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El evangelio del domingo: Pascua es ¡resurrección!

Desde el inicio de la historia humana, el hombre empezó a experimentar la muerte que se presentaba como un límite trágico e insuperable. Ante la muerte el hombre se sentía impotente, derrotado, destruido y sin palabras. La tristeza y la desesperación son sus compañeras. Se sentían así los que veían acercarse la propia muerte, como también los que vivían la muerte de un ser querido.

El hombre no sabía cómo resistirla. Casi siempre la muerte llegaba en los momentos más inoportunos. A veces de un modo improviso, en un accidente, con una enfermedad repentina y fulminante, o a causa de una violencia… Y así terminaba la vida de una persona llena de sueños y de proyectos. Ni el dinero, los bienes o la fama podían prolongar o evitar su llegada. La muerte era el signo de cuánto era estúpida la vida humana en esta tierra. El hombre que se daba cuenta de su irremediable destino hacia la muerte, era condenado a la angustia, la tristeza, la depresión. Se decía: Para todo se puede encontrar una solución, menos para la muerte.
La muerte era vista, también, como el castigo más grande que se podría dar a una persona. Así algunos para vengarse o las sociedades para punir y protegerse, daban la muerte a quien había hecho el mal. Nada podría ser peor para una persona que morir.
También al inicio de la revelación, en los primeros siglos del pueblo de Dios, así se pensaba. No se hablaba de resurrección. Se pensaba que los muertos sencillamente habitaban en el Sheol, y pertenecían a un mundo completamente olvidado.
Sólo en los últimos siglos antes de Cristo es que los judíos empezaron a hablar de la resurrección; pero, esta ocurriría solamente en el último día, o sea al final de la historia. Hasta allí, los muertos todos estarían esperando en el Sheol.
También los discípulos de Cristo, creían en la resurrección, y esperaban que su maestro fuera a resucitar, pero en el último día, al final de la historia. Una vez muerto, él ya no podía más intervenir en sus vidas. Por eso, cada uno tendría que volver a sus cosas. La muerte de Jesús, para ellos significaba el fin de todo aquel sueño.
Las mujeres que van al sepulcro en la mañanita del domingo, cuando aún era oscuro, van para dar al cuerpo de Jesús los honores que se hacían a los muertos. Ellas no pudieron hacerlo el viernes por la prisa, ya que tenían que sepultarlo antes del atardecer, pues sería el inicio del sábado, y en ese día no se podía hacer nada. Estaban buscando sólo un cadáver. Ellas querían colocar los aromas, despedirse más sentidamente y después entregar a Jesús a la tierra para que se descompusiera. Después de esto, pensaban seguramente en volver cada una a su vida anterior, sabiendo que con Jesús ya no podrían contar más, pues él ahora pertenecía al mundo de los muertos.
Por eso, cuando escuchan la voz de los ángeles que les dicen: “¿Por qué buscan entre los muertos al que está vivo? No está aquí, resucitó,” sus corazones se llenan de alegría, por dos motivos: en primer lugar, porque Jesús había vuelto de la muerte. Aunque lo habían asesinado, Dios lo había resucitado, y él podía continuar interviniendo en la historia. Ellas no tenían que retornar a sus vidas de antes, pero sí podían continuar con la propuesta de vida nueva que les había hecho Jesús.
En segundo lugar: porque la resurrección de Jesús cambiaba completamente la relación del hombre con la muerte. En él, todos podrían vencer a la muerte. Lo que Dios hizo con él, puede hacerlo con todos los hombres que se unen a él. En Cristo, Dios puede hacer nuevas todas las cosas. La resurrección de Cristo hacía cambiar toda la perspectiva de futuro. El hombre ya no viviría la angustia de la muerte, ya no se sentiría impotente, ni le temería. Ahora el dicho tenía que ser cambiado: “Para todo en la vida se tiene una solución, hasta para la muerte.”
Estaba empezando allí la nueva historia de la humanidad. Los cristianos tenían una buena noticia para dar a todos los hombres: Jesús venció a la muerte. La vida humana en este mundo no es una tragedia; ella tiene un sentido, basta saber direccionarla. Y los discípulos lo anunciaron por todas partes. Y delante de las amenazas: “¡cállense o les mataremos!”, ellos decían: “la muerte no es más un problema para nosotros. Ni la muerte nos puede paralizar.”
Es por eso que la resurrección de Cristo es el centro más importante de nuestra fe. Pues por un lado confirma y da autoridad a todo lo que Jesús había predicado antes de su muerte; y por otro lado, cambia completamente la perspectiva de la vida humana en este mundo.
Ciertamente la pregunta que nos debemos hacer en este día es: ¿De verdad, yo acepto la buena noticia de la resurrección de Cristo con todas sus implicancias en mi vida? ¿Ante la muerte yo actúo como cristiano o aún como pagano? ¿Vivo sabiendo que también yo puedo, con Cristo, vencer a la muerte, esto es resucitar… O sólo intento huir de la muerte?
Pascua es ¡resurrección!

