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Corrupción política

Según la propaganda oficialista de aquel momento, repetida por todos los canales del socialismo del siglo XXI, especialmente en los seminarios y congresos internacionales, el expresidente Lula concluyó su gobierno de dos periodos consecutivos como presidente de Brasil con el 80% de popularidad, a lo que llegó mediante sus promocionados programas sociales, en especial “fome cero” (cero hambre) que, aseguran, lograron sacar de la pobreza a unos 40 millones de personas.

Con su sucesora, Dilma Rousseff, está ocurriendo todo lo contrario. Aunque también fue reelegida, su popularidad está por el suelo mucho antes de terminar el segundo mandato y básicamente por todo lo que se robó durante el gobierno de dos períodos de Lula.

De hecho, de entre los pesos pesados del Partido de los Trabajadores del Brasil, el único que aún no cayó en las garras de la justicia anticorrupción es el expresidente Lula, aunque días atrás fue llevado por la Policía, desde su casa de São Paulo, a una oficina del aeropuerto de Congonhas, donde fue interrogado durante tres horas en el gigantesco caso de corrupción de Petrobrás. La intención original era llevarlo a Curitiba a declarar.

Técnicamente, Lula no estuvo detenido, pero técnicamente tampoco estuvo en libertad desde que lo tomaron de la casa y fue conducido “coercitivamente” a declarar.

En la memoria colectiva aparece casi automáticamente el porcentaje de popularidad con que se retiró el líder y fundador del Partido de los Trabajadores, un partido que llegó al poder más rápido de lo imaginado, justamente debido a la corrupción en que se vieron envueltos los políticos de partidos tradicionales del Brasil, en el pasado.

La justicia brasileña desde hace varios años viene rondando la morada de los petistas, primero por el soborno a los parlamentarios para conseguir votos favorables en el Congreso a los proyectos de Lula y ahora por el escándalo de Petrobrás y las empresas constructoras.

El procurador general de Brasil, Carlos Fernando dos Santos, dice contar con casi cuarenta carpetas con pruebas en contra de Lula, como por ejemplo el triplex en Guaruja, que le habrían regalado a través de una empresa constructora y que la prensa publica inclusive con fotografías del propio Lula visitando la lujosa vivienda.

El PT recurre al peregrino argumento de que se trata de persecución política para lo cual es necesario orquestar una conspiración entre la policía, la justicia y la prensa, sin tener en cuenta que además de los petistas están investigados también políticos de otras agrupaciones.

A la ciudadanía le cuesta asimilar contrastes tan fuertes como que un líder político apoyado masivamente por el pueblo resulte luego ser uno de los sospechados de la monumental corrupción del país. Cuesta creer que un ídolo caiga tan bajo.

Y la verdad es que si no fuera por su condición de expresidente y conductor del PT, Lula ya hubiera estado detenido, de modo que la supuesta persecución política es en realidad un fuero, una protección política. Si se tratara de un ciudadano común, hace rato hubiera estado entre rejas, a estar por las declaraciones del procurador general.

Las lecciones que están recibiendo los políticos son las siguientes: 1. Una alta popularidad no borra las huellas de corrupción. 2. No todos los investigadores y jueces se dejan intimidar por el poder de turno. 3. Los triunfos electorales dan vida propia a los partidos políticos, pero dependiendo de a quienes se vota, estos partidos pueden encontrar la muerte mucho antes de lo previsto. 4. La corrupción es “buen negocio” para los políticos implicados, no así para los partidos políticos en los cuales militan.

Por Edwin Brítez

 

Acerca de jotaefeb

Un arquitecto jubilado. Aprendiz de todo, oficial de nada. Un humano más. Acá, allá y acullá. Hurgador de cosas cotidianas y trascendentes.

