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Brasil, de mal en peor

La crisis política y económica de Brasil se complicó aún más en estos días con el arresto de João Santana, el principal estratega electoral de la presidenta Dilma Rousseff, aumentando las posibilidades de que la Jefa de Estado sea sometida a un juicio político, o de que se realicen elecciones anticipadas.

Hasta ahora, había dudas de si Rousseff sería personalmente salpicada por el escándalo de corrupción Lava Jato, en el que la compañía petrolera estatal Petrobras habría desviado fondos para sus campañas presidenciales de 2010 y 2014, así como para la campaña electoral del expresidente Luiz Inácio Lula da Silva en 2006. Pero el arresto de Santana esta semana lleva la investigación mucho más cerca de Rousseff.

Santana se entregó a las autoridades el 23 de febrero al regresar de República Dominicana, donde estaba asesorando la campaña de reelección del presidente Danilo Medina. Santana había sido también estratega electoral del fallecido presidente venezolano Hugo Chávez y del presidente Nicolás Maduro.

Los fiscales brasileños están acusando a Santana y a su esposa de haber recibido US$ 7,5 millones de la empresa constructora Odebrecht, que habrían venido de Petrobras, por sus servicios como estratega de la campaña de Rousseff en el 2014. Según los fiscales, los fondos fueron depositados en una cuenta bancaria en Suiza.

Ahora, hay posibilidades de que Santana u otros políticos investigados en el escándalo de corrupción Lava Jato impliquen a Rousseff en las irregularidades de su campaña electoral. Cada vez más analistas comienzan a preguntarse en voz alta si Rousseff logrará terminar su mandato en el 2019.

Solo el 11 por ciento de los brasileños tienen una opinión positiva del Gobierno, según una nueva encuesta CNT/MDA. Los críticos del Gobierno están organizando una manifestación nacional el 13 de marzo para exigir que Rousseff sea sometida a un juicio político.

Mientras tanto, se prevé que la economía de Brasil, que se contrajo en un 3,5 por ciento el año pasado, caiga otro 3,5 por ciento en 2016.

¿Qué pasará ahora? Estos son los escenarios más probables, sin colocarlos en un orden particular:

Primer escenario: El Tribunal Supremo Electoral brasileño determina que hubo fraude en la financiación de la campaña de Rousseff en el 2014, y llama a que se lleven a cabo elecciones tempranas. Según la Constitución, el Tribunal tendría que convocar a elecciones presidenciales dentro de los 90 días. Tanto Rousseff como su vicepresidente Michel Temer serían reemplazados.

Segundo escenario: El Congreso brasileño somete a Rousseff a un impeachment, y el vicepresidente Temer toma el cargo. El problema sería que Temer también esta siendo investigado en el escandalo de Lava Jato, y una presidencia de Temer podría prolongar la crisis política.

Tercer escenario: Rousseff sale victoriosa de un proceso de juicio político en el Congreso, y permanece en el poder hasta el final de su mandato, aunque sumamente debilitada y con un gobierno agonizante.

Guido Nejamkis, editor de la agencia de noticias Brasil247.com, dice que la volatilidad política es tal, que no hay análisis serio que resista más de 24 horas.

“La semana pasada, todos los analistas coincidíamos en que la Presidenta estaba recuperando su capacidad de gobernar, y evitando un impeachment. Esta semana, es exactamente al revés”, me dijo Nejamkis.

Mi opinión: En efecto, la crisis brasilera es una montaña rusa que cambia todos los días, pero el primer escenario –una decisión del Tribunal Supremo Electoral brasileño de convocar nuevas elecciones– parece cada vez más posible. El segundo escenario, el juicio político, es menos probable porque dejaría al vicepresidente Temer en la presidencia, y no resolvería la crisis.

La única buena noticia de toda este drama es que, al final del día, Brasil va a resurgir como una democracia mucho más fuerte, tal vez con las instituciones más solidas de América Latina.

A diferencia de otros países de la región, donde no hay un Poder Judicial independiente que se enfrente a la corrupción de los gobernantes actuales, los fiscales brasileños han encarcelado a más de una docena de políticos de alto rango del partido gobernante, y están investigando a otros.

Esa es una señal de un sistema de pesos y contrapesos, que probablemente ayude a reducir la corrupción en el futuro. Mientras tanto, lloremos por Brasil.

