Está vivo, pues es una Presencia

El Cristianismo es una vida y una vida real, una realidad incapaz de poder “definirse” en un concepto, imposible de reducirla a una vida buena; es pura gracia. Pero una gracia que nace de un hecho real: el Dios que se encarna, muere, resucita. Ha resucitado, decían los primeros testigos. Pero que ha vuelto, vive, habita entre nosotros. Esa realidad concreta, encarnada, es el centro del Cristianismo. Una pretensión que, por absurda e irracional, es rechazada por incrédulos, pero también negada en la experiencia de vida de numerosos cristianos hoy.  Y no solamente en nuestros días. Esa ha sido la tentación desde siempre: la de reducir el cristianismo a una idea, a puro ideal, a espíritu, o moral, habida cuenta de lo “fantástico” de esa Presencia. El filósofo danés Kierkegaard advertía que esa era, precisamente, la reducción más dañina de la fe, la de suponer que consiste solamente en una serie de prácticas o actos de piedad, o de ritos, o bien de normas regladas para una conducta moral que calmen la conciencia. Peor aún que el “creer” en su Presencia como mero sentimiento. Me temo que esa forma continúa viva, más aún esta semana en que evocamos ese hecho, histórico y real, de la resurrección de esa Presencia, Cristo entre nosotros. El mismo San Pablo explicaba a los de Corinto que si Cristo no resucitó, entonces el cielo está vacío, y nuestra predicación no tiene sentido, y es vacía también nuestra fe. Y nos quedamos, como huérfanos cósmicos, en un mundo en donde la muerte y el dolor nos espera en cada esquina. No es mi intención en este breve artículo dar una justificación de la resurrección como hecho histórico. No hay espacio. Pero lo es. No es mera “inspiración” o ideal proyectado por los discípulos. Es un hecho concreto. Por eso, no debe llamar la atención el énfasis desmedido de cierto laicismo secular de querer reducir la fe cristiana a una serie de reglas sobre la piedad o la moral, para luego burlarse de ellas –superstición le dicen– perdiendo de vista el anuncio central del Cristianismo.La propuesta cristiana es real. Lo histórico, el aquí y ahora, es punto de partida. Su Presencia es el “método”: la de Jesús reconocido en los signos de la realidad, en ese compartir que transforma la vida y le da sentido. Es cierto, esa Presencia, en nuestra cultura, tiene sustitutos. Hoy, insisto, vivimos como agnósticos. Creer como un agnóstico significa creer en alguien sin rostro, sin presencia, por las dudas. Agnósticos porque el Cristo no es concreto, es apenas un “inspirador” sin realidad. El agnóstico es alguien para quien Dios –aunque exista– no tiene nada que ver con el acontecer diario, sea la corrupción del gobierno, o la cuenta del supermercado y menos con la crisis económica. Y así, el cristiano “agnóstico” habla de la solidaridad pero no ve cómo ella se  “encarna” por lo que vive pensando en que es el Estado el que debe ayudar a los demás, o a sus empresas o dar empleo a sus hijos. El cristiano “agnóstico” también habla y se golpea el pecho contra el “consumismo” de la sociedad capitalista, pero no duda, llegado el momento, en pasarse cómodamente en playas de moda en semana santa. El cristiano “agnóstico” finalmente, dice  creer en la justicia y el deber de denunciar las injusticias, pero que cuando se critica a la institución de la Iglesia por encubrir casos de pedofilia y abusos, se exalta diciendo que eso es una conspiración de los enemigos de la misma. Pero Cristo no es un fantasma, vive: es una Presencia. Y se expresa en signos reales que hace que nuestra vida no sea, parafraseando a Shakespeare, la de una sombra caminando, un cuento narrado por un idiota, pleno de furia y sonido pero sin ningún significado. El ser humano quiere vivir a plenitud y para siempre, como los discípulos, un poco azorados y confundidos, le dijeron a Cristo, cuando éste les hablo de comer su carne y de beber su sangre.  ¿Comerte?, dijeron algunos escandalizados, y se fueron. Un dios no puede ser comido. No eran caníbales. Dios es espíritu. Eran los agnósticos. Querían un dios sin carne ni rostro. Creían en su “idea” de Dios, no en el Dios real.Y ustedes, ¿también se van a ir?, dijo Jesus a los demás.Simón Pedro, instintiva, primariamente, tomó la palabra: “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna”. Pedro muestra así el deseo humano, la razonabilidad de querer llegar a la plenitud, de no querer morir. Y aquella Presencia correspondía a lo que su corazón deseaba. Y eso era real, no era una proyección suya. Esa es la misericordia que se nos da para acompañarnos en nuestro drama como a los discípulos caminando a Emaús luego de la resurrección. Él estaba ahí. Y sigue estando. Cristo resucitó. No es vana nuestra fe. Es una Presencia. Basta poder reconocerlo. ¡Felices Pascuas de Resurrección!

Por Mario Ramos-ReyesFilósofo político

 

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