El evangelio del domingo: La Jerusalén celeste

Celebramos el domingo de Ramos, cuando Jesús entra en Jerusalén en un humilde burrito; sin embargo, lo hace con la gloria que le toca como único y verdadero Mesías.
La gente le ponía alfombras en su camino y con ramos en las manos le gritaba: ¡Hosanna, bendito el que viene en el nombre del Señor!

Uno de los desafíos más importantes para los cristianos es justamente reconocer a Cristo como su Mesías y Salvador. Es necesario un silenciamiento interior y una apertura al Espíritu, cosas que debemos buscar especialmente en esta semana.

Jesús entra en Jerusalén donde le tocará vivir los suplicios de la Pasión. Él la acepta, porque sabe que así se realiza la redención del ser humano: la salvación viene por el amor manifestado en sus actitudes y sellado auténticamente con el don total de sí mismo en la cruz.

Su Pasión asumida de modo voluntario es la expresión cabal de su pasión por nosotros, de cuanto Dios quiere que nos acerquemos a Él y estemos con Él en la Jerusalén del cielo.

No podemos ser hoy meros espectadores de su tortura y crucifixión, ya que “Cristo murió por nuestros pecados” (1 Cor 15) y esta entrega generosa debe impulsarnos a no crucificar a los demás.

San Francisco de Asís usa una expresión más contundente todavía: “Y los mismos demonios no lo crucificaron, sino que fuiste tú el que con ellos lo crucificaste, y lo sigues crucificando, deleitándote en vicios y pecados” (Admonición 5).

Tal vez nos enfade este pensamiento, porque no permite que la Pasión de Cristo se quede perdida en un rincón del pasado, sino la trae al presente y señala crudamente nuestra responsabilidad personal.

Sin embargo, somos llamados a entrar en la Jerusalén celeste, donde disfrutaremos de la compañía del Resucitado, que es el Crucificado; y de aquellos que ya se alegran en Dios. Esta es la esperanza que tenemos de reencontrarnos con todas las personas fallecidas, que hemos amado en esta tierra, y que están más vivas y felices que nunca.

Para entrar en la Jerusalén celeste es fundamental tener el pasaporte y el visto bueno, cosa que se consigue únicamente con una vida coherente y solidaria, con actitudes semejantes a las de Simón Cirineo, que ayuda al prójimo a cargar su cruz.

Debemos acompañar a Cristo que entra en Jerusalén, pero sin nunca admitir ser manipulados por el sistema vigente, como la gente de aquel entonces, que algunos días después le gritaba: ¡Crucifícalo, crucifícalo!

Participe de todas las celebraciones de esta Semana Santa.

Paz y bien.

Por Hno. Joemar Hohmann, franciscano capuchino

 

 

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3 pensamientos en “El evangelio del domingo: La Jerusalén celeste”

  1. Entrada triunfal en Jerusalén

    Jesús hace su entrada en Jerusalén como Mesías en un borrico, como había sido profetizado muchos siglos antes. Y los cantos del pueblo son claramente mesiánicos. Esta gente llana –y sobre todo los fariseos– conocían bien estas profecías, y se manifiesta llena de júbilo. Jesús admite el homenaje, y a los fariseos que intentan apagar aquellas manifestaciones de fe y de alegría, el Señor les dice: Os digo que si estos callan gritarán las piedras.
    El cortejo triunfal de Jesús había rebasado la cima del monte de los Olivos y descendía por la vertiente occidental dirigiéndose al templo, que desde allí se dominaba. Toda la ciudad aparecía ante la vista de Jesús. Al contemplar aquel panorama, Jesús lloró.

    Jesús mira cómo Jerusalén se hunde en el pecado, en su ignorancia y en su ceguera: ¡Ay si conocieras por lo menos en este día que se te ha dado, lo que puede traerte la paz! Pero ahora todo está oculto a tus ojos. Ve el Señor cómo sobre ella caerán otros días que ya no serán como este, día de alegría y de salvación, sino de desdicha y de ruina. Pocos años más tarde, la ciudad sería arrasada. Jesús llora la impenitencia de Jerusalén. ¡Qué elocuentes son estas lágrimas de Cristo! Lleno de misericordia, se compadece de esta ciudad que le rechaza.

