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Evocracia

Evo Morales estuvo muy convencido de que se ganó el derecho de buscar el cuarto período consecutivo de gestión gubernamental. No se trató de un capricho personal al estilo de los dictadores del siglo pasado sino de una decisión de equipo de sostener el modelo implantado en Bolivia por el MAS con Evo a la cabeza; una especie de “evocracia”.

En realidad todos los accionistas del Socialismo del Siglo XXI tienen o tenían la misma ambición, burlar el plazo establecido constitucionalmente conforme con los principios básicos de la democracia de poner límites al poder de manera que exista alternancia en el ejercicio del mismo.

Confiado en su proyecto y por sobre todo en sus cualidades personales, Morales convocó al referéndum para lograr una habilitación popular a la iniciativa de hacer posible constitucionalmente la tercera, y quien sabe cuántas veces más, reelección.

Con la derrota de Cristina en Argentina, a pesar del respaldo de un poderoso partido y el revés sufrido por Maduro en las elecciones parlamentarias de Venezuela, en el socialismo del Siglo XXI se recibió el mensaje pero al parecer no lo entendieron.

¿Qué es lo que no entendieron?

En primer lugar creo que la mentalidad política latinoamericana de hoy se sostiene muy fuertemente en la memoria colectiva, gracias al trabajo que se vino realizando en el campo de los derechos humanos. La ciudadanía de cualquiera de nuestros países no olvida lo sucedido en tiempos de las dictaduras en materia de persecución, exclusión, inclusive de crímenes políticos.

Luego, la gente, a pesar de los “beneficios” que recibe del populismo autoritario, no está totalmente dispuesta a permitir que se desarrolle, crezca y se consolide ningún modelo de autoritarismo ilimitado.

Es decir, no acepta el chantaje de permanecer callada y castrada a cambio de las migajas asistenciales, posiblemente porque a través de los años de licencia otorgada al sistema populista, no vieron tampoco la solución a sus problemas de pobreza, excepto la satisfacción de recibir algo para continuar siendo pobres.

Otro factor es que la ciudadanía aprendió a adoptar y a defender su Constitución como instrumento de convivencia y de contrato social. Dio a casi todos los presidentes prochavistas su “oportunidad” de continuar, haciendo retoques constitucionales para legalizar sus reelecciones, pero sin otorgarles cheque en blanco por tiempo indeterminado.

En consecuencia, podría decirse que ya es capaz de distinguir un proyecto personalista de otro que no lo es cuando se trata de tocar la Carta Magna.

Creo que este último elemento, no obstante, lo entendió muy bien Cristina y ya no se animó a buscar la modificación constitucional en busca de más reelección.

Volviendo al caso boliviano, el presidente Morales ya aceptó su derrota en el referéndum pero advirtió que se trata solamente de una batalla perdida, no de la guerra, para lo que aún dispone de cuatro años en el poder.

Qué otra cosa podría significar la guerra que no sea la continuidad de la “evocracia” aunque para enfrentar la próxima “guerra” tendrá que hacer cambio de comandante si quiere tener posibilidades de continuar batallando.

Lo concreto es que Evo ya sabe que en Bolivia no lo quieren como ahora también Cristina se enteró de lo mismo luego del congreso del justicialismo donde los diputados aclararon que no son soldados para aceptar todo lo que ella diga. Es casi seguro que en los próximos años surgirán también dentro del MAS gente que ya no quiera ser soldado sino políticos con ideas y ambiciones propias. Son cosas que suceden cuando un sistema se va acabando inexorablemente.

Por Edwin Brítez

Acerca de jotaefeb

Un arquitecto jubilado. Aprendiz de todo, oficial de nada. Un humano más. Acá, allá y acullá. Hurgador de cosas cotidianas y trascendentes.

Comentarios

7 comentarios en “Evocracia

  1. La derrota de Evo

    Por Mario Vargas Llosa

    La derrota de Evo Morales en el referéndum con el que pretendía reformar la Constitución para hacerse reelegir por cuarta vez en el año 2019 es una buena cosa para Bolivia y la cultura de la libertad. Se inscribe dentro de una cadena democratizadora que va golpeando al populismo demagógico en América Latina de la que son jalones importantes la elección de Mauricio Macri en Argentina contra el candidato de la señora Fernández de Kirchner, el anuncio de Rafael Correa de que no será candidato en las próximas elecciones en Ecuador, la aplastante derrota –por cerca del 70% de los votos– del régimen de Nicolás Maduro en las elecciones para la Asamblea Nacional en Venezuela y el desprestigio creciente de la presidenta Dilma Rousseff y su mentor, el ex presidente Lula, en Brasil, por el fracaso económico y los escándalos de corrupción de Petrobras que presagian también un fracaso catastrófico del Partido de los Trabajadores en las próximas elecciones.

