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El evangelio del domingo: La parábola del “Hijo prodigo”

“Me levantaré y regresaré a mi padre, y le diré: Padre, he pecado.” Lc 15, 18

La parábola del “Hijo prodigo” es sin dudas una de las paginas más bellas del Evangelio. Juntamente con el evangelio del domingo pasado (La higuera sin frutos) y aquel del próximo (La mujer adultera), quieren llamar nuestra atención hacia la necesidad de conversión de nuestra parte y la bondad y misericordia de Dios.

¿Quién de nosotros al escuchar esta parábola no es tocado por el comportamiento sea del hijo menor que despilfarra su herencia, sea por el hijo mayor que encendido por los celos no quiere hacer fiesta por su hermano?
Cuántas veces también nosotros, al igual que aquel hijo superficial, vemos en Dios sólo una fuente de favores. “Padre, dame, la parte que me toca de la fortuna.” Nos plantamos y exigimos que él nos dé todo lo que queremos, que él coloque a nuestra disposición todos sus bienes y sus poderes, que nos socorra a cada instante y no nos diga nada, pues nosotros creemos siempre de saber muy bien todo lo que es mejor para nosotros. Creemos que tenemos el derecho de hacer de Dios nuestro servidor.
Derrochamos todos sus dones. Disipamos mucho de nuestra vida, que es don más precioso, en cosas inútiles, y delante de una misión, nos justificamos de que no nacimos para esto. Malgastamos nuestro tiempo con programas y actividades que nos sirven sólo como pasatiempo, y a las cosas que realmente son importantes nos excusamos diciendo que no tenemos tiempo. Desperdiciamos nuestras energías con actividades egoístas que buscan sólo nuestro bien personal o son motivadas por nuestra vanidad, y si alguien necesita de nuestra ayuda nos hacemos de los desentendidos y nos auto-justificamos diciendo que estamos ya muy ocupados y cansados. La inteligencia que recibimos, la utilizamos sólo para nuestro provecho personal, y ni queremos escuchar los consejos de los otros pues nos creemos los más capaces para saber lo que es mejor para nosotros, pero cuando nos piden para utilizar nuestra inteligencia para el bien común, ahí entonces decimos que no nos sentimos capaces, y que seguramente tienen otras personas que podrán hacer mucho mejor. Nuestra afectividad y nuestra capacidad de amar, muchas veces la reducimos casi sólo al placer sexual, la consumamos en relaciones superficiales y que nos den una simple satisfacción inmediata, pero sin llegar a efectivamente comprometerse con los demás, sin que sea una verdadera donación de sí mismo, y hasta nos engañamos diciendo que es mejor que sea así para evitar “dependencias” y no hacer sufrir a los otros.
Es así que muchos de nosotros estamos pasando por este mundo. Infelizmente muchos están en este modo gastando la herencia. Y como el hijo menor, están derrochando la fortuna, viviendo perdidamente.
El problema es que esta situación no puede durar para siempre. Llega un momento en la vida que este nuestro mundo ilusorio se destiñe, o porque con nuestras acciones desmedidas encontramos el dolor, el sufrimiento; o porque sencillamente nos cansamos de esta apariencia de felicidad y ya no estamos satisfechos sólo con el maquillaje. Es en este momento que podemos tomar conciencia de que estamos caminando en la dirección equivocada. Y si nuestro corazón no se petrifica con el orgullo, podremos buscar cambiar nuestra dirección, esto es, convertirnos. Como el hijo prodigo, podremos empezar el camino de retorno al Padre. Me levantaré y regresaré a mi padre.
Sin dudas, Dios está esperando que este día llegue para cada un de sus hijos que partieron y en las vías del mundo están malgastando sus bienes. En el corazón de cada uno, él ha sembrado aquella nostalgia que nos hace desear la paz y la felicidad de su casa. Sin embargo, la decisión de empezar el camino de retorno tiene que ser nuestra. Somos nosotros los que tenemos que decidir cambiar la dirección. Ciertamente cuando él vea que estamos viniendo, correrá a nuestro encuentro y nos cubrirá de besos y abrazos. Y aunque hayamos sido muy ingratos e inconsecuentes, él no nos castigará, ni nos humillará, sino que, al contrario, hará una fiesta.
Lo triste es que, pese a los sufrimientos de una vida disoluta, muchos tienen miedo de dejarse amar por Dios. Tienen miedo de su abrazo. Tienen miedo de ser de nuevo sus hijos.
Señor, ayúdanos a levantarnos y retornarnos a tu casa, y a confesar con toda humildad: Padre he pecado.