    En nuestra vida, tampoco ha quedado nada por intentar, ningún remedio por poner. ¡Tantas veces Jesús se ha hecho el encontradizo con nosotros! ¡Tantas gracias ordinarias y extraordinarias ha derramado sobre nuestra vida!

    ¿Cómo estamos respondiendo nosotros a los innumerables requerimientos del Espíritu Santo para que seamos santos en medio de nuestras tareas, en nuestro ambiente?

    Con respecto al Evangelio de hoy, el papa Francisco dijo: “En el centro de esta celebración, que se presenta tan festiva, está la palabra que hemos escuchado en el himno de la Carta a los Filipenses: “Se humilló a sí mismo”. La humillación de Jesús.

    Esta palabra nos desvela el estilo de Dios y, en consecuencia, el que debe ser del cristiano: la humildad. Un estilo que nunca dejará de sorprendernos y ponernos en crisis: nunca nos acostumbraremos a un Dios humilde.

    Humillarse es ante todo el estilo de Dios: Dios se humilla para caminar con su pueblo, para soportar sus infidelidades… En esta semana, la Semana Santa, que nos conduce a la Pascua, seguiremos este camino de la humillación de Jesús. Y solo así será “santa” también para nosotros.

    Veremos el desprecio de los jefes del pueblo y sus engaños para acabar con él. Asistiremos a la traición de Judas, uno de los Doce, que lo venderá por treinta monedas. Veremos al Señor apresado y tratado como un malhechor; abandonado por sus discípulos; llevado ante el Sanedrín, condenado a muerte, azotado y ultrajado. Escucharemos cómo Pedro, la “roca” de los discípulos, lo negará tres veces. Oiremos los gritos de la muchedumbre, soliviantada por los jefes, pidiendo que Barrabás quede libre y que a él lo crucifiquen.

    Veremos cómo los soldados se burlarán de él, vestido con un manto color púrpura y coronado de espinas. Y después, a lo largo de la vía dolorosa y a los pies de la cruz, sentiremos los insultos de la gente y de los jefes, que se ríen de su condición de Rey e Hijo de Dios. Esta es la vía de Dios, el camino de la humildad. Es el camino de Jesús, no hay otro. Y no hay humildad sin humillación”

    El papa Francisco en la Audiencia General del pasado miércoles dijo: “En el libro del profeta Jeremías, los capítulos 30 y 31 son los llamados Libro de la consolación, ya que en ellos la misericordia de Dios se presenta con toda su capacidad para confortar y abrir el corazón de los afligidos a la esperanza. Hoy nosotros queremos escuchar este mensaje de consuelo.

    El profeta Jeremías nos lo ha anunciado, presentando el regreso de los exiliados como un gran símbolo de consuelo dado al corazón que se convierte. El Señor Jesús, por su parte, ha llevado a plenitud este mensaje del profeta. El verdadero y radical regreso del exilio y la luz reconfortante después de la oscuridad de la crisis de fe, se realiza en la Pascua, en la experiencia plena y definitiva del amor de Dios, amor misericordioso que da alegría, paz y vida eterna.

    (Del libro Hablar con Dios y http://es.catholic.net y http://w2.vatican.va)

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  2. domingo 20 Marzo 2016

    Domingo de Ramos en la Pasión del Señor

    Libro de Isaías 50,4-7.
    El mismo Señor me ha dado una lengua de discípulo, para que yo sepa reconfortar al fatigado con una palabra de aliento. Cada mañana, él despierta mi oído para que yo escuche como un discípulo.
    El Señor abrió mi oído y yo no me resistí ni me volví atrás.
    Ofrecí mi espalda a los que me golpeaban y mis mejillas, a los que me arrancaban la barba; no retiré mi rostro cuando me ultrajaban y escupían.
    Pero el Señor viene en mi ayuda: por eso, no quedé confundido; por eso, endurecí mi rostro como el pedernal, y sé muy bien que no seré defraudado.

