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El evangelio del domingo:

En el segundo domingo del Adviento del año de Lucas, la Iglesia nos presenta a Juan Bautista, el precursor, aquel que vino a preparar los caminos del Mesías. Si Juan ha ayudado a las personas para que pudieran recibir bien a Cristo Jesús, entonces también él puede ayudarnos a vivir intensamente este tiempo de adviento.

El evangelio nos dice:

“Juan empezó a predicar su bautismo por toda la región del río Jordán, diciéndoles que cambiaran su manera de vivir para que se les perdonaran sus pecados.” Lc 3, 3.

En esta frase Juan nos habla de dos realidades que están profundamente relacionadas entre sí: el cambiar de vida y el perdón de los pecados. De hecho, esta es la condición para el perdón de los pecados: tenemos que cambiar nuestro modo de ser.

Infelizmente, en nuestra relación con Dios, hemos entrado en una mentalidad legalista, y muchas veces nuestras confesiones buscan solamente calmar nuestras conciencias, queremos la absolución de los pecados que ya hicimos, pero no estamos preocupados en buscar, con todas nuestra fuerzas, evitarlos en el futuro, o sea, no tenemos un real interés en cambiar nuestra vida. Este modo de actuar es totalmente lo opuesto de lo que nos habla Juan Bautista. Para él, para que obtengamos el perdón, es necesario que hayamos cambiado nuestra manera de actuar. No podemos, sólo porque es tiempo de adviento ir a pedir perdón, porque casi no participamos de la misa dominical, para poder comulgar en la Navidad y después, en el año nuevo continuar viviendo distante de la Iglesia, hasta que llegue la cuaresma, y entonces de nuevo supuestamente “nos preparamos” para la Pascua. Esto es como jugar con Dios, es burlarse de él. Lo mismo sucede con confesar el adulterio, o una práctica de robos, o la injusticia hacia los empleados, o el frecuentar a magos y adivinos, o la mentira…, sin haber puesto un fin a estas cosas, nuestra confesión será sólo una apariencia, es inútil pedir perdón pues es una contradicción. Es como estar pegando a una persona, y al mismo tiempo pedirle perdón por lo que le estoy haciendo, pero continúo haciéndolo. ¿Qué sentido tiene pedirle perdón, si no estoy dispuesto a parar de hacerlo?

El Señor no tiene ningún problema en perdonar nuestros pecados, hasta los más grandes, pero sí exige que busquemos cambiar nuestro modo de ser. Quiere ver en nosotros un real esfuerzo por conducir nuestras vidas en un modo diverso.

Cuando descubrimos que estamos caminando por una calle equivocada, debemos cambiar nuestra dirección. No tiene sentido continuar en aquel sendero que nos está alejando de donde queremos llegar.

Es esto lo que Juan viene a decirnos en este adviento: mira dónde te está llevando el sendero en el que estás actualmente. Si estás en la estrada justa, acelera. Pero si estás en aquella vía equivocada, si no estás creciendo en el amor, si tus relaciones con los demás son superficiales, si estás abandonando tu familia, si estás muy atado a las cosas materiales, si eres esclavo de algún vicio, si oprimes a los otros… entonces, Juan el Bautista hoy te invita a cambiar tu modo de vivir. Y así, y sólo así, tus pecados podrán ser perdonados.

Que el Señor en este adviento nos dé la gracia de descubrir en qué caminos estamos equivocándonos, para que podamos, con su ayuda, cambiar de dirección y recibir el perdón.

Que el Señor Jesús, cuando venga, no nos encuentre errantes sino firmes en el camino que él nos propone.

 

El Señor te bendiga y te guarde,
El Señor te haga brillar su rostro y tenga misericordia de ti.
El Señor vuelva su mirada cariñosa y te dé la PAZ.

Hno Mariosvaldo Florentino, capuchino.

 

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Acerca de jotaefeb

Un arquitecto jubilado. Aprendiz de todo, oficial de nada. Un humano más. Acá, allá y acullá. Hurgador de cosas cotidianas y trascendentes.