El Señor te bendiga y te guarde,
El Señor te haga brillar su rostro y tenga misericordia de ti.
El Señor vuelva su mirada cariñosa y te de la PAZ.
Hno. Mariosvaldo Florentino, capuchino

 

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Acerca de jotaefeb

arquitecto jubilado, hoy "hurgador" de la filosofía de vida, de las cosas cotidianas y trascendentes.

Comentarios

3 comentarios en “El evangelio del domingo: La parábola del “Hijo prodigo”

  1. Iré a la casa de mi Padre

    Por Hno. Joemar Hohmann – Franciscano Capuchino

    Lc 15,1-3.11-32.- El Evangelio nos propone un texto conocido como: “La parábola del hijo pródigo” que, sin embargo, es más adecuado calificar como: “Parábola del Padre misericordioso”.

    La parábola hace como una radiografía del corazón de Dios, mostrando lo que hay ahí dentro y cómo Él quiere nuestra sanación y nuestra prosperidad.

    Los publicanos reprochaban a Jesús porque comía y bebía con los pecadores, es decir, él se acercaba a los descarriados para traerlos de vuelta al buen camino, pues el Señor no quiere la ruina del pecador, sino que se convierta y que viva. (Cf. Ez. 33)

    El hijo menor, conocido como “hijo pródigo”, exigió su parte de la herencia y su padre se la dio. Después, él salió de casa, pues quería ser importante, ser famoso y conocer los placeres de este mundo. En cuanto derrochaba los bienes de su herencia, tenía supuestos amigos y muchas admiradoras, que le ofrecían gozos, pero no con afecto sincero, sino por grosero interés económico.

    Situación muy actual: uno desea ser notable, brillar en la farándula de las vanidades, disfrutar de todos los deleites que el mundo ofrece y no mide las consecuencias de despilfarrar sus bienes. Asimismo, no considera la decencia de costumbres y los valores morales. Lo que consigue es rebajarse y desfigurar su imagen de criatura de Dios. Además, la inmoralidad, a la larga, siempre envía su cuenta, que suele ser elevada.

    Después de malgastar todo, él se quedó en la miseria, tuvo que trabajar y fue designado para una ocupación humillante para un hebreo: cuidar de cerdos. En esta situación de infortunio, recapacitó y dijo: “Ahora mismo iré a la casa de mi padre y le diré: Padre, pequé contra el Cielo y contra ti; ya no merezco ser llamado hijo tuyo”.

    Vuelve a la casa de su padre, que lo recibe de brazos abiertos, lo perdona y le devuelve la dignidad de hijo, expresada en el hecho de ponerle un anillo en el dedo y sandalias en los pies. Por eso decimos: Parábola del Padre misericordioso.

    “Ir a la casa de mi Padre” es un programa de vida para todo cristiano, haciendo el itinerario del hijo pródigo: reconocer que estar lejos del Padre solo trae desgracias, entender que la ostentación de la sociedad casi nada colabora para la felicidad y aprender a ser más humilde.

    Concretamente, significa acercarse al Sacramento de la Confesión, especialmente en tiempo de Cuaresma, participar de la Misa todos los domingos y asumir con más ahínco los compromisos en su propia comunidad.

    Paz y bien.

