser cristiano es nacer de nuevo, esto es, recibir de nuevo el soplo de la vida: el Espíritu Santo. Permitir que él nos enseñe todas las cosas. Dejar que él nos recuerde a cada instante y ante cada situación las palabras de Jesús, que serán, sin lugar a dudas, luz para nuestros pasos. Pero es muy importante, tener presente que esto no sirve solamente para los consagrados, los sacerdotes…. es para todos. Para todos los bautizados, en la familia, en el trabajo, en la recreación…
    Que el Señor nos dé la gracia, de estar tan convencidos de su amor como lo estaban los apóstoles después de la pasión, muerte y resurrección de Cristo, para que como ellos podamos abrirnos sin resistencias ni miedos a la acción del Espíritu Santo. Si obramos así, seremos nosotros también piedras vivas de la Iglesia de Cristo.

    El Señor te bendiga y te guarde,
    El Señor te haga brillar su rostro y tenga misericordia de ti.
    El Señor vuelva su mirada cariñosa y te de la PAZ.
    Hno. Mariosvaldo Florentino, capuchino

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    Publicado por jotaefeb | 1 mayo, 2016, 07:37
  3. domingo 01 Mayo 2016

    Sexto domingo de Pascua

    Santo(s) del día : San José Obrero

    Libro de los Hechos de los Apóstoles 15,1-2.22-29.
    Algunas personas venidas de Judea enseñaban a los hermanos que si no se hacían circuncidar según el rito establecido por Moisés, no podían salvarse.
    A raíz de esto, se produjo una agitación: Pablo y Bernabé discutieron vivamente con ellos, y por fin, se decidió que ambos, junto con algunos otros, subieran a Jerusalén para tratar esta cuestión con los Apóstoles y los presbíteros.
    Entonces los Apóstoles, los presbíteros y la Iglesia entera, decidieron elegir a algunos de ellos y enviarlos a Antioquía con Pablo y Bernabé. Eligieron a Judas, llamado Barsabás, y a Silas, hombres eminentes entre los hermanos,
    y les encomendaron llevar la siguiente carta: “Los Apóstoles y los presbíteros saludamos fraternalmente a los hermanos de origen pagano, que están en Antioquía, en Siria y en Cilicia.
    Habiéndonos enterado de que algunos de los nuestros, sin mandato de nuestra parte, han sembrado entre ustedes la inquietud y provocado el desconcierto,
    hemos decidido de común acuerdo elegir a unos delegados y enviárselos junto con nuestros queridos Bernabé y Pablo,
    los cuales han consagrado su vida al nombre de nuestro Señor Jesucristo.
    Por eso les enviamos a Judas y a Silas, quienes les transmitirán de viva voz este mismo mensaje.
    El Espíritu Santo, y nosotros mismos, hemos decidido no imponerles ninguna carga más que las indispensables, a saber:
    que se abstengan de la carne inmolada a los ídolos, de la sangre, de la carne de animales muertos sin desangrar y de las uniones ilegales. Harán bien en cumplir todo esto. Adiós”.

    Apocalipsis 21,10-14.22-23.
    Me llevó en espíritu a una montaña de enorme altura, y me mostró la Ciudad santa, Jerusalén, que descendía del cielo y venía de Dios.
    La gloria de Dios estaba en ella y resplandecía como la más preciosa de las perlas, como una piedra de jaspe cristalino.
    Estaba rodeada por una muralla de gran altura que tenía doce puertas: sobre ellas había doce ángeles y estaban escritos los nombres de las doce tribus de Israel.
    Tres puertas miraban al este, otras tres al norte, tres al sur, y tres al oeste.
    La muralla de la Ciudad se asentaba sobre doce cimientos, y cada uno de ellos tenía el nombre de uno de los doce Apóstoles del Cordero.
    No vi ningún templo en la Ciudad, porque su Templo es el Señor Dios todopoderoso y el Cordero.
    Y la Ciudad no necesita la luz del sol ni de la luna, ya que la gloria de Dios la ilumina, y su lámpara es el Cordero.

    Evangelio según San Juan 14,23-29.
    Jesús le respondió: “El que me ama será fiel a mi palabra, y mi Padre lo amará; iremos a él y habitaremos en él.
    El que no me ama no es fiel a mis palabras. La palabra que ustedes oyeron no es mía, sino del Padre que me envió.
    Yo les digo estas cosas mientras permanezco con ustedes.
    Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi Nombre, les enseñará todo y les recordará lo que les he dicho.»
    Les dejo la paz, les doy mi paz, pero no como la da el mundo. ¡ No se inquieten ni teman !
    Me han oído decir: ‘Me voy y volveré a ustedes’. Si me amaran, se alegrarían de que vuelva junto al Padre, porque el Padre es más grande que yo.
    Les he dicho esto antes que suceda, para que cuando se cumpla, ustedes crean.

    Extraído de la Biblia: Libro del Pueblo de Dios.

    Leer el comentario del Evangelio por :

    San Bernardo (1091-1153), monje cisterciense y doctor de la Iglesia
    Sermón 27, 8-10

    “Vendremos a él y haremos morada en él”

    “El Padre y yo, decía el Hijo, vendremos a él, es decir, en el hombre que es santo, y vendremos a morar en él”. Y yo creo que el profeta no se ha referido a otro cielo cuando ha dicho: “Tú que habitas en los santos, tú la gloria de Israel” (Sl 24 Vulg). Y el apóstol Pablo dice claramente: “Por la fe, Cristo habita en nuestros corazones” (Ef 3,17). No es de extrañar, pues, que Cristo se complazca en habitar en este cielo. Puesto que, si para crear el cielo invisible sólo tuvo necesidad de su palabra, tuvo que luchar para adquirir el otro cielo, y murió para rescatarlo. Por eso, después de todos estos trabajos, habiendo realizado su deseo, dice: “Esta es mi mansión por siempre, aquí viviré, porque la deseo” (sl 131,14)…

    Ahora “¿por qué te acongojas, alma mía, por qué te me turbas?” (sl 41,6). ¿Piensas encontrar en ti un lugar para el Señor? ¿Qué lugar hay en nosotros que sea digno de tan gran gloria? ¿Qué lugar sería digno para recibir su majestad? ¿Acaso sólo puedo adorarlo en el lugar en que sus pasos se detuvieron? ¿Quién me concederá, al menos, poder seguir las huellas de un alma santa “que él se escogió como heredad”? (sl 32,12)

    Que se digne derramar en mi alma el ungüento de su misericordia, de tal manera que también yo sea capaz de decir: “Correré por el camino de tus mandatos cuando me ensanches el corazón” (sal 118,32). ¿Acaso podré, yo también, mostrar en mi “una gran sala bien preparada, en la que pueda comer con sus discípulos? (Mc 14,15) o por lo menos “un lugar donde reclinar la cabeza”(Mc 8,20).

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    Publicado por jotaefeb | 1 mayo, 2016, 07:36

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