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Trump, un caudillo latinoamericano

Es una ironía. Justo cuando América Latina está comenzando a darles la espalda a los líderes mesiánicos, Estados Unidos y Europa están empezando a seguirlos.

A juzgar por el amplio triunfo de Donald Trump en las primarias republicanas de Nuevo Hampshire, los votantes estadounidenses, que se suponía suelen elegir a líderes responsables, se están volcando hacia un demagogo narcisista sin experiencia política que promete que, como dice su lema de campaña, “¡Voy a hacer grande a Estados Unidos nuevamente!”.

Y no es un fenómeno que se limite a Trump en Estados Unidos. Ya sea Vladimir Putin en Rusia, Viktor Orban en Hungría, Recep Erdogan en Turquía, o la líder opositora francesa Marine Le Pen, hay una nueva camada de líderes xenófobos en todo el hemisferio norte.

Puede que se deba a una creciente brecha entre los más ricos y los no tan ricos, pero mucha gente en estos países está enojada, y buscan respuestas en dirigentes populistas xenófobos.

En la mayoría de los casos, estos líderes arremeten contra los extranjeros, se oponen a los acuerdos de libre comercio, prometen traer de vuelta épocas de oro reales o imaginarias, acusan a los medios independientes de estar al servicio de oscuros intereses, y se presentan a sí mismos como salvadores de la patria.

En América Latina, por el contrario, la gente se está cansando de los líderes carismáticos, al menos por ahora.

En Venezuela, el fallecido presidente Hugo Chávez y su sucesor, Nicolás Maduro, no solo arremetieron contra las libertades fundamentales, sino que destrozaron la economía. En Argentina, Bolivia, Ecuador y Nicaragua, otros líderes carismáticos debilitaron las instituciones democráticas, dando rienda suelta a la corrupción gubernamental.

Sin embargo, los vientos políticos están cambiando en la región. Argentina recientemente eligió a Mauricio Macri, un ingeniero que dice que él solo no puede resolver los problemas del país. En Venezuela, la oposición arrasó en las elecciones legislativas del 6 de diciembre, y se comprometió a acabar con el ciclo populista autoritario que lleva 17 años en el país.

Cuando llamé a varias figuras políticas latinoamericanas para preguntarles qué opinan del plan de Trump de construir un muro en la frontera con México, y de obligar a México a pagarlo, varios me dijeron que ese tipo de bravuconería es típica de los demagogos latinoamericanos.

“Trump tiene el típico estilo del caudillo latinoamericano”, me dijo el expresidente colombiano César Gaviria. “Dice lo que la gente quiere oír, la asusta, y luego dice: ‘No se preocupen, yo soy la solución a todos sus problemas’”.

De hecho, hay muchas similitudes entre Trump y los demagogos carismáticos de América Latina.

En primer lugar, la estrategia de campaña de Trump es puramente mediática. Hace declaraciones escandalosas casi a diario para colocarse en el centro de la agenda de los medios, y poner a sus rivales políticos a la defensiva.

Cuando al día siguiente los comentaristas señalan que las declaraciones de Trump son medias verdades o mentiras –como su afirmación de que la mayoría de los indocumentados mexicanos son criminales o violadores– arremete contra la prensa y la culpa por presuntamente tergiversarlo. Es la típica estrategia de los autócratas populistas.

En segundo lugar, como la mayoría de los populistas, Trump culpa a los extranjeros de los problemas internos, como cuando afirma que hay una avalancha de inmigrantes indocumentados, a pesar del hecho de que todos los estudios serios muestran que el número de inmigrantes indocumentados ha disminuido en los últimos siete años. Los líderes populistas necesitan un enemigo externo, para presentarse a sí mismos como líderes de una causa nacional.

En tercer lugar, Trump es un egomaníaco. No tiene programas concretos, ni un equipo de expertos. Todo está centrado en él. Su palabra favorita es “yo”. (En su discurso de lanzamiento de campaña el año pasado, dijo 220 veces la palabra “yo”). Su campaña se basa en la discutible premisa de que él es el mejor, y que sus rivales son supuestamente “estúpidos”, “idiotas”, o vendidos a intereses especiales.

Mi opinión: Si Trump se convirtiera en presidente, en vez de conseguir que Estados Unidos vuelva a ser grande nuevamente, como reza su lema de campaña, haría que Estados Unidos se vuelva más parecido a los países de América Latina que han sido destruidos por caudillos populistas.

Por Andrés Oppenheimer

 

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Acerca de jotaefeb

Un arquitecto jubilado. Aprendiz de todo, oficial de nada. Un humano más. Acá, allá y acullá. Hurgador de cosas cotidianas y trascendentes.