Por Andrés Oppenheimer

 

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Acerca de jotaefeb

Un arquitecto jubilado. Aprendiz de todo, oficial de nada. Un humano más. Acá, allá y acullá. Hurgador de cosas cotidianas y trascendentes.

Comentarios

7 comentarios en “Brasil, de mal en peor

  1. Brasil en la noticia

    Brasil será noticia en el año que se viene. Más que en el 2016, en el que ya lo fue, y cómo. Sin necesidad de hablar de los juicios por corrupción, Petrobras y sobornadores y sobornados en la cárcel –cosa de todas las semanas– hay quienes, por ejemplo, tienen la expectativa, y otros que lo afirman decididamente, de que habrá elecciones anticipadas (las que estaban previstas para octubre del 2018). Eso a su vez implica la renuncia previa del presidente Michel Temer, amenazado por algunas investigaciones judiciales, y por cuyo alejamiento claman desde distintas tiendas.

    Y estas, definitivamente, no serían noticias chicas.

    En estos días Marina Silva, la líder ambientalista y excandidata presidencial ha insistido con la renuncia del presidente y el adelanto de las elecciones.

    Silva tiene sí una salpicada trayectoria dentro de la izquierda, fue del partido Comunista, luego del PT, ministra de Ambiente con Lula, y de ahí pasó al Partido Verde y en las últimas elecciones tras la imprevista muerte del titular de la fórmula, Eduardo Campos, terminó siendo la candidata del Partido Socialista Brasileño, pero es coherente en el reclamo. En su momento cuando se planteaba el juicio político a Dilma Rousseff, ella sostuvo –y con fundamento– que la solución pasaba por anular las elecciones del 2014 (saltaban Dilma, Temer y todos los demás) y llamar a elecciones de inmediato.

    Hoy Marina –en realidad María Osmarina Silva Vaz de Lima– según las encuestas es la favorita. En la primera vuelta perdería con Lula, pero en la segunda le ganaría cómodamente. Esto es, Lula mantiene un buen electorado pero indudablemente son más los que no lo quieren.

    De todas formas en Brasil muchos relativizan el poder político y de los partidos y hablan de un poder mayor, más oculto, que es el que finalmente digita lo importante. Hablan de una especie de tridente formado por las FF.AA., Itamaratí (RR.EE.) y la Federación de Industrias del Estado de San Pablo (FIESP).

    Para los que sostienen que el esquema es el señalado y con ese orden de importancia –militares primeros, luego diplomáticos (categorías que no aparecen involucradas en los escándalos de todos estos años) y finalmente los empresarios– hoy por hoy en Brasil no priman los intereses y reclamos políticos partidarios y menos las ansiedades electorales.

    Claramente Temer, por lo que se sabe y se va sabiendo, debería irse. También era claro, como lo había planteado Marina, entre otros, que era más pertinente anular las muy viciadas elecciones de 2014 que sacar a Dilma. Pero no fue lo que ocurrió.

    La realidad decía que frente a la situación que vivía el país era preciso llevar a cabo un fuerte ajuste de la economía, lo que le era ya muy difícil a Dilma, con un apoyo menguado del PT para hacerlo, y resultaba todo un albur confiar en que lo hiciera un nuevo presidente electo (este además seguramente no iba a ganar anunciando que había “que apretarse el cinturón”).

    Se necesitaba, entonces, un interregno, y el interinato –así habría que llamarle– era la fórmula. Una solución institucional sin presiones electorales y sin riesgos populistas. Temer, en alguna forma, encara ese ajuste, y de ahí que hay quienes afirman que ese es su salvoconducto para “salvarse” y hasta catapultarse si tiene éxito en tiempo breve. La incógnita es hasta dónde apretará la Justicia, lo que no siempre es previsible.

    Este “interregno” además, tendría un segundo propósito: el de dar tiempo a que la Justicia acabe con las investigaciones y resuelva respecto a las responsabilidades e involucramientos del expresidente Lula en todos los casos de corrupción que escandalizan al país suramericano. Hoy, a Lula le va bien en las encuestas, pero habrá que ver cómo inciden en la opinión pública y en el 2018 los “trapitos” que puedan ventilarse de aquí hasta allá, respecto la “gestión” y “gestiones” del exmandatario. Algunos sostienen que para el “tridente” Lula ya no está en la orden del día y que para él la mejor alternativa de futuro es apagarse solito y salvarse de ir preso.

