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Una teoría, dos hombres

Tras 20 años de investigaciones estás en condiciones de divulgar un descubrimiento que no solo alterará el orden establecido, sino que abrirá una enorme vertiente al pensamiento humano. Y en ese preciso instante, recibes una carta donde te anuncian que han llegado a tu mismo descubrimiento. El 99,9% de la especie humana saldría a correr como un poseso para apropiarse en exclusiva de la revolucionaria revelación. Hay un caso en que no ocurrió así, por suerte.

Charles Robert Darwin (1809-1882) se embarcó en el Beagle en 1831 y por cinco años recorrió nuestro continente para redefinir cómo el hombre se ve a sí mismo. A su regreso y durante dos décadas sentó las bases de su feroz hallazgo, pero guardó prudencia. Sabía que desafiaba con sus ideas –incluso en contra de su propia piedad– la propia concepción de Dios. Por eso decidió callar. Pero en 1858 llegó a su casa en Inglaterra una misiva de extraña procedencia. El remitente también lo era un poco.

Alfred Russel Wallace (1823-1913) era una mezcla de científico, visionario, iluso, aventurero y hombre hecho a sí mismo. Darwin navegó los mares del sur y Wallace por el archipiélago malayo. Precisamente de allí provenía la carta reveladora. Palabras más, palabras menos, decía que estaba en una expedición y que con sus observaciones había llegado de manera independiente a una conclusión: la selección natural como un mecanismo que determina la adopción y especiación de los seres vivos. Ambos se atrevieron a dar una explicación sobre el hombre y otros seres vivos, prescindiendo de Dios.

Había una sutil diferencia entre ambos planteamientos. Darwin entendía que la adaptación era un mecanismo de supervivencia de los seres vivos. Wallace sostenía que es el medioambiente el que obliga a la adaptación.

La de Darwin era ya una teoría, si bien autosilenciada, madura y bien meditada. La de Wallace era fuertemente intuitiva, aunque menos consolidada.

El 1 de julio de 1858 se presentó en la Sociedad Linneana de Londres un resumen de la selección natural, firmada por ambos científicos. Así nacieron la biología y el evolucionismo modernos. Como en gran parte de los asuntos realmente importantes, nadie le dio importancia a este anuncio. Hasta un año después en que Darwin publicó El origen de las especies. Y nada más fue lo mismo.

Wallace fue uno de los grandes defensores de Darwin. Por el propio peso de sus excentricidades quedó al margen de la historia, aunque con el deber cumplido.

 

Por Arnaldo Alegre

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