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El evangelio del domingo: Crecer en sabiduría y gracia

Hoy celebramos la fiesta de la Sagrada Familia, ya que el 25 nació el Niño Jesús y ella se quedó completa: Jesús, María y José.

La familia es una de las instituciones más importantes para el equilibrio de la sociedad y, paradojalmente, una de las más golpeadas y desprotegidas. Golpeada por la falta de preparación de los novios para casarse, por la irresponsabilidad de los padres al tener hijos fuera del matrimonio, por el poco cultivo de la vida espiritual y también por factores sociales, como una educación superficial que no forma una conciencia crítica, desamparo en el área de la salud y, de modo doloroso, por el desempleo o subempleo.

Por eso la Iglesia coloca a nuestra consideración la hermosa realidad de la familia, para que recapacitemos y pongamos las pilas para cuidarla, mantenerla cobijada y feliz.

El Evangelio muestra que Jesús, María y José fueron al templo para celebrar la Pascua, indicando la importancia de que la familia rece unida y participe de las actividades de su comunidad, sin dejarse llevar por la peligrosa estrechez de este pensamiento: “Dios está en toda parte, así le rezo en mi casa y listo”. Es cierto que el Señor está en todas partes, pero también es cierto que no debemos aislarnos de los hermanos que comparten la misma fe.

Después de volver del templo y llegar a Nazaret, se indica: “Jesús iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia delante de Dios y de los hombres”.

Es justamente el calor humano de una familia unida y con vivencia bíblica que crea este clima favorable para el crecimiento de los hijos y, al fin y al cabo, de todos sus miembros. Se dice que Jesús crecía en sabiduría, virtud que todos hemos de buscar, para no cometer actos despistados y hasta cretinos.

Crecía en estatura, lo que hoy debemos entender como buena alimentación, sin tanta gaseosa y fast food y, de modo distintivo, con actividad física, sin caer en la trampa del sedentarismo por gastar muchas horas en la idolatría de las pantallas.

Asimismo, crecía en gracia delante de Dios, ya que esta es la principal finalidad de nuestra existencia: vivir unidos al Señor, para dar muchos frutos, para no enterrar nuestros talentos y al final de nuestra peregrinación por este mundo, ser recibidos en la casa del Padre celestial.

Mi hermano y mi hermana, no tenga reparo de abrazar a sus familiares y decirles que les quiere mucho, pues este será el mejor modo de empezar un feliz Año Nuevo.

Paz y Bien.

Por Hno. Joemar Hohmann – Franciscano Capuchino

 

 

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Acerca de jotaefeb

Un arquitecto jubilado. Aprendiz de todo, oficial de nada. Un humano más. Acá, allá y acullá. Hurgador de cosas cotidianas y trascendentes.

Comentarios

4 comentarios en “El evangelio del domingo: Crecer en sabiduría y gracia

  1. La familia, santuario de la vida humana (Lc 2,41-52 )
    Sagrada Familia – 27 de diciembre de 2015

    El Evangelio de este domingo, en que la Iglesia celebra al solemnidad de la Sagrada Familia, comienza así: “Sus padres iban todos los años a Jerusalén a la fiesta de Pascua”. Se refiere a José y María, padre y madre de Jesús, y se entiende que en ese viaje a Jerusalén va siempre con ellos su hijo Jesús. De los treinta años de la vida oculta de Jesús se nos narra sólo un episodio y éste ocurrió en el contexto de una de esas peregrinaciones a Jerusalén, cuando Jesús tenía doce años.

    “Cuando tuvo doce años, subieron ellos como de costumbre a la fiesta y, al volverse, pasados los días, el niño Jesús se quedó en Jerusalén sin saberlo sus padres”. No es un hecho fortuito; ¡es un hecho deliberado! Así lo entienden sus padres cuando, al cabo de tres días de búsqueda, lo encontraron en el Templo sentado en me-dio de los maestros: “Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Mira, tu padre y yo, angustiados, te andábamos buscan-do”. Jesús responde con una doble pregunta: “¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre?”. Esta es, en realidad, una respuesta: “Sabíais que mi lugar es la casa de mi Padre y que mi deber era estar aquí”. En esta respuesta se revela, por primera vez, la conciencia de Jesús de ser Hijo de Dios. Ningún judío llamaba a Dios “mi Padre”, y mucho menos con esa intimidad con que lo hacía Jesús.