    Carta de San Pablo a los Filipenses 2,6-11.
    Jesucristo, que era de condición divina,
    no consideró esta igualdad con Dios
    como algo que debía guardar celosamente:
    al contrario, se anonadó a sí mismo,
    tomando la condición de servidor
    y haciéndose semejante a los hombres.
    Y presentándose con aspecto humano,
    se humilló hasta aceptar por obediencia la muerte
    y muerte de cruz.
    Por eso, Dios lo exaltó
    y le dio el Nombre que está sobre todo nombre,
    para que al nombre de Jesús,
    se doble toda rodilla
    en el cielo, en la tierra y en los abismos,
    y toda lengua proclame para gloria de Dios Padre:
    “Jesucristo es el Señor”.

    Evangelio según San Lucas 22,14-71.23,1-56.
    Llegada la hora, Jesús se sentó a la mesa con los Apóstoles y les dijo:
    “He deseado ardientemente comer esta Pascua con ustedes antes de mi Pasión,
    porque les aseguro que ya no la comeré más hasta que llegue a su pleno cumplimiento en el Reino de Dios”.
    Y tomando una copa, dio gracias y dijo: “Tomen y compártanla entre ustedes.
    Porque les aseguro que desde ahora no beberé más del fruto de la vid hasta que llegue el Reino de Dios”.
    Luego tomó el pan, dio gracias, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo: “Esto es mi Cuerpo, que se entrega por ustedes. Hagan esto en memoria mía”.
    Después de la cena hizo lo mismo con la copa, diciendo: “Esta copa es la Nueva Alianza sellada con mi Sangre, que se derrama por ustedes.
    La mano del traidor está sobre la mesa, junto a mí.
    Porque el Hijo del hombre va por el camino que le ha sido señalado, pero ¡ay de aquel que lo va a entregar!”.
    Entonces comenzaron a preguntarse unos a otros quién de ellos sería el que iba a hacer eso.
    Y surgió una discusión sobre quién debía ser considerado como el más grande.
    Jesús les dijo: “Los reyes de las naciones dominan sobre ellas, y los que ejercen el poder sobre el pueblo se hacen llamar bienhechores.
    Pero entre ustedes no debe ser así. Al contrario, el que es más grande, que se comporte como el menor, y el que gobierna, como un servidor.
    Porque, ¿quién es más grande, el que está a la mesa o el que sirve? ¿No es acaso el que está a la mesa? Y sin embargo, yo estoy entre ustedes como el que sirve.
    Ustedes son los que han permanecido siempre conmigo en medio de mis pruebas.
    Por eso yo les confiero la realeza, como mi Padre me la confirió a mí.
    Y en mi Reino, ustedes comerán y beberán en mi mesa, y se sentarán sobre tronos para juzgar a las doce tribus de Israel.
    Simón, Simón, mira que Satanás ha pedido poder para zarandearlos como el trigo,
    pero yo he rogado por ti, para que no te falte la fe. Y tú, después que hayas vuelto, confirma a tus hermanos”.
    “Señor, le dijo Pedro, estoy dispuesto a ir contigo a la cárcel y a la muerte”.
    Pero Jesús replicó: “Yo te aseguro, Pedro, que hoy, antes que cante el gallo, habrás negado tres veces que me conoces”.
    Después les dijo: “Cuando los envié sin bolsa, ni alforja, ni sandalia, ¿les faltó alguna cosa?”.
    “Nada”, respondieron. El agregó: “Pero ahora el que tenga una bolsa, que la lleve; el que tenga una alforja, que la lleve también; y el que no tenga espada, que venda su manto para comprar una.
    Porque les aseguro que debe cumplirse en mí esta palabra de la Escritura: Fue contado entre los malhechores. Ya llega a su fin todo lo que se refiere a mí”.
    “Señor, le dijeron, aquí hay dos espadas”. El les respondió: “Basta”.
    En seguida Jesús salió y fue como de costumbre al monte de los Olivos, seguido de sus discípulos.
    Cuando llegaron, les dijo: “Oren, para no caer en la tentación”.
    Después se alejó de ellos, más o menos a la distancia de un tiro de piedra, y puesto de rodillas, oraba:
    “Padre, si quieres, aleja de mí este cáliz. Pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya”.
    Entonces se le apareció un ángel del cielo que lo reconfortaba.
    En medio de la angustia, él oraba más intensamente, y su sudor era como gotas de sangre que corrían hasta el suelo.
    Después de orar se levantó, fue hacia donde estaban sus discípulos y los encontró adormecidos por la tristeza.
    Jesús les dijo: “¿Por qué están durmiendo? Levántense y oren para no caer en la tentación”.
