Colombia es un mar de coca

Extrañaría a más de uno la farsa que montó el Gobierno a propósito de las cifras desoladoras que se conocieron sobre la producción de cocaína. El ministro de Defensa –Juan Carlos Pinzón– prometiendo que van a erradicar decenas de miles de hectáreas a machetazo limpio y el del Postconflicto –Rafael Pardo– descubriendo que el país no podrá vivir jamás pacíficamente mientras la coca y la cocaína sean el gran negocio nacional.


La sorpresa del espectador tiene razones poderosas. ¿Por qué les molesta el narcotráfico después de haberlo prohijado, estimulado y protegido? ¿Por qué?

La causa de este espectáculo resulta obvia: los Estados Unidos no toleran que Colombia siga inundando sus ciudades con ese tósigo maldito y le han llamado seriamente la atención a Santos. La cocaína colombiana se ha multiplicado por tres en los últimos cinco años creando un problema de salud pública de los mil demonios en los países consumidores.

La producción de cocaína en Colombia empezó a gran escala en el gobierno de Samper, en tanto parecido al de Santos. Por supuesto que cuando tuvo que reconocer que trescientos mil campesinos se habían dedicado a la tarea de sembrar, raspar, producir pasta y luego clorhidrato para empacarlo hacia los mercados externos, prometió que no acabaría su gobierno sin extirpar esas condenadas siembras. Ya vimos en qué terminaron esas promesas.

Álvaro Uribe no hizo promesas, sino que se dedicó en firme a cumplir su deber, convencido como estaba que ese era “el combustible que alimentaba todas las guerras”. Al terminar su mandato, los cultivos no superaban las cincuenta mil hectáreas, la tercera parte de las que encontró, y la producción estaba por las 250 toneladas, menos de la tercera parte de las que se producían en el 2002.

Juan Manuel Santos, movido por las FARC que han sido el poder real en su gobierno, prohibió los bombardeos sobre los campamentos de los bandidos que se concentran alrededor de las zonas de cultivo; eliminó la fumigación aérea, única fórmula eficaz para ganarles la partida a los sembradores; acabó la lucha contra los precursores, en especial contra los dos indispensables, el cemento y la gasolina; cerró la llave a las extradiciones, lo único a lo que realmente temen los narcotraficantes y se desentendió de la extinción de dominio sobre sus bienes, lo que cierra el circuito de la ofensiva contra ese delito, trágico para el país.

Esa política de estímulo y esa forma de alcahuetería a gran escala produjeron los resultados obvios. La zona sembrada pasó hace rato la cota de las cien mil hectáreas, y exportamos por fronteras terrestres y marítimas por los menos 600 toneladas del alcaloide, hecha ya la deducción de las incautaciones.

Traigamos a plata las hectáreas y las toneladas, para aterrizar el problema. Nos olvidamos de la venta del gramo a cien dólares al comprador final, porque la cifra supera la memoria nuestra y la del computador también. Así que nos retraemos al precio del kilo de cocaína que cobra el narco colombiano al que pasa la frontera o se mete al mar con la “merca” como dicen en el lenguaje de la mafia. Eso significa que por la cocaína no interceptada los bandidos, los de las FARC a la cabeza y de lejos, están recibiendo treinta billones de pesos anuales por el negocito.

Todos los bancos que trabajan en Colombia, nacionales y extranjeros, ganaron en 2015 diez billones de pesos. Esa es la tercera parte de las utilidades de los bandidos que comandan los próceres que negocian la “paz” con Santos en La Habana. Y no hemos hablado de la explotación del oro, que alguien dijo que valía más que la de coca, ni la del coltán, ni la de las extorsiones. En suma, los ricos ricos de Colombia están hablando paja en La Habana y echando bala en Colombia.

Ya comprenderá el lector por qué exigieron las FARC todo lo que favorecía su negocio y por qué Santos concedió todas esas ventajas. Y por qué la timidez con la que se habla en La Habana de la cocaína y por qué exigen las FARC que en el posconflicto les dejen manejar a ellas el tema, que tendrá el pomposo nombre de sustitución de cultivos.

Estos canallas de las FARC dicen que no tienen dinero, que algún día flotará en la superficie del gran mundo financiero corrupto, y que el negocio no es suyo. Si fuera ese el caso, Santos está negociando con los delincuentes equivocados. A los que hay que encontrar, castigar y confiscar, es a los dueños de estas fortunas fabulosas hechas al amparo de estos negocios putrefactos. En ese caso, a buscar a los que son. Mientras tanto, recordemos que Colombia no tendrá paz mientras siga siendo, como ahora y por obra de Santos, un mar de coca.

