El evangelio del domingo: No cometer adulterio

La palabra “adulterio” puede ser entendida en dos sentidos: el más usual se refiere a relaciones sentimentales y sexuales fuera del matrimonio, cuando se establece un engaño hacia la propia pareja, con el empleo de muchas mentiras, se crea un clima de hipocresía y, a menudo, con el derroche de bienes.

El otro sentido no es una relación con otra persona, sino un tipo de idolatría, es decir, poner algo por encima de Dios, de la familia, de la pareja y de la comunidad. El ejemplo más frecuente es la idolatría por el dinero, pero también puede ser por el alcohol, por el juego, por el coche, por su imagen personal, etc. De cierta manera, la persona se vuelve hipnotizada por el objeto idolatrado, que puede llevarla a ser irresponsable en aspectos importantes de su vida.

El texto evangélico habla de la mujer atrapada en adulterio y los fariseos aprovechan para tentar poner una trampa a Jesús afirmando que, de acuerdo con su tradición, ella tenía que ser apedreada. Como se nota, el castigo en el Antiguo Testamento era la pena de muerte, para expresar la gravedad del hecho.

El Maestro, que conoce el corazón del ser humano no está dispuesto a subterfugios malintencionados y les desenmascara con la célebre frase: “Aquél de ustedes que no tenga pecado, que arroje la primera piedra”. Todos se retiran, empezando por los más ancianos, mostrando que, algunas veces, la edad no trae sabiduría y decencia.

Cuando Jesús se queda solo con la mujer le comunica que él no la condena, aunque su actitud es digna de condenación, pero le da un compromiso moral exigente: va, tenga una vida correcta y no vuelva a traicionar a su marido.

Sabemos que el corazón es la sede de la personalidad moral, pues de él salen las malas intenciones, asesinatos, adulterios y fornicaciones, nos dirá el Señor, de modo que debemos constantemente purificar nuestro corazón.

Enseña el Catecismo: “El adulterio es una injusticia. El que lo comete falta a sus compromisos. Lesiona el signo de la alianza que es el vínculo matrimonial. Quebranta el derecho del otro cónyuge y atenta contra la institución del matrimonio, violando el contrato que le da origen. Compromete el bien de la generación humana y de los hijos, que necesitan la unión estable de los padres”. (N° 2381)

Esta Cuaresma es tiempo favorable para recapacitar, alejarse de toda ocasión de infidelidad y fortalecerse en las tentaciones, a través de una sincera confesión y de un poco más de penitencia.

Paz y bien.

Por Hno. Joemar Hohmann – Franciscano Capuchino

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3 pensamientos en “El evangelio del domingo: No cometer adulterio”

  1. Vete y no peques más

    –Mujer, ¿ninguno te ha condenado?
    –Ninguno, Señor.

    –Tampoco yo te condeno. Anda y en adelante no peques más.

    Se marcharon todos, uno tras otro, comenzando por los más viejos. No tenían la conciencia limpia, y lo que buscaban era tender una trampa al Señor. Cada día, en todos los rincones del mundo, Jesús, a través de sus ministros los sacerdotes, sigue diciendo: “Yo te absuelvo de tus pecados…, vete y no peques más”. Es el mismo Cristo quien perdona. La fórmula sacramental “Yo te absuelvo”.

    Por la absolución, el hombre se une a Cristo Redentor, que quiso cargar con nuestros pecados. Por esta unión, el pecador participa de nuevo en esa fuente de gracias que mana sin cesar del costado abierto de Jesús.

    En el momento de la absolución intensificaremos el dolor de nuestros pecados, diciendo quizá alguna de las oraciones previstas en el ritual, como las palabras de San Pedro: “Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te amo”; renovaremos el propósito de la enmienda, y escucharemos con atención las palabras del sacerdote que nos conceden el perdón de Dios.

    Después de cada confesión debemos dar gracias a Dios por la misericordia que ha tenido con nosotros y detenernos, aunque sea brevemente, para concretar cómo poner en práctica los consejos o indicaciones recibidas o cómo hacer más eficaz nuestro propósito de enmienda y de mejora.

    ¿Ponemos los medios para hacer un apostolado eficaz de la confesión sacramental? ¿Acercamos a nuestros amigos a ese Tribunal de la misericordia divina? ¿Fomentamos el deseo de purificarnos acudiendo con frecuencia al sacramento de la Penitencia? ¿Retrasamos ese encuentro con la Misericordia de Dios?

