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La impronta de las palabras

Si las palabras hablaran nos pedirían que las usemos para engrandecer nuestras vidas y la de quienes habitan con nosotros. En ese hábitat estamos todos. Lo formamos cada uno de nosotros. Y una de las formas de hacerlo es aportando lo nuestro de forma directa y práctica al ejercer la facultad de elegir el trato hacia la poderosa palabra. Su influencia es grande, tan inmensa como la vida de quienes la utilizan. Es la palabra el inicio de la presentación de lo pensado, es la palabra la conexión entre la creación interior de una idea y quienes están junto a nosotros cuando la expresamos como tal.

Las palabras hablan a través nuestro. Siempre están dispuestas a participar entre quienes las requieren. Su dimensión existencial supera la conceptualización que las identifica como unidades léxicas constituidas por un sonido o un conjunto de sonidos articulados, que tienen un significado fijo y una categoría gramatical. Las palabras identifican la calidad de su autor y se esmeran en acompañar su recorrido verbal de la mejor forma posible. Están cerca de exponerse al mundo en todo momento. Basta que su interlocutor utilice la zona cerebral del habla y las ponga en función.

Las palabras representan más que una letra o un grupo de letras. Sus sonidos pueden calar profundamente en la vida de una persona. Pueden modificar la conducta de un ser que estaba esperando un mensaje cargado de palabras alentadoras. Pueden impactar de tal forma que habiliten las condiciones para comenzar una nueva etapa de diálogo. Las palabras son grandes compañeras para quienes deciden respetarlas. Las palabras deben sufrir mucho cuando la correspondencia entre lo que pueden dar y lo que se utiliza de ellas es escasa o nula. Si no existe la armonía de su uso nace la disonancia en su vivir.

Nuestra interioridad se visualiza en el trato que le damos a la palabra. Leon Festinger (1919-1989), psicólogo estadounidense, fue quien habló por primera vez del concepto de disonancia cognitiva y lo hizo allá por el 1957. Decía que había tensión entre las ideas o las creencias de una persona cuando había dos pensamientos que estaban en conflicto, o cuando un comportamiento entraba en conflicto con sus creencias. Las palabras sienten el grado de conflictividad que puede tener quien las usa. Cuando hay alguna incompatibilidad en la interioridad del ser humano, esta tiende a repercutir en la actitud que posee el mismo. Y las palabras se ven afectadas porque toda su potencialidad se resiente de una u otra forma.

Las palabras conviven con lo actitudinal. Ellas dirían, dime cómo nos tratas y sabremos cómo estás. Para Festinger una forma de achicar la disonancia es cambiando de actitud, para que disminuyan progresivamente las discrepancias existentes que impiden la valorización del sitial que ocupan. Son las palabras las que interrelacionan la vida de las personas, las que construyen los vínculos sociales, las que conectan la vida colectiva que se cimienta día a día en el mundo. Todos podemos preguntarnos qué vínculos tenemos con ellas, qué valor le damos y cómo las utilizamos.

Si las palabras hablaran exigirían ampliar el universo de su uso. Se atreverían a mostrarnos que si las usamos para agredir u ofender a otros estamos hiriendo no solo la honorabilidad del afectado, sino también la nuestra. Nos enseñarían cómo lucen en el corazón de otros cuando llegan con todo su esplendor.

Por Marcelo A. Pedroza

Acerca de jotaefeb

Un arquitecto jubilado. Aprendiz de todo, oficial de nada. Un humano más. Acá, allá y acullá. Hurgador de cosas cotidianas y trascendentes.

Comentarios

2 comentarios en “La impronta de las palabras

  1. Maestría del alma profunda

    El venezolano Carlos Coste es uno de los pocos seres humanos que ha descendido más de 120 metros bajo el nivel del mar, sin ventilación asistida. La apnea deportiva es una disciplina riesgosa, basada en la suspensión voluntaria de la respiración.

    Carlos conoce los peligros de la zambullida en las profundidades, pero los enfrenta y disfruta. Ha establecido varios récords mundiales tras entrenar muchos años. Ha tenido que preparar su cuerpo y su psiquis, convencido de que no es un superdotado, sino un atleta de una actividad que exige un riguroso dominio de los límites físicos y mentales.

    –¿CÓMO LOGRA ESE DOMINIO?

    –Con un profundo control emocional adquirido con el yoga y otras técnicas de relajación. Para Carlos, es esencial gestionar el miedo. No eliminarlo, porque, como ha dicho en más de una ocasión, “el miedo siempre está presente, es parte del negocio”.

    –Con una alimentación e hidratación adecuadas.