    A diferencia de los gobiernos populistas de Venezuela, Argentina, Ecuador y Brasil, cuyas políticas demagógicas han desplomado sus economías, se decía de Evo Morales que su política económica ha sido exitosa. Pero las estadísticas no cuentan toda la verdad, es decir, el periodo enormemente favorable que vivió Bolivia en buena parte de estos diez años de gobierno con el auge del precio de las materias primas; desde la caída de estas, el país decrece y está sacudido por los escándalos y la corrupción. Esto explica en parte el descenso en picada de la popularidad de Evo Morales. Es interesante advertir que en el referéndum casi todas las principales ciudades bolivianas votaron contra él, y que, si no hubiera sido por las regiones rurales, las menos cultas del país y también las más alejadas, donde es más fácil para el gobierno falsear el resultado de las urnas, la derrota de Evo habría sido mucho mayor.

    ¿Hasta cuándo continuará el singular mandatario echando la culpa al “imperialismo norteamericano” y a los “liberales” de todo lo que le sale mal? El último escándalo que ha protagonizado tiene que ver con China, no con los Estados Unidos. Una ex amante suya, Gabriela Zapata, ahora presa, con la que tuvo un hijo en 2007, fue luego ejecutiva de una empresa china que ha venido recibiendo jugosos y arbitrarios contratos gubernamentales para construir carreteras y otras obras públicas por más de 500 millones de dólares. El favoritismo flagrante de estos contratos ilegales, denunciados por un gallardo periodista, Carlos Valverde, ha sacudido al país y los desmentidos y explicaciones del presidente solo han servido para comprometerlo más con el enjuague. Y para que la opinión pública boliviana recuerde que este es solo el último ejemplo de una corrupción que a lo largo de este decenio ha venido manifestándose en múltiples ocasiones aunque la popularidad de Evo sirviera para acallarla. Da la impresión de que aquella popularidad, que va apagándose, ya no bastará para que la opinión pública boliviana siga engañada, aplaudiendo a un mandatario y a un régimen que son un monumento al populismo más desenfrenado.

    Ojalá que, al igual que los bolivianos, la opinión pública internacional deje de mostrar esa simpatía en última instancia discriminatoria y racista que, sobre todo en Europa, ha rodeado al supuesto “primer indígena que llegó a ser presidente de Bolivia”, una de las muchas mentiras que propala su biografía oficial, en todas sus giras internacionales. ¿Por qué discriminatoria y racista? Porque los franceses, italianos, españoles o alemanes que han jaleado al divertido gobernante que se lucía en las reuniones oficiales sin corbata y con una descolorida chompita de alpaca jamás habrían celebrado a un gobernante de su propio país que dijera las estupideces que decía por doquier Evo Morales (como que en Europa había tantos homosexuales por el consumo exagerado de la carne de pollo), pero, al parecer, para Bolivia, ese ignaro personaje estaba bien. Los aplausos a Evo Morales en Europa me recordaban a Günter Grass cuando recomendaba a los latinoamericanos “seguir el ejemplo de Cuba”, pero para Alemania y la culta Europa él no proponía el comunismo, sino la socialdemocracia. Tener pesos y medidas distintas para el Primer y el Tercer Mundo es, pura y simplemente, discriminatorio y racista.

