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TRASCENDENTE

Stabat Mater

La Historia Sagrada, que constituye el llamado Nuevo Testamento, es una larga historia de dolor, de traición, de lógica cobardía de quienes prometían al Nazareno fidelidad, valor y amor ante la perspectiva anunciada por Él mismo de que llegaba la cruenta hora de su martirio, crucifixión y muerte.

Judas, uno de sus más cercanos discípulos, cedió ante la tentación del dinero y ante, también, la ocasión de adquirir poder, plegándose a la turba inmisericorde que luego de corta meditación construyó el plan para ultimar al Señor en medio de lo que todos los seres humanos católicos o no reconocemos con el nombre de la dolorosa pasión de Nuestro Señor Jesucristo.

El inicio de la pasión arranca de la propia traición de Judas, quien, gastando toda la hipocresía de un beso, usó de este medio para entregar al Señor a los sicarios con los que se había comprometido. En el mismo huerto de Getsemaní se presagian los dolores de la pasión que el Padre anticipó al Cordero para ser más cruel la entrega de su hijo que así pagó por nosotros el precio de la redención, con su propia vida torturada hasta la muerte, adolorida por la crucifixión ignominiosamente rodeada de bofetadas, escupitajos y un centenar de otras formas de desmedro de aquel que solo respondía con su Amor Hermoso por la humanidad, aceptando toda clase de ludibrios.

El espectáculo transmitía tristeza a todos los espectadores, aún para aquellos que aplaudían el doloroso exterminio del Hijo de Dios, y más aún a aquellos que le habían jurado amor y fidelidad “hasta las últimas consecuencias”.

El triste y doloroso ascenso al monte Calvario con la cruz a cuestas fue creciendo en dolores y sacrificios hasta llegar a la culminación, clavos mediante, de la crucifixión, último episodio de dolor, de sed y de la última frase de reclamación de quien aun soportándolo todo habría esperado alguna ayuda del Padre que sin embargo lo había entregado para salvar al género humano de todo el peso del pecado: “Padre mío, ¿por qué me has abandonado?”.

Concluida la sufriente fijación del Cuerpo Sagrado a la cruz, sin antes los amenazadores gestos de los soldados mandados a cumplir con una falsa custodia, Jesús vio aumentar su tristeza cuando sus acobardados discípulos se iban alejando del lugar movidos por la intimidación de lo que veían soportar al Cordero. En este punto llegamos al máximo dolor sentido por el abandono doloroso de quienes, hasta entonces, habían sido tratados con el revelador calificativo de “hermanos”, “amigos” y hasta “hijos míos”.

Mientras concluían las torturas de los dolores y de la sed, burlonamente saciada con una esponja empapada en vinagre, solo una mujer permaneció incólume agotando sus lágrimas reveladoras del entristecimiento maternal que sentía en todo su cuerpo y sobre todo en su espíritu, la flaqueza de ver al fruto de sus entrañas corrompido por el sacrificio que finalizó con su muerte en medio de sorprendentes fenómenos climáticos, que sorprendieron a los mortales que habían curioseado la marcha monte arriba y que huyeron despavoridos ante el temporal que rasgó los velos del templo y sumió a la tierra en la más tremenda oscuridad.

Solo la madre permaneció hasta el último momento, acumulando en sí su piedad y su ilimitado dolor por los sufrimientos de quien los ofrecía para salvar a todo el género humano, y compartió así ese momento que otorga la inmensa tristeza de la soledad.

Y ella también se sumó a todos los sacrificios de su hijo y estuvo con Él en la tristeza que provoca el abandono de los débiles y que ella compartía con su hijo con toda la intensidad del momento y con el corazón atormentado por la tristeza. La explicación es solo una, ella era la madre.

Por Alejandro Encina Marín

 

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Acerca de jotaefeb

arquitecto jubilado, hoy "hurgador" de la filosofía de vida, de las cosas cotidianas y trascendentes.

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"La soledad es la suerte de todos los espíritus excelentes"24/05/17
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