Comentarios

7 comentarios en “Trump, un caudillo latinoamericano

  1. Hillary y Trump: rozando la nominación

    Con toda ideología ocurre lo mismo. O algo parecido. Cuando se cierra sobre sí misma, se torna ideologista y con ello se hace maniquea: solo los miembros de la misma poseen la luz de la verdad para solucionar todos los males ciudadanos; el resto de los mortales están en el error. Y si a ello se le agrega el liderazgo de alguien que sin empachos ni medias tintas dice cosas que contradicen la lógica y la decencia mínima ciudadana, tenemos un populismo hecho y derecho. Y como tal, ese grupo populista, cada vez más concentrado y autoconsciente, cree que el líder siempre tiene razón, aunque, dentro de sí mismo, se sepa y murmure que no es tan así. Pues, lo que cuenta en un populismo, más que lo que se está a favor, es aquello que se está en contra.

    Y así, todo populismo termina en ser maniqueo, como medio de sobrevivencia. Maniqueo pues juzgan la realidad como un enfrentamiento entre el bien y el mal y, lo que es más grave, definiendo a su propia postura, como la del bien absoluto contra el mal y la mala fe. Lo cierto es que Trump, con ese mensaje populista, ganó este martes en todas las primarias del partido republicano de manera decisiva en los estados de Connecticut, Pensilvania, Delaware, Maryland y Rhode Island. Y su victoria no deja dudas acerca del “humor” de los votantes respecto al enemigo, el establishment: el billonario obtuvo la mayoría en dichos estados por más de 50% de los sufragios e incluso más, como en Connecticut y Rhode Island, en donde sobrepasó el 60% de los votos. Los números no engañan, y Trump está bordeando el número mágico de 1.237 delegados que se requieren para la nominación. Hoy ya tiene más de 950 delegados, contra 544 de Ted Cruz y 153 del gobernado Kasich, de Ohio.

    Como todo movimiento dentro de un partido, el “trumpismo” está copando poco a poco las estructuras republicanas y, si esto continúa así y nada indica que podría haber sorpresas a este punto, el Partido Republicano será “trumpista” en vez de que Trump se adapte a los estilos ideológicos de los republicanos. No obstante, John Kasich y Ted Cruz están jugando su última carta estratégica antes de la convención partidaria. En las próximas primarias, principalmente en el Estado de Indiana, y las de Nuevo Mexico y Oregon, ambos políticos se aliaron para que el primero, Cruz, compita solitariamente en Indiana, y segundo, Kasich, compita a su vez solo en Nuevo Mexico y Oregon, para juntar los votos de ambos, el voto antitrump, alrededor de uno de ellos y así impedir que el magnate obtenga delegados que le permitan la nominación antes de la convención.

    En el campo demócrata, la victoria de la senadora Clinton sobre Bernie Sanders este martes fue categórica. Es así como la ex secretaria de Estado al ganar el estado de Pensilvania con 189 delegados se asegura la nominación, además de haber ganado en Maryland, Delaware, y Connecticut, aunque Sanders captara la mayoría de los sufragios en Rhode Island. Es la presunta nominada de su partido pues no solo ha ampliado su ventaja en el conteo de delegados –ahora le lleva más de 1.000 delegados de ventaja al senador de Vermont– sino que, Clinton, ya ha descargado parte de su artillería retórica contra Trump que, evidentemente, aparece en sus carpas como el adversario seguro y temido.

    Es que la preocupación en el campo demócrata no es menor. El entusiasmo del populismo de Trump no solo está movilizando grandes franjas dormidas de los republicanos sino que, lo que es más llamativo, importantes núcleos de obreros demócratas, trabajadores industriales marginados y dejados de lado por la globalización, se están volcando al trumpismo de manera significativa. El caso de este martes donde las primarias republicanas de Pennsylvania fueron “abiertas” –donde cualquiera podía votar– es un ejemplo de ello: se estima que un número muy alto de demócratas votaron por Trump.

    La segunda ciudad del Estado de Pennsylvania, Pittsburgh, conocida como la “ciudad del acero”, tiene demasiados desilusionados de los tratados de libre comercio, del flujo incesante de inmigrantes indocumentados, de la falta de trabajo, y de la inoperancia del Estado federal para solucionar sus problemas. El mensaje de Trump está resonando en ellos, mucho más que el de Hillary; a quien se la ve como parte del problema, del establishment de Washington. El populismo de Trump creó un enemigo, el establisment, aunque nunca se pudo saber cómo es que un billonario que fue cobijado por el mismo no se lo percibe como parte del mismo. Así, la democracia-populista, las mayorías de masas, cobran un sentido salvador, cuasi escatológico. Me temo que el pragmatismo postmoderno hace a las democracias sean presas de un irracionalismo llamativo. Pero eso es precisamente la lucha política, una suerte de microhistoria, hecha de idas y venidas, y donde lo único que no es posible ni es moral es aislarse de la misma.