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    Publicado por Anónimo | 6 marzo, 2016, 08:10
  2. Todos somos el hijo pródigo

    “El alejamiento del Padre lleva siempre consigo una gran destrucción en quien lo realiza, en quien quebranta su voluntad y disipa en sí mismo la herencia: la dignidad de la propia persona humana, la herencia de la gracia”.
    Cuando no hallamos de qué arrepentirnos, no suele ser por carecer de faltas y pecados, sino por cerrarnos a esa luz de Dios, que nos indica en todo momento la verdadera situación de nuestra alma. Si se cierra la ventana, la habitación queda a oscuras y no se ve entonces el polvo, la silla mal colocada, el cuadro torcido y otros desperfectos y descuidos… quizá graves.

    La soberbia también tratará de impedir que nos veamos tal como somos: han cerrado sus oídos y tapado sus ojos, a fin de no ver con ellos. Los fariseos, a quienes el Señor aplica estas palabras, se hicieron sordos y ciegos voluntarios, porque en el fondo no estaban dispuestos a cambiar.

    Todos nosotros, llamados a la santidad, somos también el hijo pródigo. “La vida humana es, en cierto modo, un constante volver hacia la casa de nuestro Padre. Volver mediante la contrición, esa conversión del corazón que supone el deseo de cambiar, la decisión firme de mejorar nuestra vida, y que –por tanto– se manifiesta en obras de sacrificio y de entrega. Volver hacia la casa del Padre, por medio de ese sacramento del perdón en el que, al confesar nuestros pecados, nos revestimos de Cristo y nos hacemos así hermanos suyos, miembros de la familia de Dios”.

    Con respecto al Evangelio de hoy, el papa Francisco dijo: “La llamada de Jesús nos impulsa a cada uno de nosotros a no detenerse jamás en la superficie de las cosas, sobre todo, cuando estamos ante una persona. Estamos llamados a mirar más allá, a centrarnos en el corazón para ver de cuánta generosidad es capaz cada uno.

    Nadie puede ser excluido de la misericordia de Dios. Todos conocen el camino para acceder a ella y la Iglesia es la casa que acoge a todos y no rechaza a nadie. Sus puertas permanecen abiertas de par en par, para que quienes son tocados por la gracia puedan encontrar la certeza del perdón. Cuanto más grande es el pecado, mayor debe ser el amor que la Iglesia expresa hacia quienes se convierten. ¡Con cuánto amor nos mira Jesús! ¡Con cuánto amor cura nuestro corazón pecador! Jamás se asusta de nuestros pecados.

    Pensemos en el hijo pródigo que, cuando decidió volver al padre, pensaba hacerle un discurso, pero el padre no lo dejó hablar, lo abrazó (cf. Lc 15, 17-24). Así es Jesús con nosotros. “Padre, tengo muchos pecados…”. –“Pero Él estará contento si tú vas: ¡te abrazará con mucho amor! No tengas miedo”.

    Es dable extractar algunas palabras del Papa, efectuadas en la Audiencia General del pasado miércoles, donde dijo S. S.: “Hablando de la misericordia divina, hemos recordado en más de una ocasión la figura del padre de familia, que ama a sus hijos, les ayuda, se ocupa de ellos, los perdona. Y como padre, los educa y los corrige cuando se equivocan, favoreciendo su crecimiento en el bien.

    La relación padre-hijo, a la que con frecuencia hacen referencia los profetas para hablar de la relación de alianza entre Dios y su pueblo, se ha desnaturalizado. La misión educativa de los padres se orienta a hacer que crezcan en la libertad, que sean responsables, capaces de realizar obras de bien para sí y para los demás. En cambio, a causa del pecado, la libertad se convierte en pretensión de autonomía, pretensión de orgullo, y el orgullo lleva a la contraposición y a la ilusión de autosuficiencia.

    He aquí, entonces, que Dios vuelve a llamar a su pueblo: ‘Os habéis equivocado de camino’.

    La consecuencia del pecado es un estado de sufrimiento, consecuencia inevitable de una decisión autodestructiva, debe hacer reflexionar al pecador para abrirlo a la conversión y al perdón.