Comentarios

5 comentarios en “El evangelio del domingo:

  1. ‘Lo contrario de santo no es pecador, sino fracasado’

    El tema de la segunda meditación de Adviento del padre Raniero Cantalamessa a la Curia es el capítulo V de la Lumen Gentium, que lleva por título: “La vocación universal a la santidad en la Iglesia”.

    El predicador ha explicado que “la primera cosa que es necesario hacer cuando se habla de santidad, es liberar a esta palabra del temor y del miedo que infunde, a causa de ciertas representaciones erróneas que tenemos de ella”. Y ha precisado que “si todos están llamados a la santidad es porque la misma entendida correctamente está al alcance de todos, hace parte de la normalidad de la vida cristiana”.

    Haciendo un repaso del sentido de “santidad” en el Antiguo Testamento, después ha observado que, en el Nuevo Testamento, “santidad no es más un hecho ritual o legal, sino moral o más aún, ontológico. No reside en las manos sino en el corazón; no se decide afuera, sino adentro del hombre y se resume en la caridad”. Los mediadores de la santidad de Dios –ha señalado– no son más lugares (el Templo de Jerusalén o el Monte Gerizim), ritos, objetos y leyes, sino una persona, Jesucristo. “Ser santo no consiste tanto en estar separado de esto o de aquello, sino a estar unidos a Jesucristo”, ha asegurado el padre Cantalamessa.

    Asimismo, ha señalado que “decir que nosotros participamos de la santidad de Cristo, es como decir que participamos del Espíritu Santo que viene de él”. Cristo se queda en nosotros y nosotros permanecemos en Cristo, gracias al Espíritu Santo. Es el Espíritu Santo por lo tanto quien nos santifica, ha afirmado Cantalamessa. Por esto, “la santidad que está en nosotros no es una segunda y diversa santidad, sino la misma santidad de Cristo”.

    Por otro lado ha asegurado que “las buenas obras sin la fe no son obras ‘buenas’ y la fe sin las obras buenas no es verdadera fe”.

    En el Nuevo Testamento dos verbos se alternan a propósito de la santidad, uno en indicativo y otro en imperativo: “Sois santos”, “Sed santos”. El predicador de la Casa Pontificia ha subrayado que un punto permanece inmóvil, e incluso se profundiza, en el paso del Antiguo al Nuevo Testamento y es la motivación de fondo de la llamada a la santidad, el “porqué” es necesario ser santos: porque Dios es santo.

    La santidad –ha añadido– no es por tanto una imposición, una carga que se nos pone en los hombros, sino un privilegio, un don, un gran honor. Por lo tanto, si estamos “llamados a ser santos”, si somos “santos por vocación”, entonces es claro que seremos personas verdaderas, logradas, en la medida en la que seremos santos. De lo contrario, seremos fracasados. Lo contrario de santo –ha advertido– no es pecador, ¡sino fracasado!

    Y ha añadido que “no depende de nosotros ser fuertes o débiles, guapos o menos guapos, ricos o pobres, inteligentes o menos inteligentes; depende sin embargo de nosotros ser honestos o deshonestos, buenos o malos, santos o pecadores”.

    El padre Cantalamessa ha explicado que nuestro tender a la santidad se parece al camino del pueblo elegido en el desierto. “Es también un camino hecho de continuas paradas y comienzos de nuevo”, ha precisado.

    En la vida de la Iglesia, las invitaciones a retomar el camino “se escuchan sobre todo en el inicio de los tiempos fuertes del año litúrgico o en ocasiones particulares como es el Jubileo de la Misericordia divina”, ha observado el predicador.

    Finalmente, el padre Raniero ha precisado que la justicia bíblica, se sabe, es la santidad. Y así, ha invitado a concluir la predicación con una pregunta sobre la que meditar en este tiempo de Adviento: “¿Yo tengo hambre y sed de santidad, o me estoy resignando a la mediocridad?”

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    Publicado por Anónimo | 18 diciembre, 2015, 10:57
  2. Consejos de Juan Bautista para vivir el Adviento
    Ya no se trata de preparar la tierra para acoger la buena semilla, sino de preparar un camino para que pueda, llegar a nuestra alma Jesús.