    Por Mario Ramos-Reyes

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    Publicado por jotaefeb | 2 mayo, 2016, 17:13
  2. “Comparar a Trump con Hitler distrae del verdadero peligro”
    Entre el ascenso de Trump y el de Hitler hay similitudes, pero las diferencias son más importantes, dice un historiador alemán, y advierte sobre las consecuencias para el mundo si Trump llegase al poder.

    Deutsche Welle: La lista de parecidos entre Donald Trump y Adolf Hitler es cada vez más larga. No solo un expresidente mexicano, la hermanastra de Ana Frank y diversos observadores comparan a Trump con Hitler. Este fin de semana, también el famoso programa cómico estadounidense “Saturday Night Live” y hasta un conductor ultraconservador de radio de ese país se refirieron a los parecidos entre Trump y Hitler. ¿Se puede decir que es adecuada tal comparación?
    Thomas Weber: Independientemente de si la comparación es o no justificada, hay que pensar si es beneficiosa políticamente hablando. El peligro de esas comparaciones con Hitler siempre es que el primero que la hace ya ha perdido porque la discusión gira alrededor de la comparación con Hitler y deja de centrarse en lo verdaderamente sustancial. En el caso de Trump, distrae del verdadero peligro que podría surgir, más allá de cualquier similitud con Hitler. Sin embargo, pienso que sí hay ciertos parecidos entre el éxito actual de Donald Trump y el éxito de antaño de Hitler. Esos parecidos se ubican, sobre todo, en el terreno táctico, ya que ambos se presentaron como anti-políticos que quieren sacar adelante a su país. Y ambos presentan una gran flexibilidad táctica. Eso en Donald Trump es incluso más llamativo que en Hitler.
    Además, hay otra similitud en cómo se los percibe y entiende. Justamente porque los dos se muestran tan camaleónicos es a veces difícil saber lo que realmente piensan. Eso es muy útil para ellos, ya que gente de distintas corrientes políticas creen que Trump –o en su día Hitler- está de su lado. En ese sentido veo muchas similitudes. Sin embargo, diría que las diferencias son igual de grandes, o incluso mayores.

    ¿Y cuáles son esas diferencias?
    En primer lugar, Trump representa aquello que odiaba Hitler. Hitler no solo era antisemita y antibolchevique, sino que, precisamente, en sus primeras épocas, cuando actuaba como ahora lo hace Trump, ser anticapitalista y antiestadounidense era para él sumamente importante. Es decir que Trump sería ahora casi la personificación de lo que Hitler odiaba.
    Pero más importante es que detrás de esos parecidos tácticos, Trump posee una gran flexibilidad en su pensamiento y en su actuación políticos que Hitler no tenía. Hitler era flexible a nivel táctico, mientras Trump va más allá de lo táctico: es también un “hombre de negocios”, y los tratos y compromisos forman parte de su carrera. Por el contrario, para Hitler, todo acuerdo olía a podrido. Por eso es que la forma de hacer política, más allá de hacer campaña, es distinta. Como dije al principio, eso no significa que Trump no sea peligroso. El peligro que representa Trump es muy diferente y consiste en que Trump, como demagogo y populista que es, dice y hace todo lo necesario como para llamar la atención y llegar al poder. Eso significa, en el mejor de los casos que, si llega a presidente, Trump no será el presidente ideal, pero tampoco una catástrofe total, ya que está en condiciones de cerrar tratos y hacer concesiones.
    Sin embargo, creo que ese escenario positivo no ser hará realidad y que Trump es un gran peligro porque está destruyendo –con su demagogia y su populismo- las reglas formales e informales de la política estadounidense con tal de obtener atención y llegar a ser exitoso. En definitiva, está usando las reglas de la telerrealidad para hacer política, con lo cual está minando las reglas de la política estadounidense. Y si esas reglas y las normas de convivencia social de un país son destruidas, no queda claro cuáles serán las consecuencias de esa forma de actuar.
    El mundo ya está bastante convulsionado. Si ahora, además, llega al poder un presidente estadounidense al que no le importan en absoluto las reglas, eso conducirá a que el mundo sea más inseguro aún y a que Estados Unidos se debilite más todavía. Esos son los verdaderos peligros de una posible presidencia de Donald Trump.
    No solo Trump es comparado con Hitler, sino que también EE. UU. es comparado con la Alemania nazi. ¿Es legítima esa comparación?
    La comparación es legítima, por supuesto. Solo que hay que preguntarse hasta dónde se la puede llevar. El parecido consiste en que en la Alemania de los años 20 y 30 las clases media y baja se veían a sí mismas como perdedoras de la crisis económica, con la inflación y el resultado del Tratado de Versailles, exactamente como hoy, en EE. UU., una clase media baja de raza blanca se ve como perdedora y piensa –por primera vez en décadas- que el futuro no va a ser mejor que el pasado. Se ven como los perdedores de la globalización, de las decisiones de Wall Street y de la crisis financiera. Es decir, que sí hay ciertas similitudes en la situación política de EE. UU. con la de Alemania en aquella época en cuanto a las capas sociales y a su predisposición a apoyar a alguien como Trump o Hitler.
    Pero hay que tener cuidado de no llevar esas comparaciones demasiado lejos, ya que, después de todo, yo diría que las diferencias son más importantes que las similitudes. Y eso no en último lugar porque en EE. UU. hay problemas graves, pero EE. UU. es, sin duda, un Estado y una sociedad que funcionan. Y la Alemania de entreguerras no lo era.

