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Cultura del sentir

Los sentidos y la inteligencia son los dos recursos fundamentales con que contamos para aprehender la realidad, es decir, para percibirla, interpretarla, conocerla y comprenderla. En este proceso que va desde la sensación hasta llegar a la intelección, o sea, a la comprensión de la realidad, hay por tanto dos aprehensiones: la aprehensión sensible y la aprehensión intelectiva, que elabora la inteligencia.

¿Qué está pasando en nuestra cultura sobre el modo de vivir ante la realidad? Estamos prefiriendo contentarnos con la aprehensión sensible, la captación de la realidad, por los sentidos, mucho más que por la aprehensión intelectiva, que supone la reflexión sobre la realidad para conocerla y comprenderla profundamente. Nos quedamos entretenidos y satisfechos con el conocimiento que los sentidos nos dan de la realidad.

Los medios de comunicación social, los políticos astutos y los industriales y comerciantes con el apoyo de los publicitarios han comprendido esta tendencia del hombre y la mujer actuales y nos presentan la realidad con “sensacionalismo” para alimentar nuestra hambre de sensaciones.

¿Qué sucede con este tratamiento sensacional de la realidad y nuestra afición por alimentarnos casi exclusivamente de sensaciones? Que no conocemos la realidad sino los aspectos sensibles y sensacionales de ella. Con información parcial (casi exclusivamente de lo sensible) vivimos la sensación de las personas, los hechos y las cosas, pero no lo que ellas son ni las pistas para descubrir por qué son así y qué valores o antivalores reales y profundos tienen en sí. Yo no compro lo que las cosas de consumo son, sino los presuntos valores que su publicidad me hace sentir; no compro Coca-Cola, sino la presunta chispa de la vida, sociabilidad, alegría, felicidad con que me la presentan.

Sucede también que ante las personas, los hechos, las cosas e incluso ante nuestra propias vivencias interiores reaccionamos sensiblemente, pero no intelectualmente, usamos muy poco nuestra inteligencia, nos basta para reaccionar orientarnos con las sensaciones y las emociones. No es que la inteligencia y los sentidos estén contrapuestos, sino que nosotros no desarrollamos la actividad de la inteligencia. La inteligencia, como analizó magistralmente Xavier Zubiri es “Inteligencia sentiente” (1980), pero nosotros no realizamos todo el proceso unitario de la inteligencia sentiente, sino que normal y mayoritariamente en la actual cultura nos contentamos con el proceso del sentir.

La falta de ejercicio de la inteligencia nos priva no sólo del conocimiento verdadero y profundo de las personas, los hechos, las cosas y nuestro mundo interior, sino también de los placeres propios del ejercicio de la inteligencia, nos estancamos en los placeres de las sensaciones y sus respectivas inmediatas emociones. Y como es generalizada y mucha la carencia afectiva nos refugiamos en el consumo de cosas e incluso de personas y actividades en busca de emociones. Lipovestky ha caracterizado la hipermodernidad entre otros rasgos con el del consumo de emociones, frecuentemente de emociones fuertes, incluyendo emociones masoquistas como la contemplación en cine y televisión o en periodismo amarillo de la violencia, del crimen en primer plano, del terror y del dolor.

En contraste con la intensidad y extensión progresivas de la cultura del sentir constatamos la pobreza y escasez de la educación de los sentidos y la sensibilidad. Sociólogos y psicólogos denuncian la pérdida de sensibilidad social ante el dolor ajeno. En ese clima de insensibilidad generalizada se instala con mayor facilidad la violencia directa, estructural y cultural, como ha descrito Johan Galltung en su famosa pirámide de la violencia. Las ideologías extremas eligen y pretenden justificar la violencia como estrategia para llegar al poder y mantenerse en él.

El endurecimiento y pérdida de la sensibilidad es un fruto natural de la actual versión de la cultura del sentir, porque esta cultura no está iluminada por la inteligencia y porque el exceso de sensaciones, el sensacionalismo permanente, las pasiones apremiantes por el dinero, el placer y el poder, terminan encegueciendo por deslumbramiento y acorchando por saturación la sensibilidad y la conciencia; solamente estímulos provocativos muy fuertes producen impacto y penetran.

La pedagogía cuenta con recursos para educar los sentidos y la sensibilidad, empezando por dar sentido a los sentidos y motivación para afinar la sensibilidad.

Por Jesús Montero Tirado

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