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Nuevos horizontes

Los investigadores del cerebro humano, financiados con miles de millones de dólares en Europa, Estados Unidos, Japón y China, están aportando sensacionales descubrimientos para mejorar la salud del sistema nervioso, enfrentar sorprendentes desafíos y abrir nuevos horizontes a la cultura, las ciencias sobre el ser humano y la vida social. El campo de investigación del cerebro es tan inmenso que obligó a crear una nueva ciencia, la neurociencia.
Los propios científicos investigadores han comprendido que sus descubrimientos son trascendentales y pueden afectar tanto a la humanidad, que piden ayuda a los especialistas de ética (rama de la filosofía especializada en el comportamiento humano) para orientarse en la valoración moral de sus decisiones y acciones.

Hasta hace poco, la problemática moral de este campo estaba incluida en la bioética, que se ocupa de la ética en lo que se refiere a las acciones sobre la vida y al ejercicio de las ciencias de la vida; pero el crecimiento de la neurociencia, la extensión y características propias de su ámbito (cerebro y sistema nervioso) han obligado a desmembrarla de la bioética y hacer nacer y crecer la neuroética. En la vanguardia de investigación de la neuroética destaca la Universidad de Oxford, con su “Oxford Centre for Neuroethics”, dirigido por el médico y filósofo australiano Julian Savulescu.

La neurociencia despeja muchos horizontes que hay que explorar. Afecta sin duda a la medicina y especialidades como la neurología, psiquiatría, psicología…, en todos los estados y edades de la vida, desde el feto hasta la ancianidad y la muerte. Su repercusión se extiende al área social, como a la sociología, derecho, economía, educación e incluso religión. Provoca a la filosofía obligándola a profundizar respuestas a preguntas esenciales como qué es el ser humano, la gran pregunta que constituye según Kant la pregunta central de la filosofía y la razón crítica.

Consecuentemente, ya están caminando especialidades como la neuroeconomía, el neuroderecho, la neuroeducación, la neurofilosofía, la neuroespiritualidad, además de a neuropsicología y la neuropsiquiatría, etc. Así el campo de la ética se amplía y profundiza extendiéndose por todos esos nuevos horizontes que nos abre la neurociencia.

Quiere decir, que con los datos que nos dan la neurociencia y la neuroética hay que revisar la visión que tenemos de nosotros mismos y de nuestra manera de entender hasta ahora componentes sustanciales de la cultura.

Para los educadores los nuevos horizontes se han multiplicado. En primer lugar porque al explicar las ciencias afectadas por la neurociencia y la neuroética tienen que incorporar esos cambios en sus enseñanzas; en segundo lugar, se imponen las innovaciones porque cada día se están descubriendo nuevos conocimientos sobre cómo se procesan en el cerebro la información, el aprendizaje y los conocimientos, así como las decisiones, reacciones y la incidencia de los estados afectivos.

Está demostrado, por ejemplo, que la información antes de llegar a la zona cortical (donde se procesa lo cognitivo) pasa por la zona límbica del cerebro, que es la zona donde se procesan las emociones. Cuando la información se carga de emociones, difícilmente se olvida esa información, se retiene con más seguridad. Si la información no provoca emociones, pasa muy rápidamente a la zona cortical y se fija en la memoria muy superficialmente, no se retiene.

David Bueno dice que cuando explica a sus alumnos universitarios el triángulo de “Tartaglia”, que van a necesitar para resolver problemas de genética, les cuenta que el matemático italiano que lo formuló no se llamaba así, sino Niccolo Fontana; lo que pasa es que era tartamudo, y en italiano tartaglia significa tartamudo. Los alumnos se ríen a carcajadas, y eso hace que no se olviden después de dicha fórmula.

Junto con la emoción, la neuroeducación ha descubierto también que la sorpresa, el deporte y la experimentación, por ejemplo, son vivencias que contribuyen positivamente a la fijación de conocimientos.

Las teorías del aprendizaje y la práctica de la enseñanza aprendizaje disponen de nuevos datos del modo de comportarse el cerebro, que unidos a los descubrimientos sobre la adquisición y producción de conocimientos desafían a los educadores familiares y profesionales a revisar su pedagogía y didáctica familiar y escolar. Los nuevos horizontes demandan nuevos guías para llegar a las metas siglo XXI.

Por J. Montero Tirado

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Acerca de jotaefeb

Un arquitecto jubilado. Aprendiz de todo, oficial de nada. Un humano más. Acá, allá y acullá. Hurgador de cosas cotidianas y trascendentes.

