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Contra la mutilación femenina

Hace unos días firmé una petición contra la infibulación, puesta en circulación por la ONG Avaaz.

La infibulación es lo que, impropiamente, se ha llamado circuncisión femenina. La circuncisión masculina puede tener sus beneficios, la infibulación no tiene ninguno: puede provocar la muerte de la mujer (en rigor, niña) afectada y por lo general, provoca trastornos que duran el resto de la vida; es un procedimiento que causa daño a los órganos genitales femeninos.

Se trata de una operación dolorosa y peligrosa, porque en la mayoría de los casos se lleva a cabo en condiciones precarias: las médicas son parteras improvisadas que usan hojas de afeitar y espinas de acacia.

Con esos medios extirpan el clítoris y luego suturan los bordes de la vulva, sin anestesia, dejando un orificio para permitir la salida de la orina y de la sangre menstrual. El propósito es que las mujeres no puedan tener relaciones sexuales y, para impedirlo, la infibulación se practica a partir de los dos años de edad. Cuando una mujer infibulada se casa, lo que hace el marido es abrir de nuevo la vulva usando un cuchillo.

En fin, todo esto es escalofriante, y no lo mencionaría si no fuera porque, según Avaaz, hay 200 millones de mujeres mutiladas o en peligro de serlo en varios países de África y de Oriente Medio; en algunos de ellos, el porcentaje supera el 80% de la población femenina (Malí, Burkina Faso, Guinea, Sierra Leona, Egipto, Sudán, Eritrea, Somalia).

En Egipto, de más en más, se utilizan médicos para la operación, que viene a ser una prostitución de la medicina, que no debe sorprender con el régimen despótico del general Abdulfatah al Sisi. Los gobiernos menos bárbaros han prohibido la infibulación, sin que eso sea una protección total.

Los padres que viven en esos países, y que siguen con sus ideas absurdas, aprovechan las vacaciones de verano para mandar a sus hijas a los países donde la infibulación está permitida, para que las mutilen.

Las consecuencias han sido suficientemente estudiadas y denunciadas por numerosas organizaciones, incluyendo la Organización de la Salud, y cualquiera puede encontrar información pertinente en internet.

Pero volvamos a Avaaz. Lo que me pidió esa entidad es firmar una nota electrónica para hacerla llegar a las autoridades de Somalia, donde el 98% de las mujeres han sido infibuladas, y que ahora se proponen prohibirla por ley.

Es digna de elogio esa iniciativa, y merece el apoyo internacional. Quien quiera apoyarla, puede hacerlo entrando en el sitio http://www.avaaz.org, firmando y enviando la nota.

Dicho sea de paso, esa entidad sin propósito de lucro se mantiene con el trabajo voluntario de unas cuarenta millones de personas en todo el mundo, y ha emprendido una serie de campañas muy oportunas a favor de los derechos humanos y de la ecología, así como para combatir la corrupción.

Hace unas décadas, una niña murió en Francia porque sus padres la infibularon; ellos dijeron que a causa de su religión, pero fueron presos. No solo en este caso extremo, sino también en otros más, se usa la religión como justificativo de salvajadas.

Por Guido Rodríguez Alcalá

 

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