Un regalo natural

Un grupo de niños sucios y harapientos, de la parte más baja del río, estaba muy entusiasmado en una plaza –de la zona residencial– tirando a matar. “¡¡¡Ahííí!!! ¡¡¡Casi le acertaste!!! ¡¡¡Tirale al de cabeza colorada o al azul, que son los más lindos!!! ¡¡¡Ja, ja, ja, quiere escaparse, no lo dejes!!!”. En estos chicos, la condición de cazadores-recolectores-sobrevivientes seguramente los llevaba con toda la tranquilidad del mundo a imponer su superioridad sobre aquellos seres nobles e indefensos. Con sus armas mortales, las honditas, tiraban una y otra vez a los pajaritos que revoloteaban de una en otra rama atontados y aterrorizados. Mientras, algunos adultos tomaban tereré sin darle importancia al “juego infantil”.

Lisa se había cansado de gritarles en varias ocasiones que eso no se hacía. Pero no había argumento valedero, ya que la pequeña banda continuaba haciendo lo mismo. Un día decidió acercarse a los niños. Un chico de 10 años era el que lideraba a los demás. “Nosotros los cocinamos”, dijo desafiante. ¿“Y no es mejor que junten frutas o busquen qué hacer para ganar una propina?”, replicó Lisa. “No, porque queremos su carne”. Lisa quiso sentir compasión, pero al segundo el niño líder extrajo de su canasta un pajarito moribundo, hermoso ejemplar de cardenal, y en son de burla imitó la cabecita caída: “Así se murió, mirá (e inclina totalmente la cabeza)”. En ese instante, se había disipado toda lástima y entrábamos en otro campo. Los otros niños se reían a carcajadas. Lisa, muy seria, atinó a mirarlos con enojo y espetó: “Está muy mal lo que hacen, por lo menos sépanlo”. El líder no acusó culpa alguna y levantó la mano para indicar la retirada. Mentes, cuerpos y corazones desnutridos, ¿cómo hacer que la justicia natural emerja?

Sin que Lisa se hubiera dado cuenta, durante los minutos que duró aquel amargo diálogo, un niño diminuto, también perteneciente al grupo pero separado de este, miraba a unos metros y escuchaba en silencio. Cuando los otros se alejaron y Lisa se disponía a cerrar y entrar a su casa, escuchó: “Yo no fui, señora, nunca mato pajaritos; por eso ellos no me quieren”. Aquella frase fue una brisa fresca en el calor infernal. Sin saber qué exactamente responder, Lisa esbozó una sonrisa agradecida, aunque quería darle el mundo. El niño solo quiso decir lo que dijo, tomó su carretilla llena de cosas para reciclar y se marchó. Lisa lo vio alejarse. “Hey, nene ¡¡¡¿cómo te llamás?!!!”. El niño, ya a lo lejos, respondió: “¡Ángel!”. Bueno, Ángel es solo un nombre, una palabra, una coincidencia. El pequeño estaba tan desnutrido como los otros, vivía tan injustamente como los otros, pero era diferente: su mirada lo era, su determinación también. Nunca más se lo vio por el barrio, ¿qué habrá sido de aquel custodio de la naturaleza? Cada mañana, Lisa, cuando oye a los pajaritos cantar alegremente, lo recuerda.

No sabemos si Ángel va a la escuela con regularidad, si sabe leer, escribir, hacer cuentas, si come todos los días, pero hay en él una sabiduría innata, intacta y universal que lo mantiene (amén) en el camino de la justicia y la bondad.

“Hay un libro abierto siempre para todos los ojos: la naturaleza”, nos enseña el maestro Rousseau. Feliz semana de Reyes. Que los adultos reforcemos en los niños el amor a la creación y el respeto a la vida.

Por Lourdes Peralta

 

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