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Los mismos cubanos, otros tiempos

Ha transcurrido un año desde que el presidente Obama y el gobernante Raúl Castro anunciaran el principio del deshielo entre Estados Unidos y Cuba. Y en este primer aniversario del histórico anuncio continúan siendo asignaturas pendientes aspectos como la sistemática violación de los derechos humanos por parte de la dictadura castrista.

El propio Obama ha puntualizado que su viaje a la isla en 2016 estaría sujeto a que haya avances en el terreno de las libertades, y que no está interesado en “validar el status quo”. Como cabía esperar, Josefina Vidal, al frente de la delegación cubana en las negociaciones, ha respondido que el presidente estadounidense sería bienvenido, pero no debe inmiscuirse en los asuntos internos del país. O sea, una cosa es reanudar el correo postal directo, los vuelos comerciales o el intercambio comercial, y otra promover una transición a la democracia que pudiera desmontar el “statu quo”.

Mientras prosigue el proceso de “normalización” con los dinosaurios del castrismo, de su destartalado parque jurásico huyen los jóvenes y la legión de cuentapropistas a los que la rigidez estatista ahoga. La realidad de más de seis mil migrantes cubanos atrapados en las fronteras de Centroamérica desborda cualquier conversación entre diplomáticos. La mayor parte de la juventud busca cualquier resquicio para escapar de un fallido modelo político que ya ha sacrificado a tres generaciones. Los hombres y mujeres que nacieron rehenes del “statu quo” no renuncian a un horizonte más amplio en Estados Unidos, donde, tal y como ha reiterado Washington, pueden acogerse a una Ley de Ajuste Cubano que esta administración no piensa modificar.

Al cabo de un año, el gran suceso detrás del deshielo es el de los miles de cubanos que duermen en albergues o a la intemperie y que se han sumado a la avalancha de migrantes de todo el mundo que vagan por Latinoamérica con la intención de llegar al Norte. Ellos son la prueba viviente del fraude de la revolución cubana. A pesar de haber nacido bajo ese sistema y no conocer otro, su impulso, que en primera instancia es de la mejora económica pero con un trasfondo político, es el de huir para labrarse una vida mejor donde se les brinda tan preciada oportunidad.

Me consta, porque he hablado con muchos de ellos, que la mayoría viene con iniciativa y se incorpora de una forma u otra a la fuerza laboral, con el beneficio añadido de tener el estatus legal que permite un mayor empuje. Precisamente la lucha por la reforma migratoria se fundamenta en la importancia de sacar de las sombras a millones de inmigrantes indocumentados que aportan al motor económico. En vez de estar tirando piedras entre todos a los beneficios que reciben y a la Ley de Ajuste Cubano, merecería la pena estudiar los resultados que ha tenido esta política que incentiva y no castiga.

Y este último aspecto parece despertar visiones encontradas en el seno de la diáspora cubana: la discusión en torno a si este éxodo que sucede a los de Camarioca, Mariel y la Crisis de los balseros es puramente económico y no califica como “exilio”. Sus críticos ponen el acento en que muchos regresan de visita a Cuba una vez que se legalizan y un número de ellos se aprovecha de los beneficios que les da el gobierno de Estados Unidos para vivir con un pie aquí y otro allá. Bien, desde el exilio histórico a esta nueva migración, los éxitos de los cubanos han superado sus propias limitaciones. Y este grupo, ahora varado pero que tarde o temprano arribará, no tiene que ser diferente.

Después de más de medio siglo bajo una dictadura férrea, lo que no se puede pretender es que la composición socioeconómica de quienes llegan sea la misma de las oleadas anteriores. Lógicamente, si tienen a sus seres queridos en Cuba y hoy existe la posibilidad de visitarlos y llevarles bienes, regresan a la isla de la que partieron hastiados. No son los únicos. En Vietnam, donde pervive el comunismo con una apertura controlada, también retornan quienes se exiliaron en Estados Unidos y pasaron por el trauma de los “boat people”.

Lo esencial es que ayer y hoy los cubanos escapan de un gobierno que secuestra la vida y el pensamiento. Eso no ha cambiado. A la hora de recibirlos, dejémosles que vuelen y que escriban su propia historia.

