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De cuatro patas

Hace más de una década, el gobierno iraní fundó una bienal “de arte” dedicada exclusivamente a dibujantes que tomen en joda el holocausto judío de la Segunda Guerra Mundial. El ganador se lleva unos 50.000 US$. Una vez al año, el régimen de los ayatolás organiza una manifestación “popular” que recorre calles de Teherán reclamando la destrucción del Estado de Israel. De vez en vez, el primer ministro iraní anuncia su aniquilamiento.

La propaganda que niega los crímenes nazis y estimula las burlas al respecto está dirigida por el mismo aparato que arma, entrena y protege a los que amedrentan y asesinan a los escritores y periodistas que dibujan a Mahoma o se refieren a él sin el “respeto debido”, como le sucedió a Salman Rushdie, a los periodistas daneses y a los humoristas de Charlie Hebdo, entre otros casos menos recordados. De modo que, en Irán, con un chiste sobre la masacre de judíos se puede ganar un platal; en el resto del mundo, con un chiste sobre Mahoma se puede ganar un tiro en la cabeza. Los que entregan los premios son los mismos.

Hace pocos días, el presidente iraní, Hassan Ruhani, estuvo de visita oficial en Roma y el Vaticano. Se informó oficialmente que los tres jefes de Estado compartieron “los valores espirituales comunes” y hablaron sobre “la promoción de la reconciliación, de la tolerancia y de la paz”. Jajaja. Buen chiste.

Veamos: en la Carta de los Derechos Fundamentales de la Unión Europea se lee que «nadie podrá ser condenado a la pena de muerte ni ejecutado». En Occidente, donde subsista esta pena, son enérgicamente objetadas. El Papa y otros políticos prominentes suelen reclamar la conmutación de esas condenas considerándolas inhumanas. Pero en Irán, solo el año pasado, se perpetraron más de 700 ahorcamientos oficiales. ¿Incluyeron este tema, por ejemplo, entre “los valores espirituales comunes”? ¿Y los de la no discriminación ideológica, religiosa, sexual?

En Roma, Ruhani deseaba visitar algunos museos. Los iraníes pidieron que se cubrieran las telas, frescos y estatuas que mostrasen cuerpos desnudos, para no lastimar la sensibilidad religiosa del visitante y su comitiva. Así se hizo. Durante algunos días, los romanos se asombraron viendo encajonados algunos de sus más preciados tesoros de arte clásico. Igual medida se tomó en el Vaticano. Afortunadamente, los pudorosos visitantes no entraron a la Capilla Sixtina, librándose así de tener que mirar el pichulín de Adán.

Algo más: durante las recepciones oficiales no se sirvieron vino ni champán ni nada conteniendo productos de suinos, como es costumbre italiana, solo agua y refrescos, para no contrariar preceptos islámicos. ¿Será que cuando el presidente o el premier italiano, el Papa o sus respectivos cancilleres, visiten Teherán se les agasajará con un brindis con prosecco, se descorcharán algunas botellas de lacryma cristi para acompañar entremeses de prosciutto san daniele, salami di Milano, capocollo di Calabria? ¿Acaso las mujeres de la comitiva italiana podrán llevar el cabello como siempre, exoneradas de la imposición del hiyab? ¿Podrán pasear vestidas con vaqueros y blusas con escotes comunes? ¿Se sentirán los anfitriones iraníes exigidos a agasajar respetando los modos culturales italianos? (otro ¡Jajaja!).

Una cuestión cae sola: ¿Por qué esta asimetría tan indignamente tolerada? La respuesta es breve, simple y prosaica: en Roma se firmaron acuerdos comerciales con Irán por valor de más de siete mil millones de euros. Punto. “No más preguntas, Señoría”, como dicen los abogados en las películas yanquis.

