Macri y el desafío de gobernar Argentina

Mauricio Macri asume el poder en Argentina en medio de una polémica por el traspaso y el augurio de tiempos difíciles ante una mayoría kirchnerista en el Congreso. Este es el análisis de DW.

 

La transición política en Argentina se perfila poco menos que conflictiva. Después de 12 años de kirchnerismo, Mauricio Macri asume su cargo como nuevo presidente este jueves, 10 de diciembre, pero Cristina Kirchner no será quien le entregue la banda y el bastón, símbolos del poder presidencial, sino que lo hará Federico Pinedo, presidente provisional del Senado por una medida judicial que lo habilitó a ejercer temporalmente la Presidencia de Argentina hasta que Macri jurase en el Congreso.

Ayer hubo manifestaciones de seguidores en los domicilios de Kirchner y de Macri. También decenas de miles de kirchneristas congregados en la Plaza de Mayo siguieron el último discurso de la presidenta saliente. “Cristina Kirchner sigue teniendo mucha popularidad, y su actitud demuestra la ambición política de no desaparecer y de seguir conduciendo el peronismo. Según expertos, no lo va a lograr, porque el peronismo se fragmentará en la oposición. Sin embargo, está utilizando los recursos que le da la presidencia hasta último momento para posicionarse con la ambición de encabezar esa oposición”, señaló la Dra. Mariana Llanos, especialista en política argentina del Instituto GIGA, de Hamburgo, y secretaria general de ALACIP, Asociación Latinoamericana de Ciencia Política, en entrevista con Deutsche Welle.

Dra. Mariana Llanos, politóloga del Instituto GIGA de Hamburgo.Dra. Mariana Llanos, politóloga del Instituto GIGA de Hamburgo.

Antes de abandonar el poder, la expresidenta nombró a cuatro nuevos embajadores y firmó decretos con cientos de nombramientos y una ampliación del gasto público en casi 133.000 millones de, pesos, lo que representa un 10 por ciento más del total del presupuesto nacional. En esta pulseada hasta el último minuto, Cristina Kirchner apuesta a sostener su imagen en un controvertido gesto que, para una gran parte de los argentinos, es consecuente con su política personalista, y para la otra parte, confirma un estilo de liderazgo que le provoca rechazo. “El acto demostró que CFK tiene a sus seguidores y fue simbólico en cuanto a a su fuerte identidad política y a su capacidad de concitar adhesión”, dijo a DW desde Buenos Aires Philip Kitzberger, profesor en Ciencia Política y Estudios Internacionales de la Universidad Di Tella e investigador del CONICET.

“La alternancia en el poder es algo muy importante y positivo para una democracia. Todos los argentinos deberían estar juntos celebrando el traspaso de un presidente a otro. Eso sería un gesto de grandeza, compartirlo entre todos y no dividir al país festejando por un lado los que apoyan a Kirchner, y por el otro los que apoyan al nuevo presidente” añadió Mariana Llanos al respecto.

Macri, en situación de “fragilidad”

Según Llanos, Macri se encuentra en “una situación de fragilidad” al no contar con esas mayorías amplísimas que tuvo el último gobierno de Kirchner. Por lo tanto, el desafío, que al mismo tiempo es una gran oportunidad para el nuevo presidente, es gobernar “creando consensos, es decir, construyendo una base política para la cual no le cierran los números con su propio partido.” A su alianza con la tradicional Unión Cívica Radical (UCR), que le proporciona extensión territorial, se suma que Macri controla las provincias más pobladas del país. El gobernador de la capital y la gobernadora de la Provincia de Buenos Aires son de su mismo color político.” Si bien esta alianza y los resultados electorales son un factor relevante, para alcanzar mayorías en el Congreso, Macri deberá hacer alianzas con los otros partidos, incluyendo sectores del peronismo que gobiernan la mayoría de las otras provincias”, advierte la experta.

Acabar con la polarización: ¿misión imposible?

Philip Kitzberger, docente de Ciencias Políticas de la Universidad Torcuato Di Tella.Philip Kitzberger, docente de Ciencias Políticas de la Universidad Torcuato Di Tella.