Por Gina Montaner (*)

 

 

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Acerca de jotaefeb

Un arquitecto jubilado. Aprendiz de todo, oficial de nada. Un humano más. Acá, allá y acullá. Hurgador de cosas cotidianas y trascendentes.

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7 comentarios en “Los mismos cubanos, otros tiempos

  1. Reconectando con mis raíces

    Al pasado no se va a pelear, sino a aprender. La verdad es que nunca imaginé el impacto de volver a Cuba, tras 15 años de ausencia. Sabía que se trataría de un regreso a ese pasado, después de tanto tiempo con los recuerdos bloqueados, para no sufrir ante la imposibilidad de viajar. Sin embargo, llegué con la mente abierta y sin prejuicios, dispuesto a lo que sintiera mi alma de niño que ahora comenzaba a latir con el corazón de entonces.

    El presente y el pasado confluyeron en un encuentro con mi historia: el pueblecito de El Caney, donde transcurrió mi infancia; la casa de mi familia; la visita a mi maestra de radio Nilda G. Alemán que supo plantar la primera semilla en mi corazón y que desempolvó anécdotas que estaban guardadas en algún lugar casi olvidado.

    Fueron tres semanas en las que mi mente mezcló la nostalgia y la tristeza con toda la alegría que desprendemos siempre los cubanos. Un coctel de sentimientos potentes.

    Al regresar, una puerta se abrió de nuevo y sentí emociones que hace mucho no experimentaba. Por eso quiero reincorporar a mi personalidad características tan cubanas como la espontaneidad y el sentido del humor. No quedan dudas de que mis raíces y cultura están allí, donde viví 28 años.

    Celebro haber podido ver una Cuba un poco más abierta, en comparación con la que dejé a finales de los años 90. Básicamente, hay mejoras en temas como la compraventa de viviendas, los alquileres turísticos, los pequeños restaurantes privados…

    El héroe nacional cubano José Martí escribió: “La patria es de todos y es justo y necesario que no se niegue en ella asiento a ninguna virtud”. Todos los cubanos, no importa cómo pensemos, tenemos derecho a visitar y a vivir en nuestra isla.

    Celebro haber podido ver una Cuba un poco más abierta, en comparación con la que dejé a finales de los años 90. Básicamente, hay mejoras en temas como la compraventa de viviendas, los alquileres turísticos, los pequeños restaurantes privados… Obviamente, todavía queda mucho por hacer.

    Tengo la esperanza de que los cambios avancen hacia la prosperidad, la pluralidad y el respeto a los derechos humanos. Y que todas las opiniones y tendencias puedan ser escuchadas, porque solo así crece un país. En el futuro, confío en poder contribuir al desarrollo de la isla, porque hoy, más que nunca, me siento cubano y latinoamericano.

    POR ISMAEL CALA

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    Publicado por jotaefeb | 16 enero, 2017, 11:50
  2. Cuba y el falso fin de la historia

    Primero de enero de 2017. Otro aniversario. ¡Qué fastidio volver sobre el tema! Cincuenta y ocho años de revolución y Cuba continúa atascada en el pasado. Permanece condenada a la miseria creciente debido a una cúpula dirigente que un día prometió la libertad, pero eligió el comunismo, arrastró al país en esa dirección, y se niega a revocar aquella nefasta decisión.

    ¿Por qué esa conducta absurda, mezcla de terquedad y deseo de mantener el poder a cualquier precio? Al fin y al cabo, el comunismo terminó a principios de los noventa con la disolución de la URSS y la admisión del descrédito total del marxismo-leninismo. Ninguna sociedad que lo padeció y pudo sacudírselo ha querido retomarlo.

    La justificación de esa extraña parálisis radica en una frase que les gusta repetir a los pocos castristas que quedan en la Isla: “La transición ya la hicimos el primero de enero de 1959 y no hay nada fundamental que cambiar”. O sea, alcanzaron el fin de la historia. El poeta Raúl Rivero sintetiza irónicamente ese comportamiento: “El cubano es la única criatura sobre el planeta que no sabe qué pasado le espera”.

    En todo caso, no hay manera de detener el tiempo y Cuba estrena 2017 en circunstancias muy críticas.

    Fidel murió en noviembre pasado y con él desapareció el caudillo sabelotodo que tomaba las decisiones importantes. Aunque llevaba una década apartado de la administración del país, su mera presencia tenía un efecto paralizante en la cúpula dirigente.