    Esta conciencia de su filiación divina se ve confirmada por la impresión que producen sus palabras entre los maestros: “Todos los que lo oían estaban estupefactos por su inteligencia y sus respuestas”. Es claro. Su palabra no es un mero comentario de la Escritura, como era la palabra de esos maestros, por muy autorizados que fueran; ¡su palabra es nueva instancia de Palabra de Dios! Sus palabras son esas “Palabras de vida eterna” que sólo él tiene (cf. Jn. 6,68). O, como dice el autor de la epístola a los Hebreos: “Muchas veces y de muchos modos habló Dios en el pasado a nuestros padres por medio de los profetas; en estos últimos tiempos nos ha hablado por medio del Hijo… que es resplandor de su gloria e impronta de su sustancia, y el que sostiene todo con su palabra poderosa” (Heb. 1,1.2.3).

    En este episodio se revela entonces la doble filiación de Jesús: Hijo de Dios e hijo de José. Con José y María forma una familia humana; con su Padre y el Espíritu Santo forma la Trinidad divina. Este episodio nos informa que José todavía vivía cuando Jesús tenía doce años. No sabemos en qué momento murió José. Lo que pare-ce cierto es que al comenzar la vida pública de Jesús ya había muerto. Jesús ciertamente pensaba en él cuando, enseñando sobre el poder de la oración, pregunta: “¿Qué padre hay entre vosotros que, si su hijo le pide un pez, en lugar de un pez, le da una culebra?” (Lc. 11,11). José procuraba siempre el bien de su hijo.

    Jesús es hijo de José, porque Dios se lo dio a José como hijo. Lo hizo por medio del ángel Gabriel que anunció a María: “El Señor Dios le dará el trono de David, su padre” (Lc. 1,32). Recordemos que esto está anunciado a una “virgen esposa de un hombre llamado José, de la casa de David” (Lc. 1,27). Todo ser humano es creado por Dios y es encomendado por Dios a sus padres para que venga al mundo en el seno de una familia, pero sin dejar de ser de Dios. Por eso los padres no pueden disponer del hijo a su antojo, sino que deben amarlo y respetarlo y ayudarlo a responder a Dios su creador. Dios se lo da a los padres de modo implícito por medio de la generación ordinaria. En el caso de Jesús, Dios lo dio a María como hijo al ser concebido en ella por obra del Espíritu Santo, y lo dio a José como hijo de modo explícito por medio de su palabra. De esta manera, José es verdaderamente padre de Jesús y, por esta filiación, Jesús es verdaderamente “hijo de David”.

    + Felipe Bacarreza Rodríguez

    Obispo de Santa María de Los Ángeles (Chile)

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    Publicado por Anónimo | 4 enero, 2016, 16:47
  2. “El Espíritu del Señor está sobre mí. El me ha ungido para traer la buena nueva a los pobres, para anunciar a los cautivos su libertad, y dar la vista a los ciegos, para despedir libres a los oprimidos y para proclamar el año de la gracia del Señor.” (Lc 4, 18-19)

