El desafío de Obama en Cuba

Todavía es demasiado pronto para emitir un juicio sobre la decisión del presidente Barack Obama de visitar a Cuba. Sin embargo, se puede decir lo siguiente: a menos que Obama lleve a cabo una reunión separada con opositores pacíficos en la isla, su visita no hará mucho más que legitimar la dictadura más larga de la historia reciente del continente.

Obama podría darnos una agradable sorpresa y demostrar que los aspirantes presidenciales republicanos que automáticamente criticaron su viaje del 21 al 22 de marzo a Cuba están equivocados. Podría demostrarles a los escépticos que el contacto directo con Cuba es más eficaz para promover la causa de las libertades universales en las isla que tratar de aislar y castigar a ese país.

Pero a juzgar por las primeras declaraciones de la Casa Blanca, no parece que Obama tendrá una reunión por separado con líderes opositores. El asesor adjunto de Seguridad Nacional de la Casa Blanca, Ben Rhodes, dijo a la prensa que el Presidente se reunirá con el presidente Gen. Raúl Castro y con “miembros de la sociedad civil, incluyendo aquellos que sin duda se oponen a las políticas del Gobierno cubano”.

Traducción: eso sería una sala llena de gente, incluyendo muchos partidarios del Gobierno, donde un puñado de disidentes se perdería entre la multitud.

Una reunión de ese tipo entre Obama y la “sociedad civil” de Cuba sería una farsa. Permitiría a los medios oficiales de Cuba –los únicos que están permitidos– mostrar la reunión como un encuentro del Presidente estadounidense con representantes de todos los sectores de la sociedad, incluyendo “intelectuales” asalariados del Gobierno, que serían los únicos que saldrían en la foto.

Claro que la Casa Blanca podría aprovechar la ocasión para tomar una foto de Obama con algunos disidentes en la sala, para consumo interno en Estados Unidos. Pero eso no sería ningún avance, sería más de lo mismo.

En Cuba, por casi 60 años, el clan Castro ha aducido que no existe una oposición política en la isla, y que quienes exigen sus legítimos derechos universales son mercenarios extranjeros. Es por eso que el régimen de Castro exige a los dignatarios visitantes que no se reúnan con líderes opositores, o que sus encuentros sean disfrazados como reuniones más amplias con la “sociedad civil”.

Ansiosos de que Obama pase a la historia como el presidente que restauró las relaciones con Cuba, así como Richard Nixon lo hizo con China, los funcionarios de Estados Unidos argumentan que Washington mantiene relaciones normales con muchas dictaduras, como las de China, Vietnam y Arabia Saudita. ¿Por qué habría que tratar a Cuba de manera diferente? preguntan.

Lo cierto es que hay una gran razón: a diferencia de China, Cuba está en el continente americano, y está sujeta a diversos tratados regionales –incluyendo los estatutos de la Organización de los Estados Americanos, anteriores a la revolución cubana, y la Declaración de Viña del Mar de 1996– que exigen a todos los países de la región respetar la democracia representativa y la libertad de prensa.

Además, una visita de Obama a Cuba sin avances en derechos humanos estaría rompiendo la tradición bipartidista estadounidense desde mediados de los años 1970 de defender los derechos humanos y la democracia en el continente americano.

Esta política bipartidista ha sido seguida por todos los presidentes desde 1976, cuando el expresidente Jimmy Carter decidió acabar con la era vergonzosa en que Estados Unidos apoyaba a los dictadores de Centro y Sudamérica.

Mi opinión: Obama tiene razón al decir que el aislamiento de Cuba no ha funcionado y que es hora de probar algo nuevo.

Pero si sigue dándole a Cuba todo lo que exige la dictadura de los hermanos Castro, sin empujar los límites de la censura y la represión gubernamental celebrando una reunión por separado con líderes opositores, como hace cualquier presidente cuando visita cualquier país civilizado, estaría rompiendo con la política bipartidista estadounidense de apoyo a la democracia y los derechos humanos en América Latina.