    Venezuela, a punto del colapso, incluso de la hambruna, tuvo que reducir sustancialmente los subsidios a la Metrópoli cubana, víctima de la corrupción y el mal gobierno.

    El tejido empresarial agrícola e industrial sigue siendo tremendamente improductivo porque no funciona el capitalismo militar de Estado desarrollado por el comandante en los noventa y regulado por Raúl en sus “lineamientos” a partir del 2010.

    El 20 de enero termina el gobierno de Barack Obama y comienza Donald Trump, quien ha prometido revertir algunas de las medidas tomadas por el Presidente saliente.

    Con la Casa Blanca, el Congreso y el Senado en manos republicanas, lo probable es que continúe el embargo, pero el efecto más dañino de la administración Trump contra el régimen cubano será disuadir a los inversores capitalistas para que no acudan con su dinero y su know-how a ponerle el hombro a una dictadura empeñada en sostener el fracasado modelo del capitalismo militar de Estado.

    Es el fin del deshielo entre La Habana y Washington. Trump no tiene que proclamarlo a los cuatro vientos (y probablemente no lo hará), sino, sencillamente, acogerse a la Ley Helms-Burton, aprobada durante la administración de Bill Clinton, vigente mientras no sea derogada.

    En esencia, esa ley establece sanciones económicas y ausencia de lazos comerciales mientras en Cuba no se respeten los derechos humanos y se permitan comportamientos democráticos como la libre asociación y el multipartidismo.

    Es verdad que a otros gobiernos como el de China o Vietnam no se les exige lo mismo, pero no son países geográficamente próximos a Estados Unidos, no tienen, como Cuba, un 20% de su población radicada en Estados Unidos, no inciden en las elecciones norteamericanas, y no cuentan con tres senadores y cuatro congresistas federales perfectamente alineados en el tema cubano. Es decir, no constituyen un problema de política interna, como sucede con todo lo que acontece en la Isla.

    Barack Obama trató de cambiar la política de Washington hacia La Habana y fracasó. En primer término, porque, como se demostró en las elecciones pasadas, los electores cubano-americanos prefirieron claramente a los políticos de “línea dura” que rechazaban esos cambios si el gobierno de Raúl Castro no daba señales de iniciar una suerte creíble de transición.

    Pero fracasó, además, porque Fidel y Raúl Castro no aprovecharon la mano tendida por Obama para abrir la sociedad cubana y reiteraron la consabida lealtad a las ideas comunistas, algo que lamentan muchos de sus partidarios, aunque no tengan cómo expresarlo.

    Los Castro interpretaron el cambio de actitud de la Casa Blanca como la rendición de un viejo enemigo contra el que continuarían combatiendo en todos los frentes, junto a Corea del Norte, Irán, Venezuela, Rusia o China, porque, para ellos, Estados Unidos seguía siendo la encarnación del mal capitalista.

    ¿Y ahora qué hará Raúl Castro? No creo que haga nada. “El que venga detrás, que arree”. Tiene 85 años y sabe que los más jóvenes están impacientes por desmontar ese disparate. No era verdad que la transición terminó en 1959. No era verdad que la historia podía detenerse. Pero tendrán que esperar a su muerte. La batalla política se transformó en una batalla biológica.

    Por Carlos Alberto Montaner

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    Publicado por jotaefeb | 9 enero, 2017, 17:00
  3. La sombra de Raúl Castro

    El viaje oficial de Raúl Castro a Francia discurrió como estaba previsto: el presidente François Hollande lo agasajó con los honores de un jefe de Estado; firmaron acuerdos comerciales que le resultan muy beneficiosos al régimen castrista; y el mandatario galo le echó una mano a Barak Obama al resaltar la importancia de que se ponga fin al embargo. Castro regresó a Cuba con una amplia sonrisa.

    Razones no le faltaron al octogenario comandante para estar contento. Era la primera vez que Francia lo recibía por todo lo alto. Además, antes de los actos oficiales le dio tiempo de admirar el esplendor de París, donde el capitalismo no está reñido con la dignidad de los parisinos. De hecho, disfrutó de un fin de semana como un turista de primera, dándose los infinitos gustos que se puede permitir un gobernante que no rinde cuentas de cómo maneja los fondos públicos porque los cubanos no tienen ni voz ni voto desde hace 57 años.