    Por: P. Luis María Etcheverry Boneo | Fuente: Catholic.net

    En el Adviento, la Iglesia nos pone la figura de san Juan Bautista, y con él otra nueva imagen. Ya no se trata de preparar una tierra capaz de acoger adecuadamente la buena semilla: se trata de preparar un camino para que pueda, por él, llegar a nuestra alma la Persona adorable del Señor.

    Son cuatro las órdenes, los consejos o las consignas que san Juan Bautista -y la Iglesia con él- nos da:

    La primera consigna de san Juan el Bautista es bajar los montes: todo monte y toda colina sea humillada, sea volteada, bajada, desmoronada. Y cada uno tiene que tomar esto con mucha seriedad y ver de qué manera y en qué forma ese orgullo -que todos tenemos- está en la propia alma y está con mayor prestancia, para tratar en el Adviento -con la ayuda de la gracia que hemos de pedir-, de reducirlo, moderarlo, vencerlo, ojalá suprimirlo en cuanto sea posible, a ese orgullo que obstaculizaría el descenso fructífero del Señor a nosotros.

    En segundo lugar, Juan el Bautista nos habla de enderezar los senderos. Es la consigna más importante: Yo soy una voz que grita en el desierto: Preparen el camino del Señor, allanen sus senderos 3. Y aquí tenemos, entonces, el llamado también obligatorio a la rectitud, es decir, a querer sincera y prácticamente sólo el bien, sólo lo que está bien, lo que es bueno, lo que quiere Dios, lo que es conforme con la ley de Dios o con la voluntad de Dios según nos conste de cualquier manera, lo que significa imitarlo a Jesús y darle gusto a El, aquello que se hace escuchando la voz interior del Espíritu Santo y de nuestra conciencia manejada por Él.

    A cada uno corresponde en este momento ver qué es lo que hay que enderezar en la propia conducta, pero sobre todo en la propia actitud interior para que Jesucristo Nuestro Señor, viendo claramente nuestra buena voluntad y viéndonos humildes, esté dispuesto a venir a nuestro interior con plenitud, o por lo menos con abundancia de gracias.

    El tercer aspecto del mensaje de san Juan el Bautista se refiere a hacer planos los caminos abruptos, los que tienen piedras o espinas, los que punzan los pies de los caminantes, los que impiden el camino tranquilo, sin dificultad. Y ese llamado hace referencia a la necesidad de ser para nuestro prójimo, precisamente, camino fácil y no obstáculo para su virtud y para su progreso espiritual: quitar de nosotros todo aquello que molesta al prójimo, que lo escandaliza, que lo irrita o que le dificulta de cualquier manera el poder marchar, directa o indirectamente, hacia el cielo.

    El cuarto elemento del mensaje de san Juan Bautista es el de llenar toda hondonada, todo abismo, todo vacío. Los caminos no sólo se construyen bajando los montes excesivos, ni sólo enderezando los senderos torcidos, o allanando los caminos que tengan piedras: también llenando las hondonadas o cubriendo las ausencias. Este mensaje se refiere a la necesidad de llenar nuestras manos y nuestra conciencia con méritos, con oraciones, con obras buenas -como hicieron los Reyes Magos y los pastores- para poder acoger a Jesucristo con algo que le dé gusto; no sólo con la ausencia de obstáculos o de cosas que lo molesten, no sólo con ausencia de orgullo o con ausencia de falta de rectitud o de dificultades en nuestra conducta para con el prójimo, sino también positivamente con la construcción: con nuestras oraciones y con nuestras buenas obras y un pequeño -al menos- caudal, capital de méritos, que dé gusto al Señor cuando venga y que podamos depositar a sus pies.

    El Adviento, además de la conmemoración y el sentido del Antiguo Testamento -de la tierra que espera la buena semilla-, además de la figura límite entre el Antiguo Testamento y el Nuevo -san Juan Bautista-, este Tiempo nos acerca más al Señor por aquélla que, en definitiva, fue quien nos entregó a Jesucristo: la Virgen. No sólo en el hemisferio sur entramos al Adviento por la puerta del Mes de María, sino que en toda la Iglesia se entra al Adviento por la fiesta de la Inmaculada Concepción.