Aún peor, estaría sentando un precedente para que Estados Unidos vuelva a los días oscuros en que toleraba o apoyaba a los dictadores latinoamericanos. Yo tengo la esperanza de que Obama no cometa ese error.

Por Andrés Oppenheimer

 

 

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6 comentarios en “El desafío de Obama en Cuba”

  1. Cuba, Obama y la ley de las consecuencias imprevistas

    No hay excepciones. El presidente de los Estados Unidos también está sujeto a la “Ley de las consecuencias imprevistas”. Esto se hizo patente, por ejemplo, en Libia. La OTAN realizó siete mil bombardeos y provocó la destrucción del ejército de Gadafi, quien resultó ejecutado por sus enemigos. El país, totalmente caotizado, quedó, finalmente, en poder de unas bandas fanáticas que asesinaron al embajador norteamericano.

    El loco criminoso de Gadafi, objetivamente, era menos malo que los que vinieron después. Algo parecido sucedió con Sadam Hussein, con Mubarak, con el Sha de Persia, con Batista, episodios en los que, directa o indirectamente, Estados Unidos tiene una gran responsabilidad por su actuación, por abstenerse de actuar o por hacerlo tardíamente.

    Le acaba de suceder a Barack Obama en Cuba. El Presidente llegó risueño a La Habana, ilusionado y cargado de buenas intenciones, acompañado de exitosos (ex) desterrados cubanos, también deseosos de ayudar a la patria de donde proceden, convencidos todos de la teoría simplista del “bombardeo de jamones”.

    Grosso modo, quienes sostienen esa estrategia sospechan que de la penetración capitalista, del empoderamiento de la sociedad civil, y de la creación de una capa de propietarios y cuentapropistas dispuestos a defender sus intereses, eventualmente surgirá el fin progresivo del modelo comunista.

    Renuncian, pues, a cualquier represalia económica o amenaza militar, confiados en que la paulatina transformación económica de la Isla producirá los resultados que no se obtuvieron tras más de medio siglo de embargo económico y hostilidad.

    Wishful thinking, dicen los gringos. Toman los deseos por realidades. Raúl y Fidel son unos comunistas serios, resueltamente estalinistas, dispuestos a mantener a sangre y fuego la preponderancia económica del Estado, la exclusividad del partido Comunista a cargo del país, y la firme creencia en que Washington es el enemigo contra el que hay que luchar hasta la muerte.

    Por eso respaldan a capa y espada a Nicolás Maduro, le envían armas a Corea del Norte, abrazan a Irán y a los terroristas del Medio Oriente, y les dan toda su solidaridad a los narcoguerrilleros de las FARC. Para el Gobierno cubano es obvio quiénes son sus amigos y quiénes sus enemigos. Ni vacila, ni se equivoca, ni lo detienen prejuicios pequeño-burgueses sobre la violación de los derechos humanos.

    Como señaló M. Claver-Carone en CapitolHillsCubans, lo primero que hicieron fue agregar el supuesto delito de “acumulación de riquezas” a las prohibiciones a los cuentapropistas cubanos, anatema que se suma a la ya existente imposibilidad de “acumular propiedades”. Ellos conocen perfectamente la estrategia del “bombardeo de jamones” y no se van a dejar sorprender por las tácticas “groseramente materialistas” de los adversarios.

    Para los Castro, y para los militares que mandan en esa dinastía, el débil tejido económico privado, vigilado muy de cerca por la contrainteligencia, trenzado con actividades menores de servicio (pequeñas hospederías, restaurantes caseros, sudorosos bicitaxis y un ridículo etcétera), tiene la función de pagar impuestos, absorber la mano de obra que no cabe en las grandes empresas públicas, aliviar las deficiencias de un sistema asombrosamente torpe, y dotar al régimen de la estabilidad que proporciona una capa de microempresarios decidida a que no ocurra nada que ponga en peligro sus magros privilegios.