    Por muchos años los hechos de la vida de Jesús eran parte de una tradición oral, los apóstoles y las comunidades mantenían vivos los recuerdos sobre la vida y las palabras de Jesús, pero no tenían nada escrito. Cada domingo se reunían y celebraban la victoria de Cristo sobre la muerte, partían el pan y compartían la vida. De acuerdo con las situaciones concretas que sucedían, los apóstoles recordaban los hechos de su vida que podrían iluminarles e indicarles el camino a seguir. Por más de 30 años no existían los evangelios. Despacito, conforme crecían las comunidades y aquellos que habían conocido directamente a Jesús, ya no podían estar en los distintos lugares, entonces se sintió la necesidad de escribir su vida.
    Fue así que san Lucas, que no conoció a Jesús en persona, empezó a investigar junto a los apóstoles, tal vez junto a María, junto a las comunidades, y cada uno aportaba según los recuerdos que tenían, unos le contaban algunos hechos, otros algún milagro, otros un discurso, a tal punto que después él pudo ordenar y entregar a las comunidades el evangelio (que en griego quiere decir: Buena Noticia) de Jesucristo, más o menos hacia el año 70 (casi cuarenta años después de su muerte).
    Después de estas pocas palabras sobre la historia, que nos ayudan a entender mejor el mensaje de los evangelios, les invito a meditar sobre el inicio de la predicación de Jesús.
    Él estaba en su pueblo, donde todos lo conocían, donde vivía toda su familia. Fue en la Sinagoga (templo de oración de los judíos) y proclamó una profecía de Isaías: “El Espíritu del Señor está sobre mí. Él me ha ungido para traer la buena nueva a los pobres, para anunciar a los cautivos su libertad, y dar la vista a los ciegos, para despedir libres a los oprimidos y para proclamar el año de la gracia del Señor.” Después se sentó y dice a la gente: “Hoy se cumplen estas profecías que acaban de escuchar.”
    Este texto de Isaías es un texto mesiánico, que describía las cosas que haría el Mesías cuando viniera. El texto anunciaba cosas buenas y también cosas malas, gracias para algunos y castigos para otros. Sin embargo, cuando Jesús lo proclama, solamente lee la parte buena, no proclama la desgracia.
    Encontramos así una primera interpretación de Jesús mismo, sobre su misión. La primera frase revela que él tiene autoridad: “El Espíritu del Señor está sobre mí.” Lo que voy a hacer es la voluntad de Dios. Lo que voy a realizar es su proyecto, es el sueño de Dios. No es una invención humana. “Traigo una buena noticia a los pobres” – los pobres aquí son todos los necesitados. Seguramente la “buena noticia” (evangelio) es la misma que Moisés había escuchado en el Sinaí: Dios escucha los clamores; Dios se baja para ayudarlos; Dios quiere cambiar sus vidas. “para anunciar a los cautivos su libertad”: esto es a todos los prisioneros; en primer lugar los prisioneros del pecado (pues los que están en las cárceles, antes de ir allí cometieron sus crimines porque eran esclavos del pecado, y si serán liberados del pecado pueden salir de las cárceles, pues ya no serán un peligro para nadie), pero también es libertad a los esclavos de los vicios, de las drogas, del alcohol, del juego, de la lujuria, de los traumas, de las mascaras, de los ídolos, del dinero, de la infidelidad… y tantas otras cosas que cada uno de nosotros podrían completar. “dar la vista a los ciegos…” Ciegos del cuerpo, ciegos del espíritu. Son tantos los que no son capaces de ver. ¡Hay personas que no son capaces de ver el bien, sólo consiguen ver los defectos… son ciegos! Hay otros que no consiguen ver la acción de Dios en sus vidas. Otros no ven sus pecados. Otros no ven (reconocen) a las personas que les aman. Otros no se ven más que a sí mismos. A todos estos, Jesús viene a sanar…“para despedir libres a los oprimidos”, en la época de Jesús todas las enfermedades eran consideradas “opresión del maligno”. A los enfermos Jesús quiere sanar, a todos los que se sienten oprimidos por cualquier cosa, Jesús quiere dejar libre, pues solamente los que actúan libremente son responsables de sus actos. “y proclamar un año de gracia del Señor.” Este año de gracia no termina nunca. Si tú quieres este puede ser un año de gracia para ti, o mejor, el primero de muchos años de gracia, o un año más de gracia…
    Es muy importante que yo reconozca que esta profecía puede cumplirse hoy, o a partir de hoy, en mi vida. La liturgia cristiana tiene este poder. La Palabra de Dios, proclamada en la celebración, no es sólo recuerdo, es mucho más, es Palabra viva y eficaz. Por eso en este día, Jesús también quiere decir: “Hoy se cumplen estas profecías.”

    El Señor te bendiga y te guarde,
    El Señor te haga brillar su rostro y tenga misericordia de ti.
    El Señor vuelva su mirada cariñosa y te dé la PAZ.
    Hno. Mariosvaldo Florentino, capuchino.

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    Publicado por Anónimo | 30 diciembre, 2015, 09:20
  3. Sagrada Familia de Jesús, María y José

    El Mesías quiso comenzar su tarea redentora en el seno de una familia sencilla, normal. Lo primero que santificó Jesús con su presencia fue un hogar. Nada ocurre de extraordinario en estos años de Nazaret, donde Jesús pasa la mayor parte de su vida.
    El hogar cristiano debe ser imitación del de Nazaret: un lugar donde quepa Dios y pueda estar en el centro del amor que todos se tienen.

    ¿Es así nuestro hogar? ¿Le dedicamos el tiempo y la atención que merece? ¿Es Jesús el centro? ¿Nos desvivimos por los demás? Son preguntas que pueden ser oportunas en nuestra oración de hoy, mientras contemplamos a Jesús, a María y a José en la fiesta que les dedica la Iglesia.

    “La Familia de Nazaret es santa, porque está centrada en Jesús”, explicó el papa Francisco en el Ángelus celebrado el año pasado.

