A propósito de las primarias en EEUU, entre el populismo y democracia: la república

La candidatura a la presidencia del millonario neoyorquino Donald Trump y sobre todo, sus deseadas políticas públicas en ciertos temas como libre comercio, inmigración, y salud pública, ha desatado una conversación interesante sobre la naturaleza de la democracia. Pero, creo, que ese debate, habida cuenta de la globalización de la economía y de la importancia de los Estados Unidos en la escena internacional, este debate le debe interesar al mundo actual. ¿Cómo es posible que un país desarrollado tenga dos candidatos, venidos de extremos ideológicos dispares –Trump y Sanders– y propongan políticas públicas populistas aparentemente reñidas con la democracia?

No obstante, es justo recalcar, que varias de las ofertas políticas de Trump señalan problemas reales: desempleo y cierre de industrias, fuga de manufacturas que, en la mayoría de los casos, se mudan a países donde la mano de obra es más barata, dejando sin trabajo a miles de obreros. ¿Razones? La de reducir costos de producción y así, maximizar el rendimiento a los inversionistas. Pero la situación es más que una cuestión económica, es social: familias enteras dependientes de esos empleos están siendo puestas de lado ante la necesidad, aparentemente, de dejar funcionar a las leyes del mercado. La promesa de parar, por sí mismo, esos movimientos de empresas e intervenir en el mercado, como líder y presidente, es una de las soluciones de Trump. Pero ¿por qué creer en él? Trump es categórico: porque él es un empresario ganador. No mucha deliberación, sino certeza personal.

¿Es eso a lo que uno se refiere como populismo? Pero, ¿qué es el populismo y en qué medida esta propuesta política contradice la democracia? ¿Es lo mismo ser populista que ser autoritario? Me parece que una aclaración de estos conceptos es necesaria, pues la confusión abunda. El término populismo supone una denotación bien precisa. Refiere a políticas públicas que buscan solucionar problemas reales a corto plazo, enfatizando la capacidad personal del líder y, por lo mismo, reforzando la intervención del Estado. Repárese que esa promesa, de solucionar todo y rápido, pone en peligro la sostenibilidad de las políticas a largo plazo. Pero eso no significa, adviértase bien a esto, que esa propuesta populista no sea democrática. Hay populismos democráticos. Populismos que no son formas verticales y autoritarias, sino regímenes de amplias mayorías que implementan esa solución rápida, prebendaria. Piénsese en recientes gobiernos latinoamericanos. Otra cuestión es que, políticamente, los populismos, ante la ineficiencia de políticas a largo plazo, se endurecen y se tornan autoritarios.

Otro hecho, de cualquier manera, debe reconocerse. Más de un régimen autoritario, vertical no ha sido populista. Se es autoritario pues se ejerce le poder de manera vertical y su legitimidad viene, no del pueblo, sino de la fuerza. Así, un régimen autoritario de ajustes, cortes, cierta eficiencia económica, no es populista. Piénsese en China, por ejemplo. O en aquel Chile de Pinochet. En resumen, podemos tener sistemas autoritarios, pero no populistas sino mas bien liberales por un lado, y regímenes populistas, pero democráticos, por otro. Como se ve, la cuestión no es tan sencilla y yendo al ejemplo de Trump, su forma política se acerca más a un populismo democrático por la atracción que ejerce. Sería impensable la transformación de un sistema como el americano en un populismo autoritario en un país como los Estados Unidos, en donde, los frenos y contrapesos constitucionales hacen muy difícil no sólo el autoritarismo sino el mismo populismo. ¿Qué es lo que hace entonces “frenar” a un régimen su delize en el populismo autoritario? Yo diría sin miramientos: un sistema republicano constitucional.

Y así, una república constitucional es el antídoto al populismo. Primero, lo democrático en sí mismo, es clave. La legitimidad del pueblo es el argumento moral contra el autoritarismo. El poder viene de abajo, no impuesto desde arriba. Pero al mismo tiempo, ese poder, legítimo y popular, debe ser libre. Esto es lo segundo. Es liberal, pues, es un régimen que se opone a los privilegios, a las desigualdades, se funda en la ley -estado de Derecho-, defiende los derechos humanos fundados en la dignidad personal. El liberalismo no significa necesariamente un egoísmo en las relaciones económicas ni menos el debilitamiento de la función estatal sino, fortalece los derechos de acceso de bienes a todos los ciudadanos, respetando procedimientos y reglas. No atropellando las mismas, o saltándose los principios o invocando las mayorías con la excusa de la desigualdad real de los ciudadanos. El liberalismo como experiencia política, no degrada a la democracia, la eleva, la madura, la hace humana.

Por último, lo republicano: es el autogobierno ciudadano. La democracia que surge de las bases, se autogestiona si es fundada en la persuasión, la deliberación que supone procedimiento, reglas preestablecidas pero también valores sustantivos, los derechos humanos. Esto es una república constitucional. La idea de república, por eso, es más que mera ideología, es una experiencia política en donde, aceptando las reglas morales de la democracia gracias a un debate razonable, se establece un sistema político de convivencia constitucional, insisto, en base a principios y no, simplemente, en intereses, demagógicos, a corto plazo. Trump, intencionalmente o no, degrada a la república, minimizando reglas, y procedimientos, amenazando incluso a salirse del partido republicano si la “voluntad mayoritaria” no se respeta, prefiriendo, al parecer una democracia sin partidos, que no es sino el abono en tierra propicia para el brote de un populismo autoritario.
Por Mario Ramos-Reyes

Filósofo político

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