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laoveja100

Una vez más

Los brasileños solo querían un presidente que se pareciera a la mayoría y Lula fue el símbolo de ese país enorme cuya población buscaba, como todos, uno de entre ellos. La afirmación de que cada país tiene el gobierno que se merece no es verdad: cada país tiene el gobierno que se le parece. Y Lula se parecía más que nadie en mucho al Brasil mayoritario. Nacido en la pobreza, proveniente del marginal nordeste de ese país-continente, líder sindical de los metalúrgicos, tres veces candidato presidencial infructuoso y luego dos periodos al frente de una nación que se creía con derecho a sentarse entre los grandes. Dejó el poder a Dilma para gobernar con el PT por 4 periodos. Todo acabó en lo mismo. Corrupción del tamaño del país y una vida suntuosa muy lejos de lo que predicaba en sus discursos y en su retórica habitual. Ahora debe enfrentar a la justicia y para zafarse de ella quiere ser –mientras tanto– ¡candidato presidencial de nuevo! Con una caradurez indigna apela al desconocimiento e ignorancia de una parte de su país para que el referéndum evite la cárcel que le espera. No queda nadie a quien culpar, solo le cabe asumir la responsabilidad de haber logrado que la izquierda brasileña reflejara lo peor que ellos habían condenado desde la oposición.

El accionar de la justicia en la operación lava jato es digno de destacar. Fiscales y jueces enfrentando a los políticos endilgados de corrupción y usando los mecanismos legales para procesarlos. Es un voto a favor del Estado de derecho siempre tan cuestionado y limitado desde el poder. Ahora veremos en el terreno cómo ingresan quienes ya hablan de una “dictadura de los jueces y fiscales”, como Felipe González, el que también decepcionó para, en un juego de complicidades y guiños, intentar de alguna manera sacar las castañas del fuego en el que están envueltos sus compañeros de ruta. ¿Cómo pretenden algunos creer que se pueda esconder una corrupción cercana a los 10 mil millones de dólares? Imposible hacerlo y más cuando la élite económica de Brasil, tan cuestionada por la izquierda, está no solo procesada sino el símbolo de una empresa como Odebrecht, con ramificaciones en toda América, se encuentra condenado a 19 años de prisión.

La corrupción es como el tango, se baila de a dos. Los empresarios contarán a quiénes compraron y por cuánto, si desean rebajar sus condenas. Y ahí veremos desfilar todos los nombres de un gobierno que representó los mejores anhelos de una población que ahora asiste a un grave deterioro en sus condiciones económicas y una clara precarización de su vida. La culpa no la tienen ahora los gobiernos aliados al imperio, los que explotaron al país de sus riquezas… ahora la responsabilidad es de los que construyeron primero el discurso y luego conquistaron el poder para hacer lo mismo que tanto habían cuestionado.

El problema de América Latina no es con las derechas ni con las izquierdas, es con la ética en el ejercicio del poder. Cuando este no le teme a nadie y persigue a sus cuestionadores, lo único seguro es que están protegiendo sus actos de corrupción y preparando este mismo escenario que hoy vive el Brasil. Si no temieran nada, no tendrían razón para irritarse tanto ante el control y la transparencia que se reclaman.

Una vez más el subcontinente ha repetido sus errores justificando a su paso los peores pronósticos en torno a la capacidad de su clase dirigente, sin importar que ella sea de derechas o de izquierdas. Sencillamente o son democráticas y aceptan los controles o se evaden de ellos para blindar desde el poder la corrupción y el abuso. Una vez más… hemos vuelto al mismo lugar de donde salimos.

Benjamin Fernandez Bogado

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Acerca de jotaefeb

Un arquitecto jubilado. Aprendiz de todo, oficial de nada. Un humano más. Acá, allá y acullá. Hurgador de cosas cotidianas y trascendentes.

Comentarios

4 comentarios en “Una vez más

  1. Es la autoridad la que pone la pauta para la corrupcion. Si te dicen como, lo unico que falta es cuanto y a quien. Suena muy catolico eso de la mea culpa, pero no hay que ser inocente.

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    Publicado por Ricardo Guerrero | 22 marzo, 2016, 22:28
  2. Cuidado con el contagio

    Por Edwin Brítez

    Un juez que suspende las funciones de un ministro en el gabinete del Poder Ejecutivo suena extraño a nuestra costumbre paraguaya con respecto a la separación de los poderes del Estado.

    Más que extraño, me atrevería a pronosticar que lo sucedido en Brasil, respecto a la decisión de la presidenta Dilma Rousseff de nombrar al expresidente Lula como su principal ministro, no podría aún ocurrir en Paraguay.

    El juez argumentó que el nombramiento de la presidenta Rousseff estaba encaminado a obstruir una investigación judicial en curso. A consecuencia de este insólito fallo, Lula solo pudo ejercer por 40 minutos su frustrado cargo, inventado para blindarlo de una inminente sentencia judicial desfavorable que podría significar su prisión.