Comentarios

2 comentarios en “Corrupción política

  1. Autocrítica ¿qué es eso?
    Mar 6, 2016
    En general los latinoamericanos aborrecemos la autocrítica. ¿Qué es eso de andar hablando mal de uno mismo?, me dijo una vez en un taller de comunicación un técnico agrícola al plantear un ejercicio de autocrítica.

    En los partidos tradicionales, dominados por una presencia mayoritaria y hegemónica de un pensamiento conservador, más genético que político, vivimos siglos de no autocriticarnos, hasta que se produjo la irrupción de gobiernos progresistas en la región. Más de uno habrá pensando que sectores de izquierda provenientes del corazón mismo de la reflexión filosófica, política y humanista, tan propensos a detenerlo todo por un “conversatorio” o todo tipo de análisis participativo, iba a marcar una etapa de la política latinoamericana refrescada por una ducha constante de autocrítica, de evaluaciones que reconocen errores y cambian rumbo. Pero no. Un gurú del pensamiento de izquierda en la región, el argentino Atilio Borón, reconoció el martes pasado durante una conferencia en Guayaquil, frente al presidente Correa y el ex presidente “Pepe” Mujica, que uno de los detonantes del desmoronamiento de los gobiernos progresistas en América Latina ha sido la ausencia de autocrítica.

    Sostiene Borón evaluando puntualmente la caída del kitchnerismo que “hay en nuestros países una resistencia enorme a la autocrítica, tanto en la izquierda ‘en el llano’, renuente a examinar las causas de su ineficacia y de su inoperancia históricas como fuerza política, como en la ‘izquierda gobernante’”, agregando que a tres meses de la debacle K –“ni uno sólo de los dirigentes del Frente para la Victoria, comenzando por la ex presidenta Cristina Fernández de Kirchner, dijo una palabra acerca del asunto. (…).

    A la reacción de cualquier adherente de izquierda preguntando: ¿autocriticarnos qué?, el propio Borón en su conferencia compara la gestión social de los años de Perón con la gestión social de los tiempos de Néstor y Cristina añadiendo este dato conmovedor que en dos párrafos resuelve por si solo todo el diagnóstico: “los receptores populares de las políticas sociales ya no tienen la respuesta de antaño ante las mismas. Con aquellas políticas, precozmente implementada en los años cuarentas y cincuentas el peronismo, sin ir más lejos, conquistó la lealtad del pueblo durante tres generaciones. No ocurrió lo mismo con el kirchnerismo. (…)

    Y remata Borón su radiografía con esta frase “Gentes del ‘conurbano profundo’ de la Argentina, me confiaban días antes de las elecciones que votarían a Macri porque estaban hartos del clientelismo, de que los intendentes los llevaran de aquí para allá para vitorear a Cristina o a algún candidato, de tener que recibir una dádiva. Y además, señalaban muchos, “seguimos siendo pobres, muy pobres. Queremos trabajo genuino, y para eso tienen que venir inversiones. Y Macri puede traerlas”.

    Esta conferencia leída el martes pasado ante tan connotadas figuras progresistas en Guayaquil, incluye también como factores de la debacle la impenitente oposición a los gobiernos de izquierda por parte de la propiedad de los medios de comunicación en el continente y los problemas de organización en el núcleo de los movimientos políticos y sociales que sostienen estas experiencias de poder.

    Agregaría aquí un detalle que no está referido en el análisis presentado esta semana por Borón y que considero es la razón discursiva existencial de tal carencia y es que el discurso de oposición izquierda-derecha en la región nunca se despojó del neblinoso ambiente de guerra fría tan bien retratado por Spielberg en “Bridge of Spie”; lo que podríamos diagnosticar como un maniqueísmo paralizante y explicarlo en una sola y sencilla frase: la derecha sigue creyendo que la izquierda es la razón de todas sus dificultades y la izquierda está convencida que la derecha es el motivo de todos sus fracasos. Y así seguiremos anclados en los sesenta.

    Basta asistir a una reflexión de cualquiera de las partes para aburrirse escuchando tales argumentos, lo cual a su vez, clama a los gritos un cambio generacional del “cerebraje” político que nos damnifica.