    Con respecto al Evangelio de hoy, el papa Francisco dijo: “Los fariseos que llevan la adúltera a Jesús tenían adentro el corazón, la corrupción de la rigidez. Se sentían puros porque observaban la letra de la ley y porque decían: La ley dice esto y se debe hacer esto. Pero no eran santos, eran corruptos, porque una rigidez de este género solamente puede ir adelante en una doble vida y estos que condenaban a estas mujeres después iban a buscarlas de manera escondida, para divertirse un poco. Los rígidos son –uso el adjetivo que Jesús les daba a ellos– hipócritas. Tienen una doble vida. Con la rigidez no se puede ni siquiera respirar. […]

    También hoy, el pueblo de Dios cuando encuentra a estos jueces, sufre un juicio sin misericordia, sea en el lado civil que en el eclesiástico. Y donde no hay misericordia no hay justicia. Cuando el pueblo de Dios se acerca voluntariamente para pedir perdón, para ser juzgado, cuantas veces, cuantas veces, encuentra a uno de estos.

    Encuentra a los viciosos que son capaces de intentar explotarlos y esto es uno de los pecados más graves; encuentra a los negociantes que no le dan oxígeno a esa alma ni esperanza; y encuentra a los rígidos que castigan al penitente lo que ellos esconden en su alma. Esto se llama falta de misericordia.

    Querría solamente decir que una de las palabras más bonitas del evangelio que a mí me conmueven tanto: –¿Nadie te ha condenado? –No, nadie Señor. –Tampoco yo te condeno”. El “tampoco yo te condeno” son una de las palabras más hermosas, porque están llenas de misericordia.

    El pasado sábado, el papa Francisco en la catequesis de la Audiencia Jubilar, dijo: “El amor es el servicio concreto que damos los unos a los otros. Un servicio humilde, hecho en el silencio y en lo escondido, como Jesús mismo nos ha mostrado”.

    En el marco del Año Santo, el Obispo de Roma recordó que “Jesús antes de morir y resucitar por nosotros, realizó un gesto que se ha esculpido en la memoria de los discípulos: el lavatorio de los pies. Un gesto inesperado e impresionante, al extremo que Pedro no quería aceptarlo”.

    El amor –afirmó el sucesor de Pedro– es el servicio concreto que damos los unos a los otros, por ello –agregó el Pontífice– “ser misericordiosos como el Padre, significa seguir a Jesús en el camino del servicio”.

    (Frases extractadas del libro Hablar con Dios, de Francisco Fernández Carvajal, http://es.catholic.net/op/articulos/14365/mujer-dnde-estn-nadie-te-ha-condenado.html y http://es.radiovaticana.va/news/2016/03/12/audiencia_jubilar_papa_francisco_catequesis_misericordia/1214811)

