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El lenguaje no es inocuo

El domingo los españoles elegirán nuevo Gobierno. Y cuando todo indicaba que ya no se producirían grandes novedades en las campañas que vienen manteniendo los distintos candidatos, el lunes se produjo lo inesperado. El presidente de Gobierno, Mariano Rajoy (Partido Popular, PP) mantuvo un debate con quien él considera su principal rival: Pedro Sánchez (Partido Socialista Obrero Español, PSOE). No era el primer debate, ya que los otros candidatos también tuvieron los suyos. Hasta llegó a haber uno en una cafetería de barrio en el que discutieron sus programas Albert Rivera (Ciudadanos) y Pablo Iglesias (Podemos). Pero sí fue el primero, el único, en el que aceptó participar Rajoy. No se esperaba mucho y algunos hasta dijeron que sería bastante aburrido, de esos debates en los que cada candidato expone su programa sin escucharle a su rival para concluir afirmando que él es la mejor de todas las opciones. Pero no fue así.

Sentados a una mesa, frente a frente, con un moderador que ocupaba la cabecera y que terminó haciendo el papel de florero, los contendientes se trenzaron en una discusión en la que no se dieron tregua. Rajoy, que no está acostumbrado a ser cuestionado de frente y de manera tan agresiva, perdió los estribos y fue presa de los nervios. Sánchez con habilidad llevó el debate hacia el tema de la corrupción que en el último par de años golpeó seriamente al PP. Resumiendo: Sánchez le dijo que ante el escándalo de la Trama Gürtel, de la que Rajoy estaba al tanto, debería haber renunciado. “Si usted gana –le dijo– el coste para la democracia será enorme, porque el presidente debe ser una persona decente y usted no lo es”. Poseído por un enojo imposible de disimular, Rajoy le respondió: “Usted es ruin, mezquino, deleznable y miserable”. De aquí en adelante, todo lo que se dijo sobraba ni creo que hoy alguien lo recuerde.

Esa misma noche, quienes analizaron el debate para los diferentes programas que se estaban trasmitiendo por otros canales, se centraron casi exclusivamente en este episodio. Todos, de manera unánime, se lamentaron que el debate hubiera “bajado al fango”. Al día siguiente, la prensa española recogió en sus principales titulares el choque de trenes: los periódicos partidarios de Rajoy le acusaron a Sánchez de haber insultado al presidente diciéndole que no era una persona decente. Los periódicos opositores al Gobierno lamentaron que el Presidente utilizara tales términos para calificar a su rival. El diario “El País” incluso llegó a editorializar sobre el tema diciendo que “Rajoy acudió mal preparado, perdió los papeles y salió derrotado”. En una entrevista, en el mismo periódico, Sánchez, lejos de mostrar arrepentimiento por la forma en que trató al Presidente afirmó: “En el debate le dije al Presidente lo que piensan millones de españoles”.

Personalmente yo terminé asombrándome del asombro que le causó a los españoles las palabras, un tanto duras, es verdad, que se dijeron los contrincantes. Se me presentaron, durante esa noche, los términos utilizados habitualmente por políticos latinoamericanos, la construcción de sus discursos y el tono, más que agresivo, insultante, que utilizan apenas se enfrentan a los micrófonos. Justamente semanas atrás, nada más y nada menos que un Jefe de Estado le decía al secretario general de un organismo internacional como es la OEA: “Usted es una basura… Con perdón de la basura”. A nadie se le movió un pelo por esta expresión de grosería que, además, estaba totalmente injustificada.

El lenguaje no es inocuo; por el contrario, puede llegar a ser hasta peligroso ya que traduce no solo los pensamientos de la persona que está hablando, sino arrastra consigo toda una ideología, un sistema de pensamiento que no se centra solamente en lo que se está diciendo en ese instante, sino que abarca un campo muchísimo más amplio. En este caso, las palabras de Rajoy no solamente son insultantes, sino que traducen su intolerancia y su incapacidad de ser cuestionado por su oponente político. De todos modos, es un buen ejemplo que puede hacernos pensar, de manera muy especial, en la manera que hablan, y sobre todo piensan, nuestros políticos.

Por Jesús Ruiz Nestosa

 

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