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LOS 9 LIBROS QUE HAY QUE LEER ANTES DE MORIR, SEGÚN VARGAS LLOSA

El Premio Nobel de Literatura peruano Mario Vargas Llosa no sólo es uno de los mejores escritores de nuestro siglo, también es un ávido lector, como debe ser, y recomienda estos nueve obras imprescindibles que leer antes de morir.

1- La Señora Dalloway La Senora Dalloway , de Virginia Woolf

“El embellecimiento sistemático de la vida gracias a su refracción en sensibilidades exquisitas, capaces de libar en todos los objetos y en todas las circunstancias la secreta hermosura que encierran, es lo que confiere al mundo de La señora Dalloway su milagrosa originalidad”, explica el Premio Nobel.

2- Lolita, de Vladimir Nabokov

“Humbert Humbert cuenta esta historia con las pausas, suspensos, falsas pistas, ironías y ambigüedades de un narrador consumado en el arte de reavivar a cada momento la curiosidad del lector. Su historia es escandalosa pero no pornográfica, ni siquiera erótica. Una burla incesante de instituciones, profesiones y quehaceres, desde el psicoanálisis -una de las bestias negras de Nabokov- hasta la educación y la familia, permean el diálogo de Humbert Humbert”, explica sobre la obra.

3- El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad

Uno de los libros favoritos del autor, que dio lugar al clásico infinito del cine bélico ‘Apocalipsis Now’ una de las obras cumbre del director Francis Ford Coppola. “Pocas historias han logrado expresar, de manera tan sintética y subyugante como ésta, el mal, entendido en sus connotaciones metafísicas individuales y en sus proyecciones sociales”, comenta Vargas Llosa.

4- Trópico de Cancer, de Henry Miller

Una de las obras maestras de la literatura americana contemporánea del maestro de la evocación. “El narrador-personaje de Trópico de Cáncer es la gran creación de la novela, el éxito supremo de Miller como novelista. Ese ‘Henry’ obsceno y narcisista, despectivo del mundo, solícito sólo con su falo y sus tripas, tiene, ante todo, una verba inconfundible, una rabelesiana vitalidad para transmutar en arte lo vulgar y lo sucio, para espiritualizar con su gran vozarrón poético las funciones fisiológicas, la mezquindad, lo sórdido, para dar una dignidad estética a la grosería”, alega.

5- Auto de Fe, Elias Canetti

“Al mismo tiempo que los demonios de su sociedad y de su época, Canetti se sirvió también de los que lo habitaban sólo a él. Barroco emblema de un mundo a punto de estallar, su novela es asimismo una fantasmagórica creación soberana en la que el artista ha fundido sus fobias y apetitos más íntimos con los sobresaltos y crisis que resquebrajan su mundo”, apunta.

6- El Gran Gatsby, de Francis Scott Fiztgerald

Otra obra que ha sido llevada al cine y que recomienda el peruano. “Toda la novela es un complejo laberinto de muchas puertas y cualquiera de ellas sirve para entrar en su intimidad. La que nos abre esta confesión del autor de El gran Gatsby da a una historia romántica, de esas que hacían llorar”, indica.

7- El Doctor Zhivago, de Boris Pasternak

“…Pero sin esa confusa historia que los manosea, aturde, y, finalmente, despedaza, las vidas de los protagonistas no serían lo que son. Éste es el tema central de la novela, el que reaparece, una y otra vez, como leimotiv, a lo largo de su tumultuosa peripecia: la indefensión del individuo frente a la historia, su fragilidad e impotencia cuando se ve atrapado en el remolino del ‘gran acontecimiento”, sentencia.

8- El GatoPardo, de Giuseppe Tomasi de Lampedusa

“Como en Lezama Lima, como en Alejo Carpentier, narradores barrocos que se le parecen porque también ellos construyeron unos mundos lierarios de belleza escultórica, emancipados de la corrosión temporal, en El Gatopardo la varita mágica que ejecuta aquella superchería mediante la cual la ficción adquiere fisonomía propia, un tiempo soberano distinto del cronológico, es el lenguaje”, reflexiona.

9- Opiniones de un payaso, Heinrich Böll

“Opiniones de un payaso, su novela más célebre, es un buen testimonio de esta sensibilidad social escrupulosa hasta la manía. Se trata de una ficción ideológica, o, como decían aún en la época en que apareció (1963), ‘comprometida’. La historia sirve de pretexto a un severísimo enjuiciamiento religioso y moral del catolicismo y de la sociedad burguesa en la Alemania Federal de la posguerra”, finaliza.