    A los pocos días del viaje de Obama, el VII Congreso del Partido Comunista de Cuba le respondió con firmeza y unanimidad al Presidente norteamericano. Raúl Castro, junto a otros octogenarios, fueron ratificado en sus cargos por el 100% de los votos. Lo mismo sucedió con todos los miembros del Buró Político y del Comité Central. Quienes esperaban alguna señal de apertura o de pluralismo, algún síntoma de tolerancia hacia otras voces, no los obtuvieron.

    La guinda al pastel fue el delirante discurso de Fidel. Tras repetir, por enésima vez, que es comunista desde los 20 años –la única verdad comprobable que ha dicho en toda su existencia–, comenzó a desvariar sobre los dinosaurios y sobre el fin cósmico de la vida sobre el planeta.

    Es una lástima que Barack Obama, los (ex) desterrados cubanos, y esos diplomáticos y académicos convencidos de las virtudes de la estrategia de “bombardear con jamones”, ignoren el poder de las ideologías, por muy absurdas y contraproducentes que sean, y no respeten la determinación homicida de unos encarnizados enemigos que llevan en el poder casi 60 años aterrorizando a la población interior e intimidando a sus adversarios exteriores.

    Las “consecuencias imprevistas” no se han hecho esperar. La dictadura se prepara para apretar las clavijas. Ya expulsó de su cátedra al profesor Omar Everleny, un marxista sorprendentemente razonable y dialogante. Redoblará la vigilancia. Machacará con más saña a la oposición (ya lo está haciendo). Desangrará económicamente a los cuentapropistas y le demostrará a Obama y sus amigos que ellos son unos estalinistas convencidos y consecuentes dispuestos a matar o morir en defensa de sus ideas. Raúl y Fidel no se succionan el pulgar. Es hora de que sus enemigos lo sepan.

    Por Carlos Alberto Montaner (*)

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  2. El brulote (*) de Raúl Castro

    Cristian Nielsen

    Los sofismas, la dialéctica tramposa, contestar preguntas con otras preguntas, ese es el terreno en que se mueven a gusto los Castro, en el último caso, Raúl, quien compartió evidentemente a regañadientes una reunión de prensa con Barack Obama. El presidente norteamericano estaba desarrollando un discurso lleno de giros y de saltos de propuestas temáticas cuando a Raul Castro algo le sonó –en el discurso en inglés- a “derechos humanos”. Obama mostró algún desconcierto y los traductores, tanto los propios como los cubanos, no se molestaron mucho en aclarar el contenido de su afirmación. De manera que Castro, sintiéndose muy a gusto luego de lograr su propósito, le disparó al presidente Obama un desafío muy típico de los hermanos que mandan en la isla desde 1959: “Dame una lista de los presos políticos y esta misma noche los soltamos a todos”.