    Y la Inmaculada Concepción significa dos cosas: por una parte, ausencia de pecado original y, por otra, ausencia de pecado para y por la plenitud de la gracia. La Virgen fue eximida del pecado original y de las consecuencias del pecado original que en el orden moral fundamentalmente es la concupiscencia, es decir, la rebelión de las pasiones, la falta de orden dentro de nuestra persona, el rechazo que nuestra materia y nuestros apetitos indómitos oponen a la reyecía de la voluntad y de la razón iluminadas por la fe, por la esperanza y por la caridad; iluminadas y encendidas y sostenidas por la gracia. La Virgen, preservada del pecado original en el momento mismo de su concepción y liberada de todo obstáculo, tuvo el alma plenamente capacitada desde el primer instante para recibir la plenitud de la gracia de Jesucristo.

    Por lo tanto su fiesta de la Inmaculada Concepción, con ese carácter sacramental que tienen todas las fiestas de la Iglesia, ese carácter de signo que enseña y de signo eficaz que produce lo que enseña, nos trae la gracia de liberarnos del pecado y de vencer, de moderar, de sujetar en nosotros las pasiones sueltas por la concupiscencia, a los efectos de que nos pueda llegar plenamente la gracia; y naturalmente, si estamos en Adviento, para que pueda venir la gracia del nacimiento de Jesucristo místicamente a nuestra alma, el día de Navidad.

    Por lo tanto, unamos a toda la ayuda que nos pueden prestar los patriarcas del Antiguo Testamento que desde el cielo ruegan por nosotros (ellos que tanto pidieron la venida del Mesías), unamos a la intercesión y a la figura sacramental de san Juan Bautista, unamos por encima de ellos la presencia de la Santísima Virgen en su fiesta el 8 de diciembre y en todo este tiempo, pidiendo bien concretamente el poder liberarnos del pecado, de todo lo que en nosotros haya de orgullo, de falta de rectitud, de falta de caridad con el prójimo, de ausencia de virtud; liberarnos de todo ello para que, cuando venga Jesucristo el día de Navidad, no encuentre en nosotros ningún obstáculo a sus intenciones de llenar nuestra alma con su gracia.

    La perspectiva de un nuevo nacimiento del Señor, en nosotros y en el mundo tan necesitado de Él, tiene que ser objeto de una preocupación, de todo un conjunto de sentimientos y de actos de voluntad que estén polarizados por el deseo de poner de nuestra parte todo lo que podamos, para que el Señor venga lo más plenamente posible sobre cada uno y sobre el mundo.

    Y si esto vale siempre, se hace más exigente en las circunstancias del mundo presente que desvirtúa precisamente lo que Jesucristo trajo con su nacimiento. ¡Qué necesario es que pongamos todo de nuestra parte para que Jesús venga a nosotros con renovada fuerza el día de Navidad y, a través nuestro, sobre las personas que están cerca, sobre la Iglesia y sobre el mundo!

    Quedémonos en espíritu de oración, fomentando en nuestro interior el deseo de que las cosas ocurran según las intenciones y los deseos del mismo Señor.

    El Adviento es una época muy linda del año. Después de las fiestas de Navidad y de Pascua, quizá es la más linda, porque es una época de total esperanza, de seguridad alegre y confiada. En ese sentido nuestro Adviento es más lindo que el del Antiguo Testamento: se esperaba lo que todavía no había venido, en cambio nosotros sabemos que el Señor ya ha venido sobre el mundo, sobre la Iglesia, sobre cada uno y entonces tenemos mucho más apoyo para nuestra seguridad de que ha de venir nuevamente, a perfeccionar lo ya iniciado.

    Por otra parte, esa presencia del Señor en la Iglesia y en nosotros nos ha hecho ir conociendo a Jesús, amándolo y tratándolo con confianza; por tanto, este esperar su nuevo nacimiento tiene que ser mucho más dulce, mucho más suave, mucho más seguro, mucho más esperanzado (con el doble elemento de seguridad y alegría de la esperanza) que lo que fue la espera de los hombres y mujeres del Antiguo Testamento.

    Quedémonos, pues, unidos con Jesús, conversemos sobre estos temas, preguntémosle qué nos sugiere a cada uno en particular para que podamos, desde el comienzo, vivir el Adviento del modo más conducente para obtener la plenitud de Navidad que Él sin duda quiere darnos.

