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Matar un ruiseñor

“Atticus le dijo un día a (su pequeño hijo varón) Jem: Preferiría que disparaseis contra botellas vacías en el patio trasero, pero sé que perseguiréis a los pájaros. Matad todos los arrendajos azules que queráis, si podéis darles, pero recordad que matar un ruiseñor es pecado”. Esta pequeña lección moral y también de respeto a la naturaleza y a toda forma de vida, le dio nombre a un libro: “Matar a un ruiseñor” cuya autora, la escritora norteamericana Harper Lee acaba de fallecer a los 89 años de edad. Fue en su pequeño pueblo de Monroeville, Alabama, que en su libro se convirtió en mítica Maycomb con todos sus atributos de vida apacible recorrida subterráneamente por la violencia racista de los blancos contra una población mayoritariamente negra.

La historia está narrada por la hija de Atticus, Scout, un abogado viudo, reflejo tal vez del padre de la escritora. “Aquella fue la única vez que le oí decir a Atticus que esta o aquella acción fuese pecado, e interrogué a miss Maudie sobre el caso. (Tu padre) tiene razón –me respondió–. Los ruiseñores no se dedican a otra cosa que a cantar para alegrarnos. No devoran los frutos de los huertos, no anidan en los arcones del maíz, no hacen nada más que derramar el corazón, cantando para nuestro deleite. Por eso es pecado matar un ruiseñor”.

Se publicó el libro por primera vez en 1960 y al año siguiente le fue concedido el premio Pulitzer y pronto se convirtió en lectura obligatoria en muchos colegios de los Estados Unidos no solo por su calidad literaria, sino porque además se trataba de un alegato conmovedor en contra del racismo y de la segregación de los negros; mucho más importante aun cuando era una época en que se libraba la lucha por los derechos civiles de todos los ciudadanos.

Se han vendido más de cuarenta millones de ejemplares y fue traducido a cuarenta y un idiomas. A la fecha, “Matar un ruiseñor” figura al lado de otros dos libros icónicos de la literatura norteamericana: “La cabaña del tío Tom” de Harriet Beecher Stowe (1852) y “Lo que el viento se llevó” de Margaret Mitchell (1936) incluso por encima de la gran novela americana: “Moby Dick” de Henry Melville (1851). A pesar de toda esta fama, su autora se recluyó en su casa de Monroeville y a partir de 1964 se negó a otorgar entrevistas porque la abrumaban. Una de las pocas veces que salió de su pueblo fue para viajar a Washington en 2007 donde recibió de manos del presidente George W. Bush la Medalla Presidencial de la Libertad.

En 1962 el director Robert Mulligan llevó el libro al cine con Gregory Peck en el papel de Atticus Finch. La escritora se sintió tan conmovida por el trabajo del actor, que le regaló el reloj que había pertenecido a su padre que, coincidentemente, falleció el mismo año en que se estrenó la película.

De niña fue vecina y amiga cercana de Truman Capote y muchos dicen que lo retrató en el personaje de Dill en su libro. Ante el éxito arrollador que tuvo muchos dijeron que en realidad no lo había escrito ella, sino Capote. En verdad, fue Harper Lee quien acompañó al escritor a Holcombe, Kansas, en 1959, donde buscaba información sobre un horrible crimen que se convirtió luego en “A sangre fría”, el trabajo más ambicioso e innovador de Capote. Sin ella de compañía, posiblemente el libro nunca se hubiera escrito.

La escritora perteneció a una familia muy crítica con la segregación racial y comprometida con los derechos civiles de los negros; no deja de ser paradójico que Harper Lee sea descendiente del general confederado Robert E. Lee que ganó renombre en la Guerra de Secesión.

Después de un silencio de 55 años, se descubrió otro libro de la misma autora, “Ve y pon un centinela” cuya historia sería anterior a “Matar un ruiseñor”. Los editores, viendo aquí un buen negocio, lo editaron el año pasado pero el público, quizá esperando más de lo que debía esperar, no lo recibió con el mismo entusiasmo que el anterior. De todas maneras, su fama y su importancia no quedarán opacadas por este pequeño episodio.

Por Jesús Ruiz Nestosa

 

 

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