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Un comentario en “Nuevos horizontes

  1. Inteligencia artificial y educación

    El miércoles pasado, dos del presente mes, falleció en California con 88 años de edad John McCarthy, creador del término “Inteligencia Artificial” y del lenguaje LISP de informática. En 1956 utilizó por primera vez el término inteligencia artificial refiriéndose a máquinas que son capaces de resolver problemas después de una evaluación previa.
    La empresa japonesa Sony anunció este pasado jueves, tres del presente, que ha comprado el 20% de las acciones de Cogitat y que juntas producirán en tres años máquinas capaces de aprender continua y automáticamente en interacción con la vida real.

    En la historia de la inteligencia artificial ha habido ciclos de optimismo, como en los años 50, y de pesimismo, como en los 70, cuando no se alcanzaban nuevos éxitos e Inglaterra redujo su presupuesto de financiación para este campo. Los éxitos posteriores como el famoso Watson de IBM y logros espectaculares, al unirse la investigación de inteligencia artificial con el desarrollo de la robótica y la nanotecnología, levantaron de nuevo el optimismo a máximo nivel. Ahora hay ingenieros trabajando, valga el ejemplo, en la producción de un “ciberdoctor” de inteligencia artificial”, instalado en un reloj de pulsera, capaz de diagnosticar estados de enfermedades comunes, dar orientaciones de emergencia y recomendar ir al doctor para confirmar diagnóstico y terapia (Michio Kaku. 2014, 281ss).

    Más revolucionario aún es el avance de la inteligencia artificial con tecnologías que posibilitan introducir chips y nano(ro)bots dentro del cuerpo humano. Ya se habla de cerebro artificial y conciencia de silicio.

    Para muchos ciudadanos del mundo e imagino con fundamento del Paraguay, todo este tipo de información suena todavía a ciencia ficción, aunque en verdad ya está en la ciencia real y en la experimentación controlada; pero es una realidad tan extraña y supuestamente costosa que se la ve ajena a nuestra vida. Eso mismo pudieron pensar los abuelos de quienes somos mayores si se les hubiera hablado del teléfono móvil e inteligente y de máquinas computadoras con posibilidad de transmitir sonidos lenguajes escritos, imágenes en diferido y en directo, etc. Y lo entonces insospechado, ya está al alcance de casi todos.

    Los educadores, sobre todo los educadores profesionales, no podemos seguir educando como si los niños, adolescentes y jóvenes no estuvieran abocados a vivir en un futuro próximo en el que la inteligencia artificial vaya a quedar pasiva y externa a nuestro propio cuerpo. Los menores de hoy vivirán un mundo donde los cambios acelerados serán la constante. Necesitarán unas competencias, actitudes, valores, ética, visión profunda de lo que significa la evolución incontenible del ser humano, que les posibilite ser actores activos en el mundo que les tocará vivir.

    ¿Qué significará para ellos (hijos y nietos) poder trabajar si los robots inteligentes podrán producir más, con mejor calidad y más barato que cualquier humano? ¿A qué nivel de desarrollo de su inteligencia natural y su capacidad de pensar tienen que llegar para no quedar totalmente marginados?

    En este futuro, tan próximo que ya nos ha alcanzado, será imposible entender lo que pasa si la educación sigue anclada en conocimientos que ya están superados, descartados y suplidos por otros más profundos y acordes con dimensiones antes desconocidas de la realidad. La física de Newton ha sido exclusiva y muy útil, pero actualmente nos guste o no, la entendamos o no, hay que contar inevitablemente con la física cuántica. Seguir con diseños curriculares que la ignoran es ser analfabetos en física y derivadamente en ciencias con ella relacionadas.

    Lo mismo puede decirse de la biología y consecuentemente de las ciencias naturales. La nueva manera de comprender la “materia” desde el concepto de energía de Einstein ha generado la “neobiología” en la que Bruce Lipton encuentra posibles soluciones desde las energías mentales para la terapia de enfermedades tan letales como el cáncer.

    El vertiginoso avance de las ciencias y las tecnologías impone además una revisión sustancial de la educación para el desarrollo de la inteligencia en sus muchas potencialidades, tal como las vienen describiendo Howard Gardner, Daniel Goleman Robert Sternberg, entre otros. Y al mismo tiempo una formación específica en diversos modos de pensar, hoy necesarios para poder interpretar y comprender la cada día mayor complejidad descubierta en todo lo existente.

    Por Jesús Montero Tirado

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    Publicado por Anónimo | 11 noviembre, 2016, 05:10

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