La polémica por el traspaso del poder, las manifestaciones en pro del nuevo presidente y la despedida a Cristina en reivindicación de los logros sociales es solo un síntoma más de la división existente en la sociedad argentina. “Va a costar un tiempo terminar con la polarización”, opina Llanos. Eso va a depender, entre otras cosas, de lo que pase en la oposición política. La Constitución le permite a Cristina Kirchner volver a postularse a la presidencia dentro de cuatro años. Pero todo dependerá de la lucha interna dentro del peronismo, explica Mariana Llanos: “Cristina está apostando a volver al poder, pero si se da una lucha dentro de la oposición, su figura perdería fuerza. Varios expertos estiman que esa lucha interna en el peronismo no permitirá que ella se sostenga para una próxima elección.” Según Philip Kitzberger, los recursos presidenciales le dan a Macri la capacidad de negociar con los gobernadores para construir mayorías legislativas. “Claro que su margen de maniobra estará relativamente acotado”, remarca, pero agrega que no tiene temores en cuanto a que en la sociedad haya una grieta insalvable: “Veremos cómo se despliega el gobierno de Macri. Ahora empieza un nuevo juego, y no creo que el escenario de polarización que vivimos con CFK se repita tal cual fue.”

Bastón presidencial argentino.Bastón presidencial argentino.

El inicio de este gobierno en un clima enrarecido parece augurar tiempos difíciles para Mauricio Macri. Las bajas en las reservas del Banco Central y la inflación en niveles altísimos no le dejarán otra alternativa que aplicar ajustes y reformas, lo que deja prever que habrá protestas. Pero Llanos cree que mucho dependerá del estilo de liderazgo del nuevo mandatario: “La confrontación va a seguir siendo un componente importante de la política del gobierno. No sé si Macri va a lograr terminar con la polarización, pero se espera que cumpla con lo que dijo: que va a gobernar de una manera consensual y republicana. Después de años de concentración y abuso del poder, este cambio representa la esperanza de una forma de hacer política de acuerdo con un patrón más democrático, ya sea porque esa fue una de las promesas de campaña, o por la necesidad de encontrar mayorías para gobernar.”

Para Philip Kitzberger, “ese minué un poco penoso de no ponerse de acuerdo en torno a algo simbólico como el paso de mando, es solo eso, algo simbólico. Si Macri logra sortear obstáculos y estabilizar su Gobierno, creo que tendrá un escenario más favorable, más allá de estos episodios.”

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6 pensamientos en “Macri y el desafío de gobernar Argentina”

  1. Desnaturalizando el sindicalismo

    Ayer, el Gobierno de Mauricio Macri anunció un ambicioso plan de inversiones en hidrocarburos que promete hacer “llover” sobre Argentina miles de millones de dólares en inversiones. Claro que para eso, debió firmar un pacto de no agresión entre los sindicatos petroleros, las gobernaciones y el propio Gobierno federal para decidir a los grandes operadores mundiales del rubro a plantar capitales en Argentina, en donde operar un pozo petrolero cuesta hoy exactamente el doble que en Estados Unidos. ¿Cómo hacerlo? Iniciando el desguace de la poderosa claque sindical empotrada en los gremios, enviciada durante décadas de populismo que crearon verdaderas dinastías que se heredaban entre sí los cargos estelares. Un caso paradigmático, y que terminó afectando al Paraguay, es el del “sindicalista” Omar Suárez, apodado el Caballo, dueño absoluto del Sindicato de Obreros Marítimos y aliado ferviente de Cristina Fernández.

    Esta condición le dio vía libre para imponer gabelas extorsivas a la navegación por la Hidrovía. Se habla de coimas de hasta US$ 40.000 dólares por cada tren de barcazas o buque de ultramar operando en Rosario o Buenos Aires. “Todo lo que navega me pertenece” alardeaba el “Caballo” quien con esta fuente de ingresos sucios montó una red de 13 empresas propias haciendo más cara, a la vez, la navegación con fines comerciales. Esa fue la razón por la cual muchas navieras argentinas optaron por emigrar al Paraguay en donde hoy constituyen –junto con armadores paraguayos- la tercera mayor flota de barcazas de empuje del mundo. Eso lo lograron Cristina Fernandez y Omar Suárez juntos, quienes al comprobar la enormidad de su error, comenzaron a hostigar a las embarcaciones de bandera paraguaya imponiéndoles todo tipo de arbitrariedades en puertos argentinos. Algo parecido, aunque en otras dimensiones, pasa con dirigentes como Hugo Moyano (camioneros) y Luis Barrionuevo (gastronómicos), gente con poder político con quienes hay que sentarse a negociar, sí o sí, no sólo cuestiones sindicales sino también de negocios, los que han construido a partir de su plataforma como sindicalistas.