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    Publicado por Anónimo | 7 diciembre, 2015, 07:50
  3. El precursor: Preparad el camino del Señor

    Y en este tiempo litúrgico la Iglesia propone a nuestra meditación la figura de Juan el Bautista. Este es aquel de quien habló el profeta Isaías diciendo: Voz del que clama en el desierto: preparad el camino del Señor, enderezad sus sendas.
    Plenamente consciente de la misión que le ha sido encomendada, Juan sabe que ante Cristo no es ni siquiera digno de llevarle las sandalias, lo que solía hacer el último de los criados con su señor; para ese menester cualquiera servía. El Bautista no tiene reparo en proclamar que él carece de importancia ante Jesús. Ni siquiera se define a sí mismo según su ascendencia sacerdotal.

    No dice: “Yo soy Juan, hijo de Zacarías, de la tribu sacerdotal de…”. Por el contrario, cuando le preguntan: ¿Quién eres tú?, Juan dice: Yo soy la voz que clama en el desierto: Preparad los caminos del Señor, allanad sus sendas. Él no es más que eso: la voz. La voz que anuncia a Jesús. Esa es su misión, su vida, su personalidad. Todo su ser viene definido por Jesús; como tendría que ocurrir en nuestra vida, en la vida de cualquier cristiano. Lo importante de nuestra vida es Jesús.

    El Precursor señala también ahora el sendero que hemos de seguir. En el apostolado personal –cuando vamos preparando a otros para que encuentren a Cristo–, debemos procurar no ser el centro”.

    Lo importante es que Cristo sea anunciado, conocido y amado: Solo Él tiene palabras de vida eterna, solo en Él se encuentra la salvación. La actitud de Juan es una enérgica advertencia contra el desordenado amor propio, que siempre nos empuja a ponernos indebidamente en primer plano. Un afán de singularidad no dejaría sitio a Jesús.

    El año pasado en ocasión de su homilía en el segundo domingo de adviento, el año pasado dijo: “¡Por favor, déjense consolar por el Señor! Misericordia y ternura del Señor, esperanza, consolación, liberación y salvación. ¡Consuelen, consuelen a mi pueblo, dice su Dios!”. Con la invitación del Señor, a través del profeta Isaías (40, 1), el papa Francisco recordó que el segundo domingo de Adviento –tiempo estupendo que despierta en nosotros la espera del retorno de Cristo y la memoria de su venida histórica– “nos presenta un mensaje lleno de esperanza”.

    “Es un ‘bálsamo sobre nuestras heridas’, que ‘habla hoy a nuestro corazón, para decirnos que Dios olvida nuestros pecados y nos consuela’…”.

    “El Papa invitó a encomendar ‘la espera de salvación y de paz de todos los hombres y las mujeres de nuestro tiempo’ a la Virgen María, que ‘es el camino que Dios mismo se ha preparado para venir al mundo’”.

    En la catequesis del papa Francisco en la audiencia general del pasado miércoles, dijo:.. “La invitación de Jesús a los discípulos: Crucemos a la otra orilla (LC 8,22) era el lema para Centroafricana. “Cruzar a la otra orilla”, desde el punto de vista civil significa dejar atrás la guerra, las divisiones, las miserias, y elegir la paz, la reconciliación, el desarrollo. Pero esto presupone un “cambio” que se realiza en las conciencias, en las actitudes y en las intenciones de las personas.

    Y a este nivel es decisivo el aporte de las comunidades religiosas. Por lo tanto he encontrado a las comunidades evangélicas y a aquella musulmana compartiendo la oración y el empeño por la paz.

    Con los sacerdotes y los consagrados, pero también con los jóvenes hemos compartido la alegría de sentir que el Señor resucitado está con nosotros en la barca, y es Él quien la guía a la otra orilla.

    Quisiera decir una palabra a los jóvenes. Pero hay pocos, porque la natalidad es un lujo, parece, en Europa la natalidad es cero, natalidad del uno por ciento. Y me dirijo a los jóvenes, piensen qué cosa haces de la propia vida. Piensen en esta monja y en tantas como ella que dieron la vida y en tantas que han muerto allá.

