Golpes de Estado según cómo y quién

Nicolás Maduro no lo duda: la Ley de Amnistía que acaba de aprobar la Asamblea Nacional para liberar a los presos políticos es un golpe de Estado. No importa que haya sido aprobada por legisladores electos legítimamente.
Maduro, respetuoso de las normas, sin abusar de su poder y con su reconocido espíritu dialoguista –en el que tanto confía y respalda el papa Francisco– fue categórico: “Esta ley por aquí no pasa, caballeros”. Muy bien por este demócrata progresista y bolivariano, fiel heredero de Chávez.

También se le ocurrió llamar a las organizaciones y grupos de choque chavistas para que en “asamblea nacional”, recomienden qué hacer. Por ejemplo, recurrir al Supremo Tribunal o Corte, para que decrete que la ley es inconstitucional. Los progresistas bolivarianos siempre tienen algún Supremo que obedece sin chistar.

Está claro: todo lo que no le viene bien al neoprogresismo populista y socialista es un intento de golpe de Estado. El caso de Brasil es elocuente: la presidenta Dilma Rousseff y su guía y líder Lula han centrado su defensa en que lo del juicio político es un intento de golpe de estado. Lula, por ahora ministro sin cartera ni sillón y quien dice ser víctima de un complot de la prensa y agentes del Estado, ya lo decretó: “defender el impeachment hoy es ser un golpista en este país”.

No importa que los jueces de la Suprema Corte de Brasil (esta no obediente) y el colegio de abogados rechacen por falaz y hasta ridícula esa “interpretación” y que, a su vez, así lo entiendan los legisladores y hasta el Vicepresidente de la República , electos tan legítimamente como Dilma. No importa, además, que todo surja y sea el resultado de investigaciones judiciales y legislativas sobre escandalosos casos de corrupción y por los cuales ya están en la cárcel políticos y empresarios, de todos los colores, pero fundamentalmente del oficialista Partido de los Trabajadores, seguidores, simpatizantes y en casos amigos y promotores de Lula. Tampoco importa que la Presidenta, abusando de su poder, le haya ofrecido un ministerio a Lula para protegerlo, fueros mediante, de investigaciones que lo involucran en operaciones nada claras que lo podrían llevar a prisión.

Si no está en la línea progresista-bolivariana, es golpe de Estado.

Los ejemplos abundan. Tal el caso de Manuel Zelaya, cuando intentó hacer un plebiscito ilegal para continuar en el poder en Honduras. Tal instancia no estaba prevista en la Constitución ni en ninguna ley .Fue rechazada por la Corte Electoral, por la Justicia y por el Poder Legislativo. Pero Zelaya insistió y, con urnas traídas desde El Salvador y listas confeccionadas en Venezuela, intentó utilizar los cuarteles para “su” consulta popular. Y cuando las Fuerzas Armadas se negaron a violar las normas, Zelaya destituyó al comandante en jefe. Fue entonces cuando los militares, sin que ninguna institución se opusiera, sacaron a Zelaya. Y fue recién ahí, entonces, que se produce “un golpe de Estado”. Los atropellos de Zelaya a la constitución y todas las normas no contaron para nada. “Deberían haberle hecho un juicio político”, argumentaron los que sintieron un poco de vergüenza.

¿Pero cómo un jucio político? Es lo que se le quiere hacer a Dilma y, sin embargo, ya de antemano se lo califica de golpe de Estado. Algo parecido pasó con el presidente paraguayo Fernando Lugo, destituido mediante un juicio político. También en su caso y por tratarse de un miembro del Club, “fue golpe de Estado” y Paraguay suspendido en el Mercosur. El hecho de que todo se haya ajustado a derecho y en estricto cumplimiento de la norma constitucional no tiene ningún valor: si afecta a un “progresista” es golpe de Estado y es complot.

El expresidente uruguayo José Mujica, uno de los protagonistas en el caso paraguayo, lo explicó claramente (*): “a veces es más importante una buena sintonía entre un grupo de presidentes que los mecanismos jurídicos que se hayan construido durante años. Y eso fue lo que pasó en el Mercosur”. Los que estuvieron en sintonía en aquel momento, además de Mujica, fueron Hugo Chávez, Cristina Kirchner y Dilma Rousseff. Según también contó Mujica, el mensaje de Dilma fue concluyente: “Brasil necesita que Paraguay quede afuera del Mercosur para de esa forma apurar las elecciones en ese país”.

Mirá lo que opinaba Dilma en ese entonces y respecto al Paraguay. Ahora parece que no opina lo mismo respecto a la crisis que enfrenta su país y la cual, según muchos creen, podría superarse si “se apuraran las elecciones”.

Por Danilo Arbilla

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2 pensamientos en “Golpes de Estado según cómo y quién”

  1. Anomia

    Uno de los elementos centrales en la relación de las personas con el Estado es que estén regidas por normas de cumplimiento obligatorio por todos los actores del llamado pacto social. La Constitución y las leyes en general expresan la confianza no solo en el elemento reglado sino en la previsibilidad del comportamiento de las instituciones, de ahí que no pocas constituciones incluyan la rebelión popular como una de las posibilidades si algún gobierno se aparta de las normas y establece una dictadura. El derecho a levantarse contra toda forma de tiranía tiene rango constitucional en varios países, entre ellos el Paraguay.