Fuente: bolsamania.com

Acerca de jotaefeb

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3 comentarios en “LOS 9 LIBROS QUE HAY QUE LEER ANTES DE MORIR, SEGÚN VARGAS LLOSA

  1. El paraíso en Lima

    Creo que la cultura libresca de una ciudad puede medirse por el tamaño y la cantidad de librerías que ostenta. El tamaño de la población es un factor importante, pero no determinante. La ciudad puede ser pequeña, pero sin embargo contar con grandes ventas de libros, pues sus pobladores en promedio son lectores consuetudinarios. Eso lo he visto en Rosario, Córdoba, Corrientes (Argentina) y, por supuesto, ni hablar de capitales como Montevideo, La Habana, Buenos Aires, México, Santiago de Chile y Caracas.

    Sin embargo, el mejor termostato son las librerías de segunda mano, donde uno convive con miles de lectores que atesoraron esos amarillentos textos que ahora buscan otros dueños. La experiencia es mucho más excitante que cuando se está frente a los organizados estantes de relucientes y olorosos libros recién impresos. Las librerías de usados ofrecen en su desordenado y apurado apilamiento de volúmenes la oportunidad de ejercitar la serendipia, ese fenómeno que se da cuando uno busca algo y, sin embargo, encuentra otra cosa totalmente inesperada. Claro que a esto se suma la oportunidad de hallar títulos ya agotados u otros cuyos precios son mucho más baratos que si los compramos nuevos.

    El maravilloso acto de búsqueda minuciosa es al mismo tiempo un repaso por bibliotecas que alguna vez fueron privadas y ahora se han atomizado; se aprecian miles de opiniones al margen, regalos con dedicatoria que luego serán despreciados yendo a parar a estantes para bibliófilos rapiñeros, e incluso títulos autografiados por el mismo autor a un lector que lo admiraba pero lo tuvo que vender por un apremio financiero. Las librerías de segunda mano son como cloacas donde van a parar desperdicios que unos voraces buitres atesorarán como pepitas de oro; son un muestrario ejemplar de lo que es una ciudad con habitantes que alimentan algo más que sus estómagos.

    Escribo todo esto inspirado por y desde Lima, ciudad que por primera vez visito. Por supuesto, no perdí la ocasión y a unos ocasionales y en extremo amables amigos limeños pedí que me lleven a una librería de usados. No duraron un segundo y me condujeron hasta la feria de la calle Amazonas. Aquello era un monstruo, un maravilloso monstruo que con una simple exhalación de mugre y humedad me dejó sin aliento. Docenas y docenas de puestos apilados, cada uno a su vez apilando miles de libros. Aún estoy azorado; jamás vi algo igual. Hoy lunes, la visitaré por tercera y última vez. No la he recorrido ni en un 10%, pero los pocos soles que me quedan los gastaré comprando sus tesoros, y por ultimo me daré una vuelta completa por todo ese impresionante laberinto. Si algún temblor limeño me agarra desprevenido espero sea en ese lugar en el cual moriré con una sonrisa aplastado por miles de polvorientos libros.

    Por Sergio Cáceres

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    Publicado por Anónimo | 6 noviembre, 2016, 16:27
  2. .
    A veces cuando leo