    Cualquier intento de reducir el costo argentino apelando a la flexibilización laboral hace saltar todas las mesas de sindicalistas quienes de inmediato denuncian maniobras de precarización del trabajo. Sin duda, hay una raíz histórica de la lucha sindical que es legítima y que busca defender conquistas importantes. Pero cuando estos valores se mezclan con los intereses de dinastías de sindicalistas aferrados a sus cargos, ya no se trata de una “lucha sindical” sino de simple defensa cerril de privilegios. Un esquema que a la Argentina le está costando mucho desmontar y que ojalá nunca se instale en el Paraguay.

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  2. Quilombo argentino

    Entró a “La Rambla”, tomó un diario de la mesita, se sentó, pidió un café cortado y un croissant. El Bar-Café y restaurante La Rambla está ubicado en plena Recoleta, a unos metros de donde vivió Eva Duarte –Evita– antes de conocer a Juan Domingo Perón. La gente tiene para leer todos los diarios y ocupa por largo rato las mesas. A veces con no más de un café. Allí se come el mejor sándwich de lomito de todo Buenos Aires.

    Cuando el mozo le trajo el pedido, con el diario abierto, le comentó: “Este hace agua, no le da para arreglar este quilombo(*)”.

    “Este”, era Mauricio Macri, quien en un mes cumplirá su primer aniversario como presidente de la Nación.

    No es que las encuestas lo ubiquen muy abajo, pero su imagen es de signo negativo. Macri ha resucitado a la Argentina en los mercados financieros y ha sincerado las cifras “arregladas” flagrantemente por el gobierno anterior –sean de la inflación o del nivel de pobreza–. Esta sinceridad implica quitar subsidios y no ser irresponsable en materia salarial, y en alguna forma hasta ser más “generoso” con las cargas impositivas para la actividad productiva.

    No es fácil cuidar la imagen al tiempo de aplicar “tarifazos”, y frenar suba de sueldos, con los sindicatos “peronistas” enfrente. Además, con minoría parlamentaria y con una mayoría que cubre todo el espectro desde renovadores o independientes a kirchneristas, pero todos peronistas, y que solo piensa en términos electoralistas. (En el mejor de los casos). Y ya el año próximo hay elecciones parlamentaria, que son claves.

    Y Macri, respetando la democracia, las instituciones, la Constitución y las leyes, cosa de lo que no se sintieron mayormente obligados los anteriores gobiernos de los Kirchner, populistas y autoritarios.

    Hoy el panorama es otro: libertad de prensa, independencia de los poderes y respeto de las leyes; aunque a veces con algunos “amagues” de “flexibilidad” para poder avanzar en cosas específicas, lo que, empero, sus propios socios puristas se lo impiden.

    Libertad de prensa e independencia de la Justicia a la vez ha aparejado un desvelo extra: poner fin a la impunidad y avanzar sobre la corrupción. El periodista Jorge Lanata dijo hace unos días que hay en trámite 745 juicios por corrupción contra funcionarios kirchneristas y que entre esos en 298 esta involucrada la expresidenta Cristina Fernández de Kirchner (CFK).

    Ella lo niega, dice que es persecución política, y el kirchnerismo se apresta a resistir. Aunque menguado, se asemeja a esas bandas de soldados que tras finalizada la guerra quedaban armados y arrasaban con lo que sea, que nos mostraban las películas.

    CFK tuvo que ir a declarar a tribunales judiciales hace unos días. Dijo, qué graciosa ella –justamente ella–, que era una perseguida política. Uno de sus diputados –de esos soldados que hablábamos– amenazó que “si a Cristina la tiran al bombo (a la cárcel), aquí se arma quilombo”.

    Y seguro que algo se puede armar. Si se hace un repaso de las principales imputaciones contra CFK, tenemos que la ex ya está procesada por administración infiel en perjuicio de la administración pública (2 a 6 años de pena), y que la citación judicial de estas horas era para declarar en indagatoria por haber conducido una asociación ilícita (5 a 10 años) para cometer varios delitos; además en el caso Hotesur la acusan de malversación de fondos públicos (2 a 10 años), abuso de autoridad (1 mes a 2 años), lavado de dinero (3 a 10 años) y asociación ilícita vinculada a la obra pública (5 a 10 años); en Los Sauces, de enriquecimiento ilícito (2 a 6 años), falsificación de documentos públicos (1 a 6 años) y cohecho (1 a 6 años). En la ruta del dinero K, por lavado de dinero (3 a 10 años). Y en la causa por traición a la Patria (atentado contra la Amia –Centro Judío– , pacto con Irán y crimen del fiscal Nissman) la pena es de 10 a 25 años.