    Pero lo que más llamó la atención de su estadía fue la omnipresencia de su nieto, Ramón Guillermo Rodríguez Castro, un joven que desde muy temprano fue entrenado para ser su guardaespaldas. O, para ser más precisos, la sombra que a todas horas protege al sucesor de Fidel.

    Al nieto de Raúl lo hemos visto en infinidad de ocasiones: es ese hombre corpulento y un poco encorvado que en todos los actos está pegado a su nuca. Tiene una mirada esquiva y sus ademanes son obedientes, como el perro fiel que está dispuesto a saltarle a la yugular a quien se acerque a su amo. Es evidente que quiere mucho a su abuelo. Tanto, que está dispuesto a dar la vida por él.

    A Hollande acabó por incomodarle la molesta presencia de este guardaespaldas tan particular que se saltaba el protocolo en los desfiles y en los actos. Los franceses son los maestros del saber estar y no iban a permitir que la mala educación del séquito cubano estropeara la perfecta coreografía de su ballet. La imagen del Presidente galo apartando con gesto molesto al nietísimo se propagó en las redes sociales. Aún así, el chico hizo malabares para nunca apartarse de su abuelo.

    Observo el lenguaje corporal del nieto de Castro, tan amansado y con la cabeza gacha. Es loable que esté dispuesto a derramar su sangre por su anciano abuelo, pero lo que me inquieta es que un abuelo instruya a su descendiente para tan sombrío oficio. Quisiera pensar que el día que tenga nietos sería yo quien diera la vida por ellos porque el porvenir es suyo. Sería impensable la idea de adiestrarlos para que me defiendan de los peligros.

    No me cabe duda de que Castro también quiere a su nieto. Es más, debe estar eternamente agradecido a esta sombra que envejece junto a él como una segunda piel hecha para el sacrificio. Pero un abuelo como establece la tribu nunca pondría su integridad por encima de los hijos de sus hijos. Estamos habituados a historias de heroicos ancianos y ancianas que se han inmolado para proteger a su prole. Hasta en esto los Castro desafían lo que cabe esperar de un pater familias.

    En realidad, poca capacidad de amor y generosidad verdaderos pueden emanar de dos hombres –Fidel y Raúl– que a sus otros hijos, y al cabo de más de cinco décadas a sus nietos y bisnietos, les niegan la sal de la vida. Me refiero al pueblo cubano, rehén de una dinastía absolutista que se ha llevado por delante al menos tres generaciones.

    Es el mismo desdén que sin sonrojo exhiben en los salones parisinos, donde los esbirros del Gobierno cubano acosaron a un periodista del programa de televisión Petit Journal cuando este se atrevió a preguntar cuándo habrá elecciones libres en la isla. Por fortuna, Francia no es Cuba y el presentador del espacio mostró el video, dejando al descubierto el matonismo de los agentes de seguridad cubanos. También hubo risas por la torpeza del nieto, indiferente y ajeno a las reglas del protocolo.

    Con muchos muertos y atropellos en su haber, Raúl Castro no es el abuelo de Heidi, aquella dulce niña de los dibujos animados infantiles, pero se comprende que su nieto lo quiera. Lo que resulta más difícil de entender es por qué no le ha dado alas al chico para que sea libre y no su triste sombra. Pero qué sabe este hombre de Libertad, Fraternidad, Igualdad.

    Por Gina Montaner

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    Publicado por Anónimo | 10 febrero, 2016, 20:02
  4. Pura vida contra mísera vida

    Le pido por whassapp a mi amiga y colega Marilys Llanos que me describa brevemente La Cruz, localidad costarricense donde desde principios de noviembre vive en albergues una parte de los 8.000 cubanos que quedaron varados en Costa Rica. Marilys, quien ha estado informando desde allí sobre el traslado de los primeros 180 migrantes que viajan rumbo a Estados Unidos, me escribe: es un pueblo tranquilo, tienen la amabilidad de la gente aquí y la pobreza los hace aún más humildes y hospitalarios.