El Señor te bendiga y te guarde,
El Señor te haga brillar su rostro y tenga misericordia de ti.
El Señor vuelva su mirada cariñosa y te de la PAZ.
Hno. Mariosvaldo Florentino, capuchino

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Acerca de jotaefeb

Un arquitecto jubilado. Aprendiz de todo, oficial de nada. Un humano más. Acá, allá y acullá. Hurgador de cosas cotidianas y trascendentes.

Comentarios

3 comentarios en “El evangelio del domingo: Pascua es ¡resurrección!

  1. domingo 03 Abril 2016

    Segundo domingo de Pascua o de la Divina Misericordia

    Libro de los Hechos de los Apóstoles 5,12-16.
    Los Apóstoles hacían muchos signos y prodigios en el pueblo. Todos solían congregarse unidos en un mismo espíritu, bajo el pórtico de Salomón,
    pero ningún otro se atrevía a unirse al grupo de los Apóstoles, aunque el pueblo hablaba muy bien de ellos.
    Aumentaba cada vez más el número de los que creían en el Señor, tanto hombres como mujeres.
    Y hasta sacaban a los enfermos a las calles, poniéndolos en catres y camillas, para que cuando Pedro pasara, por lo menos su sombra cubriera a alguno de ellos.
    La multitud acudía también de las ciudades vecinas a Jerusalén, trayendo enfermos o poseídos por espíritus impuros, y todos quedaban curados.

    Apocalipsis 1,9-11a.12-13.17-19.
    Yo, Juan, hermano de ustedes, con quienes comparto las tribulaciones, el Reino y la espera perseverante en Jesús, estaba exiliado en la isla de Patmos, a causa de la Palabra de Dios y del testimonio de Jesús.
    El Día del Señor fui arrebatado por el Espíritu y oí detrás de mí una voz fuerte como una trompeta, que decía:
    “Escribe en un libro lo que ahora vas a ver, y mándalo a las siete iglesias: a Efeso, a Esmirna, a Pérgamo, a Tiatira, a Sardes, a Filadelfia y a Laodicea”.
    Me di vuelta para ver de quién era esa voz que me hablaba, y vi siete candelabros de oro,
    y en medio de ellos, a alguien semejante a un Hijo de hombre, revestido de una larga túnica que estaba ceñida a su pecho con una faja de oro.
    Al ver esto, caí a sus pies, como muerto, pero él, tocándome con su mano derecha, me dijo: “No temas: yo soy el Primero y el Ultimo, el Viviente.
    Estuve muerto, pero ahora vivo para siempre y tengo la llave de la Muerte y del Abismo.
    Escribe lo que has visto, lo que sucede ahora y lo que sucederá en el futuro.

    Evangelio según San Juan 20,19-31.
    Al atardecer de ese mismo día, el primero de la semana, estando cerradas las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, por temor a los judíos, llegó Jesús y poniéndose en medio de ellos, les dijo: “¡La paz esté con ustedes!”.
    Mientras decía esto, les mostró sus manos y su costado. Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor.
    Jesús les dijo de nuevo: “¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes”.
    Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió: “Reciban el Espíritu Santo.
    Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan”.
    Tomás, uno de los Doce, de sobrenombre el Mellizo, no estaba con ellos cuando llegó Jesús.
    Los otros discípulos le dijeron: “¡Hemos visto al Señor!”. El les respondió: “Si no veo la marca de los clavos en sus manos, si no pongo el dedo en el lugar de los clavos y la mano en su costado, no lo creeré”.
    Ocho días más tarde, estaban de nuevo los discípulos reunidos en la casa, y estaba con ellos Tomás. Entonces apareció Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio de ellos y les dijo: “¡La paz esté con ustedes!”.
    Luego dijo a Tomás: “Trae aquí tu dedo: aquí están mis manos. Acerca tu mano: Métela en mi costado. En adelante no seas incrédulo, sino hombre de fe”.
    Tomas respondió: “¡Señor mío y Dios mío!”.
    Jesús le dijo: “Ahora crees, porque me has visto. ¡Felices los que creen sin haber visto!”.
    Jesús realizó además muchos otros signos en presencia de sus discípulos, que no se encuentran relatados en este Libro.
    Estos han sido escritos para que ustedes crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y creyendo, tengan Vida en su Nombre.

    Extraído de la Biblia: Libro del Pueblo de Dios.