    Me gustan las lecturas cortas. Las grandes novelas no son para mí. Bueno, sí, algunas, pero tienen que ser muy buenas. Una vez leí El Quijote, y me gustó, aunque tuve que poner mucho de mi parte. Lo intenté con Guerra y paz, pero jamás sentí mayor sosiego que cuando deserté de esa contienda. En cambio, el Ulises me fascinó, quizás porque también me fascina la locura. Por supuesto, no lo entendí y miente quien diga que lo entienda. Algo entenderá, claro, mucho quizá, pero no todo, ni de broma. Ni Joyce lo entendía muy bien, según se me antoja. Y si no lo entiendes todo, es muy probable que no hayas entendido nada. ¿Pero acaso es preciso entender algo para que te guste? A la Julia nunca la entendí, y bien que me enamoré de ella. O el mar, ¿quién lo entiende? ¿Hay que ser astrónomo para admirar las estrellas? No digo que la novela no sea uno de los mayores logros de la literatura, en absoluto. Para ser algo más sincero, durante años leí muchas. Algunas incluso buenas, valían el peso del papel y la tinta que las sostenía. Pero otras bien podían haberse ceñido a una página. O a ninguna. Mucha paja. ¿Qué necesidad? Pero no quiero desmerecer. Sólo digo que a mí me gustan más los cuentos, las historias cortas. Cualquier cosa que se le pueda narrar a un niño antes de dormir, susurrar a una mujer durante una cena o compartir con los amigos alrededor de un buen fuego. Y luego, dejar volar los sueños, la ficción no ha de ser más que la brisa que ayude a desplegar esas alas. Más de cien o cincuenta páginas para mí ya es una cuesta bien empinada. Más de doscientas, casi una pared del Himalaya. Tiene que valer mucho la pena. Por eso me alegró tanto encontrarme con este ejemplar descosido de Pedro Páramo en uno de los contenedores de la avenida. Me hubiese contentado igual con La metamorfosis, El principito, El coronel no tiene quien le escriba, El extranjero o Siddharta, tal vez relatos de Chéjov, Poe, Wilde o Bécquer, pero no está uno para elegir. El azar, que no siempre juega en contra, quiso que fuese esta pequeña maravilla de Juan Rulfo. Desde entonces, mil veces la he leído y mil veces la he disfrutado. Mil veces he creído entenderla y mil veces dudé. Mil veces supe de lo que hablaba y otras tantas me quedé como al principio. Dicen que ésa es la virtud de las grandes obras, que son como calidoscopios de palabras en los que ves lo que realmente quieres ver. Y que dos lecturas nunca son iguales, no sólo entre personas distintas, sino a los ojos de una sola de ellas. Hoy la ves así y mañana es otra cosa. Pedro Páramo es una novela, pero corta. Esta edición no pasa de las ciento treinta y cinco páginas. Quizás sea un cuento. O tal vez nada de eso. Gustavo me dice que por qué sigo leyendo lo de Rulfo, si en el aparato que me ha regalado hay más de cien obras. Y yo le digo que me gusta Rulfo y me gusta Comala. Y que también me gusta la muerte, saber de ella, quizá por eso vivo como vivo, que para muchos sería como morir. Para aprender. Para saber. Como tengo tiempo, leo mucho. Otros se ponen a gemir o a implorar, se arrastran o se arrodillan, pero yo leo. Y nunca me faltan monedas. Antes también gemía e imploraba, pero ahora leo. Y no me va mal. Puede que a la gente le remueva la conciencia. Ver a un mendigo leyendo. «Mira ése, pobre hombre, culto y en ese estado. ¿Qué le habrá pasado? Anda, déjale unas monedas». Porque es de general opinión que el mendigo ha de ser iletrado, loco, tonto, guarro y zafio. Algo muy distinto de ellos, de la gente normal. Porque si no, es posible que llegasen a pensar que quizá, tal vez, algún día ellos también podrían verse gimiendo e implorando en una calle fría y hostil como ésta. O leyendo. Contagiarse, como si dijéramos. No, los mendigos son especie aparte, animales, un algo ignoto sin ligazón alguna con la humanidad.

    Gustavo me dijo, «Señor le vengo observando hace días y veo que lee siempre el mismo libro. Yo no voy a darle monedas. Si me permite, prefiero regalarle este lector de ebooks. Es un Kindle, con más de cien obras inmortales de la literatura universal. Y aquí tiene usted también el cargador. Para que no esté leyendo siempre lo mismo». Yo no entendí ni una palabra. Bueno sí, libro, inmortales, literatura y monedas, pero no quise menospreciar su amabilidad. «No es el mismo libro», me limité a responder sin levantar la cabeza. «Sí, sí que lo es, me he cerciorado bien», insistió. «Es el mismo envoltorio», le contradije, «pero no el mismo libro». Y quise explicarle lo del calidoscopio de palabras y las infinitas lecturas, pero él no me escuchó. «Sea como sea, aquí le dejo el Kindle, seguro que lo aprovecha». Dos días después, vino a decirme que se había dado cuenta de que no tocaba el aparatito y yo le dije que es que no sabía cómo tocarlo. Así que me puso al tanto. Tampoco era nada del otro mundo. Era igual de fácil que todo lo que se conoce y tan difícil como lo que se ignora. «¿Hay cuentos?», le pregunté. «¿Cuentos? Hay de todo, cuentos, poesía, teatro, ensayo y novela», respondió. «Yo sólo leo cuentos», sentencié.

