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La muerte del autor

El mes pasado se rememoraron los cien años del nacimiento de Roland Barthes y quisiera recordarlo otra vez tocando un tema apasionante de su pensamiento.

Como pocos, Barthes se dedicó a reflexionar sobre la escritura y lo humano; la muerte del autor es una de sus tesis más conocidas y discutidas. Básicamente lo que propone es que el autor desaparece una vez que entrega lo que escribe al mundo, es decir, la idea de un autor dueño de lo que está en el papel (o en el monitor) no es tal, pues lo escrito una vez en contacto con el lector se somete a un proceso de interpretación infinito. Lo escrito es una reelaboración de muchos otros pensamientos que luego a su vez es reelaborado en el proceso de lectura individual.

Si como escritores queremos asegurar una idea que luego tendrá resonancia unívoca en todos nuestros potenciales lectores debemos saber que eso jamás ocurrirá al cien por ciento porque la recepción de lo que fue escrito en realidad hace que el lector lo entienda según una precomprensión que no podemos controlar. Barthes dice que la idea del autor dueño de lo que escribe fue una necesidad de la modernidad, que dentro de la lógica posesiva del capitalismo fue popularizada.

Sin embargo, Barthes opina que lo que hace el autor es, en realidad, tomar algo que ya está en su cultura, por lo que el texto también pertenece a la cultura no al autor.

Casi medio siglo después de que esta idea de la muerte del autor fuese discutida, también por pensadores franceses como Foucault o Derrida, vemos que en realidad el autor goza de buena salud, incluso monetaria. El derecho de autor y el copyright han vuelto millonarios a más de un escritor, y es imposible que alguien piense un escrito sin relacionarlo con un autor determinado.

Por un lado, hay que comprender que el avance consumista del capitalismo ha sido imparable.

Pero por otro lado, la teoría de la muerte del autor no nació con la pretensión de combatir la idea de un autor que cobra por lo que escribe, sino más bien mostrar el nivel simbólico en que se mueven muchas de nuestras seguridades materiales y por las cuales pagamos sin chistar, y más que nada enseñarnos cómo se relacionan los procesos de escritura y de lectura.

Aunque Barthes murió hace varios años, sus obras están siempre listas para ser leídas y reinterpretadas de todas las formas imaginables que la dinámica cultural lo permita.

Por Sergio Cáceres Mercado

 

 

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