    El acto de asunción al cargo de Lula fue más largo que su ejercicio en el cargo: menos de 40 minutos, y tal como lo vaticinó el líder del PT, su defensa frente a las investigaciones judiciales sobre hechos escandalosos de corrupción pasó a desarrollarse en las calles. En Paraguay, es el juez que dio la orden quien hubiera durado 40 minutos o menos en el cargo.

    Miles de personas se lanzaron efectivamente a calles y avenidas para demostrar su apoyo a la justicia, pero también para demostrar su disgusto por lo que está sucediendo con Lula, a quien el líder de la izquierda paraguaya Fernando Lugo fue a visitar luego de su aprehensión.

    Sin embargo, la cantidad de manifestantes indignados por la escandalosa corrupción durante los gobiernos del PT es infinitamente superior a los oficialistas, los cuales superan a los otros solamente en agresividad.

    Lo que está sucediendo en Brasil es la fase terminal de una enfermedad llamada populismo, cuyo apogeo produce normalmente borrachera popular de alegría y sensación de poder mientras existan recursos para distribuir. Lula fue un eficiente distribuidor de estos recursos durante los dos períodos de gobierno que le cupo liderar, mediante lo cual el expresidente brasileño logró notoriedad mundial.

    Cuando se agotan los recursos, las borracheras populistas terminan entregando generalmente los países convertidos en un caos, pero la novedad de este siglo es que los responsables de lo sucedido ya no se retiran tan tranquilamente a sus casas a disfrutar del fallido experimento. Ahora entran a tallar factores combinados, como la ciudadanía, la prensa independiente y la justicia para establecer culpabilidades.

    En el caso de Argentina, la borrachera terminó y quienes recibieron la administración del país como herencia están tan ocupados en remendarlo que casi no les sobra tiempo para ir por los culpables, sobre cuyas desastrozas gestiones existen una larga bibliografía y abultadas carpetas de pruebas fiscales, además de varios elementos de investigaciones periodísticas que revelan la perversidad política y económica que desarrollaron.

    Pero en otros casos, como en Venezuela y Brasil, la ciudadanía ya no está dispuesta a tolerar que los populistas lleguen a cumplir sus mandatos por los graves hechos de corrupción y de transgresión constitucional en materia de derechos cívicos y políticos desde el poder, porque esas cosas afectan su modo de vida.

    En Paraguay estamos aún en la inamovilidad de una sociedad permisiva y en la siesta de un Poder Judicial todavía dependiente del poder político dominante.

    Pero no se engañe la gente del poder político y sobre todo quienes están salpicados de corrupción y mentira al electorado, porque si bien el inmovilismo paraliza, esta enfermedad es curable y generalmente el enfermo se cura por contagio de lo que sucede en otra parte, pero generalmente cerca.

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    Publicado por Anónimo | 20 marzo, 2016, 15:53
  3. Desigualdad, inequidad y malestar social

    Por Alberto Acosta Garbarino

    El mundo se pregunta, ¿qué habrá ocurrido en el Brasil para que en poco más de un año, pasara de ser una estrella ascendente entre los países emergentes, a ser un país sumergido en un caos político, económico y social?

    Muchos dicen que el detonante ha sido la corrupción, pero no pocos afirman que la corrupción en la política brasileña es, sin embargo, un mal que arrastran desde hace mucho tiempo.
    Para algunos analistas de izquierda, la crisis actual es producto de una conspiración de los sectores dominantes del Brasil para derrocar a un Gobierno popular que ha aplicado una fuerte política distributiva –aumento de impuestos y transferencias monetarias a los sectores carenciados– que permitió reducir la pobreza, la desigualdad y la inequidad.

    Pero analistas de la derecha afirman que esta política distributiva, realizada con una gigantesca corrupción, ha reducido drásticamente la capacidad competitiva de la economía brasileña, ha destruido al sector industrial y ha limitado al país a ser un simple productor de materias primas.

    Esta es la causa de la actual recesión económica, que está trayendo desempleo e inflación, y que traerá en el corto plazo mayor pobreza, mayor desigualdad y mayor inequidad. Estas palabras: desigualdad e inequidad, requieren de una profunda reflexión, porque la mayoría las utiliza como sinónimos, cuando realmente no lo son. La igualdad o desigualdad es algo que se puede medir, consecuentemente es un tema estadístico; mientras que la equidad o inequidad no se puede medir, porque es el resultado de un juicio ético y moral.

    Con herramientas estadísticas como el Índice de Gini, uno puede medir el nivel de desigualdad que existe en una sociedad, pero solamente pasando esos datos por el filtro de los valores éticos y morales de cada uno se puede concluir si la situación es equitativa o no.

    Para las personas cuyo principal valor es la igualdad, una sociedad es más equitativa en la medida que es más igualitaria, pero para las personas cuyo valor más importante es la libertad, una sociedad es más equitativa cuando es más desigual.

    Cuando los socialistas se preguntan: ¿es equitativo que alguien gane más porque nació en una cuna de oro que le permite comer bien y tener buena educación, que otra que nació en la miseria, pasó hambre y no tiene estudios?, la respuesta es no.

