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La pata podrida

Escribo en víspera de las elecciones españolas. Según las encuestas, termina el bipartidismo. Las grandes fuerzas políticas se fragmentan en cuatro. Lamentablemente, una de las patas de ese nuevo banco trae consigo un grave factor desestabilizador.

Lo explico.

Tras la muerte de Franco, desde la restauración de la democracia a mediados de la década de los setenta, el centroderecha (UCD y PP) ha gobernado durante 17 años divididos en tres periodos (Suárez-Calvo Sotelo, Aznar y Rajoy), mientras el centroizquierda (PSOE) lo ha hecho por 22 años (González y R. Zapatero). En democracia, Felipe González es la persona que ha ocupado el cargo de Presidente de Gobierno por más tiempo consecutivo: 14 años.

Estos casi 40 años, edificados sobre un periodo similar de dictadura franquista lleno de luces y sombras, han sido los mejores de la historia de España. El país dio un salto hacia el desarrollo y la modernidad, alcanzó un PIB anual de US$ 30.000 y florecieron las obras públicas como nunca antes. Fue la etapa en que media docena de compañías españolas se convirtieron en los mayores inversionistas extranjeros en América Latina.

España es hoy uno de los vivideros más gratos del planeta. Es una de las pocas naciones en el mundo que disponen de medio centenar de ciudades hermosas y perfectamente habitables. La longevidad es altísima, la violencia social mínima y, de acuerdo con todos los estándares, es una nación del Primer Mundo. No a la cabeza de ese segmento, pero tampoco en la cola. Radica en una grata medianía razonablemente confortable, como acredita el Índice de Desarrollo Humano que publica anualmente la ONU. En el 2014 ocupaba el lugar número 26 de las casi 200 naciones escrutadas.

¿Qué ha pasado? ¿Por qué, si el bipartidismo, evidentemente, ha dado resultado, los españoles están a punto de pulverizarlo en las urnas?

A mi juicio, la razón fundamental es un cambio en las prioridades de la sociedad española. El principal objetivo de los años setenta y ochenta fue consolidar la democracia en el país. Fueron años duros en los que se alternaron las conspiraciones militares con las bombas y los asesinatos de ETA y Terra Lliure, terroristas vascos y catalanes que intentaban crear a sangre y fuego dictaduras independentistas de corte soviético.

Para contrarrestar esa peligrosa deriva, España, de la mano del PSOE, que había abandonado las supersticiones marxistas, se integró en la Unión Europea y en la OTAN, y profundizó el desguace del aparato productivo en manos del Estado, creado en la época esencialmente estatista del franquismo. El PP, cuando ganó las elecciones, continuó por la misma senda liberalizadora, pero poniendo más cuidado en el gasto público y en las variables macroeconómicas, lo que facilitó el ingreso del país en el euro. España había hecho sus deberes.

Las prioridades hoy son otras. La mayor parte de la sociedad española, conquistada la democracia, quiere buen gobierno, honradez en la administración de los caudales públicos –descuidada tanto por el PSOE como por el PP– y oportunidades económicas para ese 22% de personas desempleadas.

La inmensa mayoría está satisfecha dentro de la Unión Europea, no pone en duda que la OTAN es un excelente escudo protector, y tampoco discute que el mercado, la existencia de propiedad privada y la democracia constituyen un modelo sociopolítico –la democracia liberal– hasta ahora insuperable. Discuten, eso sí, como en todas partes, el monto de la presión fiscal y el mejor destino de esa recaudación.

Sin embargo, una de las cuatro formaciones de las que sustituirán al bipartidismo PP-PSOE tiene unas características diferentes. Es peligrosamente antisistema. Me refiero a Podemos, la versión española del neocomunismo, que ha irrumpido en España bajo el liderazgo de Pablo Iglesias. El propósito de este grupo, o al menos de sus líderes, no es mejorar la calidad de la democracia liberal, sino destruirla.

Este político radical de cabellos largos e ideas tan cortas como dañinas ha sido captado por la cámara haciendo afirmaciones disparatadas como que envidia el chavismo venezolano, proponiendo se le entreguen 650 euros mensuales de renta básica a todos los españoles, atacando a los medios de comunicación privados, afirmando que la deuda externa no se paga, defendiendo la salida de España de la OTAN y proponiendo la instalación de la guillotina con una ominosa mezcla de humor negro y amenaza real.