    En dicha ocasión, siguió diciendo: “El mensaje que proviene de la Sagrada Familia –explicó el Obispo de Roma– es sobre todo un mensaje de fe. En la vida familiar de María y José, Dios es verdaderamente el centro en la persona de Jesús. Por esto la Familia de Nazaret es santa, porque está centrada en Jesús. Cuando los padres y los hijos respiran juntos este clima de fe, poseen una energía que les permite afrontar pruebas también difíciles, como muestra la experiencia de la Sagrada Familia, por ejemplo, el evento de la dramática huida a Egipto”.

    Y el Sucesor de Pedro afirmó: “Esta luz que viene de la Sagrada Familia nos anima a ofrecer calor humano en aquellas situaciones familiares en las que, por varios motivos, les falta la paz, les falta la armonía y el perdón. Que nuestra solidaridad concreta no venga a menos, especialmente con aquellas familias que están viviendo situaciones muy difíciles por las enfermedades, la falta de trabajo, la discriminación, la necesidad de emigrar… Confiemos a María, Reina de la familia, todas las familias del mundo, para que puedan vivir en la fe, en la concordia, en la ayuda recíproca, y para esto invoco sobre ellas la materna protección de Aquella que fue madre e hija de su Hijo”.

    Asimismo, es bueno extractar algunas palabras del papa Francisco, también en ocasión del Ángelus, en el Día de la Sagrada Familia en el año 2013, que dijo: “En este primer domingo después de Navidad, la liturgia nos invita a celebrar la fiesta de la Sagrada Familia de Nazaret. De hecho, cada pesebre nos muestra a Jesús junto a la Virgen y San José en la gruta de Belén. Dios ha querido nacer en una familia humana, ha querido tener una madre y un padre como nosotros.

    El Evangelio de hoy nos presenta a la Santa Familia en la vía dolorosa del exilio, buscando refugio en Egipto. José, María y Jesús experimentan la condición dramática de los refugiados, marcada por el miedo, la incertidumbre, la incomodidad (cf. Mt. 2,13-15.19-23).

    Por desgracia, en nuestros días, millones de familias pueden identificarse con esta triste realidad. Casi todos los días la televisión y los periódicos dan noticias de los refugiados que huyen del hambre, la guerra y otros graves peligros en busca de seguridad y una vida digna.

    Jesús ha querido pertenecer a una familia que ha experimentado este tipo de dificultades, para que nadie se sienta excluido de la cercanía amorosa de Dios.

    Recordemos las tres palabras claves para vivir en paz y alegría en la familia: “Permiso”, “Gracias”, “Perdón”. Cuando en una familia no se es entrometido, cuando en una familia no se es entrometido y se pide permiso, cuando en una familia no se es egoísta y se aprende a decir gracias y cuando en una familia uno se da cuenta de que ha hecho algo malo y sabe pedir perdón, ¡en esa familia hay paz y hay alegría!”.

    (Del libro Hablar con Dios, de Francisco Fernández Carvajal, http://es.radiovaticana.va/ y http://dominicasdevitoria.blogspot.com/2013/12/angelus-del-papa-francisco-dia-de-la.html)

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    Publicado por Anónimo | 27 diciembre, 2015, 15:30
  4. domingo 27 Diciembre 2015

    Fiesta de la Sagrada Familia: Jesús, María y José

    Primer Libro de Samuel 1,20-22.24-28.
    Ana concibió, y a su debido tiempo dio a luz un hijo, al que puso el nombre de Samuel, diciendo: “Se lo he pedido al Señor”.
    El marido, Elcaná, subió con toda su familia para ofrecer al Señor el sacrificio anual y cumplir su voto.
    Pero Ana no subió, porque dijo a su marido: “No iré hasta que el niño deje de mamar. Entonces lo llevaré, y él se presentará delante del Señor y se quedará allí para siempre”.
    Cuando el niño dejó de mamar, lo subió con ella, llevando además un novillo de tres años, una medida de harina y un odre de vino, y lo condujo a la Casa del Señor en Silo. El niño era aún muy pequeño.
    Y después de inmolar el novillo, se lo llevaron a Elí.
    Ella dijo: “Perdón, señor mío, ¡por tu vida, señor!, yo soy aquella mujer que estuvo aquí junto a ti, para orar al Señor.
    Era este niño lo que yo suplicaba al Señor, y él me concedió lo que le pedía.
    Ahora yo, a mi vez, se lo cedo a él; para toda su vida queda cedido al Señor”. Después se postraron delante del Señor.