    Por ahora no son noticias y todo esto encaja dentro del marco de las especulaciones, pero, sin duda, en este año 2017 van a pasar cosas en Brasil que serán noticia. Y grandes.

    Por Danilo Arbilla

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    Publicado por Anónimo | 31 diciembre, 2016, 13:44
  2. Tiempo de destruir y tiempo de construir

    Existe un párrafo en el libro del Eclesiastés del Antiguo Testamento donde dice que todo en la vida tiene su tiempo, por eso existe “… un tiempo para destruir y un tiempo para construir; un tiempo para llorar y un tiempo para reír…”.

    Aplicando este párrafo a lo ocurrido en los últimos años en la Argentina y en el Brasil, vemos que estamos llegando al final de un tiempo donde en ambos países se instalaron gobiernos populistas que “destruyeron” sus economías gastando más allá de sus posibilidades. Hoy ambos países tienen un enorme déficit fiscal, una elevada inflación, un alto desempleo, una prolongada recesión económica, una escandalosa corrupción y una creciente polarización de la sociedad.

    En la Argentina, el despilfarro de la era de los Kirchner ya ha llegado a su final y se ha iniciado un duro tiempo de ajustes y de “construcción” de una economía sustentable y abierta al mundo, por parte del nuevo gobierno de Mauricio Macri.

    Pero este ajuste va a ser muy difícil, porque la población argentina –confundida por la publicidad kirchnerista y la mala comunicación del gobierno de Macri– no es consciente de la grave situación actual y, consecuentemente, no está dispuesta a aceptar medidas de ajuste como las que deben hacerse. Para empeorar las cosas, los derrotados kirchneristas y peronistas tienen una amplia mayoría en el Congreso y no solamente van a crear problemas a la gestión de Macri, sino que incluso van a buscar desestabilizarlo para que el actual presidente no concluya su mandato.

    Lo dijo claramente el viejo dirigente sindical José Luis Lingeri que “el peronismo en oposición es un animal carnívoro”, y lo demostró claramente con Alfonsín y De la Rúa, que no pudieron terminar sus mandatos.

    En el Brasil, el despilfarro del Partido de los Trabajadores (PT) aún no ha llegado a su final, pero todo indica que la salida de Dilma está muy cerca. La Cámara de Diputados ya ha aprobado el juicio político a la mandataria y es casi seguro que el Senado va a ratificarlo el 11 de mayo, con lo que Dilma será apartada del cargo, por lo menos durante 180 días.

    Pero el problema no va a terminar con la salida de Dilma, porque el desprestigio de Temer y de los parlamentarios que lo apoyan también es muy grande y el PT ya ha anunciado que va a hacer todo lo posible para desestabilizarlo.

    Diversos analistas brasileños dicen que la destitución de la presidenta puede ser como una “bendición” para el PT, porque Dilma sale de la escena política, por medio de un proceso donde no la acusan de corrupción, sino de “maquillaje contable”, y dicho proceso es impulsado por parlamentarios que sí tienen procesos de corrupción encima. El PT aparece finalmente como víctima y se libera de tomar medidas impopulares indispensables para estabilizar y recomponer la economía brasileña.

    En resumen, los dos partidos, el peronista y el de los trabajadores, que son los responsables del desastre económico actual, salen y le dejan el gobierno a los opositores, para que ellos tomen las inevitables y tremendamente resistidas medidas de ajuste. Los que han sido culpables de la “destrucción”, no solamente van a impedir la “construcción”, sino que además pueden recoger los frutos de un ajuste que es radicalmente rechazado.

    Es cierto lo que dice la Biblia que en la vida “… hay tiempo para destruir y tiempo para construir…”, el problema está en que esos tiempos no pueden equilibrarse, ya que “destruir” es muy fácil y puede hacerse en poco tiempo, mientras que “construir” exige esfuerzo y mucho tiempo.

    En las últimas décadas, América Latina se ha movido en un péndulo, donde en un extremo estuvieron los gobiernos populistas que con el afán de repartir, destruyeron la economía, y en el otro, gobiernos conservadores, que con el afán de ordenar, reconstruyeron la economía, pero fueron tremendamente impopulares. Por lo que podemos observar, nuestros dos grandes vecinos van a continuar por un buen tiempo moviéndose en ese nefasto péndulo.