    También me relata que en este pueblo donde todavía hay viejos televisores de tubo, dos sucursales bancarias y unas pocas bodegas, la inesperada presencia de miles de cubanos ha revolucionado la apacible existencia de los lugareños. Como si se tratara de un relato de García Márquez, en vez de llegar el circo ambulante con sus vistosos saltimbanquis, en sus vidas ha irrumpido el vendaval de unos seres que huyeron con premura de una isla que es una cárcel.

    Si los ticos hablan de puntillas y su lema vital es “pura vida”, los cubanos se expresan a ritmo de comparsa atropellada y su consigna es “no volver ni para tomar impulso”. Al pacífico país centroamericano donde se honra el civismo ha arribado una tribu que, como la de Moisés, está condenada a vagar en el destierro, maltratada por un régimen que no respeta a los individuos. El destino ha querido que ticos y cubanos se unieran para protagonizar otro episodio traumático en la ya larga historia de los sucesivos éxodos bajo la dictadura castrista.

    Municipio de La Cruz, en la provincia norte de Guanacaste, población 23.598 según Wikipedia. Un pequeño pueblo costero con viviendas pintadas de colores y una plazoleta. Una aldea modesta que vive de la agricultura y la pesca. Sus habitantes nunca imaginaron que un día se verían desbordados por estos huéspedes a los que hubo que acomodar improvisadamente.

    En La Cruz y otras localidades, familias ticas han abierto sus puertas para acoger a familias cubanas. Y el propio gobierno se ha movilizado con la ayuda de organismos internacionales para brindarles ayuda humanitaria a los cubanos antes de que continúen su peregrinaje. Mientras en La Habana una dinastía familiar siente profunda indiferencia y desprecio por la suerte de los “súbditos” que se echan al mar o se arriesgan cruzando fronteras, en Costa Rica un presidente electo democráticamente asegura que su prioridad es preservar la integridad y dignidad de los migrantes. Pura vida es lo opuesto a una mísera vida.

    Un día no tan lejano, los cubanos que se arremolinaron en los albergues de La Cruz se habrán ido y su vocerío se apagará en el eco del recuerdo. De ellos quedará un mural pintado con el sentimiento del agradecimiento más profundo. La estela de la sordidez como consecuencia de la precariedad. Amistades forjadas al vuelo. Romances que se vivieron en la colmena humana. Vidas encontradas que dan para ríos de novelas que tal vez nunca se escriban.

    Poco a poco, La Cruz recuperará su espíritu calmoso y con el paso del tiempo, como en los cuentos de García Márquez, alguien muy mayor contará que un día ya muy lejano pasaron por allí unos hombres y mujeres que iban de paso y dejaron huella.

    Por Gina Montaner (*)

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    Publicado por Anónimo | 29 enero, 2016, 16:03
  5. La inacabada Guerra Fría

    Otra vez miles de cubanos se aprestan a entrar en Estados Unidos. Es una vieja y cansada historia. Lo vienen haciendo masivamente desde 1959, cuando comenzó la dictadura comunista de los hermanos Castro. En esta oportunidad proceden de Costa Rica. Desde 1966 los cubanos reciben un trato preferencial por parte de las autoridades migratorias norteamericanas. Le llaman la “Ley de Ajuste”. Es una de las múltiples excepciones que tiene la compleja legislación norteamericana en materia migratoria.

    Hay otras. Por ejemplo, otorgarles TPS (“protección migratoria temporal”) a millares de indocumentados radicados en Estados Unidos. Una docena de nacionalidades se benefician de esta medida, concebida para proteger a ciertas personas de los horrores de la violencia o de los desastres naturales que padecen en sus países de origen.

    Pero existen diferencias esenciales entre los TPS y la Ley de Ajuste. La protección temporal debe ser renovada periódicamente y depende de la voluntad de un Congreso voluble. La regla que afecta a los cubanos, en cambio, conduce a la obtención de la residencia oficial transcurrido el año, y a la ciudadanía pasados los cinco. En realidad, es una doble estupidez que los TPS no desemboquen en la residencia y la eventual ciudadanía. La provisionalidad y la falta de integración progresiva en la sociedad norteamericana perjudica cruelmente a los inmigrantes y convierte el “sueño americano” en una innecesaria pesadilla teñida por la ominosa persecución potencial de la Migra.

