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Ruidos molestos

En abril se recuerda, todavía calladamente, el Día Internacional de Concienciación sobre el Ruido. Un tema que a la mayoría le habrá pasado inadvertido o le resulta indiferente. El ruido generado en las ciudades ha dejado de ser un producto normal y soportable en nombre del desarrollo y el progreso necesarios, pues ha sobrepasado los límites generando enfermedades físicas y psíquicas. Nerviosos, alterados, estresados, todos tenemos ruidos acumulados. Los nervios de punta no se curan con frases de autoestima. El ruido de ciudad llegó a niveles tan perjudiciales que merece ser reglamentado. A más de saber medir –por nosotros mismos– lo que generamos y que pueda importunar a los demás.
Casos para quejarnos tenemos a montones, empezando por nuestra propia casa, siguiendo como vecinos. Pequeñas y grandes faltas de respeto van sumando y hacen de la vida en común un caos colectivo y auditivo.

Aquí no se trata de culpar, pelear y quedar en la nada, sino de cambiar malos hábitos que perjudican la calidad de vida, la convivencia. “Esta es mi casa (lugar, calle, esquina)”, es una rápida respuesta ante el reclamo, pero no se aplica porque el sonido se expande.

Antiguamente, se cumplían las vitales horas de descanso, pero con las erróneas interpretaciones conceptuales, como lo que son el derecho y la libertad, esto ha decaído. Hay además gente más sensible que otra. Cuenta una anécdota que Immanuel Kant, cansado del canto del gallo de su vecino, quiso comprárselo, pero cuando el vecino se enteró de que era para matarlo, se lo negó. No tenemos la intelectualidad del filósofo, pero continuamos con el problema a la enésima potencia.

Si no es mucho pedir, las instituciones encargadas deberían salir de las oficinas a cumplir su obligación de multa y educación. Es espantoso cuán poderosos pueden ser los dueños de negocios o ciertos vecinos (por maldad y/o ignorancia) que disponen de los ruidos a su antojo desatendiendo el respeto básico. El otro día una tradicional farmacia céntrica montó como si nada un muñeco inflable con un motor ensordecedor en plena vereda. ¿Bajo el amparo de qué o de quiénes se pueden quebrar las cláusulas innatas del respeto en un lugar público?

A muchos les sobra indignación y educación, pero además les falta conocer herramientas legales para presionar correctamente.

Me permito finalizar esta pincelada sobre un tema que, tarde o temprano, requerirá estrategias centrales mencionando un caso único en nuestro país en el que una discoteca destinada al público más pudiente perdió un juicio por una demanda iniciada por unos vecinos. Fue muy interesante y seguí cercanamente el caso. Los afectados tuvieron que llegar al punto de “bunkerizar” el dormitorio de su casa construyendo un doble muro y sellaron prácticamente las ventanas para disminuir el ruido. Pero la pesadilla no acabó, porque el suelo vibraba. Sin entrar en más detalles, lo importante es grabarnos en la cabeza que presionando y reclamando se pueden hacer cumplir las leyes hechas para proteger la tranquilidad del ciudadano. El ruido debe ser controlado en los centros de compras, vehículos, locales nocturnos, fábricas y otros. Soñando alto, un punto más elevado sería la calidad de lo que obligan a tragar auditivamente. Cuidar el oído es cuidar la mente. Concienciación, colaboración y denuncia ciudadana para la salud pública.

Por Lourdes Peralta

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Un arquitecto jubilado. Aprendiz de todo, oficial de nada. Un humano más. Acá, allá y acullá. Hurgador de cosas cotidianas y trascendentes.

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