    Se es misionero no para hacer proselitismo: me decía esta monja que las mujeres musulmanas van donde ellas porque saben que las monjas son enfermeras buenas que curan bien, y no le hacen la catequesis para convertirlas. Dan testimonio, y a quien quiere le enseñan el catecismo…Me dirijo a los jóvenes: piensen qué quieres hacer tú de la propia vida. Es el momento de pensar y pedir al Señor que te haga sentir su voluntad…”.

    (Frases extractadas del libro Hablar con Dios, de Francisco Fernández Carvajal, http://www.news.va/es/news/papa-seamos-mensajeros-y-testimonio-de-la-esperanza y http://www.zenit.org/es/articles/texto-completo-de-la-catequesis-del-papa-francisco-en-la-audiencia-general-del-miercoles-2-de).

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    Publicado por Anónimo | 6 diciembre, 2015, 05:41
  4. Segundo Domingo de Adviento

    Libro de Baruc 5,1-9.
    Quítate tu ropa de duelo y de aflicción, Jerusalén, vístete para siempre con el esplendor de la gloria de Dios,
    cúbrete con el manto de la justicia de Dios, coloca sobre tu cabeza la diadema de gloria del Eterno.
    Porque Dios mostrará tu resplandor a todo lo que existe bajo el cielo.
    Porque recibirás de Dios para siempre este nombre: “Paz en la justicia” y “Gloria en la piedad”.
    Levántate, Jerusalén, sube a lo alto y dirige tu mirada hacia el Oriente: mira a tus hijos reunidos desde el oriente al occidente por la palabra del Santo, llenos de gozo, porque Dios se acordó de ellos.
    Ellos salieron de ti a pie, llevados por enemigos, pero Dios te los devuelve, traídos gloriosamente como en un trono real.
    Porque Dios dispuso que sean aplanadas las altas montañas y las colinas seculares, y que se rellenen los valles hasta nivelar la tierra, para que Israel camine seguro bajo la gloria de Dios.
    También los bosques y todas las plantas aromáticas darán sombra a Israel por orden de Dios,
    porque Dios conducirá a Israel en la alegría, a la luz de su gloria, acompañándolo con su misericordia y su justicia.

    Carta de San Pablo a los Filipenses 1,4-6.8-11.
    Siempre y en todas mis oraciones pido con alegría por todos ustedes,
    pensando en la colaboración que prestaron a la difusión del Evangelio, desde el comienzo hasta ahora.
    Estoy firmemente convencido de que aquel que comenzó en ustedes la buena obra la irá completando hasta el Día de Cristo Jesús.
    Dios es testigo de que los quiero tiernamente a todos en el corazón de Cristo Jesús.
    Y en mi oración pido que el amor de ustedes crezca cada vez más en el conocimiento y en la plena comprensión,
    a fin de que puedan discernir lo que es mejor. Así serán encontrados puros e irreprochables en el Día de Cristo,
    llenos del fruto de justicia que proviene de Jesucristo, para la gloria y alabanza de Dios.

    Evangelio según San Lucas 3,1-6.
    El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene,
    bajo el pontificado de Anás y Caifás, Dios dirigió su palabra a Juan, hijo de Zacarías, que estaba en el desierto.
    Este comenzó entonces a recorrer toda la región del río Jordán, anunciando un bautismo de conversión para el perdón de los pecados,
    como está escrito en el libro del profeta Isaías: Una voz grita en desierto: Preparen el camino del Señor, allanen sus senderos.
    Los valles serán rellenados, las montañas y las colinas serán aplanadas. Serán enderezados los senderos sinuosos y nivelados los caminos desparejos.
    Entonces, todos los hombres verán la Salvación de Dios.

    Extraído de la Biblia: Libro del Pueblo de Dios.