Permítaseme otro ejemplo del dicho popular de que por la plata baila el mono. Como las trasmisiones por TV de fútbol europeo tienen mucho éxito en países islámicos, hubo protestas políticas contra casacas deportivas que en sus divisas ostentan cruces cristianas; o en los escudos de la ciudad; o donde fuese. Pues bien, algunos clubes, como –nada menos– el Real Madrid, desalojaron al milenario símbolo de su escudito. Como expresó el periodista hispano Jesús Laínz, refiriéndose a todo esto: “cuando tintinean las monedas, los europeos de hoy les ponen braga y sostén a las estatuas, rompen las botellas, derriban las cruces y hasta se ponen a cuatro patas”. Eso; nos ponen de cuatro, como va bien con los monos.

Por Gustavo Laterza Rivarola

 

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Acerca de jotaefeb

Un arquitecto jubilado. Aprendiz de todo, oficial de nada. Un humano más. Acá, allá y acullá. Hurgador de cosas cotidianas y trascendentes.

Comentarios

Un comentario en “De cuatro patas

  1. Las estatuas vestidas

    Por Mario Vargas Llosa

    Para no incomodar a su huésped, el presidente de Irán, Hasan Rohani, de visita oficial en Roma, el Gobierno italiano mandó enfundar las estatuas griegas y romanas de los Museos Capitolinos –entre ellas, una célebre copia de Praxíteles– en púdicos cubos de madera. Y, añadiendo a la estupidez un poco de ridículo, la jefa de protocolo hizo desplazar los atriles y los sillones donde iban a conversar el primer ministro Matteo Renzi y su invitado, a fin de que este no tuviera que topar nunca su mirada con los abultados testículos del caballo que monta Marco Aurelio en la única estatua ecuestre de la sala Esedra de aquel palacio museístico. Ni qué decir que en las cenas y agasajos que ofrecieron sus anfitriones al presidente Rohani quedaron abolidos el vino y todas las otras bebidas alcohólicas.

    Por lo visto, la razón de ser de tanto celo fueron los 17.000 millones de euros en contratos que firmaron el mandatario iraní y el ejército de empresarios que lo acompañaba, inyección de inversiones que viene muy bien a la maltratada economía italiana, una de las que se deteriora más rápido dentro de la Unión Europea. Por suerte, la élite intelectual italiana, bastante más principista y lúcida que su Gobierno, ha reaccionado con dureza ante lo que, con justicia, Massimo Gramellini, en La Stampa, ha llamado la “sumisión” intolerable de unos gobernantes ante la visita del mandatario de un país donde todavía se lapida a las adúlteras y se ahorca a los homosexuales en las plazas públicas, además de otras barbaries parecidas.

    Gramellini y los periodistas, políticos y escritores italianos que han protestado (a veces con furia y a veces con humor), por la iniciativa de vestir las estatuas, tienen razón. El hecho va mucho más allá de una anécdota que provoca risa e indignación. Se trata, en verdad, de una actitud vergonzante y acomodaticia que parece dar la razón a los fanáticos que, en nombre de una fe primitiva, obtusa y sanguinaria, se creen autorizados a imponer a los otros sus prejuicios y su cerrazón mental, es decir, aquella mentalidad de la que la civilización occidental se fue librando –y librando al mundo– a lo largo de una lucha de siglos en la que cientos de miles, millones de personas se inmolaron para que prevaleciera la cultura de la libertad. Que hoy día goce de ella una buena parte de la humanidad es algo demasiado importante para que un gobierno, mediante gestos tan lastimosos como el que reseño, esté dispuesto a hacer el simulacro de renunciar a esa cultura a fin de no poner en peligro unos contratos que alivien una crisis económica a que lo ha conducido el populismo, es decir, su propia irresponsabilidad demagógica.

    Aquel gesto puede ser una pantomima simpática hacia el presidente Rohani, a quien, por lo visto, los años que pasó haciendo un doctorado en la Universidad escocesa de Glasgow no bastaron para librarlo de las telarañas dogmáticas que traía consigo; pero es una gran traición con los miles de miles de iraníes que son las víctimas infelices de la intolerancia de los ayatolás y que resisten con heroísmo la lápida que les cayó encima desde que, para librarse de la dictadura del Sha, se echaron en brazos de una dictadura religiosa.