    Thomas Weber es profesor de Historia y Política Internacional, así como director fundador del Centro de Seguridad Global y Gobernanza de la Universidad de Aberdeen, Escocia.

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    Publicado por Anónimo | 9 marzo, 2016, 11:05
  3. El absurdo muro de Trump

    Por fin, Donald Trump ha despejado la incógnita y ha dado a conocer cuánto costará el muro que pretende construir en la frontera con México, y que se ha convertido en uno de los ejes centrales de su campaña: costaría US$ 8.000 millones. Eso significa que, si se materializa, sería el mayor derroche de dinero de la historia reciente.

    “El muro probablemente costará US$ 8.000 millones, lo cual es una pequeña fracción del dinero que perdemos con México”, dijo Trump a la cadena MSNBC el martes, después de meses de negarse a estimar cuánto costaría su propuesta para construir el muro fronterizo.

    “Es un cálculo muy simple”, dijo Trump, explicando que la frontera entre los dos países es de 2.000 millas. “Y de las 2.000 millas, no necesitamos 2.000, necesitamos unas mil, porque hay barreras naturales”.

    Cuando se le preguntó cómo iba a pagar por el muro, Trump reiteró su afirmación de que exigirá que México lo pague. ¿Y cómo hará para convencer a México de que lo pague? Simplemente respondió: “Les dices: ‘vas a pagarlo tú!’ ”.

    La reacción del lado mexicano de la frontera fue una carcajada colectiva.

    Cuando llamé al expresidente mexicano Vicente Fox y le pregunté sobre el muro de Trump, respondió: “¡Está loco!”.

    Fox dijo que el muro de Trump generaría una contrarreacción nacionalista en México, que alejaría a Estados Unidos de uno de sus mayores socios comerciales, y perjudicaría a la economía estadounidense. Trump “es un falso Mesías que dice cosas que a algunos les gusta escuchar, pero que son irresponsables”, dijo.

    Hay por lo menos cinco razones por las que el muro fronterizo sería, para utilizar uno de los términos favoritos de Trump, una estupidez.

    En primer lugar, no hay ningún estudio serio que muestre que hay una avalancha de inmigrantes indocumentados mexicanos hacia Estados Unidos.

    Por el contrario, el Pew Research Center y el Centro de Estudios Migratorios de Nueva York dicen que el número de inmigrantes indocumentados ha caído desde un récord de 12 millones en 2008 a 10,9 millones en la actualidad.

    En segundo lugar, alrededor del 40 por ciento de los migrantes que entran ilegalmente a Estados Unidos no lo hacen cruzando la frontera con México, sino que vienen en avión y simplemente se quedan una vez que sus visas han expirado. Un muro fronterizo no va a detener a quienes vienen por vía aérea.

    En tercer lugar, es poco probable que el número de indocumentados mexicanos en Estados Unidos aumente en el futuro, por razones demográficas. Mientras que México tenía una tasa de natalidad de más de 6 hijos por mujer en 1960, la tasa de natalidad ha caído a 2,2 hijos por mujer hoy en día.

    O sea, los jóvenes mexicanos, que son los más propensos a emigrar, son un grupo poblacional que se está reduciendo.

    En cuarto lugar, un muro fronterizo empujaría a los migrantes a entrar a Estados Unidos a través de rutas más remotas y peligrosas, lo que aumentaría lo que cobran los traficantes de personas, y haría que muchos trabajadores temporales que van y vienen se queden en Estados Unidos. Podría haber más –en lugar de menos– indocumentados permanentes.

    En quinto lugar, el muro de Trump –junto con sus declaraciones que tachan a la mayoría de los inmigrantes mexicanos de criminales y violadores, y sus llamados a la deportación masiva de casi 11 millones de indocumentados– desencadenaría una reacción nacionalista antiestadounidense en México, en el resto de América Latina y en gran parte del mundo.

    Esto último puede resultar irrelevante para muchos seguidores de Trump, pero una guerra comercial con México perjudicaría a Estados Unidos. Las exportaciones de Estados Unidos a México y Canadá sostienen más de tres millones de empleos estadounidenses, según datos oficiales de Estados Unidos.

