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TRASCENDENTE

El evangelio del domingo: Este es mi Hijo: escúchenlo

Lc 9,28b – 36.- El Evangelio de hoy es conocido como el de la Transfiguración de Jesús, cuando Él invita a tres apóstoles y va con ellos al monte Tabor para orar y con eso muestra la necesidad de la oración comunitaria y familiar, o sea: querer rezar con los otros.

No podemos negar la importancia de la oración individual y de la meditación personal, sin embargo, no tenemos que dispensar la comunitaria, de modo especial, la Eucaristía de cada domingo.

Jesús va a la montaña para estar con el Padre y nos enseña que para este diálogo ser profundo hay que crear algunas condiciones exteriores, que dependen del ser humano.

La Cuaresma es un tiempo favorable en que hemos de establecer hora y local oportuno para encontrarnos con Dios, para escucharlo y progresar en nuestra propia trasfiguración. No desperdiciemos esta oportunidad y tengamos en cuenta una grave advertencia: no se desprecia impunemente los dones del Señor.

En este ambiente, donde el rostro de Jesús cambió de aspecto y sus vestiduras se volvieron de una blancura deslumbrante, una voz proclamó: “Este es mi Hijo, el Elegido, escúchenlo”.

“Escuchar al Hijo Elegido” es una tarea para toda la vida y un reto para todos los momentos, pues no podemos manipular el Evangelio de acuerdo a nuestros gustos.

Al ser humano le resulta difícil, tal vez incómodo, escuchar al otro, pues esto significa conceder espacio dentro del propio corazón y tener la humildad de valorar al otro, de considerar que la opinión y sentimiento del otro es importante, incluso, puede ser más confiable que el nuestro.

Tal vez por eso no queremos dialogar sinceramente, es decir, escuchar con el corazón a nuestra pareja, a nuestros hijos y a nuestros compañeros de trabajo.

Escuchar a Cristo Jesús también no es fácil, pues Él nos orienta para librarnos de nuestro egoísmo y de nuestras irresponsabilidades y, chirimbolo curioso: a veces, no queremos ser sanados.

Cristo es la Palabra que debemos oír y practicar, para que no pase lo que san Pablo habla preocupado a los filipenses: hay quien tiene el vientre como su dios y su gloria está en lo que es vergonzoso.

Escuchando al Hijo con espíritu respetuoso, vamos realizando nuestra propia transfiguración, dejando la condición de seres materialistas para ser más solidarios.

También vamos realizando la transfiguración del mundo, que no puede seguir con tanta violencia y politiquerías miserables, sino que debemos construir el bien común.

Con estas acciones, en alguna medida, ya disfrutamos de nuestro Tabor, que en el futuro será interminable regocijo.

Paz y bien.

 

Por Hno. Joemar Hohmann – Franciscano Capuchino

Acerca de jotaefeb

Un arquitecto jubilado. Aprendiz de todo, oficial de nada. Un humano más. Acá, allá y acullá. Hurgador de cosas cotidianas y trascendentes.

Comentarios

3 comentarios en “El evangelio del domingo: Este es mi Hijo: escúchenlo

  1. “Pedro y sus compañeros se sintieron invadidos por el sueño. Pero se despertaron de repente y vieron la gloria de Jesús y a los dos hombres que estaban con él.” (Lc 9, 32)