    Quienes creen que un personaje como Evo Morales está bien para Bolivia (aunque nunca lo estaría para Francia o España) tienen una pobre e injusta idea de aquel país del altiplano. Un país al que yo quiero mucho, pues allí, en Cochabamba, pasé nueve años de mi infancia, una época que recuerdo como un paraíso. Bolivia no es un país pobre, sino, como muchas repúblicas latinoamericanas, empobrecido por los malos gobiernos y las políticas equivocadas de sus gobernantes –muchos de ellos tan poco informados y tan demagogos como Evo Morales–, que han desaprovechado los ricos recursos de su gente y su suelo –sobre todo, cerros y montañas–, y permitido que una pequeña oligarquía prosperara en tanto que la base de la pirámide, las grandes masas quechua y aymara, y la población mestiza, que es el grueso de sus clases medias, vivieran en la pobreza. Evo Morales y quienes lo rodean no han hecho avanzar un ápice el progreso de Bolivia con sus acuerdos comerciales con Brasil para la explotación del gas y sus empréstitos gigantes provenientes de China para la financiación de obras públicas faraónicas y, muchas de ellas, sin sustentación técnica ni financiera, que comprometen seriamente el futuro de ese país, a la vez que su política de nacionalizaciones, victimización de la empresa privada y exaltación de la lucha de clases (y, a menudo, de razas) incentivaba una violencia social de peligrosas consecuencias.

    Bolivia cuenta con políticos respetables, realistas y valientes –conozco a algunos de ellos– que, pese a las condiciones dificilísimas en que tenían que actuar, arriesgándose a campañas innobles de desprestigio por parte de la prensa y los aparatos de represión del Gobierno, o a la cárcel y al exilio, han venido defendiendo la democracia, la libertad ultrajada, denunciando los atropellos y la política demagógica, la corrupción y las medidas erróneas e insensatas de Evo Morales y su corte de ideólogos, encabezados por el vicepresidente, el marxista Álvaro García Linera. Son ellos, y decenas de miles de bolivianos como ellos, la verdadera cara de Bolivia. Ellos no quieren que su país sea pintoresco y folclórico, una anomalía divertida, sino un país moderno, libre, próspero, una genuina democracia, como lo son ahora Uruguay, Chile, Colombia, Perú y tantos otros países latinoamericanos que han sabido sacudirse, o están a punto de hacerlo, mediante los votos de quienes, como los esposos Kirchner, el comandante Chávez y su heredero Nicolás Maduro, el inefable Rafael Correa, Lula y Dilma Rousseff los estaban o están todavía llevándolos al abismo.

    La derrota de Evo Morales en el referéndum del domingo pasado abre una gran esperanza para Bolivia y ahora solo depende que la oposición, que celebra este resultado, mantenga la unidad (precaria, por desgracia) que esta consulta gestó, y no vuelva a dividirse, pues ese sería un regalo de los dioses para la declinante estrella de Evo Morales. Si se mantiene unida y tan activa como lo ha estado estas últimas semanas, Bolivia será el próximo país latinoamericano en librarse del populismo y recobrar la libertad.

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    Publicado por Anónimo | 6 marzo, 2016, 08:55
  2. El cinismo como política de Estado

    Cada vez parece quedar más escaso margen para operar desde la mentira y la abierta contradicción con la realidad. Sin embargo, los cínicos abundan y, desde el poder, mucho más. No les molesta ni la verdad ni la clara contradicción de los hechos con los discursos. Para muchos, las cosas andan bien y los que critican las acciones de gobierno esconden un oscuro contubernio con aquellos que desean el mal. Nada puede contra ellos ni el mismo papa, que en otra visita a México afirmó de todo sin que pareciera que ni las autoridades políticas ni eclesiásticas tomaran nota ni se inmutaran. Hacen como que les llegaran las críticas, pero después siguen haciendo lo mismo como si nada hubiera pasado. Los cínicos abundan en exceso y en la política han desbordado por completo los números habituales.

    Antes, al menos el pudor o la vergüenza actuaban como limitantes. Hoy nada impide la alevosa manera de ver una realidad abiertamente contraria al discurso con la que parece ni inmutarse ante sus efectos. Gente de Venezuela que pide medicamentos en las redes sociales, largas filas en los supermercados carentes de los insumos básicos y una abierta confrontación con la realidad no disuade a los cínicos. “Contra la realidad, si ella nos contradice”, parece ser la base retórica con la que enfrentan la única verdad posible que la política seria debe intentar transformar. La desfachatez o caradurez se han hecho parte de la política oficial de varios países que han prolongado su permanencia en el poder sobre la base de una contestación cínica y alevosa contra la realidad.