    La degradación de las instituciones democráticas en general ha sumido a la ley en ese vasto territorio dominado por la sola enunciación de la ley y el escaso apego a su cumplimiento, cuando de ella deviene alguna forma de restricción al gobernante de ocasión. La no convocatoria a un referéndum revocatorio en Venezuela, o aquel otro convocado hace casi un año para impedir una nueva reelección de Evo Morales en Bolivia, no demuestra flexibilidad sino el rechazo de cualquier uso de la norma cuando ella pueda devenir en un resultado negativo para el gobernante de turno. En ese camino destruyen la justicia y la subalternan a toda interpretación favorable al detentador del poder autoritario, revestido de algunas formalidades democráticas. Este travestismo es incapaz, sin embargo, de esconder la real afiliación a los mecanismos autoritarios y su distancia con la democracia, a la que denuestan y de la que se mofan calificándola de “burguesa o decadente” cuando no les conviene.
    América Latina ha visto decaer a estos gobiernos surgidos de la abundancia de los precios de materias primas, que ha permitido que muchas de las fallas estructurales e instituciones no fueran analizadas ni enfocadas con el rigor necesario. Ahora, con una economía fuertemente golpeada por los precios adversos, comenzamos a retomar el debate sobre las estructuras en las cuales están sostenidas nuestras democracias “participativas”, que de ellas solo queda el adjetivo y no el sustantivo. Debemos volver a conjugar el verbo participar sin dobleces ni sofismas, para que la sociedad crezca luego de haber pasado por sucesivas crisis y nos decidamos a construir instituciones sólidas, con mandatarios que no solo le teman a la ley sino que se sometan a ella como en cualquier estado de derecho que se precie de tal.

    La democracia latinoamericana, sucia de corrupción, nepotismo, arbitrariedad y persecución al que no piensa igual, tiene que dar paso a un cumplimiento de la norma que nos permita vivir en estados previsibles y serios. Lo contrario es caer en la misma anomia en la que por mucho tiempo venimos viviendo y en donde el capricho del gobernante no fue otra cosa que la manifestación autoritaria que nos hizo perder tiempo y oportunidades.

    Hay que rescatar el verdadero sentido de la democracia: las normas y las instituciones. Lo opuesto es dictadura, anarquía y subdesarrollo.

    Benjamin Fernandez Bogado

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  2. Venezuela, vista desde la izquierda
    Por Alfredo Boccia

    Cuando la derecha habla del Gobierno venezolano lo califica de “régimen”, lo cual, de por sí, define su visión. Sorprende que las violaciones de derechos humanos en Venezuela preocupen más que las que ocurren en Paraguay.

    Cuando la izquierda habla de Venezuela se siente incómoda, preferiría cambiar de tema. Es que debe recurrir a contorsiones argumentales para justificar los excesos de Maduro. Y no debería ser así, pues esa es justamente la izquierda que más le gusta a la derecha. Una que rehuya a la autocrítica, que se niegue a llamar las cosas por su nombre y que sea un blanco fácil de derribar. La derecha ama a una izquierda testimonial. A esa le gana siempre.

    Es bueno hablar de esto cuando todo indica que estamos frente a una nueva tendencia regional. La izquierda ha sufrido derrotas recientes en Bolivia, Argentina, Venezuela y Brasil. Parece el fin de la ola progresista continental. Con excepciones, sus gobiernos lograron mejorar la calidad de vida de millones de latinoamericanos pobres que pasaron de excluidos a protagonistas de su destino. En muchos casos sus administraciones pueden vanagloriarse de haber recuperado soberanía, de haber invertido como nunca antes en educación y de haber avanzado en la integración pacífica en un mundo fragmentado.

    Debe decirse también que en la última década la región se benefició con altos precios de las materias primas, lo que permitió un crecimiento económico global. La desaceleración actual explica en parte que los gobiernos paguen el costo de la frustración y el descontento de la nueva clase media. Pero hay algo más. La corrupción de líderes que ya llevaban mucho tiempo en el poder, el clientelismo populista y el sectarismo de muchos gobiernos terminaron hastiando a un electorado que antes les había apoyado. Cuando llegaron los años de vacas flacas la macroeconomía de la izquierda se quedó sin respuestas.

    Venezuela, en particular, con una de las mayores reservas de petróleo del mundo, terminó como un país desabastecido, violento y con hiperinflación. Culpar de ello a la interferencia externa, a las corporaciones empresariales o al “imperio” puede ser real, pero es demasiado simplista.

    Lo bueno de las democracias es que puede haber alternancia sin derramamiento de sangre. Estos gobiernos de izquierda han dejado el listón de exigencias sociales muy alto. La derecha sabe que ya no puede hacer lo que quiera. O tendrá de vuelta al pueblo en las calles. El mismo que desalojó a la izquierda. No creo que los latinoamericanos se estén volviendo más conservadores. En todo caso, están haciendo uso de un derecho democrático: la alternancia en el poder. Se han vuelto pragmáticos y quieren mejores servicios públicos y solución a sus problemas.

    Las izquierdas volverán a ganar. Pero deberán renovarse, ser éticamente responsables y manejarse en el poder pensando en las vacas flacas. Algo que en Venezuela no ocurrió.

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