    Mi opinión: Como la mayoría de los demagogos, Trump se aprovecha de la falta de información y la xenofobia de mucha gente para presentarse a sí mismo como un nuevo mesías. Pero, por las razones expuestas anteriormente, el muro fronterizo sería un monumental desperdicio de dinero, un símbolo del aislamiento estadounidense, y una receta para el declive de Estados Unidos como potencia mundial.

    Por Andrés Oppenheimer

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    Publicado por Anónimo | 23 febrero, 2016, 11:10
  4. La controvertida campaña electoral estadounidense

    Laurence Lowell, el más célebre orador académico de todos los tiempos, exrector de la Universidad de Harvard, solía preguntar insistentemente a sus interlocutores si los Estados Unidos estarían en el sendero de convertirse en una nueva Cartago, que por su espíritu mercantilista desapareció del escenario mundial hace más de 2.000 años.

    Corría el final de la Segunda Guerra Mundial, cuando aún no había estallado la Guerra Fría, y todo parecía que el gran “sueño americano” se había impuesto de la mano de una economía floreciente que detentaba casi la mitad del producto bruto de la Tierra; el hombre supuestamente había llegado a la cúspide de la felicidad y la realización plena. Parecía que la historia había terminado y que el “progreso sostenido” se haría cargo de todo lo que fuera añadido en la posteridad.

    Sin embargo, en el lado opuesto de esta visión obnubilada se encontraba el hecho de que las dos superpotencias, Estados Unidos y la Unión Soviética, se iban preparando para la guerra de exterminio en una escalada ascendente que generaba una paz ficticia cimentada sobre el terror nuclear.

    Ese sueño de grandeza, de paz universal y de las ambiciones desmedidas para acaudalar riquezas despreciaba los valores que se enmarcaban dentro de la cosmovisión de la espiritualidad.

    Para culminar todo este proceso histórico de optimismo desmesurado llegó el suceso de la caída de las Torres Gemelas, que le dio un duro golpe a la libertad individual de los estadounidenses, a lo que se vino a sumar la gran crisis económica del año 2008, con millones de embargados por deudas inmobiliarias, con un resabio interminable de listas de desempleados y un número cada vez más creciente de marginados sociales que hoy están subsistiendo a duras penas con subvenciones estatales y por obra y gracia de la ayuda humanitaria voluntaria.

    Aunque en los años posteriores se haya sentido un leve alivio de esta situación estructural, la performance de la economía norteamericana nos plantea un escenario complejo e inestable.

    Para graficar bien lo que estamos diciendo podemos considerar el deterioro de la clase media, que detentaba hace tres decenios el 62% de la pirámide poblacional, mientras que hoy esa cifra se ha reducido casi a la mitad; mientras que la clase rica ha aumentado sus caudales con referencia al ingreso nacional casi el doble de lo que significaba hace tres lustros.

    No es extraño, entonces, que en estas elecciones primarias estadounidenses aparezcan personajes exóticos, mesiánicos y proféticos cuya visión exitista se vuelve extremadamente optimista y cuya implementación resultaría en un verdadero fracaso por encontrarse totalmente ajenas a la realidad.

    Así nació la candidatura de Donald Trump, quien desplegó en sus discursos conceptos realmente ofensivos a la pobreza y a la inmigración ilegal, que hoy suman más de once millones de almas, contra los que reclama la expulsión inmediata del territorio estadounidense, cerrando a la vez las fronteras para los musulmanes aunque estos proviniesen de la masacre que se está produciendo en Siria.

    ¿Cómo se explica que un hombre tan menguado de cultura y erudición, tan saturado de xenofobia y racismo pueda estar ocupando hoy el más alto nivel en las encuestas del Partido Republicano? No se puede explicar semejante engendro exótico sin tomar en cuenta la crisis moral y ética profunda en la que se halla sumida los Estados Unidos.

    Crisis interna referida a la violencia estudiantil, al aumento exponencial a la drogadicción, al crecimiento del alcoholismo, al desquicio familiar y a la proliferación del aborto, sumado a todo esto el creciente temor de la incursión del Estado Islámico, que ya ha puesto pie en territorio americano.

    En el polo opuesto de este mesianismo conservador se encuentra Bernard “Bernie” Sanders, quien también encarna un nuevo “sueño americano”, planteando medios sencillos pero irrealizables a corto plazo para resolver el problema de la educación y de la salud pública gratuita.

    Ambos pretenden crear un “nuevo mundo reformado” no por la ética ni por la moral, ni por las cruzadas cristianas con su visión trascendente, sino simplemente con recursos y factores que devienen de un “realismo mágico y providencial”, de corte puramente humano.