    Todavía estaba hablando, cuando llegó una multitud encabezada por el que se llamaba Judas, uno de los Doce. Este se acercó a Jesús para besarlo.
    Jesús le dijo: “Judas, ¿con un beso entregas al Hijo del hombre?”.
    Los que estaban con Jesús, viendo lo que iba a suceder, le preguntaron: “Señor, ¿usamos la espada?”.
    Y uno de ellos hirió con su espada al servidor del Sumo Sacerdote, cortándole la oreja derecha.
    Pero Jesús dijo: “Dejen, ya está”. Y tocándole la oreja, lo curó.
    Después dijo a los sumos sacerdotes, a los jefes de la guardia del Templo y a los ancianos que habían venido a arrestarlo: “¿Soy acaso un ladrón para que vengan con espadas y palos?
    Todos los días estaba con ustedes en el Templo y no me arrestaron. Pero esta es la hora de ustedes y el poder de las tinieblas”.
    Después de arrestarlo, lo condujeron a la casa del Sumo Sacerdote. Pedro lo seguía de lejos.
    Encendieron fuego en medio del patio, se sentaron alrededor de él y Pedro se sentó entre ellos.
    Una sirvienta que lo vio junto al fuego, lo miró fijamente y dijo: “Este también estaba con él”.
    Pedro lo negó, diciendo: “Mujer, no lo conozco”.
    Poco después, otro lo vio y dijo: “Tú también eres uno de aquellos”. Pero Pedro respondió: “No, hombre, no lo soy”.
    Alrededor de una hora más tarde, otro insistió, diciendo: “No hay duda de que este hombre estaba con él; además, él también es galileo”.
    “Hombre, dijo Pedro, no sé lo que dices”. En ese momento, cuando todavía estaba hablando, cantó el gallo.
    El Señor, dándose vuelta, miró a Pedro. Este recordó las palabras que el Señor le había dicho: “Hoy, antes que cante el gallo, me habrás negado tres veces”.
    Y saliendo afuera, lloró amargamente.
    Los hombres que custodiaban a Jesús lo ultrajaban y lo golpeaban;
    y tapándole el rostro, le decían: “Profetiza, ¿quién te golpeó?”.
    Y proferían contra él toda clase de insultos.
    Cuando amaneció, se reunió el Consejo de los ancianos del pueblo, junto con los sumos sacerdotes y los escribas. Llevaron a Jesús ante el tribunal
    y le dijeron: “Dinos si eres el Mesías”. El les dijo: “Si yo les respondo, ustedes no me creerán,
    y si los interrogo, no me responderán.
    Pero en adelante, el Hijo del hombre se sentará a la derecha de Dios todopoderoso”.
    Todos preguntaron: “¿Entonces eres el Hijo de Dios?”. Jesús respondió: “Tienen razón, yo lo soy”.
    Ellos dijeron: “¿Acaso necesitamos otro testimonio? Nosotros mismos lo hemos oído de su propia boca”.
    Después se levantó toda la asamblea y lo llevaron ante Pilato.
    Y comenzaron a acusarlo, diciendo: “Hemos encontrado a este hombre incitando a nuestro pueblo a la rebelión, impidiéndole pagar los impuestos al Emperador y pretendiendo ser el rey Mesías”.
    Pilato lo interrogó, diciendo: “¿Eres tú el rey de los judíos?”. “Tú lo dices”, le respondió Jesús.
    Pilato dijo a los sumos sacerdotes y a la multitud: “No encuentro en este hombre ningún motivo de condena”.
    Pero ellos insistían: “Subleva al pueblo con su enseñanza en toda la Judea. Comenzó en Galilea y ha llegado hasta aquí”.
    Al oír esto, Pilato preguntó si ese hombre era galileo.
    Y habiéndose asegurado de que pertenecía a la jurisdicción de Herodes, se lo envió. En esos días, también Herodes se encontraba en Jerusalén.
    Herodes se alegró mucho al ver a Jesús. Hacía tiempo que deseaba verlo, por lo que había oído decir de él, y esperaba que hiciera algún prodigio en su presencia.
    Le hizo muchas preguntas, pero Jesús no le respondió nada.
    Entre tanto, los sumos sacerdotes y los escribas estaban allí y lo acusaban con vehemencia.
    Herodes y sus guardias, después de tratarlo con desprecio y ponerlo en ridículo, lo cubrieron con un magnífico manto y lo enviaron de nuevo a Pilato.
    Y ese mismo día, Herodes y Pilato, que estaban enemistados, se hicieron amigos.
    Pilato convocó a los sumos sacerdotes, a los jefes y al pueblo,
    y les dijo: “Ustedes me han traído a este hombre, acusándolo de incitar al pueblo a la rebelión. Pero yo lo interrogué delante de ustedes y no encontré ningún motivo de condena en los cargos de que lo acusan;
    ni tampoco Herodes, ya que él lo ha devuelto a este tribunal. Como ven, este hombre no ha hecho nada que merezca la muerte.
    Después de darle un escarmiento, lo dejaré en libertad”.