    Con este panorama es lógico que CFK –que no respondió nada al juez– recurra a todo. Para Macri, en tanto, por más que se mantenga prescindente –son cuestiones de la justicia, dice–, se le hace duro no hacer agua por algún lado y más difícil, aún, mantener firme el timón.

    “Lo que pasa –comentó el hombre del diario y del café– es que este ‘pibe’ ganó antes de tiempo. Tendríamos que haber estado más hundidos; con apagón total y sin energía yo te pregunto si alguien iba a protestar por un aumento de la tarifa eléctrica. Acá debió esperarse a repetir lo de Venezuela, que no faltaba mucho…”.

    -Entonces tendríamos al Papa Francisco mediando, tal como lo hace ahora para ayudar a los chavistas, atinó el mozo.

    -Eso se lo pueden vender a los venezolanos pero a nosotros no, aquí Francisco solo es, como todo sabemos, un peronista mas.

    (*) Quilombo: Lío, barullo, gresca, desorden. Prostíbulo.

    Por Danilo Arbilla

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  3. Otra Argentina

    Ha terminado por fin para Argentina el tiempo de los desvaríos populistas y el hechizo suicida que ejerció sobre el gobierno de los Kirchner el “socialismo del siglo XXI” de Chávez y Maduro? Después de pasar una semana en este país me alegra decir que sí, que en los pocos meses que está en el poder Mauricio Macri ha llevado a cabo reformas valientes y radicales para desmontar la maquinaria intervencionista y demagógica que estaba arruinando a una de las naciones más ricas del mundo, aislándola y empujándola hacia el abismo.

    No es necesario recurrir a sondeos y estadísticas para demostrarlo: el cambio está en el aire que se respira, en la manera de hablar de la gente sobre el momento actual, el alivio y el optimismo con que a la mayor parte de conocidos y desconocidos les oigo comentar la actualidad política. Es verdad que la oposición peronista –aunque tal vez sería mejor decir kirchnerista, pues el peronismo, conformado por un abanico de tendencias, no es unívoco en su oposición, sino diverso y matizado– no ha dado al nuevo Gobierno un periodo de gracia, y ha comenzado a atacarlo sin piedad y a tratar de sabotear el sinceramiento de la economía –la cancelación de los subsidios que la asfixiaban– y a oponerse a las reformas. Pero los beneficios están ya a la vista y son inequívocos. Argentina, desde su acuerdo con los detentadores de los llamados fondos buitres ha recuperado el crédito internacional y la desaparición del cepo ha devuelto a su moneda una estabilidad de la que no gozaba hacía tiempo. La visita del presidente Obama, que significó un importante aval a la nueva Argentina, ha abierto un desfile de visitantes de valía, políticos y económicos, que vienen a explorar la posibilidad de invertir en una tierra pródiga en recursos a la que las políticas autistas y nacionalistas de la señora Cristina Kirchner estaban llevando a una ruinosa autarquía. Y en política internacional, el Gobierno de Macri ha dado un vuelco integral a la del régimen anterior, manifestando su vocación democrática, criticando la violación de la legalidad y de los derechos humanos en Venezuela y pidiendo que el régimen de Maduro abra un diálogo con la oposición a fin de asegurar una transición pacífica que ponga fin a la lenta desintegración de un país al que el estatismo y el colectivismo han llevado al hambre y al caos.

    Qué diferente es prender la televisión y, en vez de los lugares comunes y los eslóganes tercermundistas que hacían las veces de ideas en los discursos de la señora Kirchner, escuchar al presidente Macri, en conferencia de prensa, explicando con claridad, sencillez y franqueza que desembalsar una economía paralizada por el constructivismo demagógico tiene un alto precio que no hay manera de evitar y que, sin ese saneamiento que es volver de la quimera a la realidad, Argentina nunca saldría del pozo en que la sumió una ideología fracasada en todos los países que la aplicaron. Le oí explicar también, de manera absolutamente persuasiva, por qué la mal llamada ley antidespidos que acaba de a hacer aprobar la oposición en el Senado, solo servirá para dificultar la generación de nuevos empleos al desalentar a las empresas a extender sus servicios y contratar más personal. En todas las intervenciones públicas, y en conversaciones privadas, que le escuché esta semana, el nuevo jefe de Gobierno argentino me pareció desprovisto de la arrogancia que suele acompañar al poder, de la retórica insustancial de tantos políticos, empeñado en tender puentes y en convencer a sus compatriotas de que los sacrificios que cuesta acabar con el nefasto populismo son el único camino por el que Argentina puede recuperar la prosperidad y la modernidad de que ya gozó en el pasado.