Cualquier pacto postelectoral que incluya a este grupo será contraproducente. Cuando los demócratas cedieron ante los fascistas y los nazis, pasó lo que pasó. Cuando los venezolanos les abrieron la puerta a los chavistas, el país se derrumbó. Esa es la pata podrida de este nuevo banco.

Por Carlos Alberto Montaner (*)

 

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Acerca de jotaefeb

Un arquitecto jubilado. Aprendiz de todo, oficial de nada. Un humano más. Acá, allá y acullá. Hurgador de cosas cotidianas y trascendentes.

Comentarios

2 comentarios en “La pata podrida

  1. El peligroso paseo del tigre

    Los españoles están jugando con fuego. Durante 40 años, tras la muerte de Franco (1975), levantaron un gran país. Puede que en el futuro comiencen a perderlo.

    No fue sencillo ni perfecto, pero los españoles lograron la proeza de pasar pacíficamente de una dictadura de partido único a una democracia liberal, mucho más abierta y riesgosa, que a veces parecía imposible que cristalizara. El dilema que entonces se planteó encarnó en una disyuntiva: “ruptura o reforma”. Los españoles escogieron ambas. Hubo una ruptura política total y una reforma económica parcial.

    Florecieron los partidos, se respetaron las libertades, y la sociedad, mediante mecanismos electorales, optó por transformarse en una democracia liberal, mientras dotaba al Estado del aspecto formal de las monarquías parlamentarias típicas de una parte de Europa (la más próspera, por cierto). Fue una ruptura completa del modelo político.

    En el terreno económico, en cambio, eligieron la reforma, plasmada en los llamados “Pactos de la Moncloa”. Existía un régimen de respeto a la propiedad privada y eso se conservó. No en balde los españoles eran dueños del 80% de las viviendas que ocupaban, tenían el 78% del PIB per cápita de la llamada Comunidad Económica Europea, el desempleo era bajo, el gasto público limitado, y existían varios millones de libretas de ahorro.

    Sobre esos buenos cimientos, alcanzados en los últimos quince años de la dictadura franquista, amenazados por la inflación y el precio el petróleo, se privatizaron algunas ruinosas empresas estatales, se extendieron los beneficios de la Seguridad Social, la educación universitaria llegó a millones de jóvenes españoles, se popularizó el crédito, y el país, con el auxilio de Europa, dio un salto hacia la modernidad.

    Todo eso se hizo razonablemente bien y en relativa paz, porque la inmensa mayoría de los españoles, cuando se disipó la humareda provocada por el fin del antiguo régimen y cuajaron dos grandes formaciones políticas (PSOE y Partido Popular), pudieron optar por cambiar periódicamente la gerencia del Estado sin tocar los fundamentos de la democracia liberal. Este clima de competencia dentro de un mismo sistema, a veces, desdichadamente, empañado por la corrupción, generó una enorme confianza en la estabilidad de España dentro y fuera del país.

    En el 2015, sin embargo, el bipartidismo se ha roto, pero no por la llegada de unas nuevas formaciones políticas decididas a perfeccionar la democracia liberal, que tan buenos resultados ha generado en todo el mundo (como podría ser el caso de Ciudadanos, el partido dirigido por Albert Rivera), y muy particularmente en España, sino por un partido antisistema, Podemos, convencido de las virtudes del colectivismo y del guirigay revolucionario chavista.

    Si el PSOE, hoy dirigido por Pedro Sánchez, que tiene la llave de la gobernabilidad del país tras las elecciones del 20 de diciembre, elige integrar a Podemos en una alianza contranatural que le permita alcanzar la presidencia, a la que debería agregar a Izquierda Unida y a Ezquerra Republicana, se pondrá en manos de sus enemigos. Habrá salido a pasear con un tigre hambriento asido por una cuerda de papel. Su destino (y el de España) será ser devorado.

    Podemos y su líder Pablo Iglesias no creen en la economía de mercado ni en la democracia representativa. Como a buenos marxistas-leninistas, les parecen subterfugios de la burguesía para perpetuar el dominio sobre el “pueblo”. No creen en la Unión Europea, ni en el escudo protector de la OTAN. No se sienten cómodos con el euro ni con la globalización. Abominan de las aperturas económicas y aplauden los empobrecedores experimentos de Venezuela.