    Leer el comentario del Evangelio por :

    Orígenes (c. 185-253), presbítero y teólogo
    Homilías sobre San Lucas, nº 22, 1-3

    «Preparad el camino del Señor»

    Refiriéndose a Juan vemos escrito: «Una voz grita en el desierto. Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos». Pero lo que sigue concierne únicamente al Señor, nuestro Salvador. Porque no es Juan quien «ha elevado los valles», sino el Señor, nuestro Salvador. Que cada uno consideres qué era antes de tener fe: constatará que era un valle profundo, que descendía y se precipitaba hacia el abismo. Pero el Señor Jesús vino y ha enviado al Espíritu Santo en su lugar; entonces «todo valle ha sido elevado». Ha sido elevado con las buenas obras y los frutos del Espíritu Santo. La caridad no deja que subsista en ti el valle, y si posees la paz, la paciencia y la bondad, no tan sólo dejarás de ser valle sino que empezarás a ser montaña de Dios…

    «Los montes y las colinas se abajarán.» En estas montañas y estas colinas abajadas, se pueden ver las fuerzas del enemigo que se levantaban contra los hombres. En efecto, para que los valles de los cuales estamos hablando sean elevados, las fuerzas enemigas, montañas y colinas, deberán ser abajadas.

    Pero veamos si la profecía siguiente que se refiere a la venida de Cristo, se ha cumplido. De hecho, el texto prosigue: «todo lo torcido se enderezará». Cada uno de nosotros estaba torcido –por lo menos si se trata de lo que era en otro tiempo y no de lo que todavía hoy somos- y la venida de Cristo, que se ha realizado en nuestras almas, ha enderezado todo lo que estaba torcido… Oremos para que cada día se cumpla su venida en nosotros y podamos decir: «Vivo, pero ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí» (Gal 2,20).

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    Publicado por Anónimo | 6 diciembre, 2015, 05:40
  5. Ver la salvación de Dios

    Por Hno. Joemar Hohmann, franciscano capuchino

    “Todos los hombres verán la salvación de Dios” es el feliz anuncio que Juan Bautista nos hace, retomando al profeta Isaías.

    Ver la salvación de Dios es un deseo de todo ser humano y no solamente como algo “para la otra vida”, pero experimentarla desde ahora, en un nuevo tipo de relaciones humanas que respeten los dictámenes de la justicia y mejoren la calidad de vida de todos.

    Sin embargo, es una incoherencia quedarse pasivamente esperando que Dios lo haga todo. Aunque Él tenga poder para hacerlo, pide nuestra colaboración. Es más, tiene que sortear los desmanes y desvaríos de nuestra libertad.

    Es necesario estar más conscientes en cuanto a la responsabilidad de “preparar el camino del Señor”, pues esta es una característica dominante del tiempo de Adviento, que es un tiempo oportuno de preparación a la Nochebuena.

    Un modo eficaz de ver, sentir y compartir la salvación que el Señor nos ofrece gratuitamente es participar de la “Navidad en Familia”, situación en que los miembros de la familia, con sus vecinos y amigos, concurren a los nueve encuentros de oración, cantos y reflexiones. En 2015 el tema será: “Seamos misericordiosos como Dios Padre”, dentro de la línea del “Año de la Misericordia”, convocado por el papa Francisco.

    Asimismo, para ver la salvación de Dios es fundamental allanar los senderos de la soberbia personal, sin considerarse más importante que el otro, sea por tener plata, poder o amigos influyentes en la política.

    También, rellenar los vales de las desigualdades sociales, sin permanecer indiferente delante del hambre de tantos hermanos, de la falta de empleo y la carencia de medicinas, que maltratan a muchos seres humanos.

    Enderezar los senderos sinuosos del egoísmo, que considera el nacimiento de nuestro Salvador, principalmente, como ocasión de comilonas, borracheras y momento para regalarse a sí mismo todo tipo de superfluos.

    Una vez que el Padre envía a su Hijo Unigénito para nacer en un humilde pesebre, está indicando que desea mostrarnos su salvación y que podamos comprenderla. Su Palabra ya no es solamente una palabra, un sonido de la garganta, sino que es ahora una Persona, es Jesucristo, que va a realizar cabalmente el proyecto del Padre, para nuestra redención.

    Tenemos que cambiar nuestros valores para ver y disfrutar de esta salvación y San Pablo nos exhorta a que colaboremos con la difusión del Evangelio en nuestra realidad concreta, sin presentar mil justificativos para no comprometerse.

    Reitero: organice y participe de la “Navidad en familia” y usted será capaz de descubrir cosas admirables.

    Paz y bien.

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    Publicado por Anónimo | 6 diciembre, 2015, 05:40

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