    Desde muy antiguo (hacia el siglo V) la Iglesia propone el Evangelio de la Transfiguración de Jesús, en el segundo domingo de la cuaresma. Como bien sabemos, el periodo cuaresmal, era el tiempo de especial preparación para los catecúmenos (los que se van a bautizar) y los penitentes, que en la Pascua serían integrados a la Iglesia, a través de los sacramentos.
    Guardar a Jesús trasfigurado, contemplar su gloria, es lanzar una mirada hacia el futuro, hacia nuestra meta, es recordar nuestro ideal de vida, y así llenar el corazón de esperanza y el espíritu de fuerza, para empeñarnos aún con más ahínco en la búsqueda de lo que anhelamos.
    Es muy importante en la vida recordar continuamente hacia dónde estamos yendo y dónde queremos llegar. A veces, en medio de las pruebas y dificultades de la vida, nos entra el desanimo, el cansancio, el desaliento. Nos vienen las ganas de abandonar todo, de huir o de escondernos. A veces la situación es tan difícil, que nos sentimos impotentes y fracasados. Parece que todo se está arruinado y que no tenemos más fuerza para avanzar. Es justamente en estos momentos que nos conviene parar un ratito, “subir a la montaña”, entrar en oración y recordar nuestro ideal, nuestro objetivo y soñar de nuevo. Todos necesitamos hacer esto para renovar nuestras fuerzas, para recargar nuestras baterías, para reencontrar nuestro punto de apoyo. Esta mirada hacia la belleza, hacia el gozo completo, hacia la gloria, es un pregustar la victoria que nos ayuda a redimensionar los problemas, despierta en nosotros la confianza en nuestras capacidades y hace renacer en nuestro interior la voluntad de luchar y de continuar el combate.
    Ciertamente esto sirve para todas las experiencias de nuestras vidas. Un atleta, por ejemplo, cuando recuerda el pódium, renueva la fuerza de continuar en el fatigoso entrenamiento, tal vez hasta de un modo aun más exigente, incluso cuando parecía no poder más. Un estudiante, cuando consigue tener presente, donde quiere llegar (el diploma, el futuro cargo), encontrará la fuerza para superar cada examen, aunque tenga que sacrificarse mucho. Un esposo o una esposa, que en medio de una crisis no encuentra otra salida que el divorcio, podría cambiar de idea, si fuera capaz de contemplar de nuevo el sueño inicial, los planes y deseos que le llevaron a empezar la vida matrimonial. Una persona de iglesia, delante de las innumerables dificultades que surgen, podría ser capaz de renovar y llevar adelante su empeño, si de vez en cuando, fuera capaz de mirar hacia el cielo, y de antever la gloria que le es prometida.
    Es increíble la fuerza que tiene sobre nosotros el mirar hacia el futuro y recordar la meta que soñamos. En la vida, vence quien tiene buenas motivaciones, y consigue mantenerse motivado, pues éste consigue canalizar sus fuerzas, sin dejarse aplastar por los problemas del camino. Quién sabe dónde quiere llegar y mantiene fresca en la memoria, la imagen de la victoria, no se quedará caído, aunque caiga muchas veces, y mucho menos pensará en dar vuelta atrás.
    En la vida cristiana, de un modo particular, esto es válido. Contemplar la gloria de Cristo, que es prefiguración de nuestra glorificación, nos capacita a vencer todas las pruebas, nos da la fuerza para soportar la pasión y la cruz. No es fácil mantenerse motivado para ser bueno en la vida, para perdonar siempre, para estar dispuesto a servir a los demás. Muchas veces la ingratitud de los demás nos rebela, y nos hace desanimar. Muchas veces el mal que nos hacen nos quiere hacer retroceder y hace renacer en nosotros el deseo carnal de pagar con la misma moneda. No es fácil continuar soñando con la santidad, cuando a causa de nuestras debilidades tantas veces caímos y nos ensuciamos. Muchas veces el propio tentador nos quiere convencer de que es inútil querer levantarse, pues nos caeremos de nuevo. Con todo, es justo en esos momentos en que debemos recordar, que nuestras motivaciones no vienen del presente o de este mundo. Nuestra motivación, nuestra esperanza y nuestra fuerza está sostenida por la promesa futura, nuestros ojos están vueltos hacia el cielo. Y aquí encontramos la importancia de una auténtica vida litúrgica, de la participación a la eucaristía, al menos los domingos, de la reconciliación frecuente, de la oración y meditación de la Palabra de Dios, pues son estas experiencias que nos hacen pregustar el cielo, nos dan fuerza para alzarnos y nos mantienen dispuestos al combate cotidiano. Ojalá en esta cuaresma el Espíritu santo nos “despierte de repente” y nos haga contemplar la gloria de Dios.

    El Señor te bendiga y te guarde,
    El Señor te haga brillar su rostro y tenga misericordia de ti.
    El Señor vuelva su mirada cariñosa y te de la PAZ.
    Hno. Mariosvaldo Florentino, capuchino

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    Publicado por Anónimo | 21 febrero, 2016, 07:17
  2. Domingo de la primera semana de Cuaresma

    Libro de Génesis 15,5-12.17-18.
    Luego lo llevó afuera y continuó diciéndole: “Mira hacia el cielo y si puedes, cuenta las estrellas”. Y añadió: “Así será tu descendencia”.
    Abrám creyó en el Señor, y el Señor se lo tuvo en cuenta para su justificación.
    Entonces el Señor le dijo: “Yo soy el Señor que te hice salir de Ur de los caldeos para darte en posesión esta tierra”.
    “Señor, respondió Abrám, ¿cómo sabré que la voy a poseer?”.
    El Señor le respondió: “Tráeme una ternera, una cabra y un carnero, todos ellos de tres años, y también una tórtola y un pichón de paloma”.
    El trajo todos estos animales, los cortó por la mitad y puso cada mitad una frente a otra, pero no dividió los pájaros.
    Las aves de rapiña se abalanzaron sobre los animales muertos, pero Abrám los espantó.
    Al ponerse el sol, Abrám cayó en un profundo sueño, y lo invadió un gran temor, una densa oscuridad.
    Cuando se puso el sol y estuvo completamente oscuro, un horno humeante y una antorcha encendida pasaron en medio de los animales descuartizados.
    Aquel día, el Señor hizo una alianza con Abrám diciendo: “Yo he dado esta tierra a tu descendencia desde el Torrente de Egipto hasta el Gran Río, el río Eufrates:

    Carta de San Pablo a los Filipenses 3,17-21.4,1.
    Sigan mi ejemplo, hermanos, y observen atentamente a los que siguen el ejemplo que yo les he dado.
    Porque ya les advertí frecuentemente y ahora les repito llorando: hay muchos que se portan como enemigos de la cruz de Cristo.
    Su fin es la perdición, su dios es el vientre, su gloria está en aquello que los cubre de vergüenza, y no aprecian sino las cosas de la tierra.
    En cambio, nosotros somos ciudadanos del cielo, y esperamos ardientemente que venga de allí como Salvador el Señor Jesucristo.
    El transformará nuestro pobre cuerpo mortal, haciéndolo semejante a su cuerpo glorioso, con el poder que tiene para poner todas las cosas bajo su dominio.
    Por eso, hermanos míos muy queridos, a quienes tanto deseo ver, ustedes que son mi alegría y mi corona, amados míos, perseveren firmemente en el Señor.

    Evangelio según San Lucas 9,28b-36.
    Unos ocho días después de decir esto, Jesús tomó a Pedro, Juan y Santiago, y subió a la montaña para orar.
    Mientras oraba, su rostro cambió de aspecto y sus vestiduras se volvieron de una blancura deslumbrante.
    Y dos hombres conversaban con él: eran Moisés y Elías,
    que aparecían revestidos de gloria y hablaban de la partida de Jesús, que iba a cumplirse en Jerusalén.
    Pedro y sus compañeros tenían mucho sueño, pero permanecieron despiertos, y vieron la gloria de Jesús y a los dos hombres que estaban con él.
    Mientras estos se alejaban, Pedro dijo a Jesús: “Maestro, ¡qué bien estamos aquí! Hagamos tres carpas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías”. El no sabía lo que decía.
    Mientras hablaba, una nube los cubrió con su sombra y al entrar en ella, los discípulos se llenaron de temor.
    Desde la nube se oyó entonces una voz que decía: “Este es mi Hijo, el Elegido, escúchenlo”.
    Y cuando se oyó la voz, Jesús estaba solo. Los discípulos callaron y durante todo ese tiempo no dijeron a nadie lo que habían visto.

    Extraído de la Biblia: Libro del Pueblo de Dios.

    Leer el comentario del Evangelio por :

    Teófanes de Ceramea (siglo XII), monje basiliano
    Homilía sobre la Transfiguración; PG 132, 1021s

    “Entonces los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre” (Mt 13,43)

    La hora de la Pasión se acercaba… Ahora bien, era necesario que en esta hora los discípulos no vacilaran en su espíritu; era preciso que los que un poco antes, por la palabra de Pedro habían confesado que él era el Hijo de Dios (Mt 16,16) pudieran creer, viéndole clavado en la cruz como a un culpable, que era un simple hombre. Por eso él les ha consolidado a través de esta admirable visión.

    Así, cuando le verán traicionado, agonizando, orando para que pase de él el cáliz de la muerte y llevado al patio del sumo sacerdote, se acordarán de la subida al Tabor y comprenderan que es él mismo quien se ha entregado a la muerte… Cuando verán los golpes y salivazos en su rostro, no se escandalizarán, sino que se acordarán de su resplandor más brillante que el sol. Cuando lo verán, burlado, vestido de manto de púrpura, se acordarán que a este mismo Jesús lo habían visto en el monte vestido de luz. Cuando le verán sobre el instrumento de suplicio, entre dos malhechores, sabrán que se manifestó entre Moisés y Elías como a su Señor. Cuando lo verán sepultado en tierra como a un muerto, pensarán en la nube luminosa que le recubrió.

