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terrenal

No más trampas

Alguien dijo alguna vez que las pocas cosas que hacemos bien los latinoamericanos es jugar al fútbol, por dos razones:

1. Las normas no las escribimos nosotros, y 2. Los juzgados están en Zúrich. Claro que luego de los escándalos de la FIFA las sospechas también han tocado sus puertas y las de la justicia. La expresión en clave jocosa, sin embargo, destaca el hecho de que las normas que nos damos no suelen ser de cumplimiento frecuente entre nosotros, por lo cual el llamado de Estado de Derecho sigue siendo una postergada ambición.

Se convocan a elecciones en las que si los resultados no son del agrado del gobierno de turno siempre tiene alguna salida indecorosa que irrita e intimida a la democracia y a los demócratas. Pasó en Venezuela recientemente donde, luego de perder el oficialismo el control del Congreso, han buscado que otras instituciones como la justicia u otros órganos de deliberación de menor rango sirvieran para arrinconar las decisiones del congreso opositor. Hace poco perdió Morales el referéndum y lo primero que se piensa es cuál será el mecanismo que usará para continuar en el poder cuando este deba acabar en el 2020. La tentación constante de que la ley o la Constitución son sujetos opinables y adecuados a los intereses de quienes gobiernan lo único que ha logrado es poner en serias dudas la democracia que vivimos.

Se imaginan ustedes que las normas del fútbol las redactara cada país en particular. El tiro de esquina se haría con la mano, el penal se patearía desde los tres metros, el saque de costado con los pies y el tiempo se prolongaría sine die hasta que el equipo local empatara o ganara el juego. Todo sería opinable e interpretable cuando el resultado no favoreciera. Hay una pérdida innecesaria de tiempo en hacer constituciones o normas si finalmente ellas dependerán del capricho e interpretación de quien tenga el poder.

Esta circunstancia vuelve a nuestras democracias débiles, desalentando en su camino el juego limpio que empieza por la política y continúa en los negocios, pasando por las relaciones interpersonales. Debemos acostumbrarnos a vivir en un Estado de Derecho donde las normas establezcan mecanismos contractuales que deban ser respetados a rajatabla porque finalmente de eso depende la misma garantía para los inquilinos ocasionales del poder. ¿Si ellos no cumplen las normas, cómo podrán pedir juicios justos a futuro o en realidad son autoritarios que se disfrazan de demócratas cuando les conviene y por el tiempo que sea?

La única garantía que tenemos los demócratas es que las normas nos reglan a todos y nos igualan como ciudadanos. Ellas, al cumplirlas, legitiman nuestra convivencia y evitan que los conflictos sean resueltos por la vía violenta o ilegal. Conviene a todos entender esta relación sencilla y elemental que regla nuestra vida cotidiana. Los gobernantes deberían concluir que los límites hacen parte de la democracia y que ellos no están exentos de su cumplimiento.

Cuando se juega con cartas marcadas o se buscan mecanismos para no aceptar el veredicto popular no queda otra opción que la fuerza, con los consabidos resultados que ella presupone.

Benjamin Fernandez Bogado

Acerca de jotaefeb

Un arquitecto jubilado. Aprendiz de todo, oficial de nada. Un humano más. Acá, allá y acullá. Hurgador de cosas cotidianas y trascendentes.

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"Escribimos la vida. La escribimos un infinito de veces. A veces, algo nos enmudece. Es la vida escribiéndonos a nosotros."17/01/17
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