    Alberto Acosta Garbarino

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    Publicado por jotaefeb | 11 mayo, 2016, 10:47
  3. Crisis política “a la brasileña”… en Brasil

    Todo iba transcurriendo por sus carriles apropiados -en lo que a la crisis política en Brasil se refiere- cuando tenía que llegar el comentario sesgado y ofensivo que nos obliga a meternos en el ruedo y poner las cosas en su lugar. Primero fueron algunos comentarios sueltos denotando la extrañeza de que el Paraguay no se pronunciara sobre la situación política en el gigante vecino a partir de una consulta hecha en el seno de la Unasur. “Paraguay es respetuoso de la soberanía de las naciones y sólo espera que Brasil supere sus dificultades por la vía institucional”. En Brasilia, esto se interpretó como un tácito apoyo al golpe de Estado en camino como Dilma Rousseff y Luiz Inacio “Lula” Da Silva no se cansan de repetir. Pero de lo anónimo e inespecífico ahora se pasa a la calificación ofensiva y agraviante. De acuerdo a declaraciones formuladas a Folha de São Paulo, Florisvaldo Fier, prominente figura del gobernante Partido de los Trabajadores, en Brasil “se está diseñando una ruptura del orden institucional y de la Constitución y eso preocupa a todos los demás países miembros del Mercosur”, añadiendo que Brasil podría recibir las mismas sanciones que el Paraguay en 2012 a raíz del “golpe parlamentario” que sacó del Gobierno a Fernando Lugo.

    Le guste o no al señor Fier, la Constitución brasileña consagra en sus artículos 51, 52 y 85 la figura del enjuiciamiento del Presidente de la República por lo que califica de “delitos de responsabilidad” que engloba siete ítems, entre ellos, contra “la probidad en la Administración” y “la ley presupuestaria”.

    La Cámara de Diputados tendrá que reunir el voto de dos tercios de sus miembros para autorizar el procesamiento del Presidente, correspondiendo al Senado federal juzgarlo y dictar sentencia condenatoria o absolutoria. Tal y cual se hizo en nuestro país en 2012 en base a lo establecido por el artículo 225 de la carta magna. Brasil ya lo hizo en 1992 sometiendo a “impeachment” a Fernando Color de Melho, un presidente moldeado a la medida de la derecha empresaria que se opuso y ganó a “Lula” la Presidencia. Esa vez, ni el PT y ni siquiera los partidos que apoyaron a Color hablaron de “golpe de Estado”, tan evidentes y masivos fueron los actos de corrupción que envolvieron a la administración Color. Y eso que las maniobras dolosas que quedaron por entonces al descubierto no alcanzaban las astronómicas sumas que hoy se afirma tienen los actos corruptos bajo análisis de la justicia.

    Se comprende que Dilma no quiera irse y que Lula busque sostener a su apadrinada política. Por eso lo del “golpe de Estado a la paraguaya”, como dijo otro notable miembro del gabinete petista. La última línea de defensa es desacreditar a la justicia brasileña, asustar a los legisladores indecisos y hacer caer el voto de censura. Solo faltaría que Nicolás Maduro encabece una nueva patota de cancilleres, tal como lo hizo en nuestro país. Sólo que el ejército de Brasil ya puso en claro que no le interesa “golpear” a la antigua. Claro y directo.

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    Publicado por jotaefeb | 31 marzo, 2016, 09:31
  4. La diplomacia intervencionista bolivariana se saca la máscara

    A medida que arrecia la tormenta política en Brasil, con la amenaza sobre la presidenta Dilma Rousseff de un juicio de destitución en el Congreso por presunta manipulación de las cuentas públicas, su antecesor y padrino político, Luis Inácio Lula da Silva, también está en la cuerda floja, investigado por un juez por supuesta participación en la trama de corrupción de la petrolera estatal Petrobras. Este inesperado deslizamiento de las placas tectónicas bolivarianas en el país continente ha provocado un tsunami que amenaza demoler el andamiaje virtual del socialismo del siglo 21 impulsado por Lula da Silva y Hugo Chávez, en connivencia con los hermanos Castro de Cuba.

    Tan inesperado escenario de convulsión política en el bastión continental de la izquierda marxista ha alarmado a los gobernantes cofrades que restan en la región. El primero de ellos en pegar el grito al cielo ha sido el presidente de Bolivia, Evo Morales, quien el sábado 19 del corriente, en un acto público, lanzó un desesperado grito de socorro a favor de la embretada mandataria brasileña y de su antecesor, Lula da Silva. En dramático apelo a su par Tabaré Vázquez de Uruguay, país que ejerce la presidencia pro témpore de Unasur, urgió convocar a una cumbre de emergencia en Brasil a tal efecto.