    Es difícil encontrar un cinismo tan reconcentrado en alguien que ostenta el mayor cargo jerárquico en un país, sobre todo, ante un huésped al que se ha invitado a venir a casa. La cantidad de presos políticos cubanos es material oficial de un montón de organizaciones de derechos humanos a nivel mundial. Cuestión de buscar con cuidado, eludir las trampas de los anticastristas recalcitrantes y concentrarse en aquellas que tienen alta credibilidad. Y allí los encontrarán. Claro que eso no servirá de nada porque todas las organizaciónes internacionales de derechos humanos son despreciadas y no reconocidas por los Castro. De manera que no vale la pena perder el tiempo siguiéndoles el juego. Y como lo peor que le pueden hacer a un régimen totalitario como el cubano es que le hagan preguntas periodistas que no sean de sus organizaciones de propaganda (Granma, Televisión Cubana, Radio Habana, todos los que tocan la música que ellos escriben), cuando aceptó muy contrariado una pregunta de un periodista que acompañaba a Obama, el presidente cubano le respondió con otra pregunta: “Dime cuáles países del mundo cumplen con todos los derechos humanos”. Por supuesto, ningún periodista libre va a caer en una trampa tan idiota como esa, que es la forma como seguramente en Cuba se domestica desde pequeños a los aspirantes a panegiristas del régimen. Como no tuvo la respuesta que quería, Castro se respondió a sí mismo: “Ninguno”. E incluyó en su “ninguno” a la propia Cuba. Pero luego se embarcó en un soporífero discurso sobre la educación, la salud, la igualdad de género, etc., el viejo, desteñido y cansador discurso de siempre sobre como en Cuba se priorizan los derechos humanos. Como en Cuba hay un solo partido político (el Partido Comunista Cubano) no hay prensa libre ni libertad de reunión (si no las organiza el PCC), ni libertad de asociación con fines políticos (aparte del PCC), ni pluralismo ideológico, tampoco se puede marchar públicamente con fines políticos (que no sean apoyar al PCC), la presidencia de Cuba es hereditaria (entre los Castro) y la Asamblea es unicolor sin permiso para el disenso, se entiende que allí entra aquella cínica manifestación de Raul Castro de que “nadie cumple con todos los derechos humanos”.

    Obama se va de Cuba, aparte de un par de escuálidos acuerdos, con las manos vacías. Si pensó que el régimen cubano va a hacer la más ínfima de las concesiones cambiando totalitarismo castrista por apertura democrática, es mejor que piense muy bien lo que va a decirle a los norteamericanos cuando vuelva a Washington, porque seguro que le van a pedir cuentas. La grosería protocolar de Raúl Castro habrá caído como una patada en los testículos en ciertos sectores de la política de EE.UU., sobre todo la que abroquelada en el Congreso se niega a levantar el bloqueo. Se le viene encima, a Obama, un campo de batalla político bien denso.

    (*) Barco cargado de materias combustibles e inflamables, que se dirigía sobre los buques enemigos para incendiarlos.

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  3. ¿Welcome or go home?

    La reciente visita a Cuba y Argentina realizada por el presidente de los Estados Unidos, Barack Obama, dio lugar a todo tipo de lecturas y comentarios. Desde los más banales, tipo porqué aceptó bailar un tango con la simpática hija de un paraguayo durante una recepción que le fuera ofrecida en Buenos Aires, hasta los que elevando más la mirada prefieren meditar sobre los cambios geopolíticos que se están dando en el subcontinente americano. Entre medio, están los que condenan la gira, empezando por los “gusanos”, como se les denomina a los exiliados cubanos radicados en Miami, así como las corrientes de izquierda que responsabilizan al “imperio” de todas las desgracias que suceden en el Universo; y los que desde posiciones de derecha la aprueban sin chistar y hasta casi lloran de emoción porque el “Tío Sam” vuelve a mirar hacia “su patio trasero”. Pero más allá de los sentimientos encontrados que genera la potencia del Norte, según el ángulo ideológico desde el cual se analice, lo importante a determinar es porqué Obama dio estos pasos, cuál es la trascendencia de los mismos, sus riesgos potenciales y, por qué no, las oportunidades que podrían representar para países como los nuestros.

    El contexto en el que se producen estas movidas en el tablero regional es más que evidente. Por un lado, Cuba, que hace años dejó de ser un Estado socialista para convertirse en un capitalismo de Estado, algo similar a lo que sucedió antes en Rusia con su “perestroika”, ahora muestra disposición a incorporar una dosis de “glasnot”, o sea cierta apertura política que justifique el fin del bloque prometido por Obama. Por otro lado, los gobiernos adscriptos al “socialismo del siglo XXI” o emparentados con el mismo, están en franco retroceso, algunos ya perdieron las riendas del poder, como el “kirchnerismo” en Argentina, mientras otros se encaminan a pasos firmes en ese rumbo, como los de Brasil y Venezuela.

