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Umberto Eco

Pocos pensadores han logrado tan amplio y merecido reconocimiento como Umberto Eco; un reconocimiento que, además, por la popularidad de algunas de sus obras, no se ha limitado a los círculos intelectuales, sino que su fama y sus ideas han llegado también al gran público.

Ante la muerte de una figura de tal calibre, vale la pena dejar de lado las calamidades de nuestro entorno inmediato; no tanto por elogiarlo, sino a fin de dar su justo valor a la labor del intelectual para comprender nuestro mundo, nuestro tiempo y a nosotros mismos.

Filósofo, semiólogo, especialista en estética y en cultura medieval, novelista, ensayista, agudo polemista, sagaz crítico de la actualidad. Tanto conocimiento, tanta lucidez, tal amplitud de espíritu hacen de Umberto Eco una personalidad única, una especie de sabio universal al estilo de aquellos eruditos del Renacimiento tan escasos en nuestro tiempo.

Siempre me ha llamado la atención que haya sido este estudioso de la Edad Media uno de los mejores, si no el mejor, analista y crítico de nuestra época; a la que de hecho comparó con la Edad Media en numerosas ocasiones.

El más conocido de estos paralelismos sociales entre el Medioevo y la actualidad lo realizó, mediante la metáfora, en su más famosa novela “El nombre de la rosa”; pero también lo expuso mediante el análisis en varios textos, sobre todo en el que para mí es uno de sus más importantes ensayos (La Nueva Edad Media: La Edad Media ha comenzado ya).

Para quienes consideren exagerada la comparación, conviene enumerar al menos unas pocas de las muchas similitudes que Eco señalaba ya en 1974: debilitamiento, corrupción e ineficiencia de los Estados, degradación de la vida ciudadana, aparición de poderes paralelos, migraciones masivas a causa de la pobreza o la violencia, etc.

Con enorme honestidad intelectual, Eco pensaba muy bien lo que decía y decía muy bien lo que pensaba (algo cada vez menos frecuente en nuestro mundo de intelectuales ‘light’ de ONG) y lo que pensaba casi siempre era incómodo y polémico, nunca complaciente, siempre lúcidamente argumentado.

Denostaba internet y las redes sociales, por su banalidad y por su contribución al reinado de la mediocridad y la ignorancia. Fustigaba por igual la necedad de derechas y de izquierdas y toda clase de violencia política. Anticipaba, comprendía y exponía fenómenos que todos preferían no ver.

Recuerdo con asombro cómo, hace más de quince años, Eco previó, en una conferencia ante el Foro de Davos 2000, la gigantesca crisis migratoria que hoy padece el mundo, que por entonces nadie quería ver ni, menos aún, evaluar sus futuras consecuencias.

Me asusta pensar cómo concluía Eco aquella conferencia, advirtiendo sobre la preeminencia de la notoriedad sobre la ética: “Por lo tanto el éxito ético (la búsqueda del Bien) pronto no tendrá ningún vínculo con la búsqueda de la virtud, sino sólo con la lucha para ser visto”.

Figuras como Eco nos recuerdan que comprender el mundo es más importante y más difícil que sucumbir a la fantasía de dominarlo, que no existe mayor enfermedad para una sociedad que carecer de lucidez y autocrítica para entenderse a sí misma, tanto en sus valores, para promoverlos, como en sus defectos, para corregirlos y así evitar potenciales catástrofes.

Figuras como Eco nos demuestran que el mundo necesita, tanto como científicos y tecnólogos, pensadores lúcidos y honestos, capaces de entender la actualidad, advertir los peligros del futuro y prefigurar respuestas sociales para conjurarlos.

Además, ese italiano irónico y mordaz, que llamaba tontos a los tontos y asesinos a los asesinos, sin perder nunca el buen humor, tuvo el talento de hacerse escuchar, de hacer sonar bien alto sus críticas, en un mundo que solo quiere oír elogios y que esconde sus problemas barriéndolos bajo la alfombra de la banalidad o convirtiéndolos en un espectáculo de “reality show”.

Por Rolando Niella

 

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Acerca de jotaefeb

Un arquitecto jubilado. Aprendiz de todo, oficial de nada. Un humano más. Acá, allá y acullá. Hurgador de cosas cotidianas y trascendentes.

Comentarios

Un comentario en “Umberto Eco

  1. No solo nos queda el nombre

    La historia de los encuentros entre la literatura culta, la popular y la de masas es reciente. De hecho, yo arriesgaría un año específico de inicio: 1980. Fue cuando el semiólogo italiano Umberto Eco (alguien que estudiaba la producción e interpretación de sentido en los textos y en la cultura) dejó a un lado sus investigaciones científicas y publicó la novela El nombre de la rosa. Difícilmente antes de esa década –con la sospechosa posmodernidad de fondo y su mestizaje signado por la lógica comercial que comenzaba a vender la música de Bach en los supermercados–, alguien hubiera sido capaz de tener la soltura y las agallas de escribir una obra de ficción ambientada en el siglo XIV en la que tanto se debaten teorías epistemológicas como se siguen los misteriosos crímenes en una abadía benedictina en la que un ciego custodia una biblioteca. Es decir, una historia trepidante que lo mismo aborda complejidades sociales (herejías y segregación), como genera la ansiedad de saber quién es el asesino. Alta cultura, literatura de folletín y lectura de masas se dan cita en un libro que vendió quince millones de ejemplares.

    La fórmula fue copiada hasta el hartazgo, y treinta y seis años después abundan las novelas de tema histórico-cultural, abordado con cierta retórica filosófica o científica, pero ninguna con la originalidad y la profundidad narrativa de Eco. Con el tiempo el mismo autor cayó en la tentación de repetir su receta y no creó nada demasiado recordable en materia ficcional, aunque yo me río cada vez que recuerdo la sutil burla a los métodos científicos que hace en El péndulo de Foucault, cuando recuerda que el piramidólogo Piazzi Smyth, defensor de la simetría matemática en la construcción de las pirámides egipcias, fue visto por un discípulo “limando los salientes graníticos de la antecámara real, para que sus cálculos encajaran”.

    Su ensayo Obra abierta sigue siendo una lectura fundadora para entender el arte contemporáneo como un territorio en el que el artista deja abierta multiplicidad de puertas para que penetremos en cualquiera de ellas y nos convirtamos también nosotros en cómplices de la creación. Su lectura de James Joyce, su divulgación en el campo de la estética, también perdurarán.

    Últimamente, me resultaba un tanto insoportable su repetitiva cantinela sobre los medios de comunicación y su copla mediática acerca de que “antes todo era mejor” en las comunicaciones. Había cierta ingenuidad generacional en su desprecio por la cultura digital. Aun así, Eco no eludió nunca el debate público y junto con Noam Chomsky y algún otro era, hasta el viernes pasado, de los pocos intelectuales a la vieja usanza que estaban vivos. Afortunadamente, de Umberto no solo nos queda el nombre.

    Por Blas Brítez

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    Publicado por Anónimo | 28 febrero, 2016, 13:51

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