    Me gusta Gusta-vo. Gusta-vo me gusta. (Me también gustan los juebras de palagos). Es un buen chico, sensible y amable. También algo desdichado. Ahora está contento porque leo su kindel, y de cuando en cuando se sienta a mi lado y charlamos. Dice que pasa frente a mí cuatro veces al día. Dos por las mañanas y dos por las tardes. Entre las siete y media y las ocho, entre las tres y las tres media. De casa al trabajo y de trabajo a casa. Entre las cuatro y media y las cinco, entre las siete y las siete y media. De casa al parque con los niños, ida y vuelta. Quiere saber de mi vida y yo apenas le cuento, así por encima, algunos detalles, pues si uno trata de olvidar no conviene recordar en exceso. Él, en cambio, me ha ido detallando su biografía. Su infancia, sus estudios, sus amores, sus amistades, su trabajo. Es banquero. No es rico, trabaja en un banco. No sé si ésa es la palabra, pero yo los llamo banqueros. No lo gana mal, está casado, tiene un niño, casa propia hipotecada y un sinfín de problemas. Dice que va al psicólogo y toma pastillas porque no puede dormir. El mes pasado, su banco despidió a muchos de sus compañeros. Él, dice, se salvó por los pelos. Pero también tiene problemas con su pareja, con los niños en el cole, la comunidad, sus hermanos, sus padres ancianos, el coche que no sé qué, la humedad no sé dónde, un préstamo de no sé cuántos, el móvil que… «Tu vida es una novela». Eso le digo. «Mucha paja, Gustavo, mucha paja. Aligera, amigo, céntrate en lo importante. Fíjate en mí, sin querer servir de ejemplo para nadie. No tienes que llegar a este extremo, claro está, pero abrevia, quédate sólo con lo que te haga feliz. Lo demás…». «¿Tú eres feliz?», me pregunta. Y yo le digo que a veces cuando leo. Él me dice que ya no tiene tiempo ni para leer. «Por eso te digo, Gustavo, aligera, hombre, aligera…».

    Cargo el kindel en la casa parroquial, en horas de mediodía. El cura es un buen hombre, cuando no da sermones. Antes hubiese podido cargarlo en el albergue municipal, durante la noche, pero con esto de los recortes lleva ya un mes cerrado. Ahora duermo en la playa, bajo unas barcas. Lo bueno del trasto éste es que no necesita luz, ya la lleva incorporada, y así puedo quedarme dormido con mis lecturas. Hasta ahora sólo he leído cuentos, de Borges, Cortázar, Mahfuz… Alguna poesía… Ni ensayo ni novela. Tampoco teatro. A mí el teatro me gusta en vivo. El texto es para el director, los actores, el escenógrafo. No es para leer. O eso creo. Allá cada uno. Yo con mis cuentos voy bien servido. A veces, cuando ya estoy a punto de dormir, en ese espacio incierto que separa la vigilia del sueño, pienso en Gustavo. En su bondad y en su desdicha. Sé de lo que le hablo cuando le aconsejo. «Aligera, aligera». Como una proyección de mi propia conciencia. Una que tuve años atrás, cuando mi vida también era una novela. Ahora es un cuento, quién quiera saber más de mí tendrá que imaginar. Me acurruco bajo esta manta vieja y sucia, pues ya se siente el invierno. El kindel me calienta el pecho unos pocos minutos. Y lo leo. Bien sabe Dios que lo leo. Cuatro veces al día. Dos por las mañanas y dos por las tardes. Entre las siete y media y las ocho, entre las tres y las tres media. Entre las cuatro y media y las cinco, entre las siete y las siete y media. Luego, lo apago, lo envuelvo con mucho cuidado, y rebusco entre mis enseres hasta que doy con el librito descosido. Entonces me recuesto, me jinco un buen trago de vino de mesa, respiro hondo y me paso el resto del día entregado a la enésima primera lectura de Pedro Páramo.

