Revolotear y no quedarse quieto

Acertijo que circula en estos días entre los brasileños: ¿En qué se diferencia un ladrón de gallinas de un político o gobernante corrupto?

Respuesta: “En que al ladrón de gallinas lo meten preso y no importa que declare que fue para alimentar a sus hijos que tienen hambre, mientras que el político hace un acto partidario, convoca a sus militantes y se declara perseguido político, denuncia un golpe de Estado y una campaña de desestabilización y acusa a la prensa”.

Eso, más algunas precisiones: solo vale cuando se trata de gobernantes o políticos progresistas y si el ladrón de gallinas también lo es, entonces ya es problema social, generado por el neoliberalismo, y no hay acertijo.

El “caso Lula”, “llevado” a declarar –la Policía dice que se negó a hacerlo voluntariamente– en el marco de varias investigaciones sobre corrupción tiene mucho que ver con la propalación del acertijo.

Lula, su partido y hasta su heredera Dilma Rousseff optaron, efectivamente, por politizar el tema, acusando a la oposición y a los medios de intentar desestabilizar al gobierno y al país y de propiciar un golpe de Estado.

Una vía de escape cantada: no se trata de una investigación judicial de casos de corrupción, se trata de una maniobra política y de la prensa, de los que perdieron las elecciones y quizás de los empresarios y si es necesario de la patria financiera y del imperialismo yanqui.

No es que jueces y fiscales estén buscando a los que se quedaron con dineros del Estado para meterlos presos, sino que lo que buscan es llevar a la cárcel a un líder político y eventual candidato presidencial. Lula, ni lerdo ni perezoso y ante cualquier eventualidad, ya anunció que será candidato en las próximas elecciones.

Un planteo cuyo propósito, como surge claro, es sacar el tema de su lugar natural –la justicia– y transformarlo en uno más de la campaña electoral.

Una alternativa, dicho sea de paso, que no la tienen los ladrones de gallinas.

Lula ya lo había anticipado en agosto del pasado año, cuando arreciaban los ataques contra Dilma y ante los avances judiciales que lo involucraban con actos de corrupción: en ese momento anunció que regresaría a la primera línea de la política nacional y que estaba dispuesto a ser candidato. “Solo se puede matar al pájaro si se queda quieto. Si sigue volando es más difícil. Por eso, yo volví a volar de nuevo”, advirtió.

Y está volando. Habrá que ver hasta dónde lo lleva el vuelo. Hay quienes respetan la habilidad y el olfato de Lula y le asignan aún un importante respaldo popular, en función de lo cual pronostican que va a salir airoso. Incluso llegar a la presidencia.

Pero cada vez son más lo que sostienen que las cosas han cambiado. Que las movilizaciones y actos de respaldo a Lula son más reducidos, en lugares cerrados, y requieren un gran esfuerzo de organización por parte del PT. Las manifestaciones populares en contra, en cambio, son cada vez mayores y cuasi espontáneas y decididamente no están organizadas por partidos políticos sino por organizaciones sociales y civiles.

¿Y si no son las FF.AA., quién? El tema de vender como golpe de Estado la destitución de Dilma –impeachment– no es fácil: está previsto en la Constitución y se trata de un caso de fraude electoral. En realidad, hasta ahora lo único fuera de lo institucionalmente normal es la visita a domicilio y apoyo expreso de Dilma a Lula. Es la jefa del Ejecutivo y en alguna forma se interpreta como una forma de interferencia, de inmiscuirse indebidamente en un asunto a cargo de otro poder del Estado.

Para el próximo domingo 13 de marzo está convocada una nueva jornada de protesta contra el Gobierno y contra la corrupción. Puede ser una jornada bastante decisiva: de cuánta gente se junte en la calle dependerá cuán largo o corto será el revoloteo del expresidente.

Por Danilo Arbilla

 

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Un pensamiento en “Revolotear y no quedarse quieto”

  1. El destino de los corruptos
    Empresarios codiciosos y políticos corruptibles, perseguidos por jueces probos y decididos a hacer justicia, están sacudiendo las sentinas de la corrupción en las dos economías más grandes de América del Sur. Cuidado con este modelo. El día de mañana podría replicarse en el Paraguay y terminar con la carrera de encumbrados políticos que hoy hacen gala de sus fortunas mal habidas y mofa grosera de la ley y la moral públi
    La dirigencia política paraguaya debiera seguir con atención lo que está sucediendo en Brasil. El hecho de que el CEO del mayor conglomerado de la construcción de América Latina, Marcelo Odebrecht, deba purgar 19 años de prisión tras ser juzgado por diversos delitos, es un punto gravitante, pero no el único. Odebrecht es un holding que abarca rubros tan diversos como ingeniería, construcción, petroquímica, industria naval y defensa. Empleaba en 2014 unas 170.000 personas en 28 países con una facturación, ese año, de alrededor de US$ 29.000 millones. Este monstruo empresarial es uno de los principales proveedores del Estado en Brasil, desde plataformas de perforación off shore hasta submarinos con propulsión convencional y propulsión nuclear dentro del denominado Programa Nacional de Desarrollo de Submarinos de la marina brasileña. Esto da una idea de los fabulosos negocios que maneja el conglomerado ya que instalar una plataforma petrolera cuesta unos US$ 500 millones y construir un submarino nuclear de los que Brasil pondrá en servicio en 2020 insume US$ 5.200 millones cada uno.

    Marcelo Odebrecht fue hallado culpable de obtener contratos en forma fraudulenta con la estatal Petrobras, integrando una tupida red de desvíos de dinero, obras sobrefacturadas y sobornos a altos cargos del Gobierno. Este escándalo expuso un modus operandi que observa un patrón de corrupción que comenzó con las denuncias sobre el denominado “mensalao”, un sistema de pagos clandestinos a legisladores para aprobar leyes favorables a determinados intereses que acabó con la carrera de no pocos políticos de campanillas. A esto siguió, más recientemente, el “petrolao”, un complejo sistema de sobornos que inyectó millones de reales al gobernante Partido dos Trabalhadores, hecho que puso en la galería de tiro al ex presidente Luiz Inácio “Lula” da Silva y que se cierne como la peor amenaza de juicio político sobre la presidenta Dilma Rousseff.

    Estos hechos nos dicen que en un país con una justicia razonablemente independiente, la asociación entre políticos y empresarios para realizar negocios al margen de la ley termina por exponerse públicamente y puede acabar con la carrera de más de un hombre o mujer públicos. En Argentina, la ex presidenta Cristina Kirchner deberá comparecer ante un juez para explicar operaciones de alto riesgo cambiario del Banco Central argentino días antes de dejar el poder y que podrían derivar en un serio deterioro patrimonial de la entidad. Empresarios codiciosos y políticos corruptibles, perseguidos por jueces probos y decididos a hacer justicia, están sacudiendo las sentinas de la corrupción en las dos economías más grandes de América del Sur. Cuidado con este modelo. El día de mañana podría replicarse en el Paraguay y terminar con la carrera de encumbrados políticos que hoy hacen gala de sus fortunas mal habidas y mofa grosera de la ley y la moral pública.

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