    La otra punta del disparate es el daño que se autoinflige Estados Unidos. Lo que le conviene a este país, y a todos, es disponer de ciudadanos trabajadores que cumplan con las leyes, creen riqueza, paguen impuestos y se mezclen en el legendario melting pot norteamericano, como sucede con la inmensa mayoría de los cubanos.

    La excepcionalidad cubana comenzó dentro de las reglas de la Guerra Fría. Fue la predecible respuesta americana cuando los Castro y un pequeño grupo de comunistas, convencidos de la superioridad de las ideas marxista-leninistas, de las bondades de la URSS y de la perfidia de Estados Unidos y de la economía de mercado, decidieron crear en la Isla una dictadura comunista.

    Moscú, que sabía organizar satélites, porque lo había hecho cruel y eficientemente en Europa del Este tras el fin de la Segunda Guerra, prestó su apoyo incondicional de inmediato. No tardaron en llegar discretamente a la Isla los asesores soviéticos con el primer objetivo de aplastar a la oposición democrática cubana y crear las redes de la contrainteligencia. El segundo sería llenarla de misiles nucleares. Lo decía Kruschev: ahora sabría Estados Unidos lo que era vivir con una daga apuntando a su cuello a pocos kilómetros de su costa. Era su represalia por el acoso de la OTAN.

    Estados Unidos reaccionó. A mediados de marzo de 1960 el presidente Ike Eisenhower firmó una orden secreta autorizando las operaciones encubiertas para tratar de liquidar al satélite ruso instalado en Cuba. Ya era muy tarde. Una semana antes había llegado a la Isla el general hispano-ruso Francisco Ciutat. Fidel lo recibió y lo llamó “Angelito”. Pronto serían 40.000 militares y asesores soviéticos. La Guerra Fría estaba en su apogeo en el Caribe.

    Treinta años más tarde los satélites europeos rompieron con la URSS y desapareció el Bloque del Este, incluida la propia Unión Soviética. La estrategia norteamericana de la contención había dado resultado. Estados Unidos había ganado la Guerra Fría.

    Pero no toda. En Cuba y en Corea del Norte cavaron trincheras. Fidel Castro, enormemente enfadado con el “traidor” Gorbachov, proclamó, y su hermano Raúl aplaudió, que “primero se hundiría la Isla antes que abandonar el marxismo-leninismo”, asegurando que Cuba se conservaría como un baluarte comunista para alumbrar el día en que el planeta recobrara la lucidez revolucionaria.

    Fidel, estalinista terco como una mula, con el respaldo de Lula da Silva, se dio a la tarea de recoger los escombros del comunismo para erigir con ellos el Foro de São Paulo, una especie de Tercera Internacional en la que cabían todos los “luchadores antiimperialistas”, desde las narcoguerrillas de las FARC a los terroristas islámicos.

    Hasta que apareció Hugo Chávez en el horizonte, nimbado por la ignorancia y la irresponsabilidad, y cargado de petrodólares. Inmediatamente, Fidel lo reclutó, primero para esquilmarlo, y luego para luchar contra la libertad económica y contra Washington, para gloria de los pobres del mundo.

    Juntos, de pipí cogido, como dicen graciosamente los colombianos, en un indomable eje La Habana-Caracas, triunfarían donde la URSS se había doblegado, objetivo y estrategia que nunca nadie ha desmentido o desechado. Lo anunció Felipe Pérez Roque en Caracas a fines del 2005, entonces Ministro de Relaciones Exteriores de Cuba.

    De este espíritu de Guerra Fría –toda la que podían tener unos países atrasados– surgió la tétrica fantasía del “Socialismo del siglo XXI” y el circuito antinorteamericano de la Alba, contrapuesto al ALCA impulsado por Estados Unidos.

    No es verdad, pues, como supone Obama, que la Guerra Fría ha terminado. Al menos en América Latina la mantienen viva los Castro, Maduro, Ortega, Evo y, en menor medida, Correa. Es inconcebible que en Washington ignoren esa demostrable realidad o que continúen pensando que se trata de una “molestia y no de un peligro”.