    Pero la multitud comenzó a gritar: “¡Qué muera este hombre! ¡Suéltanos a Barrabás!”.
    A Barrabás lo habían encarcelado por una sedición que tuvo lugar en la ciudad y por homicidio.
    Pilato volvió a dirigirles la palabra con la intención de poner en libertad a Jesús.
    Pero ellos seguían gritando: “¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo!”.
    Por tercera vez les dijo: “¿Qué mal ha hecho este hombre? No encuentro en él nada que merezca la muerte. Después de darle un escarmiento, lo dejaré en libertad”.
    Pero ellos insistían a gritos, reclamando que fuera crucificado, y el griterío se hacía cada vez más violento.
    Al fin, Pilato resolvió acceder al pedido del pueblo.
    Dejó en libertad al que ellos pedían, al que había sido encarcelado por sedición y homicidio, y a Jesús lo entregó al arbitrio de ellos.
    Cuando lo llevaban, detuvieron a un tal Simón de Cirene, que volvía del campo, y lo cargaron con la cruz, para que la llevara detrás de Jesús.
    Lo seguían muchos del pueblo y un buen número de mujeres, que se golpeaban el pecho y se lamentaban por él.
    Pero Jesús, volviéndose hacia ellas, les dijo: “¡Hijas de Jerusalén!, no lloren por mí; lloren más bien por ustedes y por sus hijos.
    Porque se acerca el tiempo en que se dirá: ¡Felices las estériles, felices los senos que no concibieron y los pechos que no amamantaron!
    Entonces se dirá a las montañas: ¡Caigan sobre nosotros!, y a los cerros: ¡Sepúltennos!
    Porque si así tratan a la leña verde, ¿qué será de la leña seca?”.
    Con él llevaban también a otros dos malhechores, para ser ejecutados.
    Cuando llegaron al lugar llamado “del Cráneo”, lo crucificaron junto con los malhechores, uno a su derecha y el otro a su izquierda.
    Jesús decía: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”. Después se repartieron sus vestiduras, sorteándolas entre ellos.
    El pueblo permanecía allí y miraba. Sus jefes, burlándose, decían: “Ha salvado a otros: ¡que se salve a sí mismo, si es el Mesías de Dios, el Elegido!”.
    También los soldados se burlaban de él y, acercándose para ofrecerle vinagre,
    le decían: “Si eres el rey de los judíos, ¡sálvate a ti mismo!”.
    Sobre su cabeza había una inscripción: “Este es el rey de los judíos”.
    Uno de los malhechores crucificados lo insultaba, diciendo: “¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros”.
    Pero el otro lo increpaba, diciéndole: “¿No tienes temor de Dios, tú que sufres la misma pena que él?
    Nosotros la sufrimos justamente, porque pagamos nuestras culpas, pero él no ha hecho nada malo”.
    Y decía: “Jesús, acuérdate de mí cuando vengas a establecer tu Reino”.