    Y desde luego que hay razones para creerle. Argentina es un país muy rico en recursos naturales y humanos; el sistema educativo ejemplar que tuvo en el pasado, aunque se haya deteriorado con las malas políticas de los gobiernos precedentes, todavía produce ciudadanos mejor formados que el promedio latinoamericano –tal vez ningún otro país de la región ha exportado más técnicos de alto nivel al resto del mundo– y no hay duda de que, con las reformas en marcha, las inversiones extranjeras, retraídas todos estos años, volverán en gran número a una tierra tan pródiga, creando los empleos que hacen falta y elevando los niveles de vida y las oportunidades para los argentinos.

    Hay un aspecto que quisiera destacar entre los cambios que vive la Argentina. Con la libertad de expresión, que sufrió tantas averías durante los gobiernos de los Kirchner, la corrupción que al amparo de ese Estado que Octavio Paz llamó el “ogro filantrópico” proliferó de manera cancerosa, ahora sale a la luz y, en estos días precisamente, la prensa da noticias estremecedoras de las sumas de vértigo que los testaferros de los antiguos mandatarios acumularon, monopolizando las obras públicas de regiones enteras y saqueando sus presupuestos de manera impúdica convirtiendo en multimillonarios a aquellos dueños del poder que se jactaban de ser revolucionarios antiimperialistas y jurados enemigos del capitalismo. Dudo mucho que haya un solo capitalista en el mundo que haya amasado una fortuna tan prodigiosa como Lázaro Báez, testaferro por lo visto de Néstor Kirchner, y ahora en la cárcel, antiguo cajero de un banco de Santa Cruz, que un puñado de años después tenía cerca de cuatrocientas propiedades rurales y urbanas, y cerca de un centenar de automóviles en su país y compraba departamentos y casas en Miami por más de cien millones de dólares.

    Que Argentina tenga éxito en las pacíficas reformas democráticas y liberales que está llevando a cabo tiene una importancia que trasciende sus fronteras. América Latina puede aprender mucho de este país que, luego de casi tocar fondo por culpa de la ideología colectivista y estatista que estuvo a punto de arruinarlo, se levanta de sus propias cenizas con los votos de sus ciudadanos y tiene el coraje de desandar el camino equivocado. Y emprende uno nuevo, el de los países que gracias a la libertad –la única verdadera, es decir, la que abarca la política, la economía, la cultura, el ámbito social, cultural y personal– han alcanzado los mejores niveles de vida de este tiempo, los que han reducido más la violencia en las relaciones humanas y los que han creado la mayor igualdad de oportunidades para que sus ciudadanos puedan materializar sus aspiraciones y sus sueños.

    Aunque, a veces de manera confusa, creo que este es ahora un ideal que ha ido echando raíces en los países latinoamericanos, donde los antiguos modelos que se disputaban el favor de las gentes –las dictaduras militares y las revoluciones armadas socialistas– han perdido prestigio y actualidad y solo valen para minorías insignificantes. Por eso es que, con las excepciones de Cuba y Venezuela, en toda la región hay ahora democracias, aunque algunas sean muy imperfectas y amenazadas por la corrupción. Argentina puede ser el ejemplo a seguir para renovarlas, purificarlas y ponerlas al día, de modo que se integren al mundo y aprovechen las grandes posibilidades que este ofrece a los países que hacen suya la cultura de la libertad.

    Buenos Aires, mayo de 2016

    Por Mario Vargas Llosa

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  4. El otro lado de los despidos estatales

    La desvinculación de empleados estatales siempre enciende polémicas. Las esperables posturas antagónicas están repletas de trillados planteos, la mayoría de ellos falaces y plagados de una fragilidad argumental evidente.
    El Estado no produce nada, ninguna riqueza. Se financia con el dinero de los que sí la generan, quitándoles a ellos una porción importante de su esfuerzo para solventar las aventuras y experimentos de los gobiernos de turno, esas que casi siempre involucran ineficientes procesos y peores resultados.