    América Latina requiere de líderes lo suficientemente honestos para admitir lo que no funciona, asumir responsabilidades con sus pueblos, no evadir los compromisos pero por sobre todo entender la realidad para desde ahí buscar transformar el presente que vive la población de estos países. El esquema pobre versus rico, o países desarrollados enfrentados con los subdesarrollados no alcanza para entender por qué cuando tuvimos todo para ser más libres, autónomos o prósperos sin embargo hemos vuelto al mismo lugar de donde partimos. Hoy las noticias están dominadas por los hechos de corrupción de personeros de gobiernos con abundantes ingresos por materias primas que no logran explicar el desabastecimiento en hospitales o despensas. Esa es una realidad inexplicable para los cínicos. No lo podrán hacer y cada vez tienen menos argumentos para hacer entender el fracaso de una gestión llena de imprecaciones, ineptitudes y corrupción. Y conste que lo que aparece en varios países es solo la punta de un monumental fraude contra un vasto sector de la población. Nos costará mucho tener una oportunidad como la desperdiciada. Y desafortunadamente debemos explicar una realidad que no pudo transformarse porque los dirigentes no estuvieron a la altura de las grandes demandas que supuso el fin de una era y el ingreso de otra llena de aperturas, transparencias, empoderamiento y trabajo en redes que con claridad se enfrentaban con gobiernos cuyas características eran completamente contrarias a esos paradigmas.

    Queda encontrar mentes lúcidas que permitan una profunda autocrítica, la más lúcida posible, que sirva para identificar a aquellos cínicos que hicieron del mejor momento económico un desperdicio de oportunidades y de desarrollo de sus pueblos. Ojalá sea posible aprender de estos errores. De lo contrario no habremos hecho otra cosa que sostener el aforismo de que cuando más cambiamos, más permanecemos iguales.

    Por Benjamin Fernandez Bogado

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    Publicado por Anónimo | 28 febrero, 2016, 13:52
  3. Evo Morales con fecha de vencimiento

    Cosa rara, Evo Morales perdió una elección. Nunca había sucedido desde que llegó al poder en el 2005, ganando en primera vuelta con el 54% de los votos. Luego venció el referéndum revocatorio de 2008 (67%), las elecciones de la nueva Constitución Nacional en el 2009 (60%), fue reelecto ese mismo año (64%) y por segunda vez en el 2014 (60% de los votos).

    Esta impresionante trayectoria se sustenta en una década de resultados igualmente impresionantes. Evo logró la inclusión política y social de mayorías indígenas que recuperaron su identidad después de siglos de desprecio de las élites tradicionales. Pero además mantuvo a Bolivia en el ritmo de un crecimiento económico sostenido –5,1% anual entre 2006 y 2014–, con alta inversión pública y excelente nivel de reservas internacionales. Ese crecimiento no solo se observa en la construcción de autopistas, viviendas, hospitales, sistemas de acceso al agua e inversión en educación –Bolivia invierte en este rubro el 14% de su presupuesto–, sino en la redistribución de la riqueza. Según la Cepal, la pobreza disminuyó en 32% en diez años. Habrá, sin duda, un antes y un después de Evo en la historia boliviana. Sobre todo, porque lo consiguió con estabilidad, un valor esquivo en el país hermano.
    Sin embargo, el electorado le dijo no a un cuarto periodo presidencial. Es interesante analizar los motivos de esta derrota. Empecemos por decir que no es bueno para el sistema republicano que la misma persona esté tanto tiempo en el poder. De hecho, en los últimos años ya había muestras del desgaste. Por primera vez saltaron a la luz hechos de corrupción que afectaban a sindicalistas y dirigentes indígenas. Y, en las semanas previas a la elección, el propio Evo se vio involucrado en el sonado caso de Gabriela Zapata, una ex pareja suya que apareció como representante de una firma china que hacía importantes negocios con el gobierno. La mujer fue apresada ayer.

    La derecha tradicional, que siempre odió a Evo por ser el “indio” que les quitó sus privilegios de clase, se puso rostro ciudadano –tal como pasó con Macri en Argentina– y se embanderó con el “No”. Lo curioso es que a ella se sumaron muchos ex aliados izquierdistas de Evo –desde sindicalistas hasta intelectuales– que también lo critican desde el otro extremo. Su gobierno se ha desconectado de aquello que había creado y movilizado; se ha olvidado de sus propuestas ambientales y del respeto a la Pachamama, incentivando las políticas extractivas y alejándose de sus reivindicaciones indígenas originales.