    Más allá de estos dos políticos exóticos que ocupan el extremo opuesto del pentagrama electoral, se encuentran aquellos políticos profesionales que no plantean una solución integral a corto plazo, entendiendo que el problema escapa de la potestad de solo un ser mortal.

    Trump, paradójicamente, pretende elevar los impuestos a los más ricos dando los beneficios de la seguridad social gratuita a aquellas personas de más de 65 años de edad.

    Vista así la cosa, estas elecciones estadounidenses tienen un sesgo totalmente insólito, saturado de denostaciones y agravios personales, insinuaciones maliciosas con palabras proferidas en doble sentido y una ironía sórdida y procaz que no tiene parangón en la historia política estadounidense.

    Tal vez sería oportuno volver a replantear el cuestionamiento que se hacía Lowell como señalábamos al comienzo de este comentario.

    Por Hugo Saguier Guanes

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    Publicado por Anónimo | 16 febrero, 2016, 15:41
  5. La hora de los insurgentes: Trump y Sanders
    Por Roberto Izurieta
    Catedrático de la George Washington University

    Donald Trump y el Senador Sanders son muy distintos políticamente pero ambos representan el triunfo de la insurgencia: cada uno en su esquina ideológica. La elección de New Hampshire es de las más interesantes en este proceso electoral de las elecciones internas de los partidos demócratas y Republicano porque permite votar a los ciudadanos independientes (no afiliados a ningún partido) y los independientes se manifestaron en números récords dando una enorme ventaja a Trump y Sanders: la insurgencia.

    Trump es un insurgente contestario y agresivo; Sanders es un insurgente idealista y pacificaste. Pero ambos son insurgentes en su propia arena política. Sanders es un Senador que ha estado en el Congreso de los EUA casi toda su vida pero, sin embargo, representa la reacción contra la política de Washington porque desde allí siempre fue un contestario de ese poder. Asimismo, Trump es un millonario que expresa el descontento de la influencia ilimitada del dinero en Washington (al igual que Sanders) de la cual Trump claramente dice que se ha beneficiado. Trump financia casi toda su campaña con sus propios recursos y la de Sanders gracias a más de tres millones de contribuyentes que han dado en promedio de alrededor de US$ 30.

    Ambos representan el cambio en la política y en la forma de hacer política.

    Sanders escandaliza a los ricos al proponer que el seguro médico universal y la educación universitaria gratuita deban ser financiada por Wall Street. De la misma manera Trump escandaliza a los progresistas al decir que no dejaría entrar a musulmanes, que construiría un muro en la frontera con México y que bombardearía ISIS hasta acabarlos. Ambos, en sus distintas formas y posiciones escandaliza a todos aquellos que hemos analizado y practicado la política toda nuestras vidas: y ese es su éxito.

    Trump y Sanders dicen lo que piensan y hablan lo que sienten. Son transparentes y a veces nos escandalizan diciendo cosas que no se deben/pueden decir. En ambos casos sabemos exactamente lo que cada uno piensa y porque quieren ser presidentes. Y la confianza es el activo más grande de la comunicación política (y por lo tanto de las elecciones). La gente vota por emociones y la confianza y el miedo son las dos emociones más poderosas en una elección. Sanders utiliza una y Trump ambas.

    Hillary Clinton es la candidata “perfecta”: tiene una carrera política llena de experiencia, conoce los problemas de Estado a profundidad y tiene propuestas elaboradas por los mayores expertos en cada una de las áreas. Pero no inspira confianza. Casi nunca se sabe lo que Hillary Clinton realmente piensa y siente. Esta todo programado y muy bien calculado.

    Cuando HC dio su discurso luego de haber ganado (con menos del 0.5%) en Iowa, nos dijo que era igual de progresista que Sanders. Olvidándose que la televisión no se escucha, sino que se ve. La imagen que Hillary Clinton proyectaba era una imagen de poder y es exactamente contra ese poder que los votantes están rechazando. Bill Clinton es muy popular dentro de los Demócratas, pero la imagen que proyectaba Hillary y Bill Clinton en su discurso de Iowa (el mas visto en este proceso electoral) era la imagen de una “pareja de poder”. Hillary usaba un vestido que claramente parecía costar miles de dólares y usaba joyas ostentosas pero decía que era progresista. En televisión lo importante es lo que se ve y no lo que se escucha (para escuchar esta la radio). Trump usa sus trajes abiertos con una corbata que pasa su pantalón y Sanders utiliza camisas compradas claramente en Outlets. La imagen que proyectaba HC era de poder: la imagen de Sanders y la de Trump era de insurgentes.