    Leer el comentario del Evangelio por :

    Beato Pablo VI, papa 1963-1978
    Exhortación Apostólica « Gaudete in Domino » sobre la alegría cristiana del 1 de Junio de 1975

    “Los discipulos se llenaron de alegría al ver al Señor”

    La alegría pascual no es solamente la de una transfiguración posible: es la de una nueva presencia de Cristo resucitado, dispensando a los suyos el Espíritu, para que habite en ellos. Así el Espíritu Paráclito es dado a la Iglesia como principio inagotable de su alegría de esposa de Cristo glorificado. El lo envía de nuevo para recordar, mediante el ministerio de gracia y de verdad ejercido por los sucesores de los Apóstoles, la enseñanza misma del Señor. El suscitó en la Iglesia la vida divina y el apostolado. Y el cristiano sabe que este Espíritu no se extinguirá jamás en el curso de la historia. La fuente de esperanza manifestada en Pentecostés no se agotará.

    El Espíritu que procede del Padre y del Hijo, de quienes es el amor mutuo viviente, es pues comunicado al Pueblo de la nueva Alianza y a cada alma que se muestre disponible a su acción íntima. El hace de nosotros su morada, dulce huésped del alma. Con él habitan en el corazón del hombre el Padre y el Hijo. El Espíritu Santo suscita en el corazón humano una plegaria filial impregnada de acción de gracias, que brota de lo íntimo del alma, en la oración y se expresa en la alabanza, la acción de gracias, la reparación y la súplica. Entonces podemos gustar la alegría propiamente espiritual, que es fruto del Espíritu Santo (Ga.5,22).

    Esta alegría caracteriza por tanto todas las virtudes cristianas. las pequeñas alegrías humanas que constituyen en nuestra vida como la semilla de una realidad más alta, queden transfiguradas. Esta alegría espiritual, aquí abajo, incluirá siempre en alguna medida la dolorosa prueba de la mujer en trance de dar a luz, y un cierto abandono aparente, parecido al del huérfano: lágrimas y gemidos, mientras que el mundo hará alarde de satisfacción, falsa en realidad. pero la tristeza de los discípulos, que es según Dios y no según el mundo, se trocará pronto en una alegría espiritual que nadie podrá arrebatarles (Jn. 16,20-22).

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    Publicado por jotaefeb | 3 abril, 2016, 09:32
  2. La fe de Tomás

    A los ocho días, estaban de nuevo dentro sus discípulos y Tomás con ellos. Estando las puertas cerradas, vino Jesús, se presentó en medio y dijo: La paz sea con vosotros. Después dijo a Tomás: Trae aquí tu dedo y mira mis manos, y trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino fiel.
    La respuesta de Tomás es un acto de fe, de adoración y de entrega sin límites: ¡Señor mío y Dios mío! Son las suyas cuatro palabras inagotables. Su fe brota, no tanto de la evidencia de Jesús, sino de un dolor inmenso. No son tanto las pruebas como el amor el que le lleva a la adoración y a la vuelta al apostolado. La Tradición nos dice que el Apóstol Tomás morirá mártir por la fe en su Señor. Gastó la vida en su servicio.

    Las dudas primeras de Tomás han servido para confirmar la fe de los que más tarde habían de creer en Él.

    Meditemos el Evangelio de la Misa de hoy. “Pongamos de nuevo los ojos en el Maestro. Quizá tu también escuches en este momento el reproche dirigido a Tomás: mete aquí tu dedo, y registra mis manos; y trae tu mano, y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino fiel (Jn 20, 27); y, con el Apóstol, saldrá de tu alma, con sincera contrición, aquel grito: ¡Señor mío y Dios mío! (Jn 20, 28), te reconozco definitivamente por Maestro, y ya para siempre –con tu auxilio– voy a atesorar tus enseñanzas y me esforzaré en seguirlas con lealtad”.

    ¡Señor mío y Dios mío! ¡Mi Señor y mi Dios! Estas palabras han servido de jaculatoria a muchos cristianos, y como acto de fe en la presencia real de Jesucristo en la Sagrada Eucaristía, al pasar delante de un sagrario, en el momento de la Consagración en la Santa Misa… También pueden ayudarnos a nosotros para actualizar nuestra fe y nuestro amor a Cristo resucitado, realmente presente en la Hostia Santa.

    Con respecto al Evangelio de hoy, el papa Francisco dijo: “Jesús se apareció de nuevo en el cenáculo, en medio de los discípulos: Tomás también estaba; se dirigió a él y lo invitó a tocar sus llagas. Y entonces, aquel hombre sincero, aquel hombre acostumbrado a comprobar personalmente las cosas, se arrodilló delante de Jesús y dijo: “Señor mío y Dios mío”.