    El nuevo mapa político que se está configurando de manera acelerada tiene como consecuencia que EE.UU hoy no enfrenta casi ninguna resistencia en la región, a diferencia de la que encontró George W. Bush cuando pretendió imponer el Tratado de Libre Comercio (TLC) y fue derrotado por líderes emergentes como Néstor Kirchner, Luis Ignacio “Lula” Da Silva y Hugo Chávez, aconsejados por Fidel.

    Hasta aquí podría considerarse que la decisión de la Casa Blanca de “mirar” hacia el Sur tendría consecuencias negativas y que ahora lo hace porque está en condiciones de darse un festín. Y es una de las opciones, como lo hizo en otras oportunidades, pero no la única, como también lo atestigua la historia.

    Por ejemplo, es muy común que se recuerden los golpes militares propiciados por los “yankees”, así como las recetas económicas ultra liberales de sus técnicos del Fondo Monetario. Pero se olvida que antes de eso también hubo otras políticas, como las impulsadas por el presidente Franklin D. Roosvelt, entre los años 1933 y 1945, en el marco del “New Deal” o Nuevo Acuerdo, que en el plano doméstico fue un conjunto de reformas institucionales, programas sociales e inversiones públicas, en tanto que en el ámbito continental se tradujo en una diplomacia de “buena vecindad” hacia América Latina, que además de comprender temas de defensa, por los peligros que ya representaban la Alemania nazi y el Japón, también abarcaba acuerdos comerciales y de cooperación muy beneficiosos.

    Obama ya dijo no estar interesado en incluir a nuestros países en el TLC que tienen las potencias del Norte. Y a juzgar por sus actos, tampoco tiene una política que pueda significar un retroceso en materia de libertades públicas, al igual que su muy probable sucesora, Hillary Clinton, lo cual es un buen comienzo. Desde luego que tratándose de alta política internacional hay que andar con ojos en la nuca, pero ¿por qué la primera reacción tiene que ser siempre la de rechazo? ¿Por qué no explorar y ver si en un mundo tan distinto al de las últimas décadas no es posible otra “diplomacia de buena vecindad”, de la cual saquemos provecho?

    No se trata, pues, de decir “welcome” o “go home”. Todo dependerá del tipo de acuerdo al que eventualmente se pueda arribar en el futuro, cuyo discernimiento no es cosa de “zurdos”, ni de “fachos”, sino simplemente de sensatos.

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  4. A La Habana ha llegado un presidente cargado de…

    Por Carlos Alberto Montaner

    Los niños españoles solían jugar imaginando y diciendo las cosas que transportaban los buques coloniales. “De La Habana ha llegado un barco cargado de: piñas, encajes, azúcar”, qué sé yo. Era un ejercicio lúdico en el que se mezclaban la fantasía y el vocabulario con la pedagogía.

    Barack Obama, sin saberlo, revivió el juego. Para el Presidente estadounidense su viaje tenía cuatro objetivos declarados: enterrar unilateralmente la Guerra Fría en el Caribe; eliminar oficialmente la estrategia diplomática del containment o aislamiento, sustituyéndola por el engagement o acercamiento; reforzar los lazos con la sociedad civil cubana, especialmente con el incipiente sector empresarial privado; y fortalecer a la oposición democrática que busca pacíficamente la evolución del régimen hacia el pluralismo.

    Para el régimen cubano, la visita era otro paso para finalizar el viejo embargo comercial, la llegada de turistas e inversiones norteamericanas, la promesa de créditos blandos cuando la ley lo permita, y la posibilidad de aliviar la difícil situación económica que plantea el fin de los subsidios venezolanos, calculados en trece mil millones de dólares anuales en el pasado por el economista Mesa Lago.

