Podemos

A unos pocos policías mexicanos que detuvieron al poderoso, evasivo y criminal narcotraficante el Chapo Guzmán les ofrecieron de todo en Los Mochis. Estos podían haber facilitado su fuga, pero no lo hicieron a pesar de las promesas de abandonar el peligroso como mal pagado oficio de guardián del orden. Es un pequeño gesto, casi insignificante para muchos, pero de tremendo valor en sociedades arrasadas por el vicio y la corrupción de los malhechores. Estos primero han llenado de miedo a todos, al punto de volver prisioneros a millones. Estos policías podían haber hecho lo mismo que muchos de sus colegas pero… no lo hicieron, y eso vale y mucho en medio de la decadencia que representa vivir en sociedades violentas y desiguales como las nuestras. Es un voto de confianza a un comportamiento distinto ante una realidad que muchos creen imposible de cambiarla.

Como ellos, hay millones que hacen lo mismo de manera callada. Que rechazan las coimas o mordidas del poder del Estado en sus distintas formas y que se resisten de manera anónima al deteriorado sistema de relaciones perversas establecidas entre los poderosos y los demás. La rebelión de los que se esperan comportamientos distintos ha llegado a casi todos los niveles, como en el caso del legislativo venezolano donde el poder ejecutivo cree aún tontamente que podrá contra un pueblo que le ha dado la espalda. A muchos de estos solo les queda buscar las alcantarillas cloacales para evadirse del sino de la historia. Qué extraña metáfora de muchos que se apartan de la norma para convertir en túneles de salida a los lugares por donde discurren las aguas negras de una sociedad hastiada. Hay razones de optimismo. Vemos en las calles la mayor conspiración en marcha, la que se hace forma bulliciosa y a cara descubierta lejos de los cenáculos internacionales por donde todavía algunos creen que discurre el cansancio de vivir matoneados, insultados, perseguidos y prisioneros del temor. La sociedad latinoamericana hoy quiere cosas nuevas y distintas. Se acabó el tiempo del matonismo que vivía de los enemigos inventados y a los que convertía en chivos expiatorios de su manera viciosa de gobernar.

Hoy ese poder está en entredicho. Hay sectores que no se pueden comprar ni vender. Ellos representan la esperanza de un subcontinente que requiere recuperar sus cimientos de dignidad y de confianza. Necesita hacerlo para expulsar los demonios que lo han llevado a ser la geografía del mundo donde más injusticia y violencia padecemos. Es preciso cambiar desde los cimientos, transformar la educación miserable que lleva a la pobreza de millones en donde se incuban los odios y resentimientos más virulentos. No hay que darle más pretextos a la violencia. Ya hemos aportado suficientes muertos a una sociedad carente de liderazgos dignos y valientes.

Todavía hay muchos que se oponen a la forma de vida viciada que creen es la única manera de vivir por estos lares y esa es una razón de optimismo de orgullo. América Latina requiere levantarse de su postración. Arrodillados ante las peores formas de villanía, hoy vemos que todavía hay muchos que rechazan cualquier dinero sucio que permita sostener el vicio, la aberración y el poder autoritario. Y eso es una buena señal.

Por Benjamín Fernández Bogado

 

 

 

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