    La remuneración del individuo despedido no sale del aire. Se obtiene solo con la previa acción coercitiva del Estado, que exprime vía impuestos, o cualquier ardid equivalente, a miles de individuos, en contra de su voluntad.

    No existe magia, ni panfleto que lo explique. El dinero no se multiplica espontáneamente. Eso ocurre cuando los individuos crean bienes y servicios que la sociedad valora al punto de estar dispuesta a pagar por ellos. Si esta lógica elemental no se entiende, la discusión tiene muy poco sentido.

    Cuando una persona se queda sin su retribución todo parece una mala noticia. Claro que el involucrado está en problemas, molesto con la decisión, pero el análisis no puede agotarse enfocándose solo en su percepción.

    La clásica mirada que prolifera por estas latitudes, dirá que un desocupado es un problema social, sin considerar las múltiples consecuencias que tiene en la comunidad, la anterior quita de recursos que el Estado instrumenta sometiendo a los ciudadanos y obligándolos a financiar a quien no produce.

    Si esos impuestos no hubieran detraído recursos de los individuos, estos se hubieran volcado a la actividad productiva generando trabajo genuino y decente en idénticas o superiores proporciones y en función de su eficiencia.

    Existe cierto consenso en que alguien que no trabaja no merece recibir una compensación. Por eso los que cobran sin trabajar, solo reciben el desprecio de una sociedad que avala sus cesantías sin sentir culpa alguna.

    Aparece entonces un retorcido razonamiento que intenta justificar a quienes cobran pero trabajan, sin evaluar la verdadera utilidad de su rol, ni considerar si el puesto que ocupa cumple alguna función práctica.

    Muchos trasnochados creen que una persona que no contribuye con la sociedad debe ser igualmente subsidiada por el resto, siempre a través del Estado. Para ellos, la situación de este ciudadano es solo una indeseada consecuencia de las condiciones generales de la economía, de su acotado acceso a la educación, de su entorno social, o hasta de su mala suerte.

    Según esos “sensibles” ciudadanos, en esa precaria circunstancia, el sujeto debe ser auxiliado por todos, a través del uso de la fuerza pública que ejerce el Estado fijando gravámenes que permitan sostener a ese indefenso.

    Esa perversa dinámica no solo denigra a ese ciudadano, colocándolo en una indigna posición de inútil, inepto e incapaz, sino que se convierte en su definitiva condena a permanecer en la pobreza de la que jamás saldrá.

    No se ayuda a ese individuo otorgándole un puesto estatal como dádiva aunque ello implique una remuneración, ni regalándole un subsidio sin contraprestación. Se trata de que haga el intento de formarse, capacitarse y entrenarse para ser útil a la comunidad desde un lugar que lo enorgullezca.

    Los que creen que el Estado debe abordar esa misión, tienen la enorme oportunidad de constituir una organización, recaudar fondos, aportar su dinero y llevar adelante ese proyecto con su sacrificio personal, sin recurrir a la ridícula pretensión de que la sociedad solvente su piadosa genialidad.

    No faltará aquel que afirme que el Estado genera riqueza. Habrá que desafiarlo a explicar como lleva su teoría al terreno de lo empírico haciendo que todos vivan de un salario público, para luego ver como se las ingenia para cubrir esas erogaciones sin tener contribuyentes a quien esquilmar.

    La solución a la pobreza no pasa por aumentar ni sostener empleos públicos. De hecho, un creciente gasto estatal es una garantía de que esa sociedad seguirá transitando el camino de la precariedad. Muchos seguirán repitiendo hasta el cansancio que el Estado es el único empleador disponible y que hasta que no florezcan nuevas empresas, habrá que seguir así.

    No comprenden como funciona la economía. Eso no sucederá nunca, no solo porque el Estado asfixia a la iniciativa individual, sino porque cuando un nuevo empleador entre al ruedo no requerirá de esos asalariados que pululan en los gobiernos, acostumbrados a su habitual letargo ineficaz, sin exigencias. Reclutará sus colaboradores allí donde estén los más calificados, los que demostraron talento y no buscará a los menos preparados.