    El le respondió: “Yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso”.
    Era alrededor del mediodía. El sol se eclipsó y la oscuridad cubrió toda la tierra hasta las tres de la tarde.
    El velo del Templo se rasgó por el medio.
    Jesús, con un grito, exclamó: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”. Y diciendo esto, expiró.
    Cuando el centurión vio lo que había pasado, alabó a Dios, exclamando: “Realmente este hombre era un justo”.
    Y la multitud que se había reunido para contemplar el espectáculo, al ver lo sucedido, regresaba golpeándose el pecho.
    Todos sus amigos y las mujeres que lo habían acompañado desde Galilea permanecían a distancia, contemplando lo sucedido.
    Llegó entonces un miembro del Consejo, llamado José, hombre recto y justo,
    que había disentido con las decisiones y actitudes de los demás. Era de Arimatea, ciudad de Judea, y esperaba el Reino de Dios.
    Fue a ver a Pilato para pedirle el cuerpo de Jesús.
    Después de bajarlo de la cruz, lo envolvió en una sábana y lo colocó en un sepulcro cavado en la roca, donde nadie había sido sepultado.
    Era el día de la Preparación, y ya comenzaba el sábado.
    Las mujeres que habían venido de Galilea con Jesús siguieron a José, observaron el sepulcro y vieron cómo había sido sepultado.
    Después regresaron y prepararon los bálsamos y perfumes, pero el sábado observaron el descanso que prescribía la Ley.

    Extraído de la Biblia: Libro del Pueblo de Dios.

    Leer el comentario del Evangelio por :

    San Andrés de Creta (660-740), monje y obispo
    Homilía para el Domingo de Ramos, PG 97, 989-993

    “He aquí que viene a ti tu rey.” (Za 9,9; Mt 21,5)

    Venid, y al mismo tiempo que ascendemos al monte de los Olivos, salgamos al encuentro de Cristo, que vuelve hoy de Betania y, por propia voluntad, se apresura hacia su venerable y dichosa pasión, para llevar a plenitud el misterio de la salvación de los hombres. Porque el que va libremente hacia Jerusalén es el mismo que por nosotros, los hombres, bajó del cielo, para levantar consigo a los que yacíamos en lo más profundo y colocarnos, como dice la Escritura, por encima de todo principado, potestad, fuerza y dominación, y por encima de todo nombre conocido (cf Ef 1,21). Y viene, no como quien busca su gloria por medio de la fastuosidad y de la pompa. No porfiará, dice, no gritará, no voceará por las calles, sino que será manso y humilde, y se presentará sin espectacularidad alguna.

    Ea, pues, corramos a una con quien se apresura a su pasión, e imitemos a quienes salieron a su encuentro. Y no para extender por el suelo, a su paso, ramos de olivo, vestiduras o palmas, sino para prosternarnos nosotros mismos, con la disposición más humillada de que seamos capaces y con el más limpio propósito, de manera que acojamos al Verbo que viene, y así logremos captar a aquel Dios que nunca puede ser totalmente captado por nosotros.