    Nada mejor que un referéndum para unir a todos. Por eso perdió Evo. Pero también porque en Bolivia se construyó una sociedad que, sin dejar de valorar todo lo conquistado, temía la perpetuidad de un hombre en el poder. A Evo le queda mucho tiempo de gobierno. Deberá abrirse a nuevos caminos para revitalizar la revolución y dejar surgir un sucesor. El reto de la oposición es contrario: deberá cerrar filas en torno a un candidato, algo que no se ve hoy ni hubo en el pasado. Bolivia apostó por la salud democrática. Como dijo el Pepe Mujica: “No hay hombres imprescindibles, sino causas imprescindibles”.

    Por Alfredo Boccia

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    Publicado por Anónimo | 28 febrero, 2016, 13:49
  4. Necrológica tres. Eco

    Así titula Gianni Vattimo, en su autobiografía, el breve capítulo que dedica a Umberto Eco. El filósofo afirmaba que no podría hacer una necrológica del semiólogo porque aseguraba que él (Eco) viviría más. Pues se equivocó. Seguramente hoy más de un periódico italiano estará difundiendo las palabras elogiosas de uno para el otro.

    “Me ha enseñado un montón de cosas, principalmente chistes. Tengo un repertorio de chistes que sería la envidia de Berlusconi. Pero, ¿por qué? Porque siempre me he relacionado con Eco”. Este último era mayor que aquél y le ayudó en Filosofía Medieval cuando Vattimo estudiaba en la universidad y Eco ya era conocido por su experticia en dicha área. Fueron años en que Milán los cobijó por un tiempo.

    Ambos tuvieron a un maestro común: el especialista en estética Luigi Pareyson. El carácter de Eco lo volvió independiente del maestro enseguida. Pareyson, dolido, lamentaba que ni siquiera una postal navideña le enviase su querido ex alumno. Vattimo sabía que esto era imposible. Eco era incapaz de tales actos.

    Eco y Vattimo se volvieron autoridades en teoría del arte, pero con enfoques distintos. Eco era “el tomista empedernido”. “Ha habido recientemente algunas polémicas con él, pullas, cosas de periódicos, sin importancia. Mi afecto, mi amistad y la admiración que siento por él son realmente grandes”. Una de esas cosas de periódicos se publicó en Correo Semanal de Última Hora. Discutían sobre uno de los puntos centrales que rige la polémica de la modernidad versus posmodernidad.

    Vattimo vaticinaba que el próximo Nobel italiano, una vez pasado el prudente tiempo desde Dario Fo, sería para Eco o para Claudio Magris. Su preferencia iba para su amigo, aunque sabía que cualquiera fuese el ganador, al otro le rechinarían los dientes. También se equivocó en esto. Las novelas y cientos de magníficos ensayos no le alcanzaron a su amigo para ganar el premio por Italia. Es muy seguro que el piamontés murió sin que jamás le perturbase tal idea.

    Eco era soberbio. “Si no se comportara tanto como un monumento sería mejor, pero nadie es perfecto”, afirma el filósofo. Sin embargo, de alguna manera reconocía que tal soberbia provenía de su monumental intelecto. “Umberto es la única persona a quien no envidio que sea más inteligente que yo”, consignaba con cierto humor.

    La inusual vida de estos académicos trotamundos está bien descrita en este pasaje: “En Italia apenas nos vemos, los dos disponemos de poquísimo tiempo. Nos encontramos algunas veces en Nueva York, donde tenemos más tiempo libre, y entonces damos largos paseos y mantenemos intensas discusiones y charlas en piamontés, porque Eco es de Alejandría y le gusta mucho.”

    Vattimo escribió estas líneas en 2006. No sé qué afirmó ahora con la muerte de su amigo. Pero quizá dijo lo mismo que aquella vez: “Desde siempre lo considero un viejo amigo que ha sido también una especie de compañero mayor o de vicemaestro.” Un grande a otro grande.