    Dentro de España, a ese partido y a su dirigente máximo no les importa propiciar la independencia de Cataluña, del País Vasco, Galicia, o de cualquier región que desee experimentar con la secesión, aunque ese cataclismo contradiga la voluntad de la gran mayoría de los españoles, degenere en violencia, y destruya a uno de los países más importantes de Europa. Tampoco rehúyen fomentar un peligroso enfrentamiento social porque suscriben los errores marxistas. Creen en la “lucha de clases” y la fomentan como el inevitable devenir de la sociedad. Viven en el caos y para el caos.

    Tras las elecciones del 20 de diciembre la Bolsa cayó casi un cuatro por ciento. Cada día que el PSOE juegue con los fundamentos del sistema, se profundizará la crisis. Todos conocemos la metáfora: “no hay animal más cobarde que un millón de dólares”. Ese animal se esconderá para salvar el pellejo. Los inversionistas se cruzarán de brazos hasta ver qué sucede. Los capitales se fugarán discretamente. Quienes puedan comenzarán a liquidar sus activos. Los empresarios dejarán de contratar preparándose para la época de las vacas flacas, si es que queda alguna con vida. Es lo que sucede cuando uno saca a pasear un tigre atado con una frágil cuerda de papel. Cunde el pánico.

    Por Carlos Alberto Montaner (*)

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    Publicado por Anónimo | 4 enero, 2016, 15:25
  2. La gran coalición

    Todo el mundo parece de acuerdo en que las recientes elecciones en España acabaron con el bipartidismo y una inequívoca mayoría parece celebrarlo. Yo no lo entiendo. La verdad es que ese periodo que ahora termina en el que el Partido Popular y el Partido Socialista se han alternado en el poder ha sido uno de los mejores de la historia española.

    La pacífica transición de la dictadura a la democracia, el amplio consenso entre todas las fuerzas políticas que lo hizo posible, la incorporación a Europa, al euro y a la OTAN y una política moderna, de economía de mercado, aliento a la inversión y a la empresa produjo lo que se llamó “el milagro español”, un crecimiento del producto interior bruto y de los niveles de vida sin precedentes que hizo de España una democracia funcional y próspera, un ejemplo para América Latina y demás países empeñados en salir del subdesarrollo y del autoritarismo.

    Es verdad que la lacra de esos años fue la corrupción. Ella afectó tanto a populares como socialistas y ha sido el factor clave –acaso más que la crisis económica y el paro de los últimos años– del desencanto con el régimen democrático en las nuevas generaciones que ha hecho surgir esos movimientos nuevos, como Podemos y Ciudadanos, con los que a partir de ahora tendrán que contar los nuevos gobiernos de España. En principio, la aparición de estas fuerzas nuevas no debilita, más bien refuerza la democracia, inyectándole un nuevo ímpetu y un espíritu moralizador. Acaso el fenómeno más interesante haya sido la discreta pero clarísima transformación de Podemos que, al irrumpir en el escenario político, parecía encarnar el espíritu revolucionario y antisistema, y que luego ha ido moderándose hasta proclamar, en boca de Pablo Iglesias, su líder, una vocación “centrista”. ¿Una mera táctica electoral? Tengo la impresión de que no: sus dirigentes parecen haber comprendido que el extremismo “chavista”, que alentaban muchos de ellos, les cerraba las puertas del poder, e iniciado una saludable rectificación. En todo caso, el mérito de Podemos es haber integrado al sistema a toda una masa enardecida de “indignados” con la corrupción y la crisis económica que hubieran podido derivar, como en Francia, hacia el extremismo fascista (o comunista).

    ¿Y ahora qué? El resultado de las elecciones es meridianamente claro para quien no está ciego o cegado por el sectarismo: nadie puede formar gobierno por sí solo y la única manera de asegurar la continuidad de la democracia y la recuperación económica es mediante pactos, es decir, una nueva Transición donde, en razón del bien común, los partidos acepten hacer concesiones respecto a sus programas a fin de establecer un denominador común. El ejemplo más cercano es el de Alemania, por supuesto. Ante un resultado electoral que no permitía un gobierno unipartidista, conservadores y socialdemócratas, adversarios inveterados, se unieron en un proyecto común que ha apuntalado las instituciones y mantenido el progreso del país.