    Y es una gran traición también hacia la civilización a la que Italia, probablemente antes que ningún otro país, contribuyó a edificar y a proyectar por el mundo entero, un sistema de ideas que con el correr del tiempo crearía al individuo soberano e impondría los derechos humanos, la coexistencia en la diversidad, la libertad de expresión y de crítica, y una concepción de la belleza artística de la que esas estatuas griegas y romanas encajonadas para que no hiriesen la sensibilidad del ilustre huésped son, con sus torsos, pechos y sexos al aire, soberbia representación.

    El artículo de Massimo Gramellini da en el clavo cuando, detrás de este pequeño incidente, detecta algo más grave y profundo: una actitud entre complaciente y cínica, que desborda Italia y se extiende por doquier en los países y culturas que conforman el mundo occidental, hacia la civilización de la que tenemos el inmenso privilegio de ser beneficiarios, esa misma que nos ha librado a todos quienes vivimos en ella de padecer los horrores que padecen las mujeres iraníes –esas ciudadanas de segunda clase como lo son todas las de los países musulmanes, con excepción, quizás, por ahora, de Túnez– y los hombres que, allá, quisieran pintar, escribir, componer, pensar, votar, vestirse o desnudarse con la misma libertad con que lo hacemos en París, Roma, Madrid, México, Buenos Aires, y todos los rincones del mundo donde aquella llegó, afortunadamente, librando a la gente de las horcas caudinas del despotismo y las verdades únicas.

    Las cortesías de la diplomacia deben respetarse pero, también, tener un límite y este solo puede ser el de no hacer concesiones que impliquen una autohumillación o un agravio hacia la propia cultura. Lo ha dicho muy bien Michele Serra, en un artículo de La Repubblica: “¿Valía la pena, por no ofender al presidente de Irán, ofendernos a nosotros mismos?”. Si la percepción de las bellas nalgas y pechos de las Venus o de los muslos, falos y testículos de los Adonis y equinos pueden herir la susceptibilidad de un ilustre invitado, que el protocolo diseñe una trayectoria que no haga discurrir a este entre estatuas y caballos, y que nadie cometa la imprudencia de servirle una copa de champagne o de vodka, pero ir más allá de esos límites es, tal cual lo dice Gramellini, actuar como los “siervos que quieren complacer a quienes los asustan”.

    A diferencia de los fanáticos, tan orgullosos de sus creencias que las utilizan como armas arrojadizas, es bastante frecuente en el mundo occidental llevar el espíritu autocrítico a unos extremos suicidas. Esto es lo que hacen quienes, asqueados de los defectos, vicios y contrasentidos que muestra nuestra civilización, están dispuestos a vilipendiarla y, en cambio, respetan y muestran una infinita tolerancia por las otras, las que la odian y quisieran acabar con la nuestra, no por lo que en ella anda mal sino, por el contrario, por lo que en ella anda muy bien y debe ser defendido contra viento y marea: la igualdad de hombres y mujeres, los derechos humanos, la libertad de prensa, pensar, creer, escribir, componer, crear, con total libertad, sin ser censurado o sancionado por hacerlo. El presidente Rohani, cuando reciba de visita al primer ministro Renzi en Teherán, no permitirá que, para complacerlo, haya desnudos de mármol al estilo griego y romano en sus recorridos, ni que se luzcan a su paso estatuas ecuestres con apéndices testiculares a la vista, y, desde luego, el gobernante italiano no se sentirá ofendido por ello. En eso –pero solo en eso– hay que imitar a los fanáticos: nuestra cultura, que es la cultura de la libertad, es lo que somos, nuestra mejor credencial, no hay razón alguna para ocultarla. Al revés: hay que lucirla y exhibirla, como la mejor contribución (entre muchas cosas malas) que hayamos hecho para que retrocedieran la injusticia y la violencia en este astro sin luz que nos tocó.

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    Publicado por Anónimo | 7 febrero, 2016, 16:02

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