    “Algunos presidentes de Sudamérica deberíamos hacer una reunión de emergencia de Unasur en Brasil, para defender la democracia en Brasil, para defender a Dilma, para defender la paz, para defender al compañero Lula y a todos los trabajadores (…) Ojalá el hermano presidente de Unasur, presidente pro témpore, doctor Tabaré Vázquez, nos convoque rápidamente a Brasil, para expresar nuestra solidaridad y evitar cualquier golpe congresional o judicial. Ese es el gran deseo que tenemos”, expresó el exaltado gobernante boliviano (las negritas son nuestras).

    Con su cinismo característico, Evo Morales no tuvo empacho en reivindicar como ejemplo de solidaridad bolivariana el atropello perpetrado contra el derecho de autodeterminación del pueblo paraguayo en ocasión de la destitución de su cofrade Fernando Lugo de la presidencia de la República por mal desempeño de funciones en 2012. Como era de esperar, se unieron al reclamo de Morales los presidentes de Ecuador, Rafael Correa; de Uruguay, Tabaré Vázquez, y Nicolás Maduro, de Venezuela. Quien tampoco quedó atrás fue el secretario general de Unasur, el colombiano Ernesto Samper, quien expresó a Lula su solidaridad acotando que él es víctima de un “linchamiento mediático”.

    En plausible actitud diplomática, que contrasta con la que tuviera en ocasión de aceptar pasar bajo las horcas caudinas tendidas por las presidentas Dilma Rousseff y Cristina Fernández de Kirchner, vejatorias de la dignidad del pueblo paraguayo en represalia por la destitución del presidente Fernando Lugo, en esta oportunidad el Gobierno del presidente Horacio Cartes ha tomado una actitud que reivindica el honor de la República al negarse a firmar cualquier declaración de apoyo a la mandataria brasileña y a su antecesor Lula da Silva que eventualmente se emita desde el ámbito del Mercosur o la Unasur. “No intervenimos en los asuntos internos de los países. La postura del Gobierno paraguayo es respetar las instituciones del Brasil. Es un país modelo para el mundo en el respeto de sus instituciones. Paraguay no cree conveniente que se saque ningún tipo de pronunciamiento ni a favor ni en contra de nadie. Nos ajustamos al respeto de la soberanía de los países. No apoyamos ese tipo de comunicados”, declaró tajantemente al respecto el vicecanciller Óscar Cabello, quien interina el Ministerio de Relaciones Exteriores en ausencia del ministro Eladio Loizaga, de visita en Japón.

    Según el vicecanciller, las autoridades de Mercosur y Unasur realizaron consultas para firmar una declaración de apoyo a la Presidenta brasileña ante la tormenta política que enfrenta. De hecho, la iniciativa diplomática de apoyo responde al pedido formulado inicialmente por el presidente boliviano Evo Morales, respaldado solidariamente por los mandatarios alineados con la vulgata bolivariana.

    Más allá de la coyuntural crisis política brasileña, la postura del Gobierno paraguayo tiene una connotación diplomática relevante, pues la reciprocidad de actitud es la regla de oro de la diplomacia convencional entre los gobiernos con celo por la dignidad de su pueblo. En tal sentido, la presidenta Dilma Rousseff no merece ninguna muestra de simpatía de parte del soberano pueblo paraguayo, pues lo humilló injustamente con prepotencia y desprecio, junto con su exhomóloga Cristina Fernández de Kirchner y el uruguayo José “Pepe” Mujica.

    Celebramos que, esta vez, el presidente Horacio Cartes ha interpretado correctamente el sentimiento del pueblo paraguayo y obrado en consecuencia. Ojalá que este cambio de actitud diplomática marque un antes y un después en la dinámica de las relaciones exteriores de nuestro país, en particular con nuestros mayores socios en el Mercosur, y se trasunte también en las usinas hidroeléctricas binacionales, donde somos un socio geopolíticamente indispensable.