    Un hombre rico puede ser contestario cuando de muchas formas no se comporta formalmente como un hombre rico. Trump parece más bien un “nuevo rico” que esta ahí en Manhattan para cuestionarles a los ricos tradicionales y formales que son la expresión popular del abuso de poder. Trump es ese rico que las mayorías quisieran ser porque saben que no serian bienvenidos en sus cocteles y reuniones por no ser miembros oficiales y antiguos del club de los ricos. Trump tiene atrás de él una aura de triunfo que hará con los EUA lo que hizo con su dinero: crear fortuna y poder. Ofrece empleos porque que los ha creado. En tal sentido, al igual que Obama en su momento, ofrece esperanza.

    Ahora vienen las asambleas partidarias (caucuses) de Nevada y las elecciones en Carolina del Sur, Estados ya de un tamaño mas grande y con un electorado mucho mas representativo del electorado nacional con más hispanos y afroamericanos. Pero con una gran ausente: los independientes no pueden votar en esas primarias. Por eso, seguramente, Trump y Sanders no lograran el triunfo que han logrado en Iowa y New Hampshire pero si las elecciones internas lo permitirían, lo más probable es los votantes independientes acudirían a votar ahora y en las elecciones generales de noviembre para expresar su rechazo al “poder constituido”. Pero eso muy probablemente no sucederá.

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    Publicado por Anónimo | 16 febrero, 2016, 08:45
  6. Trump, Sanders y el fin del excepcionalismo norteamericano

    Por Carlos Alberto Montaner (*)

    Será como Godzilla contra King Kong. Lo que hace unos meses parecía imposible, hoy tiene algunas probabilidades de ocurrir: que acaben enfrentándose Donald Trump y Bernie Sanders en una batalla electoral por la Casa Blanca.

    Pudiera ser. La composición política de Estados Unidos cada día que pasa se asemeja más a Europa. Donald Trump recuerda a Jean-Marie Le Pen, el político francés cuasifascista fundador del Frente Nacional, partido del que luego resultaría expulsado.

    Trump no tiene, como Le Pen, una densa biografía política y militar, sino una larga y fundamentalmente exitosa experiencia como empresario, pero coinciden en la visión nacionalista, el rechazo a los inmigrantes y el culto por la intimidación del adversario. Son, como en los boleros, dos almas gemelas.

    Cuentan, además, con las mismas fuentes de admiración. Los partidarios de Trump y de Le Pen forman parte de cierta clase trabajadora de rompe y rasga, poco educada, que disfruta del lenguaje directo y sin filtro, capaz de llamarle pan al pan, y a la vagina o al pene cualquier grosería que se les ocurra.

    Bernie Sanders, por otra parte, no es un déspota comunista que llegaría al poder para crear una dictadura. Es otra cosa. No es Stalin ni Fidel Castro. “Que no panda el cúnico”, como decía el Chapulín Colorado. Es una especie de Olaf Palme nacido en Brooklyn. Declara ser un socialista. ¿Qué significa esa palabra en su caso?

    Es un redistribucionista, un populista que subirá notablemente los impuestos federales para dedicar los fondos a “obra social”, convencido de que las necesidades de ciertas personas deben ser convertidas en obligaciones de todas las personas, sin advertir que esa traslación de la responsabilidad individual suele crispar y confundir al conjunto de la sociedad.

    Es una lástima que Sanders, cuando estudió en la Universidad de Chicago, no hubiera acudido a las clases de Gary Becker, entonces profesor de esa institución. Le dieron el Premio Nobel de Economía, entre otras razones, por describir los daños imprevistos que se derivaban de las buenas intenciones del welfare.

    ¿Cuánto aumentaría Sanders los tributos si consigue (que lo dudo) vencer la resistencia del Congreso? Combinados con los estatales, más otras cargas fiscales, como explicó Josh Barro en The New York Times, y luego matizó Tim Worstall en Forbes, alcanzaría el 73% de los ingresos. Ese porcentaje desborda la Curva de Laffer y, por lo tanto, recaudará mucho menos de lo previsto.

    Será un fracaso y acabará empobreciéndolos a todos, como sucedió en Suecia hasta que en 1992-1994 comenzaron a rectificar el Estado de Bienestar. Algo que describe espléndidamente el economista Mauricio Rojas en The rise and fall of the Swedish model, excomunista chileno que vivió en ese país varias décadas, comprendió que se había equivocado, tuvo la decencia y el valor de rectificar, y llegó a ser parlamentario por el Partido Liberal.

    En cualquier caso, la presencia de personas como Trump y Sanders en el panorama político de Estados Unidos liquida totalmente la noción del excepcionalismo norteamericano, suscrita por tantos pensadores e ideólogos persuadidos de que el país tiene una responsabilidad moral que cumplir con la humanidad.

    Termina la discutida proposición, un tanto mesiánica, de que Estados Unidos es una nación única, la primera república moderna, diferente a las demás, escogida por Dios para servir de modelo y para defender el republicanismo, la libertad, el individualismo, la igualdad y la democracia, para derrotar paladinamente a fascistas, nazis y comunistas, y hoy, para enfrentarse al islamismo asesino del nuevo califato.