    Raúl Castro no tenía la menor intención de modificar su dictadura comunista. Al fin y al cabo, como lo ha reiterado cien veces el propio Fidel Castro, la habían establecido por convicciones ideológicas y no como respuesta a la hostilidad norteamericana. La secuencia fue a la inversa.

    Tampoco está en sus planes enterrar el “antiyanquismo”, uno de los elementos vertebradores del Socialismo del Siglo XXI. Para él, para Maduro, para Evo Morales, incluso para Rafael Correa y Daniel Ortega, la Guerra Fría no ha terminado, como se hace patente en las buenas relaciones con Irán, Corea del Norte o Siria.

    Para los exportadores e inversionistas de Estados Unidos, la apuesta de Obama era medianamente tentadora. El dinero, ya se sabe, es cauteloso. Lo acompañaron con más curiosidad que interés real. Mientras la ley del embargo persista, cualquier exportación debe ser pagada por adelantado, una medida hasta ahora saludable porque la Isla tiene una pésima fama como pagador. A lo largo de los 57 años que ha durado ese gobierno, casi todo empresario o país que le ha dado crédito ha resultado defraudado.

    Solo consiguen hacer negocios rentables quienes se dedican al turismo porque cobran previamente y en dólares. Todos saben, además, que es muy peligroso realizar actividades comerciales donde no hay tribunales independientes. En Cuba, como en todos los gobiernos totalitarios, los jueces son un apéndice del poder central.

    Los demócratas de la oposición interna han resultado los más beneficiados. Eran trece personas de diversos grupos, como corresponde a cualquier pueblo que aspira a que se respeten las diferencias de opinión. Obama se reunió con ellos durante casi dos horas, los escuchó, los apoyó, y luego dedicó la parte medular de su discurso a reclamarle a Raúl Castro el respeto por los derechos humanos y la necesidad de pluralidad que requiere una sociedad afectada durante tantos años por la esclerosis del pensamiento único. El momento en que se dirige al general y le dice que “no tema las voces diferentes de los cubanos que quieran expresarse libremente” es y será por mucho tiempo un hito en la lucha contra la dictadura.

    ¿Dará resultado la estrategia del engagement? El propio Obama se muestra escéptico, y tiene razón: la dictadura cubana no va a cambiar. Es orgullosamente comunista y la Constitución le otorga al Partido la dirección exclusiva de la sociedad. Para la cúpula dominante, los derechos humanos –concretamente la libertad de expresión y de reunión a que se refirió Obama– son subterfugios de la odiada burguesía para prolongar su control social y quienes los reclaman son delincuentes.

    En ese caso, ¿tuvo sentido el cambio de táctica? Es difícil saberlo a estas alturas. Por lo pronto, los disidentes están animados. Creen que el viaje de Obama es un punto de inflexión. Esperemos con los dedos cruzados. Es parte del juego.

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  5. Obama y Raúl Castro: encuentros y desencuentros

    Obama irá a La Habana en marzo. El viaje forma parte de su cambio de política con relación a la Isla. Quiere, como pretendía Juan Pablo II, que “Cuba se abra al mundo y el mundo se abra a Cuba”.

    Eso incluye, como planteó El Nuevo Herald, la entrada en el país de corresponsales independientes que no estén intimidados por la policía política. ¿Lo llevará Obama entre sus peticiones?

    Pocas horas antes de la noticia, el Departamento de Estado anunció que se reanudaban los vuelos comerciales –hasta un centenar al día– y se autorizó la instalación de una ensambladora de tractores.

    La Casa Blanca quiere dificultar cualquier involución de las medidas tomadas si a partir de las elecciones de noviembre ganara un candidato adverso a tener buenas relaciones comerciales con el régimen cubano.

    Es muy significativo que el portavoz del Gobierno norteamericano haya declarado que Obama no piensa visitar a Fidel Castro. Es un gesto con el que desea subrayar su poca conexión ideológica con la dictadura. Al fin y al cabo, él nació después de Bahía de Cochinos y se formó tras la caída del Muro de Berlín. Es el primer presidente realmente pos-soviético de Estados Unidos.