 

Por Fernando Londoño Hoyos (*)

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Un pensamiento en “Colombia es un mar de coca”

  1. Colombia, la transnacional del crimen

    La ONU, a través de su Sistema Integrado de Monitoreo de Cultivos Ilícitos (SIMCI), acaba de revelar lo que costó convertir a Juan Manuel Santos en Premio Nobel de la Paz.
    La cifra demuestra que en el año de la Paz, cuando supuestamente se silenciaron los fusiles, en Colombia la coca sembrada creció en un 50% (cincuenta por ciento, para que no quepa duda) lo que vale tanto como decir que estamos produciendo más de mil toneladas métricas de cocaína por año.

    Antes de trabajar ese número fantástico, recordemos que Tumaco produce tanto de la hoja como Bolivia entera. ¡Pobre Evo! Y que el departamento de Nariño excede la producción total del Perú. Y nos falta la cuenta de Chocó, el Catatumbo, Arauca, La Guajira, Putumayo, Bajo Magdalena, el Perijá, Caquetá, el Huila… En suma, este no es un país. Es un mar de coca, la herencia de la Paz de Santos.

    Mil toneladas son un millón de kilos. Un millón de kilos son mil millones de gramos. Y cada gramo se vende en cien dólares en las calles de Estados Unidos, de Europa o del Oriente. Mil millones de gramos se multiplican por cien y nos dan la suma cien mil millones de dólares. Haga lector las rebajas que quiera. Calcule más interceptaciones, rebajas para mercados incipientes, lo que se le ocurra, y seguirá teniendo frente a usted el valor de la más grande transnacional mundial del crimen en toda la Historia.

    Haga ahora las rebajas que se le antoje para llegar a lo que queda de esa mil veces millonaria cantidad en Colombia. Para los campesinos que siembran; quienes la raspan; para los que producen la coca y para los que vuelven la pasta de coca en clorhidrato de cocaína; para los que la llevan a los puertos; para quienes custodian el tránsito y los embarques; para los que se entienden con la mafia internacional; para los que fabrican sumergibles y los usan; para los de las lanchas rápidas; para los pilotos de los aviones; para los que cargan y descargan; para los que matan a indiscretos o soplones; para los que compran policías o militares corruptos; para los que venden la cocaína a los que la vuelven basuco (1); para los que alimentan las ollas del narcotráfico urbano y venden al público esa porquería; para los encargados de enviciar a los niños, clientela del futuro y medio ideal para llevar producto, razones y órdenes. Para los que mantienen a los jefes en Cuba, en Venezuela o en Colombia; para los que manejan propiedades compradas o robadas; para los que aceitan la maquinaria financiera en Colombia, en los paraísos fiscales, en Suiza, en Ecuador y Venezuela. Para quienes reciben el pago convenido para seguir sosteniendo que esto se llama Paz; para la propaganda de esa Paz que mimetiza el negocio; para los que organizan conferencias y preparan el partido político que saldrá de las entrañas de este monstruo criminal. Alcanza para todos.

    Ese resultado fabuloso, no se produjo por acaso. Llegó de un plan preconcebido y meticulosamente ejecutado por Santos y sus impulsores, cómplices y adláteres. No es problema repasarlo.

    Era menester empezar por prohibir los bombardeos a los campamentos de los que cuidaban las zonas de cultivo. La orden llegó desde Cuba y se cumplió puntualmente.

    Enseguida le cerraron la puerta al plan de Uribe para que Estados Unidos construyeran gigantescos aeropuertos militares para uso de aviones de reconocimiento. Tampoco construyeron radares y el general Óscar Naranjo hizo lo necesario para que volaran el Radar de Santa Ana.

    Prohibieron la fumigación aérea, con el cuento del cáncer que le podía producir el glifosato a los micos, las culebras y los bandidos que están en las zonas de aspersión.

    Prohibieron la extradición a Estados Unidos de los capos del negocio, los de las FARC, para que aquí los absolviera la JEP.

    Acabaron de hecho con la Extinción de Dominio de bienes no justificados por sus dueños.

    Finalmente, encerraron el Ejército en los cuarteles, los aviones de combate en los hangares y las naves en los puertos.

    Resultado: la más grande transnacional del crimen de la historia. Si no lo cree, repase las cuentas iniciales. A mano, con tableta o computador. Hágalo en su casa o con sus amigos. Y pregúntese qué negocio legítimo produce en el mundo cien mil millones de dólares.

    Queda por ver el tiempo que le falte a esta transnacional del crimen para que sea enfrentada y aniquilada. A Santos se lo dijo Trump en su visita a la Casa Blanca. Y los chinos fusilan a los que captura entrando cocaína a su territorio. Algo está pasando y pasará pronto. Como por ejemplo, que los colombianos nos sublevemos contra esta infamia que acabó con nuestro decoro, nuestra juventud y nuestra economía. Es tiempo de entender y reaccionar.

    Por Fernando Londoño Hoyos

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