    Es una lástima. Lincoln al final de su breve Discurso de Gettysburg afirma que “los americanos tienen la tarea de que el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo no desaparezca de la Tierra”. Es otra versión del excepcionalismo. A Ronald Reagan le gustaba jugar con esas ideas y con la metáfora que sigue: el país es “la luz del mundo, una ciudad asentada sobre un monte que no se puede esconder”, como dijo Jesús en El Sermón de la Montaña.

    Nada de eso. Es una nación como todas. Con sus Trump y sus Sanders. Como todas.

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    Publicado por Anónimo | 16 febrero, 2016, 08:39
  7. Donald Trump y la crisis de valores

    Por Hugo Saguier Guanes

    Van tomando fuerza y dinamismo los outsiders de la campaña electoral estadounidense que cuestionan el viejo orden y promueven cambios radicales en el escenario político.

    En efecto, el repunte de Donald Trump y “Bernie” Sanders refleja el descontento de parte del electorado con las élites que buscan frenar el impulso vertiginoso de estos candidatos. Harían falta muchos tratados de sociología y psicología para entender y explicar con lógica objetiva el éxito de Trump y Sanders, aun más del primero, que va colmando las expectativas del partido republicano a nivel nacional a tal grado que muchos lo dan como virtual triunfador para la nominación presidencial.

    Tanto Sanders como Trump han apelado más a las emociones y a las pasiones antes que la racionalidad y la ecuanimidad.

    Pero ahí también están los grandes vendedores de visiones y forjadores de magníficos sueños que han culminado en utopías irrealizables. Hitler había convencido a su pueblo de que era el elegido del destino para regir la marcha de la raza germana. Lo propio hizo Mussolini al elaborar la estrafalaria y peregrina idea de que los italianos estaban llamados a ser los nuevos amos del mundo latino, en una nueva reedición del “Sacro Imperio Romano Germánico”, donde Hitler sería la reencarnación de Carlomagno y Mussolini la de Julio César, quienes compartirían todo el poder y el dominio europeo.

    Así también nadie puede erradicar de la mente febril y delirante de Donald Trump la idea de que él ha sido elegido para diseñar el nuevo orden mundial y el nuevo cambio que se originará en los Estados Unidos: el mundo nuevo de la opulencia ilimitada de la mano de los grandes consorcios y de las corporaciones industriales que rigen la economía del país en el despuntar del nuevo siglo XXI.

    Trump asegura que su país va a recuperar el eminente rol que tenía a principios de la década de los 50 con oropeles e incienso para los más ricos y una esperanzadora “revolución” para los más pobres.

    Pero hoy corren por el mundo guerras y rumores de guerra dentro del contexto de una “nueva Guerra Fría” que ya ha sido reconocida plenamente por Moscú. Nunca como ahora se desatan presagios lúgubres acerca del destino de la humanidad, haciendo que este siglo sea totalmente diferente a los ya vividos.

    Los desafíos son globales y las fuerzas centrípetas de la globalización se oponen fuertemente a las coordenadas centrífugas de la xenofobia, provocando un tremendo desconcierto donde las Naciones Unidas ha reconocido su impotencia para desactivar la chispa de una virtual conflagración regional y mundial.

    El presidente de los Estados Unidos que asuma en enero de 2017 va a encontrar grandes cuestionamientos que antes parecían inabordables como el tema del Wall Street que para Sanders es un “Leviatán” con miles de tentáculos que atosigan y asfixian al pueblo norteamericano.

    ¿Qué repercusiones pueden tener las estadísticas elaboradas por Trump en el campo existencial de la pobreza exponencial? ¿En qué se podrá beneficiar el prójimo común del pan de cada día con una política tan discriminativa hacia los débiles y los marginados?

    Trump es el hombre de las grandes contradicciones y paradojas. Se presenta frente al público norteamericano como el gran trabajador exitista y triunfador que tiene la mágica potestad del rey Midas de convertir en oro todo lo que toca, con un optimismo y un simplismo que lo han convertido por arte de magia en un mito y un sueño circunscripto solamente a las estadísticas frías y mecánicas, al “debe y el haber”, sin presentir que la política es mucho más que un concepto crematístico y que involucra a la parte sentimental del hombre y a la administración de arbitrariedades, virtudes y lacras que devienen de la misma.

    Trump dijo que mandaría al infierno a todos los musulmanes, erigiéndose así en mesías predestinado para usurpar el sitial del mismo Dios, el único que tiene potestad para juzgar a los seres humanos. En el trasfondo profundo, la crisis norteamericana es una crisis de valores y de la visión trascendental que tuvieron los grandes fundadores de esa patria: la de los cuáqueros y la de los puritanos.

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    Publicado por Anónimo | 16 febrero, 2016, 08:38

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