    Por Carlos Alberto Montaner (*)

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    Publicado por Anónimo | 23 enero, 2016, 05:36
  6. Cuba y las tres preguntas

    Los Castro han cumplido 57 eneros en el poder. A estas alturas, la curiosidad general se limita a formular tres preguntas inquietantes: ¿Por qué han durado tanto? ¿Es un fracaso, como dicen sus adversarios, o un éxito, como aseguran los simpatizantes? ¿Qué sucederá después de este larguísimo gobierno, el más prolongado de la historia de América?

    El gobierno de los Castro ha sido tan duradero porque es una dictadura que no busca el consentimiento de la sociedad, ni se dedica a obedecerla. Por el contrario, sus esfuerzos están permanentemente consagrados a dirigirla y controlarla.

    El secreto de esa permanencia es convertir al pueblo en rebaño y estabularlo convenientemente. Para esos fines dispone de un formidable aparato de contrainteligencia cifrado en unas 60.000 personas y un probado guión represivo.

    El 0,5% de la población, de acuerdo con la infalible fórmula aprendida de la Stasi alemana, madre y maestra de los servicios cubanos junto al KGB.

    El otro régimen parecido que existe en el planeta, Corea del Norte, es también una dinastía militar y tiene 68 años de vida continua. El padre de ese orquestado hormiguero de gimnastas rítmicos fue Kim Il- sung. Comenzó en 1948 y murió, mandando, en 1994, no sin antes legar a los museos las sillas en las que había colocado sus egregias nalgas. Luego le han seguido su hijo Kim Jong-il y su nieto Kim Jong-un.

    Las Tropas de Seguridad norcoreanas exceden los 106.000 miembros para controlar 24 millones de sobrevivientes. Más del doble de la población cubana. Ese aparato policíaco, que no se anda con chiquitas, ha creado un sistema de castas políticas llamado Songbun que divide a las personas en tres grupos: leales, vacilantes y hostiles. Los leales le sirven como auxiliares en el acoso y vigilancia de los otros dos sectores. No en balde, cuando Fidel Castro visitó Corea del Norte, según cuentan los que le acompañaron, quedó fascinado con el experimento. Le pareció un país modélico.

    ¿Ha triunfado o fracasado el castrismo? Si se mide por la capacidad de adherirse al poder, ha triunfado sin la menor duda. Raúl Castro era ministro de Defensa a los 28 años, ya tiene 85, y nunca ha dejado de vivir espléndidamente junto a la familia real. Para él y para su grupo de paniaguados, ha sido un éxito.

    Si se mide por la influencia lograda por el régimen la conclusión es la misma. Venezuela se ha convertido en una generosa colonia y los operadores políticos de la DGI cubana orientan, controlan o influyen en una docena de desdichados países latinoamericanos, al extremo de que la paz colombiana se negocia en La Habana.

    Pero si lo que se tiene en cuenta es la prosperidad general del país y el grado de felicidad genuina del conjunto de la población, ha sido un fracaso rotundo. A lo largo de tres generaciones los cubanos han sufrido miles de fusilamientos, han sido encarcelados decenas de millares de presos políticos, se han exiliado millones de personas, y el Gobierno ha erigido el modo de creación de riquezas más improductivo de la historia, mientras demolía meticulosamente la estructura material que había heredado. Es “el arte de hacer ruinas” en su máxima expresión.

    En 57 años de control absoluto del poder los Castro han agravado hasta el martirio los elementos clave de la vida cotidiana: la alimentación y el acceso al agua potable, la vivienda, el transporte, las comunicaciones, el suministro de electricidad, la ropa y el calzado. De ese tétrico panorama escapan, como siempre, los millares de cubanos en estos días varados en Costa Rica, compasivamente cuidados por el Gobierno y el pueblo de ese ejemplar país.

    Esos nefastos resultados no son, en realidad, producto de la maldad, sino de la ignorancia, la ambición de poder y la arrogancia revolucionaria emanada de las certezas marxistas. Estaban dispuestos a matar y a hacer daño con tal de mantenerse en el poder y obligar a los cubanos a vivir de acuerdo con la utopía que se les había alojado en sus enfebrecidas cabecitas. Por eso han devastado al país.

    ¿Qué pasará en el futuro? Nada sustancial. Mientras no desaparezcan o se retiren de la vida pública los Castro y su camarilla, y mientras ese sistema, hoy transformado en Capitalismo Militar de Estado, permanezca en pie, el país seguirá condenado a la emigración masiva de cubanos desesperados y a la improductividad más radical.

