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Lamento de un distraído donador de libros

El recurso del supremo patriarca (Mario Benedetti), Abaddón el exterminador (Ernesto Sábato), Filosofía del arte (José García Leal), Diálogo con Toynbee (G.R. Urban) y Mazurca para dos muertos (Camilo José Cela). ¿Qué tienen en común estos libros? En más o menos una década, los he extraviado, dejándolos en ómnibus, cines y bares. Ellos se suman a paraguas, celulares, lentes de sol, agendas, equipos de tereré y otros dispositivos, adminículos y “cosos” que he donado a medio mundo sin querer queriendo. Pero ninguna de estas pérdidas he lamentado y sigo lamentando tanto como aquellos libros.

Algunas veces, para mi consuelo, he formulado la absurda hipótesis de que aquel o aquella que encontró mi libro se habrá beneficiado con una excelente lectura y su vida habrá cambiado para siempre. Pero al poco tiempo me doy cuenta que eso es absurdo pensarlo en esta tierra de analfabetismo funcional endémico. Entonces las más variadas y horripilantes visiones se me vienen a mi mente paranoica con respecto al futuro que depara a mis abandonados libros en manos de extraños.

El último de todos fue Mazurca para dos muertos, de Cela. Este sábado volvía del Norte del país, luego de una excelente jornada en la Universidad Nacional de Concepción. La había pasado muy bien bajo la hospitalidad sin límites de los concepcioneros, y al bajar del bus en plena Terminal de Asunción, dejé olvidada la genial novela en el compartimiento del asiento. Me di cuenta de ello ya en casa y volví unas tres horas después hasta el local de la empresa La Santaniana, pero ya todo fue en vano. Ninguna esperanza me dieron.

Tristeza absoluta. No solo la venía disfrutando como nunca a la obra del Nobel español, sino que la tenía llena de subrayados y anotaciones. Me faltaban tan poco para terminarla, y lo mismo digo de los anteriores títulos que perdí. Tristeza absoluta. Desde que tengo libros, como muchos otros lo hacen, les he puesto mi nombre, mi número de celular y mi correo electrónico. Jamás han funcionado tales señas. Nunca nadie me llamó ni escribió para decirme que encontró algo con mi nombre en él.

Y otra vez las más variadas hipótesis brotan de mi cabeza para explicar tal fenómeno. 1- A la gente no le interesa, 2- Creen que no me interesa (por algo lo dejé por ahí tirado), 3- No me lo quieren devolver y punto, 4- Les da fiaca devolvérmelo, 5- Nadie da buenas recompensas por devolver un libro 6- Jamás hojean el libro, y 6- No entienden mi letra (hipótesis muy probable).

Creo que volveré a la religión popular y rezaré a San Antonio, o San Judas Tadeo, o a San La Muerte, jamás importó, cualquiera sea porque retornen mis libros o me curen de esta distracción que me lleva a dejar mis cosas por ahí. Como decía mi mamá, suerte que tengo la cabeza pegada al cuello. Amén.

Por Sergio Cáceres

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Un arquitecto jubilado. Aprendiz de todo, oficial de nada. Un humano más. Acá, allá y acullá. Hurgador de cosas cotidianas y trascendentes.

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