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    Publicado por Anónimo | 28 marzo, 2016, 05:19
  5. La defensa bolivariana de Dilma
    27 Mar 2016

    Por Enrique Vargas Peña

    La posición anunciada por nuestro gobierno en el tema del proceso de juicio político a la presidenta brasileña Dilma Rousseff (http://bit.ly/1USFRss) es correcta: La pretensión de las dictaduras y cuasi-dictaduras bolivarianas de presentar, a través de Mercosur, Unasur y Celac, los procesos institucionales democráticos de control como “instrumentos golpistas” (http://bit.ly/1VNXFWy) no es otra cosa que fortalecer la idea de autocracias blindadas frente al examen y la participación populares.

    Es una característica histórica, tradicional, de las dictaduras marxistas pervertir el lenguaje para presentar las cosas al revés de lo que en realidad son. Desde que se empezaron a establecer, primero en Rusia en 1917 y luego en Europa central en 1948 y más tarde en el resto del mundo, las dictaduras marxistas se autodenominaron a sí mismas “democracias populares”, cuando en realidad no eran democracias ni eran populares.

    Vladimir Illich Ulianov, Lenin, había ideado este sistema elitista y mesiánico de opresión, denominándolo “centralismo democrático” en “Qué Hacer” (http://amzn.to/1ScYFxL). El sistema puede explicarse como el poder de una cúpula autonombrada de designar desde arriba y sin participación popular decisiva a supuestos representantes de unidades de militantes, grupos sociales o zonas geográficas que a su vez formalizan, en lo sucesivo, los nombramientos de nuevos integrantes de la cúpula autonombrada.

    El sistema de Lenin era ciertamente centralista, pero nunca fue ni jamás será democrático. Los marxistas hablan siempre en nombre del pueblo, a veces actúan para el pueblo, pero nunca actúan con el pueblo. Jamás.

    En el mejor de los casos, no son más que la versión modernizada del “despotismo ilustrado” de María Teresa de Austria o Federico II de Prusia (http://bit.ly/1UseSFH). Si el progreso es proporcional a la participación popular, los marxistas solo son reaccionarios disfrazados de progresistas.

    En fecha tan temprana como 1948, la perversión del lenguaje por los marxistas fue denunciada por el hasta entonces militante marxista George Orwell en su celebérrima novela “1984” (http://amzn.to/1SmDDPI), una obra que debe leer toda persona que quiera entender realmente al marxismo en función de poder o, actualmente, al movimiento bolivariano que, desde luego, se define por “Repetir Lenin” (http://amzn.to/1LPdg5L).

    Orwell la describió como la “neolengua” (http://bit.ly/10BDmCw), donde paz significa guerra o amor significa odio. Así hablan los bolivarianos: A su dictadura llaman democracia y a los instrumentos democráticos de control popular sobre el poder los denominan golpismo.

    Como no podía ser de otra manera, quienes están pidiendo usar Mercosur, Unasur o Celac, para calificar al funcionamiento de las instituciones brasileñas de control popular sobre el poder como golpismo, son las dictaduras y cuasi-dictaduras bolivarianas cuya dependencia del Partido de los Trabajadores de Brasil (PT) en el gobierno puede ser resumida perfectamente con el caso Oderbrecht, empresa brasileña que tiene contratos de privilegio en Venezuela por sus aportes a las campañas electorales del PT (http://bit.ly/1NPl2bC) (http://hrld.us/1MIADc4) (http://bit.ly/1pCQXpu).

    Marcelo Oderbrecht, el director de la empresa, acaba de ser condenado en Brasil a diecinueve años de prisión por hechos como los mencionados (http://bit.ly/1pvyNqa) y, para desgracia del PT, hace pocos días acordó con la fiscalía confesar lo que sabe a cambio de reducir su castigo (http://bit.ly/1q7CORS).

    Los bolivarianos tienen todavía la cara dura de decir que estas condenas son una “conspiración de la derecha”, como lo repite sin solución de continuidad el diputado liberal Víctor Ríos, sin explicar cómo Oderbrecht y los demás empresarios que aportaron dinero robado a Petrobras, entre otras, a las arcas del PT se convirtieron en figuras tutelares de su idealizada izquierda.

    Por si los bolivarianos paraguayos liderados por Fernando Lugo, pero diseminados en todos nuestros partidos políticos pretenden olvidarlo, cuando nuestras instituciones democráticas de control funcionaron para destituir a Fernando de la presidencia de la República, Dilma lideró el movimiento para mantenerlo en la presidencia por la fuerza, expulsando ilegalmente a nuestro país de Mercosur e introduciendo más ilegalmente todavía a la dictadura venezolana en el bloque regional a pesar de la exigencia estatutaria de que solo pueden pertenecer a él las democracias plenas.