    –Es el rey de la disciplina, la paciencia y la perseverancia, única fórmula posible para enfrentar los agotadores entrenamientos.

    –Enfrenta la vida con actitud positiva, enfocado siempre en que puede lograr lo que se propone.

    –Tiene absoluta confianza en sí mismo, porque conoce sus límites.

    A esas cualidades, se suma su disposición para salir adelante en los momentos más difíciles. En el 2006, un accidente cerebro-vascular afectó su movilidad mientras entrenaba a 182 metros de profundidad en Egipto. Quedó semiparalizado, no podía caminar sin asistencia. Fue una situación muy grave y complicada. Pudo recuperarse gracias a la gran pasión que sentía por el mar.

    La actitud de Carlos Coste es un ejemplo para todos en el camino hacia el éxito, en cualquier esfera de la vida. Por eso lo hemos invitado, junto a otras personalidades, al Cala Encuentros que celebraremos en Roatán, Honduras, del 9 al 13 de noviembre. Allí conoceremos las experiencias que le han permitido ser un triunfador en la vida.

    Las metas de Carlos consisten en “hundirse cada vez más profundo”. Sin embargo, para conquistarlas, sus sueños tienen que volar muy alto.

    POR ISMAEL CALA

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    Publicado por Anónimo | 6 noviembre, 2016, 16:31
  2. Una inmensa misión

    Son pilares que la sostienen y que permiten que su utilización sea productiva. El respeto y el sentido. Ambos están a su disposición y siempre abiertos a su uso. La palabra lo agradece. Y lo hace a través de su inserción en todos los estratos donde fluye. Así es, su andar se esparce como el agua. Recorre el planeta y lo seguirá haciendo mientras exista vida humana. Es inmensa y caudalosa su misión.

    Habitar en el ser que la cobija y desde ahí llegar a la existencia de quien la recibe. Está destinada a extenderse de uno en uno. Su aparecer puede suceder masivamente aunque su impacto cala individualmente.

    Es propia de quien la emite y le deja al destinatario, entre tantas opciones, la posibilidad de hacerla suya. Las palabras son como las raíces de un árbol que se abrazan para ser fuertes y de esa forma poder alimentarlo y verlo crecer entre las múltiples especies que están a su alrededor. Entonces yacen adentro de quien las utiliza.

    Las palabras se viven. Nacen durante el crecimiento del ser humano y podrán hacerlo durante toda su vida. Se hallan espontáneamente en la cultura que las tutela y que las difunde. El ambiente en donde se extienden ocupa un papel preponderante para quienes se inician en su práctica.

    Descubrir una palabra dicha por otro produce sensaciones. Y en la temprana edad surgen las imitaciones. Hasta que se aferran a la vida de quien las comprende y las reproduce. Y lo presentan como es. Lo distinguen entre los seres que están a su lado.

    En cada palabra hay una notable oportunidad de ser auténtico. Eso depende exclusivamente de quien se atreva a utilizarla. Siempre está latente el enorme abanico de efectos que acarrea su empleo. Es responsable de lo que dice el que lo comunica. Y como todas las palabras traen consecuencias, la regla general es que las mismas necesitan la presencia de las acciones que le dan el respaldo correspondiente.

    Las palabras son libres. Y siempre lo serán. ¿Por qué prohibir una palabra o por qué imponer el uso de una palabra? El diccionario está lleno de palabras y todas están juntas. Conviven en orden alfabético dentro de esa gran obra de consulta popular. Forman parte de un conjunto y cada cual significa concretamente algo.

    Las costumbres cambian y las palabras fluyen. Hay vocablos nuevos y otros en desuso. Aunque en cada uno existe la esperanza de ser útil para las personas que en algún momento los traigan a colación. No se puede negar el significado de su razón de ser.

    Las palabras son poderosas. Hay que conocerlas, sentirlas, comprenderlas y compartirlas. Repercuten en las emociones y pueden producir notables comportamientos. Donde hay dolor pueden llevar alivio, donde hay angustias pueden levantar el ánimo, donde se necesita un consuelo pueden llevarlo, como también donde hay entusiasmo pueden esmerarse en mantenerlo.

    Las palabras son sociales y se realizan donde hay un grupo. En la comunidad las mismas son vitales. En cada ciudadano se materializa la vida de las palabras. Y a través de ellos repercuten en lo colectivo. Su alcance trasciende geografías y los movimientos que ocasiona repercuten en todas partes.

    Por Marcelo A. Pedroza

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    Publicado por Anónimo | 6 noviembre, 2016, 16:31

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