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    Publicado por Anónimo | 6 marzo, 2016, 13:57
  2. Persecución a ex presidentes, ¿buena o mala?

    Por Alberto Acosta Garbarino

    Realmente me han impactado las imágenes del ex presidente Lula sacado a la fuerza de su domicilio por la Policía para llevarlo a declarar ante el juez que investiga el escándalo de Petrobras. Esas imágenes, por un lado tienen un aspecto positivo, porque demuestran al país y al mundo que en el Brasil se tiene una auténtica República, donde nadie puede estar por encima de la ley. Pero por otro lado, esas imágenes semejan una persecución política, porque denigran a un ex presidente que nunca se había negado a declarar. Este hecho me hizo reflexionar sobre un tema, que en el Paraguay y en gran parte de América Latina, nunca se ha debatido. El tema es si como sociedad en su conjunto debemos aceptar como algo normal y rutinario que los ex presidentes sean investigados judicialmente por acciones o decisiones tomadas durante su gestión. Si aceptamos, corremos el riesgo de que cualquier nuevo gobierno de turno, con el pretexto de juzgarlo por delitos cometidos, use este método como persecución política, para descalificar o acallar a su opositor. Este riesgo de persecución política hace que los gobernantes de turno se aferren al poder, porque saben que si lo pierden van a ser perseguidos por el nuevo gobierno. Esto a su vez le genera una gran inestabilidad al sistema democrático.Por otro lado, si no aceptamos las investigaciones judiciales, corremos el riesgo de que graves delitos, principalmente de corrupción, queden impunes, creando una casta de intocables que se encuentran por encima de la ley. En una de las democracias más antiguas del mundo, como es la de Estados Unidos, la decisión es muy clara. Los ex presidentes no son investigados ni perseguidos por errores o delitos que pudieran haber cometido durante su gestión. Un ejemplo lo tuvimos hace varios años con Richard Nixon, que cometió varios delitos en el caso de Watergate, que lo obligaron a renunciar antes de ser destituido, pero al día siguiente de irse a su casa, fue amnistiado por el nuevo presidente Gerald Ford. Otro ejemplo más reciente es el de George W. Bush, que mintió al pueblo norteamericano diciendo que en Irak había armas de destrucción masiva, para justificar una invasión militar que tuvo un costo de 850.000 millones de dólares y que ocasionó más de 200.000 muertos. A pesar de eso, él se fue a su casa y Barack Obama no abrió ninguna investigación al respecto.

    Sin embargo, en América Latina, en general los ex presidentes son perseguidos e investigados, y en no pocos casos, son enviados a prisión. Aquí cerca, en la Argentina, tenemos los casos emblemáticos de Menem y De la Rúa.

    El argumento es que estos presidentes cometieron actos de corrupción y que estos delitos no pueden quedar impunes, porque en una República nadie puede estar por encima de la ley. Pero esta actitud, como mencionaba anteriormente, genera una gran inestabilidad en el sistema democrático.

    El modo de encarar el retiro de los ex presidentes es un tema extremadamente complejo y nunca va a haber una solución que satisfaga a todos. Cualquiera sea la posición “no va a haber comida gratis”.

    Mi opinión en el caso del Brasil, es que no se puede sostener que las actuales investigaciones sean producto de una persecución política, porque hoy se encuentra en el poder el mismo partido político del ex presidente Lula.

    Para mí, estas investigaciones son el resultado de un Poder Judicial absolutamente independiente y son el resultado de una corrupción que superó todos los límites imaginables y tolerables.

    De todos modos, en este tema existen tantos intereses y es tan complicado y engorroso que el mismo está abierto a las más variadas interpretaciones.

    Pero es un tema que como sociedad tenemos que debatirlo, por el bien de nuestra democracia.

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    Publicado por Anónimo | 6 marzo, 2016, 08:45

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