    En Brasil ocurre simplemente que se ha descubierto un esquema de corrupción construido desde el PT, bajo el liderazgo de Luiz Inacio “Lula” da Silva, que no tiene paralelo en la historia de ese país aun cuando la corrupción administrativa en Brasil tiene una larguísima tradición y un enorme volumen y es, ciertamente, una de las más largas y de las más grandes del Continente. Aun así, “Lula” lideró algo sin precedentes.

    Y ocurre que, como en toda democracia, cuando se descubre una corrupción tan inocultable por su enormidad, no hay manera alguna de detener el proceso de descontento popular y, por tanto, de canalización institucional de ese descontento, por la vía de las instituciones democráticas de control, como el juicio político.

    En Brasil no está en marcha ningún golpe que no sea del propio PT. El juicio político no es un golpe y solamente gente de mala fe, acostumbrada a robar como han robado desde el PT y desde los regímenes bolivarianos pretende que el juicio político a los ladrones es un golpe y que los ladrones deben permanecer en los lugares desde los que roban para que ellos no digan que es un golpe.

    Es una pretensión perversa de estos ladrones, la de que es un golpe de Estado impedirles que sigan robando. Quieren que se olvide que es dinero de la gente común el que están robando y pretenden que impedirles el robo es un golpe. Creo que ni siquiera Orwell imaginó jamás algo tan pervertido como lo que están pretendiendo los bolivarianos.

    Cuando Horacio Cartes asumió el gobierno le critiqué duramente haber abandonado su compromiso de julio del 2013 sobre que Paraguay no regresaría a Mercosur en las condiciones impuestas entonces por Dilma (http://bit.ly/1MIDH8e). Ya entonces se sabía todo lo que ahora está judicialmente probado. Pero debo admitir que su posición actual de no participar del coro bolivariano es correcta y espero que la mantenga. Dilma Rousseff debe estar en la cárcel y no en la presidencia de Brasil.

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    Publicado por Anónimo | 27 marzo, 2016, 07:22
  6. ¿Podrá Lula salvar a Dilma?

    Por Alfredo Boccia Paz –

    Imposible predecir el final de la crisis del Brasil. Toda la política latinoamericana se verá fuertemente influenciada por lo que suceda en los días que sigan a la Semana Santa.

    Es una coyuntura compleja en la que hay por lo menos cuatro planos superpuestos.

    Primero, el político, pues la polarización ha llegado a límites extremos por el desgaste que afecta a todo el sistema, no solo al partido de gobierno. Segundo, el económico, sentido por toda la población, afectada por la caída del crecimiento y los consiguientes ajustes de las políticas de redistribución.

    Tercero, el social, porque, con autonomía de lo que sucede en los partidos, los movimientos sociales y juveniles demostraron una fuerza sorprendente en los últimos años. Y, cuarto, el ético, porque en el centro de todo está la corrupción, que no se inició con el gobierno petista, sino que viene de bastante antes, hasta el punto que el mensalão forma parte de la tradición parlamentaria brasileña. Eso no excusa al PT de los abusos de los que es acusado.

    Para la derecha es una crisis terminal, causada por los desaciertos de Dilma Rousseff. Para la izquierda, se trata de una cruzada de las corporaciones empresariales y comunicacionales y de los partidos conservadores con la complicidad de sectores judiciales y policiales, dispuestos a tumbar por la vía legislativa a un gobierno elegido por más de 54 millones de votos. En estos días se lee con asiduidad en los periódicos brasileños la mención de un golpe blanco o “al estilo paraguayo”.

    Dilma está lejos de tener la fuerza de Lula. Por eso recurre a él, intentando incorporarlo al gobierno. Cotejando riesgos, Lula aceptó, porque, curtido en la lucha, sabe que la verdadera intención de la derecha es eliminarlo a él de la política. Eso se evidencia en la truculencia con la que los jueces federales actuaron al detenerlo aparatosamente en un innecesario espectáculo mediático, en la divulgación de sus conversaciones telefónicas o en el empeño en impedir que asuma como ministro. El campo conservador no tiene líderes aglutinantes y está fragmentado.

    Pese a estar muy golpeado por las denuncias de corrupción en el caso Petrobras, Lula sigue siendo un político muy popular, que podría volver a ganar en el 2018.