    Por Manuel M. Almeida

    A veces cuando leo fue publicado originalmente en El Blog de Manuel M. Almeida

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    Publicado por Anónimo | 13 octubre, 2016, 07:37
  3. Haber sido o no haber sido

    Por Gustavo Laterza Rivarola

    En el mundo occidental se festeja el Día Internacional del Libro con lanzamientos de novedades, ferias, suscripción de originales, liquidaciones, exhibición de incunables y más. En ciudades como Madrid, Barcelona, México, Buenos Aires, Santiago, Bogotá, se montan ferias gigantescas, se realizan homenajes a autores y espectáculos de arte. Aquí vemos alguna que otra feria y exposiciones o actos en pocas escuelas y colegios.

    Se sabe que la fecha (23 de abril) fue escogida por ser la del fallecimiento de Cervantes y de Shakespeare, en 1616. Los ingleses celebran simultáneamente el Día de la Lengua Inglesa, no así en España, cuyo Día del Idioma Español es el 12 de octubre, coincidiendo con el de la Hispanidad, la Virgen del Pilar y el “Mutuo Descubrimiento”. Esta fecha es festiva en toda América Latina, menos en Paraguay, donde fue suprimida por el Gral. Rodríguez, en 1990, sin dar explicaciones.

    A 400 años de su muerte, dediquemos hoy un par de líneas a Shakespeare. Ganó su renombre a pesar de críticos de peso pesado, como Voltaire, Byron, Tolstoi, Darwin, George B. Shaw, entre otros, que lo tacharon desde ramplón a simplemente aburrido. La peor de sus tragedias, según acuerdan, es Hamlet. Voltaire la consideraba “obra bárbara y vulgar” que “no soportaría ni el público más bajo de Francia e Italia”, y que parecía “fruto de la inspiración de un salvaje borracho”. A Tolstoi, la obra del inglés le causaban “repulsión y tedio irresistibles”. Pero esto es nada todavía; están quienes le niegan la autoría de sus libros.

    Se calculó que toda su obra –drama y poesía– contiene unas 900.000 palabras; sin embargo, no se dispone de una sola escrita de su puño y letra. En el testamento que dictó se listan muchos objetos, pero… ¡ni un solo libro! Carecía de biblioteca, así como también de estudios, pues dejó la escuela inconclusa. En tiempos en que hasta los funcionarios se hacían retratar, nadie pensó en pintarle a él un retrato. Apenas hay un grabado hecho diez años después de su muerte y un busto, también póstumo. Fue un genio, pues, de rostro desconocido, de letra desconocida, sin libros ni diplomas, sin un solo testigo de que realmente escribió una cuartilla.

    Hay más facetas misteriosas. Varios dramaturgos contemporáneos suyos fueron perseguidos por sus críticas a la monarquía; Shakespeare no fue molestado, pese a sus alusiones a la inmoralidad de reyes, reinas y nobles. En definitiva, la explicación que se ofrece es que el oculto autor verdadero de sus obras sería un noble, ilustrado e influyente, con poderosas razones para valerse de testaferro. Quienes se encantaron con la película “Shakespeare in Love” desilusiónense, porque, no habiendo datos de su vida privada, todo allí es fantasía.

    Pero no se hable de esto a los ingleses porque, aferrados como son a sus costumbres, leyendas y tradiciones, lo toman por herejía. No admitirán se mueva de lugar un solo objeto de su panteón nacional. Haya sido o no haya sido, pues, “the bard of Avon” permanecerá inconmovible en su pedestal.

    Como aquí, en general, no somos afectos a la lectura, tampoco leemos a Shakespeare. Nos pasa lo que a Evo Morales, que confiesa que no lee libros porque a las primeras páginas ya se aburre. “Se trata de un residuo de la cultura ágrafa de nuestros ancestros aborígenes”, aseguran algunos antropólogos. No lo creo; suena más a pretexto que a hipótesis verosímil. Es notorio que ni siquiera leemos diarios. Repasamos titulares, bajadas y epígrafes, como mucho. Si algún texto eventualmente nos atrae, repasamos velozmente las primeras frases de cada párrafo hasta, una vez averiguado hacia dónde tira el autor, damos por cumplido el esfuerzo. Y, en caso de que lo que vamos leyendo no encaje armónicamente en nuestras ideas y prejuicios, lo más probable es que abortemos inmediatamente la incipiente lectura.

    Pocos, en definitiva, seguimos este consejo de Shakespeare (o de quien fuere): Presta el oído a todos, y a pocos la voz. Oye las censuras de los demás; pero reserva tu propia opinión.

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    Publicado por jotaefeb | 24 abril, 2016, 07:18

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