    Epístola I de San Juan 3,1-2.21-24.
    Queridos hermanos:
    ¡Miren cómo nos amó el Padre!
    Quiso que nos llamáramos hijos de Dios,
    y nosotros lo somos realmente.
    Si el mundo no nos reconoce,
    es porque no lo ha reconocido a Él.
    Queridos míos,
    desde ahora somos hijos de Dios,
    y lo que seremos no se ha manifestado todavía.
    Sabemos que cuando se manifieste,
    seremos semejantes a Él,
    porque lo veremos tal cual es.
    Queridos míos, si nuestro corazón no nos hace ningún reproche, podemos acercarnos a Dios con plena confianza,
    y él nos concederá todo cuanto le pidamos, porque cumplimos sus mandamientos y hacemos lo que le agrada.
    Su mandamiento es este: que creamos en el nombre de su Hijo Jesucristo, y nos amemos los unos a los otros como él nos ordenó.
    El que cumple sus mandamientos permanece en Dios, y Dios permanece en él; y sabemos que él permanece en nosotros, por el Espíritu que nos ha dado.

    Evangelio según San Lucas 2,41-52.
    Los padres de Jesús iban todos los años a Jerusalén en la fiesta de la Pascua.
    Cuando el niño cumplió doce años, subieron como de costumbre,
    y acabada la fiesta, María y José regresaron, pero Jesús permaneció en Jerusalén sin que ellos se dieran cuenta.
    Creyendo que estaba en la caravana, caminaron todo un día y después comenzaron a buscarlo entre los parientes y conocidos.
    Como no lo encontraron, volvieron a Jerusalén en busca de él.
    Al tercer día, lo hallaron en el Templo en medio de los doctores de la Ley, escuchándolos y haciéndoles preguntas.
    Y todos los que lo oían estaban asombrados de su inteligencia y sus respuestas.
    Al verlo, sus padres quedaron maravillados y su madre le dijo: “Hijo mío, ¿por qué nos has hecho esto? Piensa que tu padre y yo te buscábamos angustiados”.
    Jesús les respondió: “¿Por qué me buscaban? ¿No sabían que yo debo ocuparme de los asuntos de mi Padre?”.
    Ellos no entendieron lo que les decía.
    El regresó con sus padres a Nazaret y vivía sujeto a ellos. Su madre conservaba estas cosas en su corazón.
    Jesús iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia delante de Dios y de los hombres.

    Extraído de la Biblia: Libro del Pueblo de Dios.

    Leer el comentario del Evangelio por :

    San Juan Pablo II (1920-2005), papa
    Mensaje de Navidad, 25 de diciembre 1994

    La Sagrada Familia y nuestras familias

    Este año, mi mensaje navideño se dirige sobre todo a las familias. Al final del año que de modo especial está dedicado a las familias, nuestro pensamiento se dirige a la Sagrada Familia… Jesús pidió al Padre para que todos fueran uno. Esta oración la pronunció la vigilia de su Pasión, pero la lleva en el corazón desde su nacimiento. “Padre, que sean uno como tú y yo somos uno” (Jn 17,11) ¿No oraba en este momento también por la unidad de todas las familias humanas?

    Es verdad, ante todo pidió por la unidad de la Iglesia, pero la familia sostenida por un sacramento específico es una célula vital de la Iglesia, es a la vez, según la doctrina de los Padres, una pequeña Iglesia doméstica. Jesús, pues, ha orado desde el comienzo de su venida al mundo para que todos aquellos que creen en él experimenten su comunión con él a partir de la unidad profunda de sus familias; una unidad que forma parte “desde el principio” (cf Mt 19,4) del designio de Dios sobre el amor conyugal que está en el origen de la familia… El que se entregó a si mismo desinteresadamente, viniendo a este mundo, ha rogado para que todos los seres humanos, al fundar una familia, se entreguen mutuamente uno al otro desinteresadamente; maridos y mujeres, padres e hijos y todas las generaciones que componen la familia, cada uno aportando su propio don particular.

    Familia, Sagrada Familia.., Familia estrechamente unida al misterio que contemplamos el día del nacimiento del Señor ¡guía con tu ejemplo las familias de todo el mundo! … Hijo de Dios, presente entre nosotros en el seno de una familia, concede a todas las familias poder crecer en el amor y de contribuir al bien de toda la humanidad…. Enséñales a renunciar al egoísmo, a la mentira, a la búsqueda desenfrenada del provecho personal. Ayuda-las a desarrollar, bajo tu inspiración, las energías inmensas del corazón y de la inteligencia,

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    Publicado por Anónimo | 27 diciembre, 2015, 07:55

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