    Y este es el camino de la misericordia divina: Dios no nos trata según nuestras culpas (cf. Sal 103, 10). El castigo se convierte en instrumento para provocar la reflexión. Se comprende así que Dios perdona a su pueblo. La salvación implica la decisión de escuchar y dejarse convertir, pero es siempre don gratuito”.

    (Del libro Hablar con Dios, de Francisco Fernández Carvajal, y http://es.catholic.net y http://w2.vatican.va)

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    Publicado por Anónimo | 6 marzo, 2016, 08:09
  3. domingo 06 Marzo 2016
    domingo de la cuarta semana de Cuaresma

    Libro de Josue 5,9a.10-12.
    Entonces el Señor dijo a Josué: “Hoy he quitado de encima de ustedes el oprobio de Egipto”. Y aquel lugar se llamó Guilgal hasta el día de hoy.
    Los israelitas acamparon en Guilgal, y el catorce del mes, por la tarde, celebraron la Pascua en la llanura de Jericó.
    Al día siguiente de la Pascua, comieron de los productos del país – pan sin levadura y granos tostados – ese mismo día.
    El maná dejó de caer al día siguiente, cuando comieron los productos del país. Ya no hubo más maná para los israelitas, y aquel año comieron los frutos de la tierra de Canaán.

    Carta II de San Pablo a los Corintios 5,17-21.
    El que vive en Cristo es una nueva criatura: lo antiguo ha desaparecido, un ser nuevo se ha hecho presente.
    Y todo esto procede de Dios, que nos reconcilió con él por intermedio de Cristo y nos confió el ministerio de la reconciliación.
    Porque es Dios el que estaba en Cristo, reconciliando al mundo consigo, no teniendo en cuenta los pecados de los hombres, y confiándonos la palabra de la reconciliación.
    Nosotros somos, entonces, embajadores de Cristo, y es Dios el que exhorta a los hombres por intermedio nuestro. Por eso, les suplicamos en nombre de Cristo: Déjense reconciliar con Dios.
    A aquel que no conoció el pecado, Dios lo identificó con el pecado en favor nuestro, a fin de que nosotros seamos justificados por él.

    Evangelio según San Lucas 15,1-3.11-32.
    Todos los publicanos y pecadores se acercaban a Jesús para escucharlo.
    Los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: “Este hombre recibe a los pecadores y come con ellos”.
    Jesús les dijo entonces esta parábola:
    Jesús dijo también: “Un hombre tenía dos hijos.
    El menor de ellos dijo a su padre: ‘Padre, dame la parte de herencia que me corresponde’. Y el padre les repartió sus bienes.
    Pocos días después, el hijo menor recogió todo lo que tenía y se fue a un país lejano, donde malgastó sus bienes en una vida licenciosa.
    Ya había gastado todo, cuando sobrevino mucha miseria en aquel país, y comenzó a sufrir privaciones.
    Entonces se puso al servicio de uno de los habitantes de esa región, que lo envió a su campo para cuidar cerdos.
    El hubiera deseado calmar su hambre con las bellotas que comían los cerdos, pero nadie se las daba.
    Entonces recapacitó y dijo: ‘¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan en abundancia, y yo estoy aquí muriéndome de hambre!
    Ahora mismo iré a la casa de mi padre y le diré: Padre, pequé contra el Cielo y contra ti;
    ya no merezco ser llamado hijo tuyo, trátame como a uno de tus jornaleros’.
    Entonces partió y volvió a la casa de su padre. Cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió profundamente; corrió a su encuentro, lo abrazó y lo besó.
    El joven le dijo: ‘Padre, pequé contra el Cielo y contra ti; no merezco ser llamado hijo tuyo’.
    Pero el padre dijo a sus servidores: ‘Traigan en seguida la mejor ropa y vístanlo, pónganle un anillo en el dedo y sandalias en los pies.
    Traigan el ternero engordado y mátenlo. Comamos y festejemos,
    porque mi hijo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y fue encontrado’. Y comenzó la fiesta.
    El hijo mayor estaba en el campo. Al volver, ya cerca de la casa, oyó la música y los coros que acompañaban la danza.
    Y llamando a uno de los sirvientes, le preguntó que significaba eso.
    El le respondió: ‘Tu hermano ha regresado, y tu padre hizo matar el ternero engordado, porque lo ha recobrado sano y salvo’.
    El se enojó y no quiso entrar. Su padre salió para rogarle que entrara,
    pero él le respondió: ‘Hace tantos años que te sirvo sin haber desobedecido jamás ni una sola de tus órdenes, y nunca me diste un cabrito para hacer una fiesta con mis amigos.
    ¡Y ahora que ese hijo tuyo ha vuelto, después de haber gastado tus bienes con mujeres, haces matar para él el ternero engordado!’.
    Pero el padre le dijo: ‘Hijo mío, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo.
    Es justo que haya fiesta y alegría, porque tu hermano estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado'”.