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  2. “EL QUE NO TENGA PECADO LANCE LA PRIMERA PIEDRA.” JN 8, 7

    Leyendo este evangelio de la mujer adultera, y también recordando el hijo mayor, que quería
    condenar a su hermano en el evangelio de la semana pasada, nace espontáneamente en mi corazón
    unas preguntas:
    ¿por qué es tan fácil para nosotros juzgar y querer condenar a los demás?
    ¿por qué tenemos tantas ganas de apedrear a los otros?
    ¿qué ganamos con esto?
    ¿por qué nos gusta tanto comentar los defectos ajenos o contar sus errores?
    Ciertamente es una de las consecuencias del pecado original, que descompuso nuestro ser natural.
    Desde aquel día nuestras relaciones con los demás se quedaron muy difíciles. Se tornó difícil la
    convivencia fraterna, la amistad empezó a ser un gran desafío, el matrimonio como
    complementariedad para vivir en amor, respeto y fidelidad se transformó en una experiencia muy
    exigente, el compañerismo entre aquellos que trabajan juntos se convirtió en un sueño…
    Un filosofo llegó a decir que “el hombre es el lobo del otro hombre.”
    Pero, seguramente este no es el sueño de Dios. En Jesucristo, Dios nos hace otra propuesta. Él nos
    desafía a vivir una vida nueva. Una vida sobrenatural. El nos dio el ejemplo: envés de querer matar
    al hermano (aún a aquel que se equivocó) él nos propone de dar la vida por él.
    En el bautismo todos nosotros empezamos a participar de esta otra vida en Cristo. Pero siendo una
    vida sobrenatural exige de nosotros un esfuerzo continuo a fin que no prevalezca el hombre viejo.
    Dios no quiere encontrar a nadie llevando piedras en las manos. Pues las piedras, el odio y el rencor
    nos desfiguran, nos oprimen, nos lastiman…
    El texto del evangelio es muy revelador. Traen una mujer que fue sorprendida en adulterio. Quieren
    apedrearla como prescribe la Ley. (En verdad, ellos quieren apedrear también a Jesús, y por eso le
    hacen una pregunta que es una trampa: si Jesús dice que no deben apedrearla se estará oponiendo a
    la Ley y merece –también él– ser apedreado, y, si dice que deben apedrearla, estará contradiciendo
    todo su mensaje). Pero la sabiduría de Dios supera infinitamente a la nuestra y Jesús da una
    respuesta totalmente inesperada. Es como si Jesús hubiera dicho: La Ley dice que se debe apedrear,
    pues bien, que se haga, ya que la Ley se debe cumplir, pero solamente tiene el derecho de hacerlo,
    quien no tenga ninguna falla, ningún pecado en contra de la Ley. Pues si la Ley es dura para uno
    debe ser dura para todos.
    Delante de la voluntad de condenar a alguien, la única cosa que nos puede frenar es la conciencia de
    nuestros propios pecados. De los que estaban allí solamente Jesús podría tener lanzado una piedra,
    pues solamente él estaba libre de pecados. Pero justamente por no tener pecados, no tiene tampoco
    el deseo destruir al pecador. Al contrario, él quiere dar su vida para que el pecador pueda revivir.
    “¿Ninguno te ha condenado? Yo tampoco te condeno. Vete y no peques más.”
    La cuaresma es un tiempo santo de conversión. Delante de este evangelio podremos hacer al menos
    dos cosas: una, vaciar nuestras manos y botar nuestras piedras, no conservando en nuestro corazón
    ningún deseo de condenar a nadie… y la otra, acercarse al Señor, aunque tengamos un pecado muy
    grave, pues él, el único justo, no quiere condenarnos, sino que sólo anhela que cambiemos.
    Fuerza, mi hermano (a).

    El Señor te bendiga y te guarde,
    El Señor te haga brillar su rostro y tenga misericordia de ti.
    El Señor vuelva su mirada cariñosa y te de la PAZ.
    Hno. Mariosvaldo Florentino, capuchino

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  3. domingo 13 Marzo 2016

    domingo de la quinta semana de Cuaresma

    Libro de Isaías 43,16-21.
    Así habla el Señor, el que abrió un camino a través del mar y un sendero entre las aguas impetuosas;
    el que hizo salir carros de guerra y caballos, todo un ejército de hombres aguerridos; ellos quedaron tendidos, no se levantarán, se extinguieron, se consumieron como una mecha.
    No se acuerden de las cosas pasadas, no piensen en las cosas antiguas;
    yo estoy por hacer algo nuevo: ya está germinando, ¿no se dan cuenta? Sí, pondré un camino en el desierto y ríos en la estepa.
    Me glorificarán las fieras salvajes, los chacales y los avestruces; porque haré brotar agua en el desierto y ríos en la estepa, para dar de beber a mi Pueblo, mi elegido,
    el Pueblo que yo me formé para que pregonara mi alabanza.

    Carta de San Pablo a los Filipenses 3,8-14.
    Más aún, todo me parece una desventaja comparado con el inapreciable conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor. Por él he sacrificado todas las cosas, a las que considero como desperdicio, con tal de ganar a Cristo.
    y estar unido a él, no con mi propia justicia -la que procede de la Ley- sino con aquella que nace de la fe en Cristo, la que viene de Dios y se funda en la fe.
    Así podré conocerlo a él, conocer el poder de su resurrección y participar de sus sufrimientos, hasta hacerme semejante a él en la muerte,
    a fin de llegar, si es posible, a la resurrección de entre los muertos.
    Esto no quiere decir que haya alcanzado la meta ni logrado la perfección, pero sigo mi carrera con la esperanza de alcanzarla, habiendo sido yo mismo alcanzado por Cristo Jesús.
    Hermanos, yo no pretendo haberlo alcanzado. Digo solamente esto: olvidándome del camino recorrido, me lanzo hacia adelante
    y corro en dirección a la meta, para alcanzar el premio del llamado celestial que Dios me ha hecho en Cristo Jesús.