    Por Sergio Cáceres

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    Publicado por Anónimo | 28 febrero, 2016, 13:48
  5. Fatiga gubernamental

    El sinónimo de cansancio no deviene solo de los niveles de hartazgo de los electores sino de los elegidos. Lo que pasó en Bolivia, lo que amenaza en Venezuela son muestras elocuentes de los niveles de fatiga alcanzados por esos gobiernos que han colocado el referéndum como un mecanismo electoral que les dio antes grandes bocanadas de apoyo popular cuando los precios de las materias primas estaban por las nubes. Ahora la realidad les pasa la factura y no hay cómo sostener el discurso de una democracia participativa que empieza a botarlos con los votos.

    Son más de 10 años en varios casos en los que la fatiga no solo corroe y desgasta sino que herrumbra al interior de los mismos gobiernos la capacidad de hacer lo que la mayoría de la población anhela. Y es ahí cuando ya no caben los pretextos ni los discursos contra imperios y conspiraciones. El problema está al interior de esos gobiernos cansados de gobernar sin oposición y disfrutando de una comodidad autoritaria que parece darles opción a cualquier cosa. Sin embargo, hay muy pocos casos de gobiernos que hayan podido superar en democracia una década de gobierno sin mostrar con claridad signos de fatiga que amenazan toda su estructura. Evo Morales refleja claras muestras de cansancio cuando no logra conectar con la gente aborigen que lo apoyó, cuestionando de paso hacia los no indígenas cuando varios de aquellos han votado por el No en el referéndum último.

    Los pueblos tienen una inteligencia extraña para interpretar a los gobiernos desgastados, cuyas propuestas no logran motivarlos en el corto plazo y menos a 9 años adelante como había propuesto Morales. En Venezuela, claramente una convocatoria a referéndum que preguntara si Maduro debe continuar o no en el poder tiene asegurada una votación mayoritariamente en contra. Además, ¿quién votaría por un gobierno que ha llevado la economía a la catástrofe? Si desde el Gobierno venezolano hay de los que creen que el pueblo come vidrio y que es cuestión de dinero para comprar sus voluntades…, están completamente equivocados y han perdido la capacidad de leer la realidad.

    Por eso, gobiernos como los de Cuba no tienen esas “extravagancias democráticas” del referéndum y asumen su condición de dictadura. Los que creen que se puede parecer democrático y no usar sus mecanismos acaban como Cristina Fernández en la Argentina o cercanos a la salida, como la brasileña Dilma o el boliviano Evo Morales. Los signos de fatiga son más que elocuentes. Retórica absurda, realidad desbordada por la carestía, violación sistemática a los derechos humanos, descenso de la calidad de vida, violencia urbana y rural y, por sobre todo, una confrontación abierta entre la realidad y el discurso.

    Los países polarizados entre los que no se quieren ir y los que empujan el cambio acrecentarán sus niveles de crispación, pero con claridad habría que puntualizar a los gobiernos que se resisten; es que la fatiga se da no solo entre los mandantes sino al interior de los mandatarios, cuya corrupción es cada vez más difícil de ocultarla y menos de disfrutarla. Es la hora de iniciar la salida, no hay otra opción.

    Benjamin Fernandez Bogado

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    Publicado por Anónimo | 28 febrero, 2016, 13:47
  6. Socialistas eran los de antes

    Creo que nadie lo esperaba. Tampoco yo lo creía. Que la era de las grandes ideologías estaba superada. O por lo menos que las mismas habían sido abandonadas como grandes narrativas de la realidad. Pero parece que están volviendo. O al menos eso parece en las elecciones primarias de los Estados Unidos: el socialismo aparece de la mano de Bernie Sanders, con el apellido de “democrático”, talvez para suavizar los oídos de los ciudadanos alérgicos al mismo. La misma alergia, agregaría sin temor a equivocarme, que oídos latinoamericanos sienten al oír la palabra capitalismo. Ambos sonidos, diferentes vocablos, representan herejías cuyos anatemas pertenecen a distintas culturas políticas.

    Pero la ideología del socialismo, en el actual contexto americano, es más una suerte de progresivismo democrático liberal al estilo siglo veintiuno, un régimen sin verdades objetivas y de puro procedimientos y donde el Estado interviene en aspectos casi totales de la vida ciudadana pública, mientras se lava las manos en cuestiones de moral privada. Lejos está la distinción entre una sociedad y cultura o Estado socialistas o bien la propuesta de un modelo de hombre o educación socialistas que pudiera haber sido del agrado de un Gramsci, o también, para los memoriosos, de un León Blum. Me temo que los socialistas de Sanders no conocen ni por asomo lo del hombre unidimensional de Marcuse, que fuera uno de los líderes intelectuales en la California de los sixties.