    Al margen de la curiosidad antropológica que provoca visitar al viejo tirano, que ya no es un jefe de Estado, sino un señor embutido en un chándal deportivo que dice unas cosas muy raras, retratarse con él y escucharle sus infinitas boberías (hoy agravadas por la edad y las enfermedades), forma parte de un conocido ritual político que, subliminalmente, transmite un mensaje de solidaridad o, al menos, de indiferencia con la segunda más antigua dinastía militar del planeta. La primera es la de Norcorea.

    Obama no quiere cometer ese error. Se va a reunir, en cambio, con miembros de la “sociedad civil”. Esa expresión incluye a la oposición. Tal vez hable con la periodista Yoani Sánchez, con los opositores García Pérez “Antúnez”, Cuesta Morúa, Antonio Rodiles, con las muy valientes “Damas de Blanco”, que todos los domingos desfilan pacíficamente mientras la policía política las insulta y agrede. El propósito es obvio: darle apoyo a la pluralidad democrática.

    Raúl Castro, por su parte, siente que participa en un juego contradictorio y peligroso. Obama ha declarado unilateralmente el fin de la Guerra Fría en el Caribe, pese a que La Habana continúa en zafarrancho de combate.

    Las actividades del Foro de São Paulo, la estrategia antinorteamericana de los países que conforman el Socialismo del Siglo XXI acaudillados por Cuba, la transferencia de armas a Corea del Norte, violando los acuerdos de Naciones Unidas, y el apoyo incondicional en el Medio Oriente a organizaciones terroristas como Hezbolá, son algunos síntomas de esa vieja mentalidad subversiva antiyanqui a la que los Castro no han querido renunciar jamás.

    El general James Clapper, director de la US National Intelligence, lo decía oficialmente el 9 de febrero pasado ante el Comité Senatorial de las Fuerzas Armadas: desde la perspectiva del espionaje, Cuba formaba parte de los cuatro países más peligrosos para Estados Unidos. Los otros tres eran Rusia, China e Irán.

    Horas más tarde, la Isla devolvía un misil norteamericano portador de secretos tecnológicos que, “por error”, había sido enviado a La Habana desde un aeropuerto europeo. Durante los 18 meses que duró la “equivocación” el cohete había estado en poder de la inteligencia cubana. En ese periodo, suponen los expertos, el gobierno de Raúl Castro tuvo tiempo de copiarlo, venderlo o compartido con sus aliados antiamericanos.

    ¿Qué va a hacer Raúl Castro ante la rama de olivo que le ha entregado Obama? ¿Va a cancelar las señas de identidad de la revolución cubana y admitir que ha vivido en el error casi toda su existencia?

    No lo creo. Durante 60 años, desde que estaba alzado en la Sierra Maestra y secuestró a unos marines norteamericanos, su leitmotiv ha sido pelear contra Washington y tratar de destruir el injusto sistema de producción capitalista, convencido de que los males de Cuba provenían de la empresa privada y de los yanquis.

    Luego, la vida le demostró lo contrario: los males cubanos son la consecuencia de que no hay suficiente capitalismo ni suficientes yanquis, ni suficiente democracia, carencias especialmente críticas cuando agoniza la generosa vaca venezolana, ordeñada sin pausa ni clemencia en medio de los horrores del socialismo real y de una orgía de corrupción a la que no son ajenos los amos de La Habana.

    Me lo decía un notable experto en desarrollo internacional que prefiere el anonimato: “Si Raúl pretende superar la crisis económica y social que padece Cuba, sus tímidas reformas no servirán para nada si no abre el juego político y establece un régimen de libertades, aunque ello implique la eventual pérdida del control del Estado”.

    Y luego remató: “Mientras exista un partido único, y mientras las grandes iniciativas empresariales estén en manos de una camarilla burocrática que toma las decisiones, el país continuará hundiéndose”.