    Extraído de la Biblia: Libro del Pueblo de Dios.

    Leer el comentario del Evangelio por :

    San Agustín (354-430), obispo de Hipona (África del Norte), doctor de la Iglesia
    Homilías sobre los salmos, Sl 138, 5-6; CCL 40, 1992-1993

    “Estando todavía lejos, su padre le vio venir”

    “De lejos penetras mis pensamientos, distingues mi camino y mi descanso, todas mis sendas te son familiares” (Sl 138, 2-3). Cuando todavía soy un viajero, antes de llegar a la patria, has comprendido mis pensamientos. Soñar al hijo pequeño, marchado lejos… El mayor no se había marchado lejos, trabajaba en el campo y era símbolo de los santos que, bajo la Ley, observaban las prácticas y preceptos de la Ley.

    Así el género humano, que se había extraviado dando culto a los ídolos, había “marchado lejos”. En efecto, nada está tan lejos de aquél que te ha creado que esta imagen modelada por ti mismo, para ti. El hijo menor marchó, pues, a un país lejano llevándose consigo la parte de herencia que le pertenecía y, tal como nos lo dice el Evangelio, la malgastó… Después de tantas desgracias y desalientos, de pruebas y sin nada, se acordó de su padre y quiso regresar donde estaba él. Se dijo: “Me pondré en camino adonde está mi padre…” Pero aquél que había abandonado ¿no está en todas partes? Por eso en el Evangelio el Señor nos dice que su padre “echando a correr se le echó al cuello”. Es cierto, porque “de lejos había penetrado sus pensamientos, todas sus sendas le son familiares”. ¿Cuáles, sino los malos caminos que había seguido para abandonar a su padre, como si pudiera esconderse a su mirada que le llamaba, o como si la miseria abrumadora que le hizo llegar hasta guardar puercos no fuera ya el castigo que su padre le impuso en su alejamiento con el fin de recibirlo a su regreso?…

    Dios castiga severamente nuestras pasiones, donde sea que vayamos, por mucho que nos alejemos de él. Así pues, como a un fugitivo a quien se detiene, el hijo dice: “Distingues mi camino y mi descanso, todas mis sendas te son familiares”. Mis sendas, por largas que sean, no han podido alejarme de tu mirada. Había andado mucho, pero tú estabas allí donde llegué. Incluso antes de que entrara, incluso antes de que empezara a caminar, tú conociste mi senda por adelantado. Y permitiste que siguiera mis caminos con dolor para que, si no quería sufrir más, hiciera mi camino de regreso a ti… Confieso mi culpa ante ti: he seguido mi propio camino, me alejé de ti; te abandoné siendo así que contigo estaba bien; y, si ha sido doloroso para mí el haber estado sin ti, ha sido para mi bien. Porque si me hubiera encontrado bien sin ti, posiblemente no hubiera querido regresar a ti.

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    Publicado por Anónimo | 6 marzo, 2016, 08:08

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