    Pero cuando los liberales se preguntan: ¿es equitativo que una persona que trabaja duro y asume riesgos gane igual que otra que no lo hace?, la respuesta es también no.

    Estamos ante un dilema donde ambas partes tienen razón, con lo cual si queremos vivir juntos en armonía, tenemos que encontrar un punto de encuentro, una síntesis entre estas dos posiciones extremas.

    No nos sirve la política igualitaria de un socialismo que con el objetivo de distribuir e igualar, destruye la capacidad de crear y de construir de las personas más dinámicas y emprendedoras.

    Pero tampoco nos sirve un individualismo liberal que deja a cada ser humano librado a su propio destino, porque es injusto pretender que personas que no han tenido las condiciones mínimas de alimentación y educación, puedan competir y desarrollarse.

    La situación de profunda división y de enorme malestar social del Brasil es el espejo donde tenemos que mirarnos para aprender lo que NO debemos hacer, y donde la enorme desigualdad existente ha sido el caldo de cultivo para la aparición del populismo y de los liderazgos mesiánicos.

    Debemos trabajar para igualar las oportunidades, pero sabiendo que los resultados van a depender del esfuerzo de cada uno y consecuentemente van a ser desiguales.

    Esa igualdad de oportunidades, pero con resultados desiguale es, a mi criterio, lo equitativo y lo único que puede traernos el desarrollo y la paz social.

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    Publicado por Anónimo | 20 marzo, 2016, 15:51
  4. La sorpresa brasileña

    Por Ian Vásquez (*)

    Brasil ha sorprendido a toda América Latina por el megaescándalo de corrupción que está hundiendo al país en una crisis política y económica.

    No es extraño que coimas multimillonarias desviadas de la empresa estatal Petrobras hayan beneficiado a cierta élite gobernante y empresarial.

    La sorpresa es cómo se destapó la trama y, todavía más, el hecho de que se están deteniendo y condenando a personas que se encuentran entre las más poderosas del país.

    Solo hace una semana se detuvo temporalmente al expresidente Lula da Silva, a quien la fiscalía de São Paulo ahora pide arrestar, y se condenó a 19 años de cárcel a Marcelo Odebrecht, expresidente de la constructora que lleva su apellido.

    La justicia brasileña parece estar funcionando en este caso. Algo ha cambiado en las políticas y las instituciones del país en el último cuarto de siglo, que ha hecho de Brasil un país diferente a buena parte de la región en cuanto a la independencia de la justicia y los resultados que logra.

    Geanluca Lorenzon, experto en derecho en el Instituto Mises de Brasil, destaca varios cambios que han permitido esta lucha contra la corrupción.

    Uno de ellos es el uso de la delación premiada, poco común en países de derecho civil. Esa figura permite que el acusado pueda reducir su sentencia a cambio de delatar a otra persona involucrada en el supuesto crimen. En el caso brasileño, el acusado tiene que proveer cierta evidencia de lo que delata. Esta ley se introdujo al Código Civil en el 2008. Sin ella es difícil pensar que se hubiera podido descubrir la trama de corrupción y su alcance, ni mucho menos armar un caso legal efectivo.

    Otro cambio clave data de la Constitución de 1988. Desde entonces, los fiscales y los jueces pasan por exámenes y concursos públicos, transparentes y competitivos.

    Esto hace que la justicia se haya vuelto cada vez más independiente del poder en la medida que han pasado los años. Para ser juez, no hace falta una conexión política. Hay una generación de jueces y fiscales jóvenes en Brasil que son independientes y se sienten orgullosos de serlo.

    A sus 43 años, el juez Sergio Moro, a cargo del caso de Petrobras, se ha vuelto un héroe popular. A los jueces y fiscales se les paga bien –pueden ganar US$ 10.000 al mes– lo que debe reducir las probabilidades de corrupción. Son profesiones de prestigio. Y el hecho de que los miembros de la Policía Federal también son seleccionados de la misma manera imparcial y basada en mérito le ha dado a ese cuerpo cierta autonomía y creciente prestigio.

    Brasil también ha fortalecido sus instituciones al crear en el 2004 el Consejo Nacional de Justicia y el Consejo Nacional del Ministerio Público. Estas instituciones, dice Lorenzon, han incrementado la rendición de cuentas de sus miembros al poder investigar y condenar jueces, por ejemplo.

    El caso de corrupción de hace unos años conocido como mensãlao igualmente contribuyó a fortalecer la credibilidad de las instituciones. Ese caso, también producto de los cambios de políticas en los últimos 25 años, terminó encarcelando a políticos poderosos por haber sobornado a legisladores. La Corte Suprema mostró su independencia, ya que varios de los acusados eran altos funcionarios del partido del gobierno.

    Algo interesante está pasando en el Brasil que merece más atención y puede proveer lecciones para el resto de la región. Se está profesionalizando la justicia a la medida que se vuelve más independiente y más cercana a los problemas que conciernen a la población.

    * Ian Vásquez es director del Centro para la Libertad y la Prosperidad Global del Cato Institute.

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    Publicado por Anónimo | 19 marzo, 2016, 06:06

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