    Aquí tenéis un motivo de la Transfiguración. Y es posible que haya otro: el Señor exhortaba a sus discípulos a no querer ahorrar su propia vida; les decía: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame” (Mt 16,24). Pero parece difícil renunciar a sí mismo, tener la perspectiva de una muerte ignominiosa; por eso el Salvador muestra a sus discípulos de qué gloria van a ser dignos si imitan su Pasión. En efecto, la Transfiguración no es otra cosa que la manifestación adelantada del último día “en que los justos brillarán como el sol en la presencia de Dios” (Mt 13,43)

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    Publicado por Anónimo | 21 febrero, 2016, 07:16
  3. Del Tabor al Calvario

    El Evangelio nos cuenta lo que sucedió en el Tabor. Poco antes Jesús había declarado a sus discípulos, en Cesarea de Filipo, que iba a sufrir y padecer en Jerusalén, a morir a manos de los príncipes de los sacerdotes, de los ancianos y de los escribas.
    Los Apóstoles habían quedado sobrecogidos y entristecidos por este anuncio. Ahora, tomó Jesús consigo a Pedro, Santiago y Juan, y los llevó a ellos solos aparte, para orar. Son los tres discípulos que serán testigos de su agonía en el Huerto de los Olivos. Mientras él oraba, cambió el aspecto de su rostro y su vestido se volvió blanco, resplandeciente.

    Y le ven conversar con Elías y Moisés, que aparecían gloriosos y le hablaban de su muerte, que había de cumplirse en Jerusalén.

    Siempre hace así Jesús con los suyos. En medio de los mayores padecimientos da el consuelo necesario para seguir adelante. La existencia de los hombres es un caminar hacia el Cielo, nuestra morada. Caminar en ocasiones áspero y dificultoso, porque con frecuencia hemos de ir contra corriente y tendremos que luchar con muchos enemigos de dentro de nosotros mismos y de fuera.

    El pensamiento de la gloria que nos espera debe espolearnos en nuestra lucha diaria. Nada vale tanto como ganar el Cielo. «Y con ir siempre con esta determinación de antes morir que dejar de llegar al fin del camino, si os llevare el Señor con alguna sed en esta vida, daros ha de beber con toda abundancia en la otra y sin temor de que os haya de faltar».

    El papa Francisco, al respecto del evangelio de hoy, dijo: “En este segundo domingo de Cuaresma, la Iglesia nos indica la finalidad de este itinerario de conversión, o sea la participación a la gloria de Cristo, en quien resplandece su rostro de Siervo obediente, muerto y resucitado por nosotros.

    La página evangélica nos cuenta el evento de la Transfiguración, que se coloca en el ápice del ministerio público de Jesús. Él está en camino hacia Jerusalén, donde se cumplirán las profecías del “Siervo de Dios” y se consumará su sacrificio redentor. Las multitudes no entienden esto, y delante a la perspectiva de un Mesías que contradice expectativas terrenas que ellos tienen, lo han abandonado. […]

    Y Jesús es el Hijo que se hizo Servidor, enviado al mundo para realizar a través de la cruz el proyecto de la salvación, para salvarnos a todos nosotros. Su plena adhesión a la voluntad del Padre, vuelve su humanidad transparente a la gloria de Dios, que es el Amor. Jesús se revela así, como la imagen perfecta del Padre, la irradiación de su gloria.[…]

    Con Pedro, Jacobo y Juan, subimos también nosotros hoy, al monte de la Transfiguración y nos detenemos en contemplación del rostro de Jesús, para recoger el mensaje y aplicarlo en nuestra vida; para que también nosotros podamos ser transfigurados por el amor. En realidad, el amor es capaz de transfigurar todo, el amor transfigura todo. ¿Creemos en esto?”.

    Extractando su reciente viaje a México, en una reunión con los jóvenes, el Papa ha subrayado, como ya hizo en su primer discurso, que uno de los mayores tesoros de esta tierra mexicana son sus jóvenes. Y no habló solo de esperanza, sino de “riqueza”. Entretanto precisó que no se puede vivir la esperanza, sentir el mañana, “si primero uno no logra valorarse, si no logra sentir que su vida, sus manos, su historia valen la pena”.

    El Pontífice añadió: “La principal amenaza a la esperanza es hacerte creer que uno empieza a ser valioso cuando se disfraza de ropas, marcas del último grito de la moda, o cuando uno tiene prestigio, o que uno es importante por tener dinero pero, en el fondo, el corazón no cree que uno sea digno de cariño, digno de amor. La principal amenaza es cuando uno siente que necesita tener plata para comprar todo, incluso el cariño de los demás. La principal amenaza es creer que por tener un gran auto uno es feliz”.

    Con amor y con claridad les ha recordado: “Jesús nunca nos invitaría a ser sicarios, sino que nos llama discípulos”.

    Y concluyó: “Él nunca nos mandaría a la muerte, sino que todo en Él es invitación a la vida”.

    (Del libro Hablar con Dios, http://es.catholic.net y https://es.zenit.org)

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    Publicado por Anónimo | 21 febrero, 2016, 07:16

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