Fracaso en empresas del Estado

Analizadas como empresas, casi todas las empresas del Estado son un fracaso: administración contaminada de corrupción, pésimos servicios, perversión de su naturaleza institucional convertidas en instituciones de prebendarismo político partidario, paralizadas en su desarrollo y actualización.

En un porcentaje escandaloso no contratan a profesionales competentes para el servicio a la ciudadanía, sino que compran la dependencia y fidelidad de partidarios y votantes.
Esos intrusos prebendarios no van a la empresa para trabajar, sino para vegetar o en todo caso para hacer un pueril proselitismo partidario. No son profesionales que ganan el puesto de trabajo por méritos en conocimientos y competencias mediante concurso y, por tanto, no rinden lo que las empresas necesitan. En realidad están en desempleo encubierto, ocupan espacio, sillas, mesas, computadoras, consumen energía eléctrica, agua, servicios, etc..; durante su superflua presencia distraen y desmotivan a los verdaderos trabajadores que llevan adelante el peso de las empresas. No están ahí para mejorar la productividad, sino para confirmar el poder de sus padrinos políticos, cobrar el sueldo con extras y retribuir en todo caso su gratitud a sus padrinos cuando lleguen las elecciones.
Con el dinero de la ciudadanía, las empresas del Estado se han convertido en servidoras de padrinos políticos y sostenedoras de parásitos.
Estamos ante una grave lesión ética. Este modo de hacer política y desvirtuar las empresas públicas daña a la nación debilitando las empresas y la economía del Estado. Lesionan la ética quienes ocupan puestos de trabajo y cobran sueldo del Estado sin merecerlo, los políticos que abusan de poder y traicionan al pueblo, porque no buscan el bien común, sino su beneficio propio con el dinero de la ciudadanía, y los presidentes y directores de tales empresas, porque son cómplices ejecutores de tal corrupción.
Tal vez el daño más grave humano, ético, social y económico es que con este sistema de invasión de la peor política en el mundo de las empresas públicas se ha destruido la naturaleza y valor fundamental del trabajo. Y destruir el trabajo en un pueblo es aniquilar al pueblo.
Es aleccionador que el famoso Howard Gardner, creador de la teoría de las múltiples inteligencias, descubriendo ocho tipos diferentes de inteligencias, decidió dedicarse a investigar sobre la ética y el trabajo. ¿Por qué? Llegó a la convicción de que los problemas de ética y trabajo son muy graves y merecen ser investigados. En 2001 publicó el libro “Good Work”, en castellano el 2002 con el título “Buen Trabajo (Cuando la ética y la excelencia convergen)”. El libro tiene como coautores nada menos que a Milhaly Csikszentmihalyi y William Damon.
Daniel Goleman, en su último libro sobre nuevos descubrimientos en torno al “Cerebro y la inteligencia emocional”, tratando de la motivación que mueve (2016, 52) alude al libro de Gardner, que acabo de citar, y afirma que para que el trabajo tenga calidad, el trabajador debe contar con “una mezcla de excelencia (hacer el trabajo dando lo mejor de sí), compromiso (estar entusiasmados y llenos de energía y que nos encante lo que hacemos) y ética (el trabajo encaja con el sentido, el propósito y el rumbo que damos a nuestra vida)”.
La simple observación externa sobre los motivos que mueven a la mayoría de los trabajadores filtrados en las empresas públicas por la presión de padrinos políticos evidencia que no entran para dar lo mejor de sí, sino para llevarse el sueldo más jugoso posible (sobre todo si es secretaria vip o niñera) con el mínimo de trabajo, y ciertamente no tienen las características del compromiso y menos aún el mínimo de ética exigible a cualquier trabajador y funcionario público.
Al hablar de las empresas públicas corrompidas por la presión de políticos invasores también me refiero a las universidades del Estado invadidas por políticos corruptos e instrumentalizadas para sus intereses ajenos a la Academia.
Hay más causas del fracaso en las empresas del Estado también de orden político, social, económico, jurídico y ético. Hay causas directas e indirectas. Vale la pena citar la corrupción de la administración de la justicia y la impune impunidad.
¿Cómo puede el Estado educar para el trabajo si sus empresas, en vez de corroborar el valor del trabajo, lo descalifican? Cuestión de coherencia.

Por Jesús Montero Tirado

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