    Evangelio según San Juan 8,1-11.
    Jesús fue al monte de los Olivos.
    Al amanecer volvió al Templo, y todo el pueblo acudía a él. Entonces se sentó y comenzó a enseñarles.
    Los escribas y los fariseos le trajeron a una mujer que había sido sorprendida en adulterio y, poniéndola en medio de todos,
    dijeron a Jesús: “Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio.
    Moisés, en la Ley, nos ordenó apedrear a esta clase de mujeres. Y tú, ¿qué dices?”.
    Decían esto para ponerlo a prueba, a fin de poder acusarlo. Pero Jesús, inclinándose, comenzó a escribir en el suelo con el dedo.
    Como insistían, se enderezó y les dijo: “El que no tenga pecado, que arroje la primera piedra”.
    E inclinándose nuevamente, siguió escribiendo en el suelo.
    Al oír estas palabras, todos se retiraron, uno tras otro, comenzando por los más ancianos. Jesús quedó solo con la mujer, que permanecía allí,
    e incorporándose, le preguntó: “Mujer, ¿dónde están tus acusadores? ¿Alguien te ha condenado?”.
    Ella le respondió: “Nadie, Señor”. “Yo tampoco te condeno, le dijo Jesús. Vete, no peques más en adelante”.

    Extraído de la Biblia: Libro del Pueblo de Dios.

    Leer el comentario del Evangelio por :

    Simeón el Nuevo Teólogo (c. 949-1022), monje griego
    Himno 45

    “Yo tampoco no te condeno… Yo soy la luz del mundo” (Jn 8,11-12)

    Oh Dios mío, que amas tanto perdonar, mi Creador,

    haz crecer sobre mí el esplendor de tu inaccesible luz

    para llenar de gozo mi corazón.

    ¡Ah, no te irrites! ¡Ah, no me abandones!

    pero haz que mi alma resplandezca de tu luz,

    porque tu luz, oh Dios mío, eres tú…

    Me extravié del camino recto, del camino divino,

    y, lamentablemente, abandoné la gloria que se me había dado.

    Me despojé del vestido luminoso, el vestido divino,

    y, caído en las tinieblas, yazgo ahora en las tinieblas,

    y no soy consciente de que estoy privado de luz…

    Porque si tú has brillado desde lo alto, si te has aparecido en la oscuridad,

    si has venido al mundo, oh Misericordioso, si has querido

    vivir con los hombres, según nuestra condición, por amor al hombre,

    si… tú has dicho que eres la Luz del mundo (Jn 8,12)

    y nosotros no te vemos,

    ¿no es porque somos totalmente ciegos

    y más desdichados que los ciegos, oh Cristo mío?…

    Pero tú, que eres todos los bienes, que los das sin cesar

    a tus servidores, a los que ven tu luz…

    Quien te posee, en ti lo posee realmente todo.

    ¡que yo no sea privado de ti, Maestro! ¡que no sea privado de ti, Creador!

    ¡Que no sea privado de ti, Misericordioso, yo, humilde extranjero…!

    Te lo ruego, ponme junto a ti

    aunque sea verdad que he multiplicado los pecados más que todos los hombres.

    Acoge mi oración como la del publicano (Lc 18,13),

    como la de la prostituta (Lc 7,38), Maestro, aunque yo no llore como ella…

    ¿No eres tú, manantial de piedad, fuente de misericordia

    y río de bondad? : por estos títulos, ¡ten piedad de mi!

    Sí, tú que has tenido las manos, tú que has tenido los pies clavados en la cruz,

    y tu costado traspasado por la lanza, Compasivo Señor,

    ten piedad de mí y arráncame del fuego eterno…

    Que en este día permanezca ante ti sin condenación

    para ser acogido dentro tu sala de bodas

    donde compartiré tu felicidad, mi buen Señor,

    en el gozo inexpresable, por todos los siglos. Amén.

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