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Entropía de los partidos políticos

Los partidos políticos surgen en la democracia para facilitar la participación de los ciudadanos en el ámbito político. Se constituyen en asociación de personas, que se reúnen y trabajan juntos por coincidir en visión de la realidad y con el objetivo de acceder al poder y concretar un proyecto compartido de organización de la sociedad. 

Como miembros de la sociedad política están comprometidos con la política, o sea, con la responsabilidad de trabajar para el bien común desde sus posiciones de poder.

Nuestros partidos políticos pueden ser analizados desde distintas perspectivas y con diversas intenciones. Cada ciudadano puede hacerlo libremente desde su propia identidad y su personal responsabilidad como ciudadano miembro de la sociedad civil o de la sociedad política. Yo lo hago como educador preocupado por el triste espectáculo que nuestros partidos políticos más conocidos ofrecen a la ciudadanía, especialmente a nuestros adolescentes y jóvenes.

Desde las claves fundamentales de la ética en su relación con la política es muy difícil encontrar los valores éticos que caracterizan a la verdadera política. Las mentiras, calumnias, robos y atracos al dinero del pueblo, las infidelidades y deslealtades, los egoísmos, la pasión indómita por el poder para gozar el poder y beneficiarse desde él, las traiciones al pueblo, el encubrimiento la protección y asociación con narcotraficantes destructores de niños, adolescentes y jóvenes, la inequidad sostenida, las injusticias, los delitos y la impunidad en el ámbito político son incontables.

Parece claro que en los escenarios políticos no hay sitio para la ética. Algunos políticos lo dicen sin pestañear: la ética no tiene nada que ver con la política. Monstruosa afirmación que solo tiene viabilidad en los estados tribales de la violenta barbarie.

La Teoría General de Sistemas (TGS) recoge el segundo principio de la termodinámica, que “establece el crecimiento de la entropía, es decir, la máxima probabilidad de los sistemas es su progresiva desorganización…”. Caminan aceleradamente hacia la desintegración, si no hay reparaciones sustantivas, renovación y actualización permanentes.

Nuestros partidos grandes han perdido identidad. A un observador atento viendo quienes y cómo son, qué piensan, qué dicen y qué hacen muchos colorados y azules, entre los que ocupan puestos de responsabilidad en sus respectivos partidos, le va a ser muy difícil decir qué son y qué piensan, qué identifica a los colorados y a los azules.

Oímos decir con frecuencia que el sistema político vigente está agotado. Sin duda, porque en el sistema se está vaciando el agotamiento de los partidos enfermos.

La ciudadanía está convencida de que los partidos no producen política sino campañas electorales; no presentan proyectos de país, no proponen soluciones concretas a los problemas reales; no producen economía, sino que viven abusivamente a costa del bolsillo de los ciudadanos; se reparten los cargos no por ser competentes, sino por estar asociados a un color.

Los ciudadanos de calle piensan que la energía y vocación política de los partidos son tan pobres que necesitan fuertes inyecciones de miles de millones que reciben del Estado, mejor dicho, de los ciudadanos, y que se malversan estérilmente en manos de administradores públicos del Legislativo y Ejecutivo, para sostener a los partidos y a sus inútiles gestores políticos, amparados por un Tribunal Superior de Justicia Electoral denunciado por corrupción.

Si los partidos políticos están en crisis, los grandes y los no grandes, es porque todos los ciudadanos estamos en larga anemia y crisis políticas. Si no tenemos grandes políticos, líderes indiscutibles, confiables, generadores de esperanzas para todos los ciudadanos es porque la educación familiar, la educación escolar, la educación superior, la educación de los municipios, la educación que derrama toda la sociedad hace muchas décadas está en crisis.

En caricatura podríamos decir que los ciudadanos nos clasificamos en dos: los que se arriman y benefician del poder, que no critican a los políticos, y los que no se benefician del poder, que critican con razón el quehacer de nuestros políticos. El problema tiene raíces más profundas, que se hunden en el campo de la cultura. Por razones históricas y por dinámicas de las globalizaciones, inmersos en el pluriculturalismo y en la cultura de la postmodernidad e hipermodernidad, nos hemos olvidado de la cultura política.

Por Jesús Montero Tirado

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