    No hay mucho humanismo en este socialismo. Pero eso no solo en este. No hay humanismo en la mayoría de las posturas políticas actuales. La tecnología, o tecnologismo, y el poder mediático han borrado toda necesidad de crecimiento humano. El transhumanismo de la técnica y la información, se pretende, basta y sobra. No es este un pesimismo de la historia en sí misma –en última instancia los seres humanos no la determinamos– sino más bien la descripción de una época donde no solo parece no interesar las humanidades, sino que tampoco existe apetito por una fe religiosa razonada. Lo único que parecería valer es el fundamentalismo de los sentimientos, quereres, los deseos más estrafalarios, y todo ello, justificado políticamente de la manera más superficial que la hegemonía mediática permite.

    Eso es lo que veo en la pretensión socialista democrática americana, la de una superficialidad afectiva apellidada con el nombre ilustre de una ideología. Y lo mismo, puede decirse del voluntarismo caudillesco de Trump. La falta de razones, y la abundancia del yo quiero –el reino de los “feelings”–, es suficiente para reclamar un derecho. En todo caso, el sistema socialista que se pretende, insisto, está más a tono con la democracia puramente procedimental, tan común de este siglo: un libertarianismo o libertinismo en la moral privada-social, paternalismo cuasi-totalitario en lo económico; puros derechos, nada de responsabilidad, la vida no tiene nada de objetivo, es pura preferencia.

    ¿Hay contradicción en lo que afirmo? Talvez. Pero, la contradicción está en la realidad de lo que se propone. Estos nuevos “socialistas” quieren un Estado “mínimo” si lo que se trata es de la moral “sexual”: aborto irrestricto, matrimonio gay, eutanasia, adopciones de niños de parejas del mismo sexo, pastillas anticonceptivas gratuitas. En esto son tan liberales e individualistas como aquella némesis del socialismo, Ayn Rand o John Stuart Mill. Como no hay bien objetivo que indique lo que está bien o mal moral, entonces se debe permitir el juego de las preferencias. Esa posibilidad, valga la ironía, debe ser absoluta. Y esto aunque, en algunos casos, el ejercicio de esos nuevos derechos colisione y obligue a ciudadanos de confesiones religiosas a negar sus convicciones.

    En asuntos económicos, la cuestión va al otro extremo: estado máximo, paternalista, proteccionista, al punto de exigirle al mismo una serie de servicios ad infinitum. Pero, eso sí, siempre gratuitos: ventajas y subsidios para una lista interminable de situaciones. Cualquier tipo de meritocracia para acceder a los servicios es disminuida, pues este modelo de Estado “socialista” no establece condiciones previas. Busca no igualdad de oportunidades sino de llegada. Si al estado mínimo anterior no se le establecen límites en cuanto a las preferencias de vida, acá tampoco en cuanto a los derechos exigidos. Si hay una suerte de “fundamentalismo” libertario en lo primero, acá existe una suerte de “fundamentalismo” estatal. Así, a la exageración economicista, de que todo se debe medir por el costo beneficio de un capitalismo sin base moral, este socialismo libertario opone lo contrario: acá todo es política, y toda política está medida por el querer de ciudadanos, independientemente si existe alguna posibilidad de lograrlo. Es el reino de la utopía, pero de una utopía no de una especulación razonada de cómo llegar a la misma sino de la más brutal superficialidad, epidérmica.

    En un mundo donde la verdad parece que no existe, pues la misma es un producto mediático, llamar la atención sobre todo esto también parece verdadero. Pero solo por un tiempo. Hasta que alguien, después de este artículo, lo sepulte con la narrativa de este nuevo “socialismo”. Esa es la tragedia de nuestro tiempo, la creencia de que la historia suponía un avanzar hacia formas más abiertas, pragmáticas, sin las mediaciones ideológicas, pero parece que no es así. Solo me queda, talvez, recurrir a la nostalgia: los socialistas, los humanistas, eran los de antes.

