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Nuevos vientos, con optimismo moderado

Para todos aquellos que creemos que la democracia es el único sistema político compatible con una sociedad libre, igualitaria y fraterna, dos acontecimientos nos llenaron de alegría la semana pasada.

Ha sido una fuerte bocanada de aire fresco la que recibimos con el abrumador triunfo de la oposición en las elecciones legislativas de Venezuela y con la asunción de Mauricio Macri como nuevo presidente de la Argentina.

Este fuerte y agradable viento nos llena de optimismo pero al mismo tiempo, al observar las enormes dificultades que van a tener ambos –oposición venezolana y Macri– no podemos dejar de expresar nuestras preocupaciones.

El triunfo de la oposición en Venezuela abre la posibilidad de un gran cambio político y económico en ese país, pero para hacerlo posible hay aún un campo minado que debe transitarse.

El chavismo aún no está muerto, porque sigue controlando el Poder Ejecutivo, que a su vez, tiene una gran influencia sobre los otros poderes.

Recordemos que la gente en su gran mayoría no votó por la oposición sino por un cambio a la desastrosa política económica actual. Pero ese cambio no depende del Legislativo sino del Ejecutivo.

La única salida política es avanzar en una revocatoria del mandato de Maduro que permita llamar a nuevas elecciones presidenciales, con el riesgo de que la oposición que nuclea a partidos políticos que van desde la extrema derecha a la extrema izquierda, se fracture por la disputa de los diferentes liderazgos.

De la misma manera que en Venezuela, el triunfo de Macri en la Argentina tampoco fue un apoyo al nuevo presidente, sino un voto en contra del Gobierno de Cristina Kirchner.

Los argentinos, al igual que los venezolanos, estaban cansados de ese estilo confrontativo de su presidenta, de la corrupción, de la inseguridad y de los problemas económicos de estancamiento, inflación y devaluación.

Ahora la gente quiere solución a sus problemas, pero en el caso argentino la situación es al revés, Macri controla el Poder Ejecutivo pero no tiene mayoría en ninguna de las dos Cámaras del Congreso.

En la Cámara de Diputados la coalición que apoya a Macri tiene el 34% de los escaños, pero aliándose a Massa y a algunos partidos menores, podría construir una mayoría.

Pero en la Cámara de Senadores la situación es mucho más difícil aún, porque el kirchnerismo tiene una cómoda mayoría del 58% de los escaños, que va a dedicarse a entorpecer todas las iniciativas del presidente.

Por esta situación Macri va a tener que negociar mucho para conseguir hacer aprobar sus iniciativas en el Congreso; va a tener que recurrir a menudo al Decreto de Necesidad y Urgencia (DNU) que le permite al presidente legislar sobre ciertos asuntos hasta que se expida el Congreso; y va a tener que vetar muchas leyes no deseadas que la mayoría kirchnerista va a impulsar.

Con esa enorme debilidad política, Macri va a tener que hacer un complicado y costoso ajuste fiscal que le permita a la Argentina volver a crecer económicamente y a reducir sustancialmente su inflación.

En resumen, los que creemos en la democracia como único sistema político compatible con la dignidad humana, estamos muy contentos con los cambios en Venezuela y en la Argentina.

Pero también estamos preocupados, porque los electos –legisladores en Venezuela y Macri en la Argentina– van a encontrarse con la necesidad de tomar medidas muy duras y con el poder muy limitado para hacerla realidad.

La única manera de poder llevarla adelante es si la opinión pública de cada uno de esos países presiona para impulsar esos cambios, y si los países de la comunidad internacional, especialmente los desarrollados, deciden dar su apoyo para que ambos procesos sean exitosos.

Porque está poniéndose en juego la democracia en la región.

Por Alberto Acosta Garbarino

 

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Acerca de jotaefeb

Un arquitecto jubilado. Aprendiz de todo, oficial de nada. Un humano más. Acá, allá y acullá. Hurgador de cosas cotidianas y trascendentes.

Comentarios

Un comentario en “Nuevos vientos, con optimismo moderado

  1. No a la economía estatizada

    La antiquísima y siempre renovada discusión sobre el rol del Estado en el manejo de la economía de un país recoge nuevos argumentos a raíz de la derrota electoral del kirchnerismo en Argentina y de los chavistas en Venezuela. Tanto el gobierno de Cristina Fernández como el de Nicolás Maduro han impulsado una fuerte presencia del Estado en las actividades económicas, no solo en las estratégicas como energía y agua potable, sino también en la compraventa de divisas extranjeras y fijación de precios de centenares de productos comerciales. ¿Ambas derrotas significan el fin de la intromisión absolutista del Estado en la economía?

    Maduro situó bien el problema que ha empobrecido a Venezuela cuando alertó que los chavistas están enfrentando una “guerra económica”. Los líderes políticos pueden hablar horas de las maravillas de una ideología, inventar la “revolución bolivariana” y echar pestes contra el capitalismo burgués, que a la gente común eso no le calienta. Pero cuando la economía anda mal, el costo de vida se incrementa, hay una gran inflación y los productos básicos de la canasta familiar desaparecen de los supermercados, ¡ah!, entonces sí la ciudadanía se preocupa, el estómago hambriento exige respuestas y los discursos políticos se convierten en una burla inaceptable.

    Entre nuestros vecinos del Sur, el gobierno K empezó a meter la mano en todas las áreas de la economía y convirtió a uno de los países con mayores riquezas naturales del mundo en una sociedad encerrada en sí misma, peleada con el resto del planeta, con un dólar oficial ficticio, con altas retenciones impositivas sobre los sectores productivos y millones de gente pobre que sobrevive con subsidios estatales.

    El “paraíso” K no podía durar eternamente: el Estado se comía diariamente las reservas del Banco Central, la inflación estaba fuera de control, la población se dividía entre los que aplaudían a Cristina porque recibían algún tipo de beneficio económico estatal y los que la criticaban porque debían trabajar duro para pagar los impuestos; hasta los trabajadores de sectores medios debían pagar “impuesto a las ganancias”. Los pobres se mantenían pobres con un subsidio gubernamental. Eso sí: la presidenta y su entorno en el poder se autoadjudicaron fortunas incalculables.

    Cuando el gobierno controla sectores económicos importantes, como la energía eléctrica, el petróleo, el gas, el agua potable, los transportes terrestres y aéreos, el seguro social, la minería, etc., hay dos riesgos difíciles de evitar: servicios mediocres deficitarios que solicitan subsidios estatales y administradores públicos corruptos que se enriquecen ilícitamente.

    El rol del Estado en la economía no es un tema resuelto con eficiencia, honestidad y patriotismo ni en las naciones con democracias consolidadas. Es fácil describir en teoría cómo debería ser. Es bastante complejo y difícil que el Estado solo intervenga en la economía en las áreas y en los momentos estrictamente indispensables y que lo haga con eficiencia y sin corrupción. Si nos fijamos esto último como una meta, al menos no nos venderán buzones los corruptos disfrazados de patriotas.

    Por Ilde Silvero

    http://www.abc.com.py/edicion-impresa/opinion/no-a-la-economia-estatizada-1435329.html

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    Publicado por Anónimo | 21 diciembre, 2015, 10:10

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