    Alegrémonos, pues, porque se nos ha presentado mansamente el que es manso y que asciende sobre el ocaso de nuestra ínfima vileza, para venir hasta nosotros y convivir con nosotros, de modo que pueda, por su parte, llevarnos hasta la familiaridad con él.

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  3. “¡Bendito sea el Rey que viene en el Nombre del Señor!” (Lc 19,38)

    Con el domingo de Palmas empezamos la semana más importante de nuestra fe. Los antiguos la llamaban la gran semana, o la semana mayor. De hecho, en estos días celebramos el misterio central de nuestra fe: la entrega, la pasión, la muerte y la resurrección de Cristo. En verdad, para nosotros los cristianos, es como si esta semana tuviera ocho días – desde este domingo hasta el próximo domingo. La Iglesia nos desafía a vivir estos días con mucho empeño, en espíritu de profunda oración, de penitencia, de caridad, de conversión, de búsqueda y de oferta de perdón y de participación activa en la comunidad eclesial.
    Hoy celebramos la entrada de Jesús en Jerusalén. El pueblo hace fiesta para recibir a Jesús. Lo aclaman como profeta y adornan su camino como a su rey. Pero Jesús no se elude. Él sabe lo que le espera en Jerusalén. Él sabe que hasta esta manifestación popular instigará aun más a los que no le aceptan y lo quieren matar. Las aclamaciones del pueblo son como un combustible sobre la envidia, la rabia, la ceguera. Nada peor para los que son malos que ver la gloria de aquellos a quienes odian. Y Jesús conocía sus corazones. Sin embargo, Jesús no evita estas manifestaciones. Al contrario, las promueve, entra en Jerusalén solemnemente. Él sabe que ha llegado su hora. Él siente que su misión ya está por terminar. Ya basta de enseñanzas, él quiere ahora manifestar con su vida, con su capacidad de sufrir, la grandeza del amor de Dios por nosotros. Al final, es para esto que él vino: para revelarnos hasta qué punto Dios nos ama. Con palabras ya pudo decir el cuanto nos ama. Con sus parábolas, con sus comparaciones, con sus milagros él ya nos había hecho entender que Dios es realmente bueno, que nos quiere mucho y que desea el bien para todos nosotros. Pero cuando lo vemos a él, Dios omnipotente, clavado en una cruz, y sabemos que él no necesitaba estar allí, pero que lo hizo por nosotros, entonces descubrimos que las palabras son débiles y por más que lo digamos, no podemos describir el amor de Dios. Solamente la contemplación del crucificado puede ser para nosotros una ventana que nos abre al gran misterio del corazón de Dios.
    Por otro lado, Jesús sabía que, en su cruz, en su sacrificio total, nos daría la medicina para nuestros pecados, para nuestra debilitad. Él sabía que, igual que el árbol del paraíso, que tenía un fruto atrayente y que llevó a Adán y Eva al pecado y la expulsión de la gracia, él mismo sería el nuevo fruto del árbol ahora plantado en este “valle de lágrimas”, que atraería a todos a él, y aquellos que los que se alimenten de él serían llevados de nuevo al paraíso. Él sabía que en sus heridas nosotros podremos encontrar la curación de todos nuestros males.
    Estimado hermano, estimada hermana: vive profundamente esta semana santa, santifica cada momento. Dentro de tu posibilidad, acércate todos los días a una iglesia, participa de la misa, has una buena confesión, contempla con los ojos y con el corazón el misterio del amor de Dios. Has al menos una buena obra de caridad. Realiza un poco de penitencia, muéstrate que eres capaz de dominar tu cuerpo. Pues solamente así, el próximo domingo, octavo día de esta semana, podrás exultar de alegría en el Señor resucitado. Y entenderás qué significa su resurrección en tu vida.
    Que Dios te acompañe en la aventura de esta Semana Santa.

    El Señor te bendiga y te guarde,
    El Señor te haga brillar su rostro y tenga misericordia de ti.
    El Señor vuelva su mirada cariñosa y te de la PAZ.
    Hno. Mariosvaldo Florentino, capuchino

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