Los líderes reflejan sus valores

Un líder es una persona que inspira, que tiene influencia y es un modelo a seguir. Los líderes son personas en las cuales se confía y a las cuales se respeta y se honra siempre y cuando sus acciones sean guiadas por los valores que rigen su vida. Son los que a través del ejemplo y buenas obras logran una auténtica transformación e impactan positivamente en la vida de los demás.

Desde siempre ha existido un sinnúmero de actores de diferentes ámbitos y sectores que hablan de liderazgo, pero no lo practican, más bien buscan satisfacer sus propios intereses, dejando de lado el bien común de la sociedad. La mayoría de los problemas surge cuando un líder comienza a ser incoherente con lo que dice y hace, afectando de esta manera sus resultados, reputación y, lo más grave aún, poniendo en riesgo el bienestar de la gente que lidera.

Uno puede ser experto en su materia, pero si no ejerce un liderazgo basado en valores, los resultados nunca podrían ser del todo satisfactorios. Los valores son parte de nuestra identidad como personas, y definen nuestro actuar en la casa, en el trabajo, en la sociedad y en cualquier otro ámbito de nuestras vidas. Hacer lo que decimos que vamos a hacer, actuando de acuerdo con los valores en los cuales creemos, genera confianza y nos hace vivir una vida plena.

Hace unos días, durante su presentación en el país, John Maxwell nos decía que “Las personas HACEN LO QUE VEN”, qué importante considerar lo mencionado, para así detenernos y observar nuestro entorno, y a las personas que están alrededor nuestro. ¿Cuál es el ejemplo que damos? ¿Concuerdan nuestros actos con los valores que decimos tener? ¿Necesitamos hacer algunos cambios? El líder con valores busca resultados significativos, y su liderazgo surge desde adentro, de sus valores interiores que lo llevan a servir a los demás, y sobre todo a ganarse el respeto por lo que verdaderamente es.

Si tuviéramos que elegir el valor más importante que una persona o líder debe poseer, sin duda alguna sería “LA INTEGRIDAD”, valor indispensable y esencial en la vida de todas las personas, significa actuar en todo momento bajo un compromiso personal con la honestidad, la lealtad y la justicia; es decir, vivir de acuerdo con los principios personales y morales. La integridad como valor fundamental no puede ser negociable, mucho menos en el liderazgo.

Para ejemplificar mejor, la integridad es lo que hacemos “cuando nadie nos está mirando”, porque la verdadera medida de lo que somos está en lo que hacemos cuando nadie nos ve. Vivir con integridad es una decisión que se pone a prueba todos los días. No es fácil, pues nos exige apelar a lo más profundo de nuestra conciencia y nos impulsa a actuar en consecuencia con ella.

Un líder con integridad tiene una firme noción respecto de quiénes, y qué es lo más importante para él. Se caracteriza por su tenacidad y fidelidad a sí mismo y sus principios, por su autenticidad, pero sobre todo por su fortaleza a la hora de mantener sus convicciones, aun ante presiones contrarias.

El filosofo griego Sócrates dijo –según Platón– “La primera clave para alcanzar la grandeza es ser en verdad lo que aparentamos ser”. Entonces, ¿cómo nos aseguramos de vivir nuestros valores con autenticidad? Porque al final del camino, solo hay dos preguntas importantes: QUÉ CLASE DE PERSONA HE LLEGADO A SER Y CUÁNTAS VIDAS HE CAMBIADO.

Por Gabriela Teasdale

 

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Un pensamiento en “Los líderes reflejan sus valores”

  1. ¿Un nuevo valor?

    Estamos viviendo una nueva era que desafía a líderes y directivos de empresas en todo el mundo al confrontarles con los valores tradicionales del éxito empresarial: el tamaño y la rentabilidad dejaron ya de ser lo único prioritario para definir el éxito empresarial. Desde la última crisis económica mundial no han parado de conocerse escándalos que involucran a líderes empresariales, políticos o sociales desnudando una conducta no ética que producen virulentas reacciones que afectan los resultados y hasta la supervivencia de las organizaciones. Va quedando en evidencia que la generación de valor depende cada vez más de recursos intangibles y que la reputación de los líderes juega ahí el papel más trascendente.

    ¿Y es que eso no existió siempre? Sí, pero ahora más que nunca se da un choque entre las expectativas de la gente y la realidad “tolerable”. La gente está más informada que nunca y usa esa información para juzgar y tomar partido, elige o desecha ideologías, productos, servicios u organizaciones donde trabajar. Ya no se conforman con la eficiencia, los mitos de calidad o el peso del tamaño para sentirse seguros al optar por un producto, marca u organización, les interesa saber quiénes son y cómo se comportan las personas que están detrás. Las lealtades son cada vez más efímeras, duran solo mientras las personas sienten que la conducta de la organización está de acuerdo con sus expectativas y valores.

    Hay tantas otras opciones…

    Hay cada vez más conciencia social, medioambiental y ética. La información viaja a altas velocidades y con total libertad. Todos los esfuerzos de márketing y calidad que no sean congruentes con las acciones de la empresa y de sus líderes, están vacíos de sentido, y lejos de fidelizar despiertan desconfianza, recelo y alejamiento.

    Grandes conglomerados más poderosos que algunos países, acostumbrados a confabularse con gobiernos para ocultar gigantescas irregularidades, han perdido el poder, porque está demostrado que una sola persona desencantada puede destruir todo viralizando una información clasificada. O la dura lección que aprendió Apple, cuando en el 2011 falleció Steve Jobs la marca perdió su principal propuesta de valor que era la reputación de su ceo como líder en innovación, y las ventas cayeron estrepitosamente.

    Así es como hoy puede tener más poder un periodista de investigación, un empleado insatisfecho, o un cliente defraudado que la trayectoria, el poder económico o la reputación de una marca. Lo construido en décadas se puede destrozar en segundos. Como ya nada se puede ocultar, lo único que resta es la verdad y la trasparencia y la consecuente buena reputación, que no es un valor nuevo, pero que adquirió un nuevo valor.

    El nuevo liderazgo requiere comprender que hoy ya no es suficiente hacer bien las cosas, es necesario que clientes, inversores, empleados y la comunidad lo reconozcan, y les premie con su preferencia. Ya no se trata tanto de que lo hagas, de lo que vendas, o de cómo lo fabricás, sino de quién seas.

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