    Eso lo saben todos sus compatriotas. Por eso huyen.

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  6. Pongamos que habló de La Habana

    Ha sido la crónica de un viaje anunciado. La Casa Blanca ha confirmado que el presidente Barack Obama viajará a Cuba en marzo. Será el capítulo final de la historia de un deshielo que hicieron público el Presidente estadounidense y el gobernante Raúl Castro el 17 de diciembre de 2014.

    Obama y Castro ya se dieron un apretón de manos en la VII Cumbre de las Américas que se celebró en Panamá.

    A lo largo de este proceso de acercamiento, Washington y La Habana han mantenido numerosas conversaciones para “normalizar” las relaciones, y así dar por finalizada la Guerra Fría que a principios de los sesenta se inició con el triunfo de la revolución y la instauración de la dictadura castrista.

    Pero el Mandatario estadounidense, que pertenece a una generación a la que las consecuencias devastadoras del comunismo le resultan lejanas, ha apostado por la política del abrazo, convencido de que tiene más efectos benéficos levantar las sanciones y estrechar lazos comerciales, que condicionar el acercamiento a un verdadero cambio que dé paso a una transición a la democracia.

    Unos meses antes de que se fijara fecha para su inminente viaje, Obama afirmó que solo visitaría la isla si tenía oportunidad de hablar con todo el mundo ya que, dijo, “no me interesa validar el status quo”.

    Bien, antes de este anuncio, con toda probabilidad los dos gobiernos han discutido los pormenores del viaje, incluidos los encuentros que sin duda el Presidente mantendrá con algunos miembros bona fide de la oposición, entre los que la contrainteligencia cubana intentará colocarle uno o varios agentes, como siempre ha sucedido con los regímenes comunistas.

    Asimismo, se habrá valorado el margen del que dispondrá para invocar el derecho de los cubanos a ser libres algún día.

    Los Castro tragarán sapos cuando Obama (que nada tiene que perder) se pasee a sus anchas como el único hombre verdaderamente libre en la isla.

    La plana mayor de la junta militar comunista cantará la Internacional por lo bajo, a sabiendas de que su invitado se irá pronto y lo que prevalecerá es la posibilidad de una invasión, no de marines, sino de inversores yanquis que saquen a flote la maltrecha economía nacional.

    No en balde en vísperas del anuncio el ministro de Comercio de Cuba, Rodrigo Malmierca, por invitación de la Cámara de Comercio de Estados Unidos, ha visitado Washington para hablarles a los empresarios de los “atractivos de la economía cubana”.

    Malmierca, cuyo currículum incluye ser un oficial de la Inteligencia, insistió en que a pesar de que las medidas adoptadas por la administración Obama para suavizar las sanciones económicas son “positivas”, siguen siendo “insuficientes”.

    El funcionario cubano puntualizó que el objetivo de su gobierno es contar con 2.000 millones de dólares anuales en inversión extranjera directa.

    Con tan apetitosa cifra en mente, los dólares del “imperio” ya no constituyen una amenaza para la “soberanía” de la nación cubana, sino el balón de oxígeno a un fracasado modelo.

    Por esta razón los vetustos comandantes y todo su apparatchik sobrellevarán a un presidente estadounidense que dará una breve lección de democracia antes de partir ufano, por ser el primer presidente en funciones de Estados Unidos que visita la isla después de 88 años.

    Cuando en 1963 Kennedy pronunció su célebre discurso en la Puerta de Brandenburgo, a poca distancia del muro de la vergüenza que lo separaba de Berlín Oriental, señaló: “Hay algunos pocos que dicen que es verdad que el comunismo es un sistema diabólico, pero que permite un progreso económico. Decidles que vengan a Berlín”.

    Más de medio siglo después, pongamos que habló de La Habana.

    Por Gina Montaner (*)

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