    Las llagas de Jesús son un escándalo para la fe, pero son también la comprobación de la fe. Por eso, en el cuerpo de Cristo resucitado las llagas no desaparecen, permanecen, porque aquellas llagas son el signo permanente del amor de Dios por nosotros, y son indispensables para creer en Dios. No para creer que Dios existe, sino para creer que Dios es amor, misericordia, fidelidad. San Pedro, citando a Isaías, escribe a los cristianos: “Sus heridas nos han curado”.

    San Juan XXIII y San Juan Pablo II tuvieron el valor de mirar las heridas de Jesús, de tocar sus manos llagadas y su costado traspasado. No se avergonzaron de la carne de Cristo, no se escandalizaron de él, de su cruz; no se avergonzaron de la carne del hermano, porque en cada persona que sufría veían a Jesús. Fueron dos hombres valerosos, llenos de la parresia del Espíritu Santo, y dieron testimonio ante la Iglesia y el mundo de la bondad de Dios, de su misericordia”.

    En la Audiencia General del pasado miércoles, el Papa Francisco dijo: “Terminamos hoy las catequesis sobre la misericordia en el Antiguo Testamento, y lo hacemos meditando sobre el salmo 51, llamado Miserere. Se trata de una oración penitencial, en la cual la petición de perdón está precedida por la confesión de la culpa y en la cual el orante, dejándose purificar por el amor del Señor, se vuelve una nueva criatura, capaz de obediencia, de firmeza de espíritu, y de alabanza sincera.

    Todos los que el Señor nos ha puesto a nuestro lado, los familiares, los amigos, los colegas, los parroquianos… todos, como nosotros, tienen necesidad de la misericordia de Dios. Es bonito ser perdonado, pero también tú, si quieres ser perdonado, debes a su vez perdonar. ¡Perdona! Que el Señor nos conceda, por la intercesión de María, Madre de misericordia, ser testigos de su perdón, que purifica el corazón y transforma la vida.

    (Del libro Hablar con Dios, http://es.catholic.net y http://w2.vatican.va).

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    Publicado por jotaefeb | 3 abril, 2016, 09:31
  3. El perdón construye la paz

    Por Hno. Joemar Hohmann – Franciscano Capuchino

    En la octava de Pascua, del 27 de marzo a 3 de abril, el Resucitado se manifestó vivo a las mujeres, a María Magdalena, a los discípulos de Emaús y a otros, pues justamente la prueba más trascendental de su resurrección son las apariciones, que se dieron en variadas circunstancias: una vez aparece por el camino, otra vez junto al sepulcro donde fue dejado su cuerpo y también a la orilla del mar.

    Estos testigos presenciales han dejado su testimonio, que merece confianza y credibilidad. Nuestra fe se basa en estas afirmaciones auténticas, además de la luz interior que el Espíritu Santo nos brinda.

    El Evangelio de hoy muestra dos apariciones más del Señor Resucitado a los discípulos, que estaban con las puertas cerradas y con miedo.

    Estos sentimientos, es decir, estar de corazón cerrado, de mente cerrada y de bolsillo cerrado ocurren con frecuencia en nuestras vidas. Uno no se abre a un comportamiento nuevo, con nuevos horizontes que, al final, se queda con miedo: miedo de salir de casa, de volver para casa y de arriesgarse un poco más para construir la paz.

    En este contexto de cierto marasmo el Resucitado se pone en medio de ellos, les muestra sus manos, su costado y les concede su paz. La reacción es maravillosa: “Los discípulos se llenaron de alegría”.

    En esta “pedagogía del encuentro” con Jesús hay que tener el deseo de encontrarlo y poner amor: cuando hay amor hay revelación, cuando hay revelación hay un encuentro transformador, comunión y entusiasmo.

    Esto vale para el encuentro con Cristo y también entre nosotros, seres humanos.

    Enseguida, Jesús Resucitado les regala el don del Espíritu Santo para perdonar los pecados, cosa que únicamente Dios puede hacer, pero quiere que sus apóstoles realicen esta sublime tarea en el Sacramento de la Reconciliación, especialmente en este domingo de la “Divina Misericordia”.

    Para que tengamos una sociedad más armoniosa es fundamental el perdón, pues no podemos alimentar una espiral de violencia, de venganzas y de actitudes terroristas. En otro momento el Señor dejó bien claro que quien vive de la espada, muere por la espada.

    Perdonar a otro ser humano no es sencillo, pues hay humillaciones que marcan profundamente, por ello, hay que abrirse a la gracia de Dios, que realiza portentos en nuestro sistema emocional, incluso por caminos que no conocemos.

    Es la actitud de perdón continuado, humilde, generoso y por amor a Dios que va a edificar un mundo nuevo, donde no haya tantos atropellos y tantas conductas agresivas y deshonestas.

    Paz y bien.

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    Publicado por jotaefeb | 3 abril, 2016, 09:29

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