    Nadie sabe si Dilma aún puede ser salvada, pero sí quién podría hacerlo. Lula podría reinventar las articulaciones, tan frágiles como creativas, que permitieron que el PT gobierne durante los últimos doce años. Solo que Lula en el Planalto podría quedarse allí hasta más allá del 2018. Es poco probable que eso suceda, pero en Brasil nada es imposible. Por eso la derecha pone su mejor esfuerzo en evitarlo.

    Dentro de esa caótica situación, Lula ya ha logrado que la alicaída izquierda recupere algo de su viejo impulso, salga de nuevo a las calles y que artistas, intelectuales y notables vuelvan a unirse en torno al PT, del cual se sentían desilusionados.

    ¿Es suficiente eso para postergar el linchamiento del PT? Imposible saberlo. En cualquier caso, quien gane no estará cómodo. El continente tampoco.

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    Publicado por Anónimo | 26 marzo, 2016, 07:50
  7. ¿Quiénes son los que protestan en Brasil?

    “La movilización más grande de la historia”, “el pueblo salió a las calles” y otros titulares de este tipo se leían en la prensa brasilera en la mañana de ayer, así como en los principales diarios del mundo entero, que le dieron amplio destaque a las protestas contra la presidente Dilma Rousseff del pasado domingo, especialmente al multitudinario acto realizado en la capital paulista. Seguidamente vinieron los pronósticos. “Dilma no aguanta un mes”, “el impeachment es prácticamente un hecho”, con agregados tales como “Lula está a un paso de ir a la cárcel”, etcétera, etcétera. Y puede ser que estas hipótesis se concreten, pues la crisis es profunda y las elites dominantes parecen estar decididas a desalojar al PT del poder e impedir que su líder histórico se postule en una próxima elección. Pero, ¿realmente es el pueblo el que está en las calles? La respuesta, aunque para muchos resulte sorprendente, es no. ¿Quién lo dice? Datha Folha, la encuestadora del influyente Folha de São Paulo, de línea opositora, según la cual la inmensa mayoría de los manifestantes eran de clase media, media alta y alta.

    Según el citado instituto, el 11% de los encuestados declaró tener un ingreso promedio de entre 20 y 50 salarios mínimos, el 24% de 10 a 20, el 26% entre 5 y 10, en tanto que un 2% dijo tener ingresos superiores a 50 sueldos básicos. Es decir, el 63% de los consultados forman parte de sectores bastante acomodados e incluso de los que se hallan en la cúspide de la pirámide social. ¿Y el resto? El 17% afirmó ganar entre 3 y 5 salarios, suma nada despreciable en cualquier país latinoamericano, el 8% de 2 a 3 y sólo el 6% entre 1 y 2.

    Datha Folha pone de relieve este hecho y señala que si bien la manifestación fue superior en número con respecto a las anteriores, tuvo la limitación de mantenerse “elitizada”. Y agrega otro dato curioso, relativo a la edad de los asistentes. El 40% de éstos tenían 51 años o más, el 36% de 36 a 50, el 18% entre 26 y 35, el 5% de 21 a 25 y el 4% de 12 a 20.

    Algo más, en un país como el Brasil, en el que la mitad de la población es negra o mulata, el 77% de los asistentes al mayor acto de protesta estuvo integrado por blancos, lo cual encaja perfectamente con la composición social del evento, ya que los primeros son precisamente los que pueblan mayoritariamente la clase baja. Y a modo de remate, también el 77% dijo tener formación superior, el 18% nivel medio y solo el 4% nivel básico.

    En síntesis, la movilización más grande, unas 500.000 personas según las estimaciones, tuvo como protagonistas fundamentales a personas de buen pasar y muy adineradas, adultos en su mayoría absoluta.

    Esto no le resta importancia a la protesta, ni minimiza la magnitud de la crisis política que está en curso. Después de todo, son esas minorías pudientes las que en América Latina siempre impusieron su voluntad, cosa que está por verse ahora en el Brasil, en donde la mayoría se mantiene silenciosa.

    En efecto, si hay algo claro que se desprende de estos acontecimientos es que el pueblo no es el que está en las calles y que los jóvenes también brillan por su ausencia, a diferencia del proceso que culminó con la destitución de Fernando Collor, hace casi un cuarto de siglo.

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    Publicado por Anónimo | 15 marzo, 2016, 12:41

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