    Es imperioso reducir el tamaño de la nómina estatal. No solo habrá que eliminar los salarios de aquellos que no trabajan, sino también aquellos puestos que no brindan utilidad para la sociedad que los financia. Nadie debería seguir defendiendo la abultada cantidad de empleados del Estado, cuando es evidente que con menos se pueden lograr los mismos resultados.

    De nada servirá esa decisión si esos dineros malgastados se redistribuyen en los actuales vericuetos burocráticos del Estado. Para que valga la pena, deben volver rápidamente a sus legítimos propietarios, a esos que generan riqueza, mediante una urgente y sostenible reducción de impuestos.

    Por cruel que les parezca el comentario a los susceptibles corazones contaminados por la ideología imperante, si esto no sucede y esos recursos se dilapidan en forma de subsidios disfrazados al subempleo crónico, esos individuos nunca tendrán un ingreso digno, ese que se recibe solo como premio merecido al trabajo bien hecho. Se puede analizar todo esto como siempre o hurgar un poco en el otro lado de los despidos estatales.

    Alberto Medina Méndez

    albertomedinamendez@gmail.com

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  5. Argentina necesita política fiscal

    En las últimas semanas recibimos muchas noticias desde la Argentina. El nuevo gobierno del presidente Mauricio Macri está tomando muchas decisiones económicas en el proceso de normalización de las políticas económicas a fin de retomar una senda de crecimiento sostenible para la economía argentina.

    En primer lugar, la liberalización del mercado de cambios con la eliminación del denominado “cepo cambiario” y la implementación de una política cambiaria de flotación administrada, la cual implica que el valor externo de la moneda es fijado por el mercado y el Banco Central actúa como un participante interviniendo para evitar desalineamientos respecto de su valor de equilibrio.

    En segundo lugar, el Banco Central busca recuperar la autonomía en la administración de la política monetaria. Para ello se ha vuelto más activo en el control de la liquidez en el mercado monetario con fuertes aumentos en las tasas de interés de sus Letras de Regulación Monetaria, en busca de incrementar la demanda de pesos entre los ahorristas, limitar la expansión de liquidez y así controlar las presiones inflacionarias en el corto plazo.

    Además, el Banco Central ha emitido unas pautas básicas de política monetaria indicando sus intenciones de controlar la expansión monetaria para reducir la tasa de inflación de manera gradual en los próximos meses.

    En tercer lugar, en correspondencia con las anteriores, decidió la eliminación de las retenciones a las exportaciones de maíz, trigo, carne y productos industrializados y una reducción del 5% para las exportaciones de soja y derivados, así como la flexibilización de las licencias previas de importación de bienes y servicios.

    Estas medidas tuvieron un éxito inicial en contener el dólar en niveles de 14 pesos y el traslado a precios de bienes y servicios ha sido moderado por el momento.

    Sin embargo, a mi entender, esto significa apenas un voto de confianza de parte de la ciudadanía respecto a las intenciones del nuevo gobierno.

    El problema de fondo es el déficit fiscal. El propio presidente Macri ha informado que reciben un déficit fiscal superior al 7% del PIB.

    Claramente, este nivel de déficit fiscal es insostenible y es el talón de Aquiles para dar credibilidad a mediano plazo a la nueva política económica argentina. De hecho, las proyecciones actuales indican que las expectativas inflacionarias para el 2016 son superiores al 30% y están pendientes las negociaciones salariales.

    Una política macroeconómica seria, responsable, que genere confianza en lograr y mantener la estabilidad macroeconómica a largo plazo, necesariamente debe estar basada en una política de responsabilidad y sostenibilidad fiscal a largo plazo, más aún en un país con los antecedentes de la Argentina. La política de “precios cuidados” no es suficiente para anclar las expectativas.

    No obstante, en el área de la política fiscal los anuncios han sido escasos hasta el momento. Es más, las decisiones tomadas inicialmente han sido contradictorias.

    Es probable que las decisiones hayan sido postergadas por su complejidad, tanto en el campo político como económico, y hay negociaciones que llevar adelante, previas a la toma de decisiones en muchos frentes.

    Negociaciones con los gobernadores provinciales para acordar la generación y distribución de ingresos fiscales; con los famosos hold outs para levantar el default parcial sobre la deuda y poder estimar la disponibilidad real de financiamiento externo para el presupuesto fiscal, tanto de inversionistas como de organismos multilaterales.