    El problema de fondo radica en las percepciones y en la confianza que emana de ellas. Da igual si los norteamericanos le quitan el embargo o si aumenta sustancialmente el número de turistas. Da igual si el presidente Obama visita Cuba, como los últimos tres papas, y hace un discurso a favor de la libertad.

    Los cubanos, como regla general, no creen en el sistema. No creen en sus compatriotas. No creen en el destino del país. No creen en quienes lo dirigen, y mucho menos en la capacidad de esa burocracia adormilada y torva que imperturbablemente continúa practicando la planificación centralizada. Todo eso comenzará a cambiar después de enterrado el castrismo. Nunca antes.

    Por Carlos Alberto Montaner (*)

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    Publicado por Anónimo | 9 enero, 2016, 10:53
  7. Cuba o la casa vacía

    Casi todos los días nos llegan imágenes de los cubanos varados en Centroamérica. A la crisis humanitaria que ha estallado en Costa Rica, donde ya hay casi seis mil distribuidos en albergues o acogidos en las casas de generosas familias ticas, se suma la presencia de más mil cubanos en el pueblo costero de Obaldía, en Panamá, donde apenas hay condiciones para atenderlos.

    Atrapados en un limbo y a la espera de que los países de la región busquen una solución colegiada con el fin de que puedan continuar rumbo a Estados Unidos, los cubanos que huyeron de la isla coinciden en una cosa: lo dejaron todo atrás con el propósito de no regresar a una tierra que les ha negado un futuro mejor. En vísperas de su visita oficial a Cuba esta semana, el propio presidente costarricense les aseguró, con el ánimo de tranquilizarlos, que ninguno será devuelto a la fuerza.

    Antes de emprender la travesía que comienza en Ecuador, los cubanos venden sus escasas pertenencias y sus modestas viviendas para tener el dinero necesario que les cobran los “coyotes” por trasladarlos de una frontera a otra. Una cantidad que también incluye las “mordidas” que exigen funcionarios, policías y agentes de aduanas a cambio de dejarlos pasar sin mayores contratiempos. Es el precio que pagan los migrantes de este mundo con tal de dejar atrás la pobreza y la falta de libertad (o viceversa).

    Precisamente esta semana se estrena La casa vacía, un cortometraje del realizador cubano Lilo Vilaplana, que ilustra con hondura lo que significa para los jóvenes de la isla zafarse del totalitarismo y dar el salto hacia delante, con un ancho y proceloso mar por medio.

    En poco menos de media hora, con ingenio Vilaplana recrea la atmósfera asfixiante de una vivienda en La Habana cuyas descascaradas paredes representan una geografía permanentemente sitiada. Hay una pareja que debate en el encierro de la estancia su miserable existencia. Ambos sienten que se ahogan si no abandonan pronto una isla que se ha transformado en un barco que zozobra sin avanzar a ninguna parte.

    En su afán por salir del país, el pueblo vacía sus viviendas para disponerse a vagar ligeros de equipaje. Oculta en el patio, los enamorados de esta historia atesoran una precaria balsa que los podría salvar de morir de asco pero, también, los puede condenar a perecer en el mar. Una vez más, los cubanos se enfrentan a alternativas pavorosas, empujados por una cruel dinastía familiar a la que nada le importan los habitantes de la casa destartalada que hoy es la nación cubana.

    Esos miles de hombres y mujeres que hoy se encuentran atrapados en las fronteras de Centroamérica ya no tienen hogares a los que regresar, pero llevan a cuestas el peso del recuerdo de Cuba. Algo así le sucede a Vilaplana, reconocido realizador que bien podría olvidarse de las desdichas que vivió en su Cuba natal y entregarse a sus éxitos en la diáspora. Sin embargo, en su escaso tiempo libre escribe, dirige y se manifiesta en las redes sociales con el drama de su país en mente. Con La casa vacía se vale de la ficción para dejar al descubierto la putrefacción de un sistema que es el comején que les tritura el alma a los cubanos.

    Hace mucho que Cuba es un cascarón derruido. Una morada maldita que arroja a sus hijos al mar. Una casa triste y vacía con aviso de demolición.

    Por Gina Montaner

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    Publicado por Anónimo | 21 diciembre, 2015, 10:15

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