    Por Mario Ramos Reyes

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    Publicado por Anónimo | 28 febrero, 2016, 13:46
  7. Evo Morales y el mito del “autócrata bueno”

    El presidente de Bolivia, Evo Morales, que asumió el cargo hace 10 años y llevará a cabo un referéndum constitucional este domingo para volver a presentarse a la reelección en 2019, suele ser descrito en los medios internacionales como un autócrata benévolo. Según esa visión, Morales tiene un discurso anticapitalista delirante, pero sus políticas económicas son responsables.

    En rigor, Morales está destruyendo a su país. En los últimos días, un escándalo político-sexual en torno a la relación de Morales con una joven con la que tuvo un hijo en 2007, y que luego se convirtió en ejecutiva de una empresa china que recibió contratos multimillonarios del Gobierno, ha sacado a la superficie mucho de lo que hay de malo del populismo autoritario de Morales.

    El escándalo salió a la luz el 3 de febrero, cuando el periodista Carlos Valverde reveló que Morales tuvo un niño con una joven llamada Gabriela Zapata, cuando ella tenía entre diecisiete y diecinueve años de edad, y que Zapata se había convertido en una alta ejecutiva de una compañía china que ha recibido más de US$ 500 millones en contratos del gobierno de Morales.

    Valverde hizo la denuncia mostrando publicaciones de la empresa china, CAMC Engineering, en las que aparece Zapata como una de sus principales ejecutivas, si no la principal, en Bolivia. El periodista informó que CAMC ha sido una de las principales beneficiarias de contratos estatales para carreteras y otras obras públicas desde que Zapata se unió a la empresa en 2013.

    En un principio, el gobierno de Morales lo negó todo. Como es su costumbre, culpó al “imperialismo norteamericano” de estar detrás de la denuncia. Cuando las noticias sobre el caso Zapata y CAMC se multiplicaron, Morales admitió que, efectivamente, había tenido un hijo con Zapata, pero dijo que el niño –llamado Ernesto Fidel Morales Zapata– había muerto, y que no había visto a Zapata en al menos cinco años.

    Pero poco después, una imagen de 2015 en donde aparece Morales con Zapata durante una celebración de carnaval se viralizó en las redes sociales. Morales respondió con el dudoso argumento de que la gente se le acerca constantemente para fotografiarse con él en eventos públicos, y que él no había reconocido a la madre de su hijo.

    Valverde, el periodista que reveló la historia de Zapata y CAMC, dijo en su programa de televisión que a él le importa “tres pepinos” lo que hace Morales con su vida privada, pero que el rol de la madre de su hijo en una empresa que se ha convertido en una de las mayores contratistas del Gobierno de Morales huele a corrupción.

    El escándalo Zapata también está haciendo preguntarse a muchos si Morales no está hipotecando el futuro de su país en negocios turbios con empresas chinas. En un país donde Morales goza de poderes casi absolutos, poco se sabe acerca de los contratos del Gobierno con las empresas chinas.

    China ya es el mayor acreedor de Bolivia. Y Bolivia ha anunciado que va a tomar una nueva línea de crédito de US$ 7.500 millones de China, lo que podría duplicar la deuda externa en un momento en que los precios de los principales productos de exportación del país se han desplomado.

    Evan Ellis, profesor de Estudios Latinoamericanos de la Escuela de Guerra del Ejército de EE.UU., dice que mientras otros países sudamericanos tienen superávits comerciales con China, Bolivia importó US$ 1.800 millones de China en 2014, cuatro veces más de lo que exportó a China ese año, y hay “una cantidad extraordinaria” de contratos estatales con empresas chinas “que han estado plagados de retrasos y dificultades”.

    Mi opinión: El escándalo de Zapata y CAMC, al igual que otros casos previos de corrupción del gobierno de Morales, demuestra una vez más que no existe tal cosa como un “autócrata bueno”.

    Tarde o temprano, todos los países sin instituciones que hagan de contrapeso al poder presidencial terminan generando corrupción masiva, y decisiones gubernamentales irresponsables.

    El gobierno autoritario de Morales, que con el referéndum del domingo quiere cambiar una vez más su Constitución para lograr una nueva reelección que le permitiría quedarse en el poder hasta 2025, ha dado lugar a una corrupción generalizada, y a una deuda externa con China que van a tener que pagar los bolivianos por generaciones.

    Por Andrés Oppenheimer

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    Publicado por Anónimo | 28 febrero, 2016, 13:46

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