Desarrollo de la inteligencia espiritual

Hasta que Howard Gardner lanzó su “Teoría de las Inteligencias múltiples” (1983) y publicó su famoso libro “Las múltiples inteligencias”, vivíamos convencidos de que nuestra inteligencia era solamente racional. Aquello que Aristóteles dijo sobre el ser humano, definiéndolo como “animal racional”, marcó nuestro concepto de inteligencia.

Howard Gardner, en su libro “La inteligencia reformulada” (1999) no quiso añadir, a su clasificación de ocho tipos de inteligencia, la inteligencia espiritual, aunque reconocía que ha habido personalidades extraordinarias, superdotados en inteligencia espiritual, como Jesús de Nazareth, Tomás de Aquino, Francisco de Asís, Teresa de Ávila, Ghandi, etc. Y no incluyó esta inteligencia porque con su metodología no encontraba pruebas convincentes para localizar en el cerebro la zona correspondiente a esa actividad espiritual. Pero poco después (2003), otro gran investigador de la inteligencia y del perfil emocional del cerebro, el neurólogo Richard Davidson demostró que la inteligencia espiritual es una facultad espiritual específica que tiene neuronas especializadas para procesar sus actividades.

Simultáneamente han surgido otros investigadores de máximo nivel y fama, como Daniel Goleman que han demostrado que existen también otras formas de inteligencia, como la inteligencia emocional y la inteligencia social. En las dos últimas décadas empiezan a multiplicarse los especialistas que nos ofrecen excelente bibliografía sobre la inteligencia espiritual.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) ha asumido la dimensión espiritual del ser humano y ha tomado el concepto de espíritu del Diccionario de Oxford, que lo define como “la parte inmaterial, intelectual o moral del ser humano”. La OMS “señala que la espiritualidad conduce a preguntas sobre el sentido y el propósito de la vida y no está prácticamente limitada a ningún tipo de creencias o prácticas en particular. El ámbito de la espiritualidad vincula lo profundamente personal con lo universal y es esencialmente unificador” (Gustavo Romero, 2014).

Que los psicólogos, los filósofos y los neurólogos estudien, investiguen y divulguen sus hallazgos con especial interés ahora no quiere decir que la inteligencia espiritual no existía antes. La inteligencia espiritual es humana y ha existido siempre, desde que existe la humanidad. Hace siglos que pensadores profundos, como San Pablo de Tarso hablaron de ella, como ha quedado reflejado en la carta que Pablo escribió a los Colosenses, a quienes les dice que pide a Dios “que os colméis del conocimiento de su voluntad con toda sabiduría e inteligencia espiritual” (Col 1,9).

Nuestra cultura y conocimientos sobre lo espiritual y la inteligencia espiritual son extremadamente pobres, porque ni en la educación familiar, ni en la escolar y universitaria se desarrollan esos conocimientos y competencias, por eso es probable que la mayoría de la gente no la eche de menos ni siente necesidad de ella y seguramente se planteen las preguntas ¿qué me aporta la inteligencia espiritual? ¿para qué me sirve? Las respuestas a estas preguntas no caben en un extenso libro y si comentamos de qué nos privamos por ausencia de la inteligencia y el desarrollo espiritual necesitamos más páginas aún.

La inteligencia espiritual no se confunde con la inteligencia racional ni con la emocional y social. Posibilita la comprensión y dinamización de la trascendencia del yo en el despliegue de todas sus coordenadas de tiempo, espacio, naturaleza, relaciones humanas, sobre todo en la vivencia del auténtico amor, las relaciones con el cosmos, con lo sagrado, con Dios.

La inteligencia espiritual nos ayuda a descubrir el sentido y el propósito de nuestra vida, nos posibilita la unidad integrada en nosotros mismos, para ser dueños y conductores de nuestra propia vida con autonomía, superando toda dispersión y atomización de nuestra conciencia entre las cosas y los infinitos estímulos que nos bombardean, al mismo tiempo que nos impulsa a sentirnos parte del Todo.

Con ella podemos encontrar la vivencia profunda de la belleza y el gozo de la iluminación y coherencia ética.

Gracias a la inteligencia espiritual se consolida e ilumina la fe en nosotros mismos, la fe en los demás y sobre todo la fe que encuentra sentido y orientación a las inquietudes religiosas. Los cristianos podemos encontrar sentido y aplicación vital a los dones del Espíritu de Jesús, que fortalecen nuestra conciencia y nuestra inteligencia con conocimiento y sabiduría.

Por Jesús Montero Tirado

 

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