    ¿Puede España seguir ese buen ejemplo? Sin ninguna duda; el espíritu que hizo posible la Transición está todavía allí, latiendo debajo de todas las críticas y diatribas que se le infligen, como han demostrado la campaña electoral y las elecciones del domingo pasado que (salvo un mínimo incidente) no pudieron ser más civilizadas y pacíficas.

    Solo dos coaliciones son posibles dada la composición del futuro parlamento, el PSOE, Podemos y Unidad Popular, que, como no alcanzan mayoría, tendría que incorporar además algunas fuerzas independistas vascas y/o catalanas. Difícil imaginar semejante mescolanza en la que, como ha dicho de manera categórica Pablo Iglesias, el referéndum a favor de la independencia de Cataluña sería la condición imprescindible, algo a lo que la gran mayoría de socialistas y buen número de comunistas se oponen de manera tajante. Pese a ello, no es imposible que esta alianza contra natura, sustentada en un sentimiento compartido –el odio a la derecha y, en especial, a Rajoy– se realice. A mi juicio, sería catastrófica para España, pues probablemente las contradicciones y desavenencias internas la paralizaría como gobierno, retraería la inversión y podría provocar un cataclismo económico para el país de tipo griego.

    Por eso, creo que la alternativa es la única fórmula que puede funcionar si las tres fuerzas inequívocamente democráticas, proeuropeas y modernas –el Partido Popular, el Partido Socialista y Ciudadanos–, deponiendo sus diferencias y enemistades en aras del futuro de España, elaboran seriamente un programa común de mínimos que garantice la operatividad del próximo Gobierno y, en vez de debilitarlas, fortalezca las instituciones, dé una base popular sólida a las reformas necesarias y de este modo consiga los apoyos financieros, económicos y políticos internacionales que permitan a España salir cuanto antes de la crisis que todavía frena la creación de empleo y demora el crecimiento de la economía.

    Esto es perfectamente posible con un poco de realismo, generosidad y espíritu tolerante de parte de las tres fuerzas políticas. Porque este es el mandato del pueblo que votó el domingo: nada de gobiernos unipartidistas, ha llegado –como en la mayoría de países europeos– la hora de las alianzas y los pactos. Esto puede no gustarles a muchos, pero es la esencia misma de la democracia: la coexistencia en la diversidad. Esa coexistencia puede exigir sacrificios y renunciar a objetivos que se consideran prioritarios. Pero si ese es el mandato que la mayoría de los electores ha comunicado a través de las ánforas, hay que acatarlo y llevarlo a la práctica de la mejor manera posible. Es decir, mediante el diálogo racional y los acuerdos, con una visión no inmediatista sino de largo plazo. Y ver en ello no una derrota ni una concesión indigna, sino una manera de regenerar una democracia que ha comenzado a vacilar, a perder la fe en las instituciones, por la cólera que ha provocado en grandes sectores sociales el espectáculo de quienes aprovechaban el poder para llenarse los bolsillos y una justicia que, en vez de actuar pronto y con la severidad debida, arrastraba los pies y algunas veces hasta garantizaba la impunidad de los corruptos.

    España está en uno de esos momentos límites en que a veces se encuentran los países, como haciendo equilibrio en una cuerda floja, una situación que puede precipitarlos a la ruina o, por el contrario, enderezarlos y lanzarlos en el camino de la recuperación. Así estaba hace unos ochenta años cuando prevaleció la pasión y el sectarismo, y sobrevino una guerra civil y una dictadura que dejó atroces heridas en casi todos los hogares españoles. Es verdad que la España de ahora es muy distinta de ese país subdesarrollado y sectarizado por los extremismos que se entremató en una guerra cainita. Y que la democracia es ahora una realidad que ha calado profundamente en la sociedad española, como quedó demostrado en aquella Transición tan injustamente vilipendiada en estos últimos tiempos. Ojalá que el espíritu que la hizo posible vuelva a prevalecer entre los dirigentes de los partidos políticos que tienen ahora en sus manos el porvenir de España.

    Por Mario Vargas Llosa

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    Publicado por Anónimo | 4 enero, 2016, 15:25

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