El sida, el condón y ese deseo inexplicable

Cada 1 de diciembre, en conmemoración del Día Mundial contra el Sida, el condón vuelve a ganar protagonismo en los discursos referentes a la lucha contra este flagelo. Tristemente, el número de infectados por VIH va en aumento, por mucha promoción de preservativos que se haga, y recientes informes de Unicef mencionan que las muertes de adolescentes por culpa del virus se triplicaron desde el año 2000. Los estudios señalan que entre los adolescentes de 15 a 19 años, cada hora se producen hasta 26 nuevas infecciones. Una cifra alarmante.

Entonces, ¿cuál es el problema? ¿Por qué no basta la gran difusión y promoción de su uso, la publicidad que nunca falta, e incluso su distribución gratuita en tantos sitios y eventos? Más allá del grado de efectividad –algunos hablan del 80%, otros del 98%– de estas fundas de látex, el problema principal parece ser otro.

“El preservativo no sirve para nada si no se cambia antes el método, la vida”, afirmaba hace algunos años Rose Busingye, fundadora de la organización Meeting Point International en Kampala, Uganda, en una entrevista al diario Avvenire. La mujer lleva más de 20 años trabajando como enfermera en los barrios más pobres, y con mujeres seropositivas.

“Aplicar un instrumento sin cambiar de vida no lleva a ningún sitio, sería como decirte que eres un animal, y que por tanto actúas solo siguiendo tu instinto, que no eres un hombre… Por eso, entre nosotros, en África, el uso del preservativo se contempla solo como último recurso. Antes debemos preguntarnos qué sentido tiene el sexo y comprender cuál es el valor de cada persona…”, asegura Rose, entrevistada cuando Uganda registró una reducción “milagrosa” del contagio del sida del 21% al 7%. Y agregaba que si uno realmente ama al otro, busca su bien, y si sabe que el método de prevención conlleva un peligro, aunque sea mínimo, entonces intenta que no corra ese riesgo. “El verdadero problema es educar a la persona en comprender que tiene un valor más grande, del cual es responsable”, dice.

Y educar significa llevar a la persona al conocimiento de sí misma, descubriendo el deseo insondable y hasta extraño que posee y que no puede saciar simplemente con esa promiscuidad tan difundida en nuestros días; esa banalización de la sexualidad que llena de vacío y hasta termina segando vidas.

Por Gustavo A. Olmedo B. –

 

 

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