    Negociación con un Congreso de mayoría opositora, para plasmar una nueva política fiscal en leyes de reforma tributaria, de coparticipación federal y de responsabilidad fiscal. El ministro de Hacienda anunció el envío de estos proyectos de leyes en los próximos meses.

    Está por verse si los políticos argentinos, acostumbrados al populismo, acompañan una política fiscal responsable que promueva la estabilidad macroeconómica y un crecimiento sostenible a largo plazo de la economía argentina.

    Si es así, será muy positivo para la Argentina así como para la región y para nuestro país en particular.

    Por César Barreto Otazú

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  6. Entre Scioli y Maduro

    En una entrevista posterior a las elecciones en Argentina, el candidato del peronismo Daniel Scioli repitió un poco más ordenadamente lo que había dicho la noche en que se supo el resultado provisorio de los comicios, y automáticamente me vi compelido a tener en mente lo expresado por el presidente venezolano Nicolás Maduro sobre su predisposición a no respetar los resultados de las elecciones de hoy en aquel país.

    Scioli contaba con el apoyo directo de la presidenta Cristina de Kirchner, que como se sabe es aliada íntima del régimen chavista de Venezuela, por lo que cabía esperar que la reacción del candidato ante la derrota electoral fuera similar (guardando la distancia) a la de un patotero o dicho más apropiadamente, un piquetero.

    Sin embargo, sucedió todo lo contrario, para decepción de los exaltados kirchneristas, que no tenían la mínima intención de un tempranero reconocimiento del triunfo opositor. El candidato peronista –aunque no completamente kirchnerista– aceptó el resultado a pesar de la pequeña diferencia.

    Preguntaron a Scioli por qué reconoció el triunfo de Macri antes de lo esperado, teniendo en cuenta el poco margen que favorecía al rival, y la respuesta que sigue a su madura determinación es que antes que nada él es una persona que cree y confía en la democracia y en las instituciones. Además –explicó, con palabras más, palabras menos– “he aprendido en el deporte que uno debe saber ganar con humildad y a perder con grandeza”.

    Scioli dijo que se aseguró de que la tendencia del conteo rápido era irreversible para expresar públicamente el reconocimiento de su derrota y el triunfo de Macri. Una cosa es no aceptar las ideas del adversario y otra muy distinta es no reconocer el veredicto popular. “Nosotros, discutíamos con respecto a nuestras visiones del país y las salidas a los distintos problemas, pero llega un momento en que esa discusión entre nosotros termina y debemos escuchar la voz del pueblo. Y el pueblo habló en las urnas”, dijo.

    Debo reconocer que escuchar esa entrevista y ver el rostro sin absolutamente nada de rencor ni resentimiento mejoró sustancialmente mi visión del líder peronista que indudablemente tuvo sus deslices dialécticos durante la campaña, pero en el momento decisivo mostró la cordura y madurez propias de un estadista, con lo que gana autoridad para ejercer en adelante un férreo control sobre el candidato triunfador.

    En contrapartida, verlo a Maduro en su pose de seudodemócrata digitado por el extinto líder venezolano para ejercer el triste papel que hoy desempeña de interpretar el mensaje de Chávez a través de un pajarito, es sencillamente triste desde el punto de vista democrático y de vigencia de los derechos humanos.

    En una entrevista con el canal estatal VTV, dijo que en el escenario “hipotético negado” de que la oposición llegara a ganar en esos comicios, el chavismo “no entregaría la revolución” y pasaría a gobernar con el “pueblo” y en “unión cívico militar”. “Si se diera ese escenario, negado y transmutado, Venezuela entraría en una de las más turbias y conmovedoras etapas de su vida política y nosotros defenderíamos la revolución, no entregaríamos la revolución y la revolución pasaría a una nueva etapa”, advirtió Maduro.

    No es mi intención pintar un panorama de la Venezuela actual con sus presos políticos, la falta de libertad de prensa y menos aún referirme a los pretextos esgrimidos por los admiradores locales del chavismo para no escuchar a Lilian Tintori, esposa de Leopoldo López, el prisionero de Maduro.

    Sólo quiero poner en contraste el perfil de dos políticos latinoamericanos presionados ambos por el Socialismo del Siglo XXI, con relación al respeto a la voluntad popular. Es la diferencia que existe entre un demócrata y otro que no lo es.

    Por Edwin Brítez

    http://www.abc.com.py/edicion-impresa/opinion/entre-scioli-y-maduro-1433164.html

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